Los buenos lectores no necesitan que nadie les diga quién fue Martín Cerda. A caso los menos habituados al trato con la literatura puedan valorar dos indicaciones rápidas: fue chileno y fue grande. Quizás haya sido uno de los mejores ensayistas del pasado siglo, y no es, por desgracia, tan leído como debería. La buena gente de Marginalia editores sigue enfrascada en solucionar ese problema. Ahora mismo están preparando una edición con los Papeles dispersos del extraordinario ensayista chileno, y han tenido la gentileza de inventarse una sección para penúltiMa a la que han titulado Punta de lápiz, como la sección que en los años 50, a la vuelta de su primera estadía Europea, llevó en los diarios chilenos. Acá les dejamos con la perspicacia de Cerda.

 

La perspicacia es una facultad irónica.

En tiempos de inseguridad, en los que hasta los sueños transcurren ordenadamente, se refugia en los rebeldes, recusadores y utopistas: en las almas que, sedientas de aventura, siempre están un paso más allá del horizonte, ocupadas en descifrar los acertijos del futuro. En tiempos de alteración, la perspicacia, en cambio, emigra regularmente al corazón temeroso de los “re-accionarios”.

A comienzos del siglo XIX, obsesionado por la Revolución Francesa, Joseph de Maistre observó en la ciudad de Petrogrado un terreno propicio para la repetición en Rusia de un sistema revolucionario. Esta premonición de De Maistre no fue sino la conclusión lógica de una proyección imaginaria del espíritu jacobino sobre la escena rusa. En 1920, el historiador Mathiez, sorprendido por las semejanzas de la revolución rusa  con la francesa, confirmó el acierto de De Maistre.

“Las semejanzas –escribía en Bolchevismo y jacobinismo– que nuestro análisis ha revelado entre las dos grandes crisis de 1793 y de 1917 no son superficiales ni fortuitas. Los revolucionarios rusos imitan expresamente y a sabiendas a los revolucionarios franceses”.

Otros dos casos de perspicacia.

Poco después de la Comuna, Flaubert, furioso anticomunero, le comunicaba a la princesa Matilde Bonaparte su temor que, por miedo a la revolución social, se fuese a implementar en Francia un régimen conservador de una “imbecilidad reforzada”. En los días de la turbulenta aventura spartakista en Alemania, el sociólogo Max Weber, un liberal, fue invitado por los estudiantes revolucionarios de Munich: en una de sus conferencias, Weber les previno que aquello que creían un promisorio amanecer no era sino el comienzo de una larga noche.

La perspicacia pareciera ser, en consecuencia, la facultad de aquellos hombres que, pensando o imaginando siempre contra la corriente dominante, logran orientarse en la dirección efectiva de las cosas. En ello consiste, justamente, su ironía: viejo gesto que el gremio pensaroso hace siempre al futuro, por lo menos cada vez que éste se disfraza o es disfrazado.

 

Nota literaria fechada el 15 de marzo de 1978, correspondiente a sus entregas intituladas “Fragmentario” del periódico de circulación nacional Las Últimas Noticias .

 

Martín Cerda nació en Antofagasta en 1930. Realizó sus estudios básicos en Viña del Mar, en el colegio los Padres Franceses. Desde entonces su pasión fundamental fueron los libros, especialmente la literatura y la cultura francesa. Por esta razón, a los 21 años viajó a París, con el propósito de conocer e imbuirse en la corriente intelectual encabezada, en esta época, por los existencialistas Jean Paul Sartre, Boris Vian, Albert Camus, Ives Montand, Simone de Beauvoir entre otros. Se matriculó en la Universidad de La Sorbonne para estudiar derecho y filosofía, allí entró en contacto con obras de escritores franceses y europeos fundadores del pensamiento moderno. Así, Cerda fue uno de los primeros escritores chilenos en estudiar a los intelectuales europeos de la década de 1950, adquiriendo con ello una erudición que lo posicionó como el único autor con la capacidad de difundir tales ideas en Chile. Todo esto ayudó a forjar su orientación de ensayista, actividad que abordó con gran entusiasmo, pues esta forma literaria le permitió situarse en la contingencia y dejar constancia de su tiempo. De regreso en Chile, trabajó como columnista en distintos periódicos y revistas, colaboró desde 1960 en la revista semanal PEC, y en el diario Las Últimas Noticias, donde escribió ensayos sobre hechos históricos, literatura, cultura y contingencia chilena. Asimismo, en 1958, participó de un suplemento del diario La Nación llamado «La Gaceta». Por otra parte, en esta época formó parte del ambiente intelectual chileno, integrándose a discusiones literarias en cafés y en tertulias y dando charlas. En 1970 resolvió abandonar Chile y establecerse en Venezuela desde donde siguió enviando artículos para Las Últimas Noticias. Además trabajó en un suplemento literario de un periódico de ese país. En 1982 publicó su primer libro, La palabra quebrada: ensayo sobre el ensayo, en el que propuso un recorrido por la historia de este género, desde sus orígenes. En 1984, asumió la presidencia de la Sociedad de Escritores de Chile, cargo al que renunció el 3 de marzo de 1987, porque quería dedicarse por completo a la preparación de otros libros de ensayos. Ese mismo año, publicó Escritorio, un largo texto donde reflexionó sobre el oficio del escritor. En 1990, obtuvo la beca Fundación Andes para llevar a cabo tres proyectos de investigación en la Universidad de Magallanes (Umag): Montaigne y el Nuevo Mundo; Crónicas de viajeros australes y una completa bibliografía de Roland Barthes. Esta experiencia lo motivó a trabajar en la ciudad de Punta Arenas, donde había descubierto una escena literaria fecunda y una activa vida académica.Sin embargo, a los pocos meses de haberse instalado, en agosto de 1990, la Casa de Huéspedes del Instituto de la Patagonia, donde estaba alojado, sufrió un incendio que destruyó casi por completo su biblioteca personal y sus manuscritos próximos a ser publicados. Esta catástrofe le asestó un duro golpe del cual nunca logró recuperarse. Luego de sufrir un paro cardíaco a fines de ese mismo año, debió ser sometido a una intervención quirúrgica que, en definitiva, no resistió. Murió el 12 de agosto de 1991. Dos años después, los investigadores Pedro Pablo Zegers y Alfonso Calderón publicaron dos libros recopilatorios de sus ensayos dispersos en libros y revistas. Más tarde, el prólogo de Martín Hopenhayn a la última edición (2005) de Palabra quebrada; ensayo sobre el ensayo, marcó la reactivación de las lecturas e interpretaciones en torno a su obra, que vino a confirmar la publicación de Escombros: apuntes sobre literatura y otros asuntos, volumen de textos inéditos con edición y prólogo también a cargo de Calderón

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