Hoy se cumple el centenario del nacimiento de Clarice Lispector, ayer fue el cuadragésimo tercer aniversario de su fallecimiento. En medio de esas dos efemérides su figura sigue creciendo y cada día va siendo más reconocida la suya como una de las grandes escrituras del siglo pasado. Febril, intensa, meticulosa y de una vigencia incuestionable, su mirada sobre lo real es la de alguien capaz de ir hasta el núcleo mismo de su esencia y devolvernos la necesaria imagen deformada de la realidad, la ineludible deformación a la que hemos consensuado en llamar realidad para poder sobrellevar nuestra incapacidad de descifrarla. Sobre la experiencia de la lectura y la relectura de una de sus obras cumbres, A paixão segundo G.H., ha escrito una de las voces más sólidas de la literatura brasileña, Julián Fuks, en este artículo publicado en Pernambuco, suplemento del Diario oficial del estado de Recife, y que  traducimos en exclusiva para los lectores en castellano con el permiso del propio autor.

 

Es un libro que cumple todos los requisitos de un clásico, podría decirse, parafraseando a Calvino para decir que lo clásico es lo que reconocemos como íntimo ya en la primera lectura, y luego se torna indomable y desconocido en las sucesivas lecturas. Porque lo que un clásico viene a decirnos, continuaría, es a la vez algo ancestral y nuevo, algo elemental y sorprendente; algo que en este caso se cumple al pie de la letra. Para subrayar su importancia, para intentar concederle al autor su justa e ilimitada trascendencia, la equipararía a los grandes nombres de la historia, aunque sea masculina, diría que es una especie de Dostoievski que no apela a la sordidez, Beckett sin deshacerse del sentido, Kafka sin ceder a la deshumanización absoluta.

Pero no. Si quiero hablar de Clarice Lispector, de La pasión según G.H., no puedo ceder a la tentación de empezar por la generalidad, por la comparación imprecisa, para definir el libro por aquello que no es. La novela es tan precisa, está tan determinada a llegar hasta lo más profundo, a la carne, que sería incompatible con un texto crítico que optarse por una visión desplazada. Y sin embargo es la propia autora la que lo concede al principio, lo que el libro narra parece requerir algún aplazamiento, o el entendimiento de que «el acercamiento, a lo que sea, se hace de forma gradual y dolorosa, cruzando incluso lo opuesto a aquello a lo que se quiere aproximar».

Es un libro para ser leído «sólo por personas con el alma ya formada», y es la autora quien así lo determina, haciéndonos sentir incómodos desde el inicio, ya que nunca sabremos si nuestra alma está lo suficientemente formada para enfrentarse a algo tan radical. De la primera vez que lo leí, recuerdo que me faltaba alma, o me aún estaba sumido en una ansiedad juvenil, y atravesé las páginas apresuradamente buscando la cucaracha. O, más bien, en busca de la mujer tan sumida en sus pensamientos vertiginosos, en la necesidad de ordenar su caos particular, que, en un impulso muy meditado, termina por comerse a la cucaracha, transformando así el argumento del libro en una broma. El apuro no era necesario, pero la lectura fue arrebatada.

Ahora, para escribir este texto, pensé que sería suficiente hojear el libro y encontrar las claves de la antigua lectura, recordar la experiencia y registrarla. Pero no, la casa de G.H. no permite visitas rápidas, y contemplar la inmensidad de su espacio, que nos reduce y nos encierra en el trastero, es siempre una nueva experiencia, un arrebato renovado. Esta vez pude observar mejor el resto de la casa, el salón donde todo «es una elegante, irónica e ingeniosa réplica de una vida que nunca existió», la casa donde «todo está entrecomillado». Creí así haber entendido algo mejor a esta mujer que es también una cita de una persona inexistente, que conserva unas comillas a la izquierda y otras a la derecha de sí misma, que percibe «una vida inexistente» que la posee y la ocupa al completo.

Y luego dejé que esa vida inexistente me ocupara y me encerré con ella en el trastero. Y allí, antes incluso de que apareciera la cucaracha, fue donde se reveló la mayor novedad de esta lectura, nada nuevo, por supuesto, puesto que estaba ya claro desde el primer contacto, presente desde entonces en esas páginas y por descontado conocido ya por muchos. La evidencia de que no es un trastero, vacío, abandonado, sino que se trata de la habitación de la criada: la habitación de la mujer que G.H. había despedido días antes de su experiencia transformadora. «La habitación era lo contrario de lo que había construido en mi casa», dice G.H., «allí se vulneraba mi mundo entrecomillado».

G.H. se estremece durante unos instantes, tiene ahora el rostro de la mujer con la que vivió en su propia casa, pero no recuerda su nombre. Y, cuando finalmente logra recordarlo, Janair, le sobreviene junto al nombre la aguda percepción de que la mujer la odiaba, que sólo podía haberla odiado. G.H., esa persona que no es sino la referencia a tanta gente de la clase alta, había usado a Janair «como si ella no existiera», y eso es lo que ahora debe enfrentar en esa habitación en absoluto abandonada. «Bajo su pequeño delantal se vestía siempre de marrón oscuro o negro, lo que la hacía aún más oscura e invisible, me estremecí cuando descubrí que hasta ahora no me había dado cuenta de que esa mujer era invisible.»

Nos estremecemos junto a G.H., cuando toma conciencia de la poderosa presencia de la otra mujer en la habitación, donde se manifiesta aún en cada detalle. En la pared dibujada, en el colchón con «sus amplias manchas descoloridas como de sudor o de sangre aguada, manchas viejas y pálidas». ¿Las manchas de sudor y sangre son restos de Janair, o lo son de una antigua opresión, de otras mujeres oscuras e invisibles, siempre silenciadas? Es G. H. quien, al identificar la reciprocidad del odio, o peor aún, el origen del odio enraizado en ella misma, enuncia la «ira tranquila y compacta de esa mujer que era la representante de un silencio como la reina africana podría representar a un país extranjero», «la extranjera, la enemiga indolente».

Es por la presencia del otro en su casa, hecho extranjero, enemigo, que insiste en el silencio, es por la presencia del otro por lo que le sobreviene una «ira inexplicable»: «Quería matar algo allí». Y entonces, para su sorpresa, otro ser se ofrece en sacrificio, la cucaracha emerge de un rincón oculto y atrae toda la atención del protagonista, y toda la nuestra. Es impresionante que G.H. y nosotros mismos hayamos olvidado que, poco antes de esta aparición, toda la habitación estaba ocupada por Janair, esa alteridad negra. Es impresionante que hayamos prestado tan poca atención al hecho de que es Janair quien sufre la metamorfosis, es esta otra mujer la que se convierte en la cucaracha.

Todo lo que leemos después debería quedar transformado por el recuerdo de esta metamorfosis. Es para encontrarla, para fusionarse con ella, que G.H. realiza su penoso acercamiento a la cucaracha, su fusión con la cucaracha en un acto carnal. Sólo así, en el encuentro carnal con el otro, «el uno mirando al otro sin verlo, uno poseyendo al otro, uno comiéndose al otro», es como se encuentra a sí misma: «por primera vez estaba siendo la desconocida que yo era».

No termina ahí el extravío, por supuesto, porque todo es aquí su opuesto, y encontrarse significa, más bien, perderse. Es de este modo, en la fusión con la cucaracha, con la mujer negra, que G.H. finalmente logra despegarse de sí misma y ver: «Estaba saliendo de mi mundo y entrando en el mundo. Ya no me veía a mí misma, sino finalmente podía ver». Este es el efecto que Clarice nos ofrece, o el efecto que ella fue capaz de ofrecer a este lector, en esta ocasión, en este libro clásico libro que nunca se agota. La posibilidad de contemplar su fusión con el otro y de fundirme con ella, y así fundirme con el otro, y de ese modo convertirme en otro y perderme de vista a mí mismo. Y la posibilidad de creer, por un breve momento, en el más insignificante de los espacios y por un solo momento en el más resplandeciente, que fui capaz de ver el mundo.

 

Julián Fuks nació en São Paulo en 1981 y es hijo de padres argentinos. Como autor cuya obra ha obtenido varios premios literarios internacionales de primer orden, Julián Fuks ha sido reconocido como uno de los jóvenes escritores más destacados de Brasil. Ha trabajado como reportero para el periódico Folha de S. Paulo y como crítico de la revista Cult. Fuks es autor de Histórias de literatura e cegueira (2007) y Procura do romance (2011), ambas preseleccionadas para el Premio Océanos y para el Premio Jabuti. Durante 2017, Julián Fuks trabajó junto a Mia Couto dentro de la Iniciativa Artística de Mentores y Protegidos de Rolex. Consideradoa por Fuks como su obra más importante hasta la fecha, La resistencia fue el ganador del Premio Jabuti al Libro del Año (2016), el Premio Océanos (2016), el Premio Literario José Saramago (2017) y el Premio Anna Seghers (2018). Su novela más reciente, publicada en 2019 es A Ocupação.