Las relaciones entre la realidad y la ficción son el germen de la novela, desde el Quijote como parto del género a la gran explosión que se produjo en el siglo XIX, y si hay algo que estamos viviendo en este incipiente siglo XXI es el reciclaje de muchos de los principios rectores del género. Rafael Acosta usa la novela de Antonio Ramos Revillas, Los últimos hijos, para pensar en estas cuestiones.

 

Las buenas novelas son como los traidores, tienen muchas caras y aristas. La realidad es algo que solo se puede explorar habitándola, con las muchas perspectivas que esto genera y sus múltiples problemas. Un hombre pierde un hijo. Un hombre pierde una ciudad. Una ciudad pierde a sus hombres, sus hijos, su rastro. Los últimos hijos es una novela donde el caos que ha generado la violencia reciente en Monterrey se manifiesta como una pérdida inacabable, de los ancestros y de la descendencia, de la posición y de la dirección.

Antonio Ramos Revillas (Monterrey, 1977), es un narrador que nos tiene acostumbrados a una averiguación seca de las emociones que subyacen el desierto, ganador del premio de Literatura Joven Universitaria, el Premio Nuevo León de Literatura, el Premio Nacional de Cuento Joven Julio Torri, el Premio Nacional de Cuento Salvador Gallardo Dávalos, el Premio Regional Juan B. Tijerina y el Mano de Obra, así como las becas del FONCA y del Centro de Escritores de Nuevo León, del Centro Mexicano de Escritores, del FONCA y de la Fundación para las Letras Mexicanas. Su obra se ha caracterizado por sacudir el subsuelo de sus personajes, mostrando contradicciones internas de la forma en la que nuestra cultura nos modela y como reaccionamos ante ella.

Ramos continúa la trayectoria que nos apunta en su última novela, El cantante de muertos (Almadía 2011), una historia llena de leyenda, donde la relación del protagonista con la muerte y el pasado nos deja frente a un desierto sordo, donde el canto es la única forma de alejar a los fantasmas. Ahora, nos entrega una historia donde el hambre de permanecer en el mundo se manifiesta a través de la relación del padre con un hijo perdido y las formas en las que busca la elusiva tranquilidad en este mundo.

En esta novela de tensiones encontradas vemos como un profesional regiomontano trata de resolverse entre sus deseos y el mundo que le rodea. De la apropiada construcción de estas tensiones deriva el problema principal del libro, que es un problema claro: Arranca lento y obliga a la paciencia. Pero los que conocen la obra de Ramos saben que el escritor sabe lo que hace. Sin la construcción de la aparente medianía del protagonista sería imposible desarrollar la estrategia narrativa que nos expresa al decirnos que “Un hombre debería medirse más por lo que grita que por sus silencios”, una frase de doble filo que nos indica dos cosas: mientras que da valor al grito por encima del silencio, valora al silencio también, porque todo lo que se calla es algo que no merece el grito, algo que no merece participar de la autodefinición. La fuerza del grito depende de la intensidad del silencio.

La gente no anda por el mundo gritando la muerte de un hijo, que es la carga que lleva encima el protagonista. Tanto él como Irene, su mujer, han visto su vida deformada por un hijo perdido y la imposibilidad de tener otro. La vida tranquila en la que habitan, vulnerada por el robo de su casa, es apenas un barniz que cubre el dolor que lo marca a él, personalmente, pero también a una ciudad que parece haber perdido la posibilidad de tener más hijos, o de conservarlos.

Alberto, el protagonista, se venga de los ladrones robándole el hijo a una de ellos. A partir de aquí arranca el grito sordo que caracteriza a la novela, un grito que nace del desorden que suscitó la guerra del narcotráfico, pero que estaba gestándose desde mucho antes, en las estructuras de violencia igualmente sorda que ha proyectado México sobre su población. La internalización de esta violencia sorda la muestra Irene cuando se pregunta:

“–¿Te imaginas tener un bebé en esas condiciones? –añadió Irene y cerró el informe–. Nacer en la suciedad, crecer en la suciedad, reproducirte en la suciedad, ahí mismo envejecer, morirte entre cacharros. (…) ¿Por qué una chica como ella que es ladrona y pasa fríos y hambre o come mugrero, por qué una chica como ella tiene un bebé, Alberto, dime por qué incluso ella puede y yo no?”

Vemos aquí la enumeración de lo que es la vida de todos aquellos que vivieron sin el privilegio de una herencia como la de Irene. Podemos ver la crueldad máxima que marca cómo y por qué la violencia nos ha devorado a todos en México viene de la siguiente frase con la que Alberto le responde: “Nos la vamos a cobrar, Irene, ya verás”. El vórtice de pasiones que desemboca en la violencia de un país cuando se consume no es nunca un ente abstracto. Es un entorno que sufren todos los que participan de él, donde todos sienten que hay algo que cobrarse, aunque no parezca quedar nada de dónde cobrarse las deudas.

En ese vórtice la violencia se vuelve mitológica, un asunto que solo se puede entender a través de explicaciones místicas, donde el personaje se ve a sí mismo como el ángel exterminador de las plagas de Egipto. Como piensa para sí Alberto: “sólo entonces, con la muerte del hijo de tu prójimo serás vengado y se mirarán de igual a igual como los primeros hombres del mundo que tuvieron a sus hijos para verlos morir, la rabia florecerá en tu pecho como una orquídea que se vuelve luminosa”. Esta rabia que germina en el pecho de todos los que se encuentran en medio del tornado en el que se ha encontrado este país es la luz bajo la que se lee esta novela, que sabe poner en contacto las pasiones de un hombre con las pasiones del mundo en el que germina. Antonio Ramos continua construyendo una obra ejemplar dentro de la literatura mexicana y este libro indica que seguirá haciéndolo con muchas letras más.

 

Rafael Acosta

Rafael Acosta Morales (Nueva Rosita, Coahuila. 1981). Ha publicado la novela Mosquitos buscando luz, (CONARTE, 2006) que ganó el Premio Nuevo León de Novela 2005 y Conquistador (Tierra Adentro, 2013). Ha gozado de varias becas del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes en su edición de Jóvenes Creadores (2009-2010; 2012-2013). Ha desperdiciado la vida escribiendo y estudiando literatura, en Monterrey, Madrid e Ithaca, a la que se hartó de volver. Hizo su doctorado en Estudios Hispánicos en la Universidad de Cornell. Corresponsal de Guerra es su primera colección de cuentos. Actualmente enseña literatura al ladito de la granja de los papás de Superman en la Universidad de Kansas.

Todo texto es un Palimpsesto, pero más todavía los que versan sobre otras producciones culturales. Haciendo un leve homenaje a Genette, en Palimpsestos se recogerán los textos críticos. En penúltiMa la crítica es meditación y diálogo. Los textos que pasan a entretejerse con aquellos de los que hablan.

La fotografía es obra de Cristóbal Hara.