No se le escapa ya a ningún lector inteligente que Mario Levrero es, junto a Roberto Bolaño, el escritor de mayor influjo hoy en la literatura latinoamericana. Posiblemente sea el que más a la vuelta de unos pocos años. Entretanto algunos van dándose cuenta de a poco, como evidencia esta reseña de David Pérez Vega sobre una desigual compilación de textos sobre la producción narrativa de Jorge Mario Varlotta Levrero.

 

Como ya he comentado en mi blog, me invitaron a escribir para la revista Quimera un artículo sobre Mario Levrero (Montevideo, 1940 – 2004), y esto hizo que me acercara a algunos libros suyos que me faltaban por leer. Además le pedí consejo al escritor y crítico Elvio E. Gandolfo, que fue su amigo personal y con el que me intercambio correos de vez en cuando, y me recomendó este libro de Eterna Cadencia. Lo encargué en La Central de Callao, junto con el libro de Random House Diario de un canalla / Burdeos, 1972 y una semana después del de Random llegó el de Eterna Cadencia.

Voy a comentar aquí algunas de las ideas que más me han llamado la atención de estos ensayos.

Después del prólogo de De Rosso, el texto que aparece aquí reproducido es la primera reseña que tuvo la obra de Levrero: un comentario sobre su cuento, o novela corta, Gelatina, que escribió el que luego sería su amigo Elvio E. Gandolfo para El lagrimal trifulca de Rosario, revista fundada por Francisco Gandolfo, el padre de Elvio. La fecha de aparición de la revista con esta reseña fue octubre de 1968-marzo de 1969. Gandolfo resalta en sus palabras la angustia de Gelatina.

José Pedro Díaz une el fluir de la imaginación de Levrero a las técnicas literarias de los románticos.

Pablo Fuentes inscribe a Levrero dentro de la corriente de la literatura uruguaya que se suele llamar de «los raros» (denominación de Ángel Rama), para crear una contraposición con la literatura «realista» uruguaya. Fuentes vincula al primer Levrero con Lewis Carroll, Franz Kafka, el surrealismo y la corriente de «los raros».

Fuentes señala que los temas paradigmas en la narrativa de Levrero son los de el «Viaje» y la «Búsqueda». «Otra de las constantes en la escritura levreriana es la permanente apelación al humor, ya sea a través de las imágenes o del lenguaje.» (pág. 37). Fuentes entiende que la forma de crear humor de Levrero tiene influencias del cine mudo (Chaplin, Lloyd y Buster Keaton).

Hugo Verani resalta la atracción de Levrero por el extrañamiento. «Su atracción por las zonas oníricas y las penumbras que envuelven los procesos mentales genera una modalidad expresiva inclasificable, vehículo de liberación de fantasías, deseos y temores primordiales.» (pág. 39) Los relatos de Levrero se desarrollan en ámbitos opresivos y están narrados por un yo indiferente. Según Fredic Jameson, esta pérdida de centro y sentido de lugar se convierte en uno de los rasgos de la posmodernidad.

«La acumulación de situaciones excéntricas y de encuentros fortuitos, la suspensión onírica y la eliminación de los mecanismos psicológicos previsibles ponen de manifiesto la afinidad de Levrero con el surrealismo.» (pág. 47)

Según Juan Carlos Mondragón, para Levrero la imaginación no era un vehículo de evasión, sino una petición de principio, para ajustar el punto de vista y conocer la realidad desde otra perspectiva. Según Mondragón, la historia política de las dictaduras que sufrió el Cono Sur iba a dar sentido a los códigos imaginativos de Levrero: «cacerías, pesadillas, monstruos, torturas y aberraciones.» (pág. 63)

«El extrañamiento, la fractura del tiempo son sutiles formas de la violencia. El mundo ficcional de Levrero es violento. Desde la degradación por la supervivencia, la ausencia de solidaridad, un erotismo de modalidades perversas y que en la novela París llega hasta la guerra. Guerra como constante; aún cuando desautoriza a la historia.» (pág. 75)

Pablo de Rocca nos habla de su relación esquiva con Levrero, a raíz de que la editorial Arca le encomendara preparar su bibliografía. Cuando trata de contactarlo, los dos vivían fuera de Montevideo, Levrero en Colonia del Sacramente y él en Melo, cerca de Brasil. Esto hizo que no llegaran a conocerse en persona, sólo hablaron una vez por teléfono. Se relacionaban por carta. Rocca acabó pasando a Levrero un cuestionario que actúa como una especie de entrevista cronológica y que se reproduce en el libro.

Levrero cuenta que para él siempre fue angustioso trabajar para otros, en cambio su padre era feliz en el trabajo. Trabajaba en una tienda llamada Londres- París, y al salir de allí daba clases de inglés.

La infancia de Levrero en el barrio de Peñarol fue solitaria, lo que él no ve como algo negativo. A los dieciocho años sentía pasión por la pintura y el cine. De adolescente escribió poemas, además de una novela negra y un libro de humor. Todo esto lo destruyó.

En 1966 Levrero escribe la que sería su primera novela, La ciudad. En 1969 recibió una mención en el concurso de Marcha. La novela ganadora fue El libro de mis primos de Cristina Peri Rossi. Rocca le pregunta por la literatura comprometida, y Levrero afirma que en principio no le interesa, porque suele tener más de compromiso que de literatura. Cuando más tarde pudo conocer el ambiente de los premios literarios se prometió ante sí mismo que no volvería a participar en ellos. Promesa que sólo rompió para solicitar la beca Guggenheim.

Rocca le comenta que para los jóvenes uruguayos del momento los referentes literarios son Mario Benedetti y él, Levrero le contesta que no puede hablar de Benedetti, pues ninguno de sus libros le atrajo lo suficiente como para leerlo.

Martín Kohan escribe un pequeño ensayo sobre la idea de «ciudad» en Levrero. El tiempo de las novelas de Levrero es el de los sueños, y la presencia de la ciudad tiende a la desaparición. En Levrero destaca la idea del viaje y la búsqueda, pero también la del encierro. La mirada del Levrero sobre la dicotomía entre casa y exterior es la de una persona con agorafobia que también tiene claustrofobia. Los nombre reales de las ciudades en Levrero (París, por ejemplo) conducen a una visión onírica de ellas.

Oscar Steimberg nos habla de las historietas en las que Levrero hacía de guionista. Principalmente son tres series: Santo Varón, Los profesionales y El llanero solitario. En el libro se reproducen algunas tiras de las dos primeras. Son historietas que tienden al surrealismo, al absurdo.

Ezequiel De Rosso habla de las novelas policiales de Levrero, que a veces parecen una producción marginal, puesto que Nick Carter o La banda del ciempiés aparecieron como folletines, pero que él sitúa en el centro de su producción: «Desde que comenzó a escribir, Levrero quiso reescribir la tradición del policial.» (pág. 144)

De Rosso menciona una entrevista, que ya conocía por Un silencio menos, en la que Levrero habla del problema del policial, que debe ser «cerrado» para que el lector no se sienta decepcionado, pero que, precisamente al ser cerrado, se limitan sus posibilidades literarias.

Si bien Levrero siempre declaró que consideraba que su literatura era realista, porque, de un modo u otro hablaba de lo que sentía, y no le gustaban los calificativos para su obra de fantástica o de ciencia-ficción, Luciana Martínez especula sobre la vinculación de algunas obras de Levrero con la ciencia-ficción. Desde luego, Martínez no habla de una filiación de Levrero a la idea de la ciencia-ficción clásica, cuyas bases teóricas sentó John Campbell (director de la Astounding Science Fiction) en la época de la Edad de Oro de la ciencia-ficción, sino que Levrero, gracias a su gusto por la parapsicología y la búsqueda del Espíritu, tendría que ver con una idea de misticismo, al estilo de las ficciones de Philip K. Dick. Y al hablar de sus obras, más que de ciencia-ficción, deberíamos hablar –apunta Martínez‒ de «ficciones místicas».

Sergio Chejfec habla principalmente de El discurso vacío y La novela luminosa: «Tres principios organizan este diario: la escasez, la repetición y, consecuentemente, la ambigua abundancia derivada de la combinación de ambas. Podría decirse que las dos son condiciones abstractas para fundar relatos de la incomodidad, en la medida en que hoy (digamos varios siglos atrás) la incomodidad tiene patente literaria cuando proviene de alguna obsesión personal.» (pág. 197)

Adriana Astutti habla del que considera uno de los libros fundamentales de Levrero: El portero y el otro, formado por relatos y novelas cortas. Me resulta curioso que este libro no se haya publicado en España de la forma en la que apareció originalmente; ya que las nouvelles El alma de Gardel o Diario de un canalla están contenidas en este libro.

El último ensayo es de Reinaldo Laddaga y en él se indaga sobre los significados de La novela luminosa: «Al terminar el libro, es difícil no pensar que el trabajo del autor durante ese año ha consistido en evitar, hasta donde le ha sido posible, que sucediera nada extraordinario.» (pág. 234)

El libro finaliza con una serie de reseñas sobre los libros de Mario Levrero aparecidas en prensa, además de con una semblanza de los autores de los ensayos sobre Levrero.

Este libro entusiasmará, sin duda, al reducido grupo (pero en continuo crecimiento) de los seguidores de Mario Levrero.

La máquina de pensar en Mario
(Ensayos sobre la obra de Levrero)
Editorial Eterna Cadencia. 265 páginas. Primera edición de 2013
Selección y prólogo de Ezequiel De Rosso

 

David Pérez Vega

David Pérez Vega (Madrid, 1974). Trabaja como profesor de Economía en un colegio. Reseña libros los martes en la Revista Eñe Digital y en su blog “Desde la ciudad sin cines”. Ha publicado tres novelas (“Los insignes”, “El hombre ajeno” y “Acantilados de Howth”), un libro de relatos (“Koundara”) y dos poemarios (“El bar de Lee” y “Siempre nos quedará Casablanca”). Ha vivido en Móstoles y actualmente lo hace en Madrid.

Todo texto es un Palimpsesto, pero más todavía los que versan sobre otras producciones culturales. Haciendo un leve homenaje a Genette, en Palimpsestos se recogerán los textos críticos. En penúltiMa la crítica es meditación y diálogo. Los textos que pasan a entretejerse con aquellos de los que hablan.