Entre el envío de esta colaboración y su publicación, Francisco Alejandro Méndez ha ganado el Premio Nacional de literatura de Guatemala, qué se puede decir más allá de que es un placer para penúltiMa poder ofrecer un nuevo cuento inédito de uno de los autores más carismáticos de la literatura centroamericana, y ahora, además, uno de los más reconocidos.

 

París, 2016

Ana se acaba de marchar de mi dormitorio. Un examen de psicoanálisis no la había dejado estar sosegada durante las dos horas que estuvo conmigo. Vino a ver cómo seguía mi rodilla, pues un par de semanas antes me caí y casi me la rompo. Cuando los médicos me revisaron me explicaron que se me había salido el líquido, que necesitaba reposo,  utilizar bastones por unas tres semanas. Además, me insistieron que por poco me había salvado de una delicada intervención. Sin embargo, Ana vio algo de mejoría en el golpe. También me pidió que no pintara de pie, sino sentado y si no lo podía hacer de esa manera que lo dejara o mi recuperación sería más costosa. Comimos una pasta con hongos y una salsa de tomates; vino y chocolate negro.

Escuchamos música variada mientras le mostraba las puntuales campanadas de Notre-Dame y la sincronizada luz de la torre Eiffel que pegaba contra la pared de mi habitación constantemente. Yo vivía en un cuarto piso de la Cite International del Arts. Me habían otorgado una beca para terminar mi primera exposición pictórica en el museo de Louvre. Mi cuarto tenía una gran habitación, un baño, el estudio, que también utilizaba como comedor; mi cama, separada por una pared que llegaba a tres cuartos del área principal y una pequeña cocina equipada con lo básico. La residencia me había tocado entre finales de invierno e inicios de verano. Ana estudiaba un diplomado en Bélgica, así se marchó tras comer, beber y reírnos un rato. Su cabeza, dijo, no estaba para más cosas. Yo no pude ni acompañarla al elevador, pues el vino me había provocado más dolor en la rodilla. Ella tampoco hubiera permitido que cojeara por más de cincuenta pasos.

Cuando me quedé solo intenté pintar durante unas tres horas, pero hacerlo sentado la perspectiva que tengo sobre el lienzo cambia. Nunca me he sentido cuando he intentado trabajar con en esa postura. Mis cuadros son de formato grande, entonces cuando pinto me paseo por ellos, escarbo, paso por detrás, los veo por todos lados, por lo que inhabilitado de las piernas se me dificulta. Por eso traté de retocar y no de crear.

Eran las nueve de la noche y todavía el sol daba en la cara. Guardé el material en el pequeño cuarto y recostado escuché un buen rato a Pat Metheny.

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No sé si fueron los rayos que lanzaba la torre o qué, pero de pronto recuerdo que escuché unas detonaciones. Eso me hizo saltar de la cama, primero pensando en que ya se acercaba el día de la toma de la Bastilla, segundo, porque constantemente pasaban autos policiales, consideré una posible tragedia. Tras poner el pie izquierdo en el piso, el dolor de la rodilla me estremeció todo el cuerpo.  El caso es que como conejo, de un salto llegué a las ventanas; abrí un poco la cortina. Afuera ya estaba oscuro.

Lo que mis ojos vieron, mi cerebro no lo creyó. Al menos el primer microsegundo así fue. Abajo corrían unos hombres vestidos con trajes de militares, con los rostros cubiertos y pañuelos atados en el cuello. Habían cruzado el puente del Sena y se dirigían a la entrada de la Cite. Completamente aterrorizado vi cómo se perdían en la entrada del edificio, solamente uno había quedado afuera, pues la punta el fusil se miraba desde el cuarto piso en el que yo me ubicaba.

Las noticias de los últimos días señalaban que en varios lugares se habían registrado ataques terroristas, un avión en Turquía, otro ataque en Irak, en Bangladesh. Las policías y los servicios de inteligencia permanecían en estado de alerta roja. Especialmente en París, ciudad en la que se celebraba uno de los campeonatos de fútbol más grandes del mundo.

Por mi cuerpo pasaron cientos de escalofríos. Por más que traté de pensar que era una alucinación, observé que el uniformado de verde olivo custodiaba la puerta y revisaba las ventanas, por lo que corté la respiración e intenté en vano multiplicarme por cero.

Como pude llegué a la puerta de entrada de mi apartamento, la que da al corredor. Abajo se escuchaban los ecos de las detonaciones, gritos y por ratos, un inmenso silencio. Como mencioné yo había visto a cuatro hombres dirigirse hacia la entrada. Si uno se había quedado en la puerta, de seguro dos cubrirían los ascensores y otro la salida que da al patio.

Las detonaciones cada vez se escuchaban más cerca. Yo sabía que estaba completamente perdido. No podía correr, no podía saltar, pues o me mataría del salto o el tipo me dispararía en pleno vuelo.

Llegué a la cama, en la que descansaba el teléfono celular sin la música de Pat. Estaba prácticamente descargado. Me lo guardé en la bolsa en modo avión y me trabé unos tenis y un pantalón de cuero. Mientras me temblaba la boca, el corazón intentaba salirse de su sitio y el estómago se me volteaba cada dos segundos. Con un bastón busqué un lugar dónde esconderme, pero era prácticamente imposible. No había ningún lugar donde meter mi cuerpo. Soy un hombre bastante flaco, más de lo normal, pero mido un metro ochenta y dos y eso no me permite enrollarme dentro de una pequeña refrigeradora o el mueble del lavamanos.

El miedo se apoderó por completo de mí. Y no es porque le tenga terror a la muerte. Es más, la mayoría de periodistas que me han entrevistado me preguntan si le pinto a ella. Más bien me parece que es el miedo de la sobrevivencia, el de la incertidumbre y el de pensar que tan rápido te llegó la hora de esfumarte del mundo. Tengo un hijo que vive en Brasil a quien le hablo por teléfono dos veces al año y al que visito cada tres. Pero no me preocupaba él por el momento. Afuera, en el corredor, la gente gritaba, lloraba, se escuchaban las balas cada vez más cerca. Pensé que tras los quince minutos que llevaban disparando ya habrían subido unos tres pisos. Afuera no se escuchaban sirenas de la gendarmería. Eso podría salvarme, pero eso, no aparecía por el momento. Seguro habrían cortado las comunicaciones o habían matado a quien lo intentaba.

Todo mi cuerpo temblaba. Era como si tuviera permanentemente el Baile de San Vito.

De pronto, escuché las detonaciones muy cerca. Eran zumbidos que pasaban por el pasillo. Además, las descargas eran continuas debido a que eran armas de asalto. No sé por qué pero se me ocurrió abrir la puerta y luego, como conejo otra vez, corrí hacia la cama y me tumbé. Pensé que si parecía muerto, no me matarían o que se apiadarían de mí. Solamente me tapé con una sábana para que no pensaran que tenía un arma conmigo.

Cerré los ojos y entonces escuché el portazo.

Alguien había pateado la puerta que estaba cerrado. Disparó varias veces, pero no hacia los vidrios, sino hacia el techo. Gritaba en un idioma gutural y desconocido para mí. Era una voz ronca, pero a la vez femenil. Yo contuve otra vez la respiración y cerré los ojos esperando que me ejecutaran en cualquier momento.

Durante varios segundos que parecieron horas no escuché nada ni intenté abrir los ojos. No sabía si el asesino se había largado o me apuntaba. Al final, lo sentí cuando con el frío cañón repasó lentamente la sábana de mi cuerpo. Luego se acercó a mi rostro, pues sentí su aliento fresco. Me susurró algo inentendible y luego me puyó el vientre con el fusil.

Entonces grité y abrí los ojos. Él se había alejado de mí. Me hizo una señal de que me levantara lentamente. Lo hice. Le mostré el bastón, pero negó con firmeza, así que empecé a arrastrarme hacia la salida, donde me había indicado. Cuando lo perdí de vista la espalda se me erizó completamente. Pensé que me mataría de esa forma o que me iba a ejecutar en el corredor. Sin embargo seguía vivo. Entonces, con un movimiento de la cabeza me ordenó que caminara hacia el ascensor. Lo hice arrastrando la pierna izquierda.

Al cabo de un par de minutos llegamos al área que me indicó, pero cuando ya me disponía a bajar por las escaleras, me ordenó con gestos que me acercara y esperara el ascensor.

De pronto se escuchó el sonido de la llegada y se abrió. El tipo pasó primero y luego entré yo, siempre de espaldas a él. Con el fusil accionó el botón que indicaba piso cero. Inició el descenso. ¿Dónde me va a disparar?, pensé. Me recordé de la hollywoodiana serie de Bruce Willis de Duro de matar. Pero yo estaba muy lejos de ser un héroe de los relatos de hadas.

Llegamos al piso. Cuando traspasé la puerta de entrada o de salida habían muchos de los residentes tirados en el piso. Tres con las mismas indumentarias apuntaban contra todos. Yo no estaba tan seguro que todos estaban vivos. Algunos lloraban. Revisé si estaba una pareja amiga integrada por una finlandesa y un mexicano, pero no los vi. Tampoco la pianista china o el escritor sueco de novelas negras.

Mientras yo revisaba si conocía a alguien fui lanzado al suelo junto con los demás.

Hubo un silencio se puede decir que total, pues los rehenes callamos también.

De pronto se fueron apagando las luces, poco a poco, difuminándose. Pensé que había recibido un disparo y así se me iba la vida. Pero estaba equivocado. Eran las luces de la Cite que se había quedado a oscuras. Sin embargo, a los quince segundos se volvieron a encender y los del traje de verde olivo con los rostros cubiertos tiraron sus armas y comenzaron a despojarse del uniforme. Otra vez mis ojos observando lo que no daba crédito mi cerebro. Dentro de cada uniforme salió una mujer vestida con traje de noche: una de ellas con un corto vestido rojo, la de la otra era azul; una más lucía uno blanco, corto con encajes y la cuarta, una chaqueta negra con una falda a cuadros, muy corta.

De pronto comenzaron los aplausos y sonó una música en vivo, procedente de un grupo que surgió entre la oscuridad, que permanecía atrás del escritorio de la recepción. Irrumpieron los meseros con vino y bocas. Entonces, las cuatro muñecas fueron ovacionadas por su exitosa representación. Yo no paraba de temblar.

Francisco Alejandro Méndez

Francisco Alejandro Méndez (Ciudad de Guatemala, 1964). Novelista y crítico guatemalteco, es el autor de un amplio Diccionario de autores y críticos de Guatemala (2010) y ha ejercido y ejerce la docencia en varias universidades. Es un convencido defensor del cuento, y entre su producción destacan los libros de relatos Triple Play (2013), Crónicas suburbanas o Ruleta rusa (ambos de 2001).

Poe y compañía es la sección dedicada a la ficción  en penúltiMa. Por necesidad un relato colgado en la web no debe ser muy largo, y eso nos recuerda a la unidad de impresión de la que habló el iniciador del cuento literario moderno. No nos parece mala cofradía para unirse a ella.

La fotografía que ilustra el texto es obra de Alberte A. Pereira, su trabajo puede ser disfrutado en su página web: http://alberteapereira.com/