Esta novela que acaba de poner a la venta en España la editorial Irradiador, y que ponemos a disposición de nuestros inquietos lectores gracias a su gentileza, tiene como excusa argumental un recorrido por París a través de lo más mundano y lo más insólito de la ciudad. Florent Oiseau abre nuestros ojos a nuestras pequeñas debilidades, a nuestras frágiles existencias, como lo hacen los poetas. Argumentalmente se presenta como la narración de un recorrido a lo largo de la línea 69 de autobús por París y sus alrededores, atravesando las calles y barrios donde nuestros contemporáneos se cruzan, se mezclan, se aburren, a veces aman y persiguen algo incomprensible. Su narrador, Pierre, es un individuo común, alguien bastante corriente que un día, como cualquier otro, es testigo de la muerte de un vecino en la parada del autobús. Es como una fruta que, al caer, se hace añicos en el suelo. Y esta experiencia lo afecta de modo radical, lo lleva a reflexionar y marca el inicio de una odisea que parece inútil, un viaje a través de la ciudad de París en busca de lo esencial de la existencia.

 

Ahora por las noches me parece intolerable que pase el tiempo. El más mínimo segundo que se escapa es un segundo que la existencia me roba. Sin embargo, llegado el día, todo se difumina y me dedico a mirar recetas de tortilla de champiñones en Internet. Me quedo despierto toda la noche. Durante mucho tiempo pensé que mi ritmo debía significar que me gustaba la oscuridad, que era un ser lucífugo, un animal de barra al que le gustaba camuflar su reflejo entre las nubes de humo. Si esperaba tanto la mañana para dormirme, es que, en definitiva, desconfiaba menos de ella, le entregaba mi vulnerabilidad, mis pensamientos. Mi sueño.

Para escapar de la fatalidad, muchas veces mezclaba huevos con rebozuelos. De vez en cuando, boletus o trompetas. He ido tanteando, caminando en varias direcciones, pero desde aquí el horizonte está despejado, las shiitake son mi único amor.

—¿Tu tortilla lleva setas de cardo?

Cuando me lo preguntan, el mundo puede parar de girar y las abejas de libar. Intento no mirar a mi interlocutor, limpio una mancha invisible sobre el mantel de hule. Finjo frialdad, ensayo una indolente exasperación y silbo unas cuantas palabras destiladas con una suficiencia llena de desprecio hacia los ignorantes.

—No, son shiitake.

Lo digo como si tuviese un coche de colección en mi garaje. La gente se queda pensativa, encuentran mi

respuesta incomprensible, súbitamente el universo se convierte para ellos en algo vasto, voluble, diverso. En la escala del shiitake, sus pies todavía están tocando el suelo.

Hoy no he hecho tortilla de setas. Hoy he visto un cadáver. No digo que ambas actividades sean incompatibles. Pero me ha pillado de sorpresa, me creía más preparado. El aire estaba muy frío y, ese cadáver, muy muerto.

Las shiitake y la muerte, la gente no está preparada.

Invierno

1

Me lo dijo el tendero. Debajo de la sábana había un vecino. Alguien del barrio, un rostro familiar. Su corazón se detuvo mientras esperaba el autobús, cayó de golpe agarrándose el pecho. Su cabeza produjo un ruido sordo al golpear el asfalto. Yo bajaba a comprar pomelos en ese mismo instante. Un disciplinado gentío se agrupaba en ese frío glacial de las mañanas de invierno, de las que te abofetean y te anestesian las extremidades. En esta calle lo más normal es que el silencio brille por su ausencia; sin embargo, esa mañana no se oía otra cosa que un zumbido sordo y colectivo. La gente mantenía posturas torpes, nadie se atrevía a tragar, el olor a plástico del bazar se mezclaba con el de los bares que empezaban a ponerse en marcha. Estaba tumbado sobre la acera, delante del restaurante libanés, a las palomas les daba igual, poco más o menos que a los cocineros tamiles. Los sanitarios del SAMU intentaron reanimarlo, recuperar el ritmo cardíaco. Hasta que, tras largos minutos de esfuerzo, uno de ellos negó con la cabeza, dejó ir la rigidez de su nuca, relajó los hombros. La vida de aquel hombre había terminado allí, esperando al autobús 69 en la parada Popincourt, ante el número 112 de la calle de la Roquette. Había amado, llorado, reído y, ahora, había llegado a su fin. Los cocineros tamiles tiraron sus colillas en la cuneta. El autobús 69 pasó minutos más tarde, impasible. Hubo gente que bajó, otros subieron. Yo mismo compré los pomelos.

Antes de pagar los cítricos, pensé: «qué injusto morir cerca de una tienda de comestibles». Sin más argumentos. Deshice mi corto camino. Un prospecto sobresalía de mi buzón, la carta de un restaurante delicadamente bautizado La vida que se Escapa. Al pie de la escalera, me asaltó una problemática filosófica que surgía directamente de lo acontecido durante los últimos minutos. ¿Es la vida la que crea el azar o es a la inversa?

Subí a mi casa. Dejé los pomelos en la cesta de la fruta y el prospecto en el mueble de la entrada. Lo cogí de nuevo. La Vida que se Escapa. Miré por la ventana, da a la calle. Los peatones se habían evaporado, disueltos en las arterias de París. Terminaba la tregua que había dado el ruido durante un instante, el suficiente para que el muerto expirase. Un hombre de verde barría las aceras como quien borra una pizarra. Ciclistas despreocupados pedaleaban hacia su propia crisis cardíaca, los charcuteros se ataban los delantales, los puerros sobresalían de las bolsas de la compra, los restauradores, en plena tarea, parecían mariposas impacientes. Habían guardado el desfibrilador y el SAMU se había marchado. El vecino, ese rostro familiar, se había olvidado.

Esa noche volví a acostarme muy tarde. Las calorías del pomelo no tenían la culpa. Me pregunté qué iría a hacer el muerto antes de morir. Esperaba el autobús 69, dirección Gambetta, no disponía de otra información adicional. Busqué el plano de la línea.

Popincourt
Voltaire – Léon-Blum
Saint-Maur – Servan
Roquette – Père-Lachaise
Auguste-Métivier
Mûriers
Martin-Nadaud
Gambetta

Tras una de esas paradas se escondía el destino —inicial— del muerto. Una cita administrativa, una amante con la que cumplir, un campeonato de tarot con el Círculo de Jubilados del Ferrocarril. Jamás lo sabría. El hombre que le había realizado el masaje cardíaco tampoco. La fruta cae de los árboles, la gente hace más o menos lo mismo cuando se va. Buceé por mi ordenador en busca de alguna información capaz de estimular mi imaginación, de obligarla a vagabundear en otra parte, lejos del muerto de la línea 69. Siempre me ha encantado distraerme con reportajes que traten de lo infinitamente grande a escala universal y con los comentarios a los vídeos de las páginas de pornografía. Estos últimos dicen mucho sobre nuestra época y los hombres que la habitan, y son para mí auténticos tratados sociológicos.

¡¡Estupenda eyaculación!! ¡¡Queremos más!!
Tengo el mismo despertador en mi mesilla de noche.
olla gorda en Dijón busca mujeres.

Polla gorda en Dijón busca mujeres.

Esa botella lanzada al mar me parece llena de una infinita melancolía. Así son nuestros dramas, nuestras dudas. Se esconden heridas enormes tras comentarios aparentemente anodinos. Si hubiese tenido acceso a estos mensajes escritos al pie de los vídeos de las páginas porno, Freud hubiese redirigido su carrera profesional hacia lo inmobiliario o la restauración. Se hubiese centrado en la piedra y en el paladar, pero hubiese abandonado la complejidad del alma humana. La dimensión de las cicatrices le hubiese desanimado.

Frente a mi ordenador, me imaginé ese pene dijonés poniéndose sus zapatos nuevos en pos del fruto deseado, paseando en tranvía con la camisa abierta, a la italiana. Esperando delante del Palais des Ducs, algo resignado, con los hombros caídos, la mirada perdida frente a un horizonte desnudo, zigzagueando de forma lasciva entre las columnas corintias del Grand Théâtre hasta sentir mareo. Errando por la calle Forges arrastrando los pies, buscando una mirada, un resquicio, y chocando contra la indiferencia de las estudiantes, demasiado conscientes del poder de sus caderas. Creo que sentí pena. Porque detrás de esa «polla gorda en Dijón busca mujeres» está la soledad, la auténtica, una polla probablemente estándar, la esperanza, mucha esperanza, un personaje triste en una ciudad anónima de la Costa de Oro, en la periferia de Dijón, y tormentas de desilusión durante sus vagabundeos por territorios yermos.

Continué la búsqueda en otra parte. Internet lo permite. Tras haber aprendido los rudimentos para la fabricación de una barbacoa artesanal, aterricé en otros asuntos menos banales: «Ciento sesenta mil personas mueren cada día en el mundo, es decir, unas dos por segundo». ¿Cuántas de ellas esperando el autobús? El 69, por ejemplo. En ningún lugar se precisaba. Comí un huevo duro; siempre los cuezo de más, me gusta cuando la yema se vuelve gris. La televisión del vecino me ofrecía un poco de compañía. Reflexionaba sentado en mi sofá. El carácter efímero de las cosas, Dijón, el amor, el sexo, los desfibriladores. Los segundos que se evaporan, incansablemente, poniendo en peligro nuestra existencia. Un segundo es el tiempo que necesito para escribir la palabra segundo. El tiempo que necesita una fruta para caer del árbol. Me dormí poco después, como si nada fuese importante, y la vida, irrisoria.

 

Florent Oiseau (Montfermeil 1990) ha sido empleado de gasolinera, barman, lavaplatos, recepcionista nocturno, trabajador de una fábrica de pan de sándwich, crepero y también empleado de un tren nocturno. Actualmente es supervisor en una escuela secundaria en los suburbios de París. Su ópera prima, Je vais m’y mettre (2016), fue reconocida en Francia como «el libro más divertido del año» y se hizo merecedora del Prix Saint-Maur. Tanto Paris-Venise (2018) como Les Magnolias (2020) obtuvieron el estatus de finalistas en el Prix Orange du livre. Esta última novela también fue preseleccionada para el Prix de la Vocation, el Prix du roman qui fait du bien de Fontvieille, el Prix France Bleu Pages des libraires y el Prix des lecteurs en Erdre. Por último, su obra más reciente, Les fruits tombent des arbres (La fruta cae de los árboles), fue laureada con el Prix du roman qui fait du bien.