Incluído dentro de la colección El clan de los estetas, libro que obtubo el premio Mariano Azuela de narrativa y que no ha tenido demasiada difusión debido a que se editó entre las publicaciones institucionales de la Universidad Veracruzana, este relato es una buena muestra de las posibilidades como narrador de Alejandro Badillo.

 

Los de afuera, suponiendo que existan, quizás puedan considerar nuestro comportamiento demencial. Sin embargo no podemos controlar el temor cuando el crepúsculo llega y se extiende por las habitaciones de la residencia. Entonces nos acercamos a las ventanas y miramos el camino que sale de la entrada principal y se interna en el bosque. Somos viejos todos: algunos apenas pueden hablar, otros se mantienen en silencio, acostados en sus camas, mirando el techo o aparatos descompuestos. La vigilancia del camino es fundamental y, aunque no tenemos reglas precisas, cuando cae el crepúsculo tenemos la certeza de que algunos están apostados en las ventanas, esperando alguna señal –los faros de un auto, por ejemplo– para dar la voz de alarma. Están ahí, iluminados con velas (la luz eléctrica no funciona desde hace varios años), con los rostros empalidecidos y atentos, pensando en lo que ocurrirá si ven un auto o si un improbable extranjero emerge de entre los árboles para caminar, con paso decidido, a la residencia. Hemos pasado tanto tiempo aquí, solos, que esa posibilidad parece lejana. A pesar de esto un sector aún cree que alguien llegará y que ese encuentro creará una escisión en el tiempo. Los más radicales dicen que el mundo exterior, aquel que conocimos cuando éramos jóvenes, no existe más y que la residencia es una especie de isla, una roca rodeada de un mar estéril e infinito. Sólo nos queda esperar.

De la residencia sabemos poco: en algún momento se fundó y fueron ocupados sus dos pisos. Varias generaciones de ancianos llegaron, vivieron sus últimos meses o años y fueron reemplazados con rapidez. Geriatras y familiares poblaban los pasillos y sus voces se escuchaban hasta altas horas de la noche. Hubo un momento, un día ahora perdido en la memoria, en que uno de nosotros percibió un gesto de repulsión en un familiar que lo atendía. Algo normal, quizás una reacción que provocaban nuestros cuerpos en declive y que no podíamos controlar. Pero los gestos se repitieron: por aquí había una mueca, por allá un malestar que trataba de ocultarse con un sutil carraspeo. La desazón comenzó a extenderse entre los visitantes y, peor aún, entre los médicos. Las rondas de supervisión perdieron su rigor y pasábamos cada vez más tiempo en soledad, mirándonos entre nosotros, alejándonos del tiempo y buscando combatir la realidad con los recuerdos. Apenas hicimos preguntas que fueron respondidas con frases vagas. Nuestra indiferencia se justificaba por nuestro inminente final: unos días más o unos días menos eran irrelevantes en ese extremo del camino. Algunos, incluso, parecían agradecidos con ese abandono porque ya no tenían que ser partícipes de las atenciones que les prodigaban y que, muchas veces, eran fingidas. Entonces dejaron de venir: primero los familiares, después médicos y enfermeras. No ocurrió de inmediato: fue un movimiento lento, como un grifo que gotea hasta secarse por completo. Desaparecieron como si nosotros fuéramos víctimas de una infección invisible, asintomática y peligrosa. La residencia quedó casi sin ruidos. Los teléfonos en las oficinas, cuando eran descolgados, no daban línea. El estacionamiento no tuvo más autos. Sólo hubo leves hojas en la fuente y varios nidos de pájaros se sustentaron en los aleros. Los pasillos fueron habitados por nuestras fatigosas respiraciones cuya fuerza apenas empañaba los cristales en el frío de las noches.

Los días transcurrieron: muchos no podían caminar y, de costado en sus camas, como barcos arrojados por la marea, parecían calcular –con los ojos muy abiertos– el peso casi sólido de la penumbra. Sin embargo no se contagió el pánico. En nuestros rostros había tranquilidad, resignación ante un fin que llegaría antes de lo previsto. Las medicinas se acabaron. Una partida de enfermos, sin mucha esperanza, hurgó en una oscura habitación en busca de los últimos analgésicos. Pronto abortamos más estrategias de sobrevivencia. Sin hablarlo mucho nos convencimos de que las medicinas, los controles, las dietas, eran instrumentos sin poder, meros artilugios cuya única función era aletargarnos, convencernos de que no valía la pena oponerse a la inexorable muerte. Sin ellos nos volvíamos quizás más frágiles pero también más lúcidos. Nuestros pensamientos se aclararon. Sin embargo, en vez de indagar nuestro destino y las posibilidades futuras, nos dedicamos a explorar la memoria, como si en algún resquicio, en alguna imagen, se encontrara la explicación del rumbo que habían tomado nuestros últimos días.

Pronto vinieron las primeras muertes. Lo sabíamos cuando llamábamos a alguien por su nombre y no respondía. En algunos casos era evidente el triunfo de la enfermedad o el repentino colapso de un órgano vital. Sin embargo, otros viejos que aparentaban una salud irreprochable y que sólo tenían leves achaques, morían sin explicación convincente. Cuando pasábamos frente a sus camas y mirábamos su expresión vacía, sus labios flojos, brillantes por un último espumarajo, comprendíamos que su muerte había llegado por aburrición, por esperar demasiado tiempo a que algo sucediera. Entonces los envolvíamos entre las sábanas y dejábamos que los más fuertes los arrastraran por los pasillos para abandonarlos en los linderos del bosque. No había oraciones, acaso un buen deseo que se olvidaba cuando esperábamos tras las ventanas el improbable ataque de un animal carroñero. Alejados de una descomposición rápida, los cuerpos se sometían con dignidad a la acción del tiempo y, a los pocos meses, veíamos entre los árboles sus esqueletos ordenados y persistentes. La población menguó así que pensamos que sería buena idea dejar registro de nuestra existencia. En una pared del ala oeste grabamos nuestros nombres con un punzón encontrado en un cuarto que guardaba herramientas de jardinería. Ahí quedaron nuestras fechas de nacimiento y un espacio en blanco que esperaba ser ocupado muy pronto. No pasaba un día sin que especuláramos con el nombre del último encargado de esa labor.

Nuestro grupo se redujo a quince. Hasta entonces habíamos sobrevivido gracias a las conservas, sueros y latas que racionábamos ferozmente. Nos sentíamos sin fuerzas para intentarnos en el bosque y buscar una población cercana. Probablemente moriríamos a medio camino, deshidratados y devorados por el calor. Algunos subieron al techo de la residencia con la esperanza de llamar la atención de algún viajero que caminara por un sendero lejano. Regresaban siempre con los rostros inexpresivos. Entonces, agotadas todas las opciones, nos acostamos en nuestras camas y nos dijimos parcas palabras de despedida. La luz de la luna iluminó nuestros cráneos desnudos: el fin llegaría pronto. Dormitábamos a ratos con los labios entreabiertos y la expresión apretada y ansiosa. Podíamos sentir a nuestros cuerpos debilitándose aún más. Nuestros estómagos ahora eran espacios vacíos que, al no poder expandirse más, se contraían como estrellas que canibalizan su propia energía hasta apagarse por completo. Entonces vinieron los primeros dolores por inanición. Nuestras mentes, anteriormente lúcidas por la ausencia de químicos, se volvieron borrascosas y fabricaban alucinaciones, imágenes distorsionadas que mezclaban pasado y presente. Contra toda lógica, persistimos. Sumidos en una pereza dolorosa, creímos enraizarnos en las tinieblas de las noches y en el ámbar de las mañanas. El horizonte de la muerte se presentaba siempre a la misma distancia como un espejismo que se graba en la mirada alucinada del viajero. Nuestros perfiles se afilaban con los días y las costillas, con cada respiración, esculpían su relieve. Por dentro, sin embargo, permanecíamos intactos: nuestras células parecían nutrirse de su propio vacío, mantenían sus límites engañando al desgaste. Alguien dijo con voz temblorosa –acaso con un matiz profético– que había tenido un sueño y que en ese sueño las sábanas que nos envolvían eran capullos que ocultaban una metamorfosis secreta y terrible. Por el momento, según él, estábamos en una fase larvaria que devendría en un alumbramiento, un amanecer que podría ser estabilidad o caos.

Perdimos la cuenta del tiempo. Las hojas del calendario se endurecieron y adquirieron un indeciso color amarillo. Las estaciones parecían ser las mismas. Seguíamos en nuestras camas, aburridos ante una muerte que no deseaba hablarnos, castigándonos por una falta desconocida. No comentábamos nada por cansancio o por temor a que las palabras elaboraran nuevos escenarios que, a la larga, nos llevarían a la locura. Los más cercanos nos entendíamos con la mirada o con las respiraciones que apenas quebraban el pulso de la noche. Entonces ocurrió: una tarde en la que el cielo, carente de nubes, parecía un ardiente desierto, alguien, cuyo nombre hemos olvidado, hizo a un lado las sábanas, comenzó a levantarse de su cama y se puso en pie. Sus primeros movimientos fueron vacilantes, como si su cuerpo imitara, inconscientemente, los primeros pasos de la infancia. Lo miramos con incredulidad y, después, con esperanza. El aventurero, un poco tambaleante, fue por sus pantuflas. Luego miró con expresión de triunfo una bandeja que desde hacía mucho no tenía comida. Cada pisada nueva era más firme que la anterior. Pronto lo imitamos y deambulamos entre las camas, sorprendidos y ansiosos. Caminar por el pabellón principal fue colonizar un nuevo mundo. Ya no sentíamos hambre y nuestras lenguas tenían una perenne sensación de humedad, como si acabáramos de beber un vaso de agua. Nos sentíamos diferentes, desconocidos. Alguien refirió, con una febril convicción, que nuestro deterioro se detendría indefinidamente. Lo escuchamos con temor porque, incapaces de morir, seríamos una anomalía, un accidente viajando a ninguna parte.

Desde entonces estamos aquí, respirando, sin pensar en el paso del tiempo. Vigilamos obsesivamente el camino que lleva a la residencia y la frontera del bosque. Nuestro temor es que nuestra realidad, demasiado increíble, sea una ilusión y que cualquier evento externo rompa la burbuja que nos contiene. Quizás ese evento nos redima con la muerte. Pero no tenemos esa certeza y por eso sólo podemos mirar por las ventanas, imaginar que estamos dormidos, en un punto del pasado, rodeados de médicos y parientes, en un segundo que se expande constantemente hasta crear las sensaciones y reflejos que percibimos en estos momentos. Otros imaginan –quizás su esperanza no sea del todo vana– que algún día nuestras fuerzas serán suficientes, abriremos la puerta principal de la residencia y saldremos a contar nuestra historia.

 

Alejandro Badillo (Ciudad de México, 1977), es autor de los libros de cuento Ella sigue dormida (Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles (BUAP), Tolvaneras (SC Puebla), Crónicas de Liliput (BUAP), El clan de los estetas (Universidad Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela) y las novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta/ Secretaría de Cultura del DF) y Por una cabeza (Ficticia Editorial / Universidad Autónoma de Nayarit. Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Ha participado en publicaciones como Luvina de la Universidad de Guadalajara, GQ, Letras Libres y el suplemento “Confabulario” de El Universal. Colabora con cuentos y crítica literaria desde el año 2000 en la revista Crítica de la BUAP. Es exbecario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes.

Poe y compañía es la sección dedicada a la ficción  en penúltiMa. Por necesidad un relato colgado en la web no debe ser muy largo, y eso nos recuerda a la unidad de impresión de la que habló el iniciador del cuento literario moderno. No nos parece mala cofradía para unirse a ella.

La fotografía que ilustra el relato es de Maggie Steber, su trabajo puede admirarse en su página web: http://maggiesteber.com