Publicada por Anagrama, Magnetizado de Carlos Busqued es la confirmación de su excelencia como narrador. Antonio Jiménez Morato continúa con la lectura atenta de este demoledor libro una serie de críticas con la intención de devolverle a la crítica literaria la preeminencia y libertad que parece haber perdido en otros medios, vocación acaso presuntuosa pero que responde a una necesidad cada vez más acuciante.

 

Resulta tentador buscar las relaciones entre los dos únicos libros publicados por Carlos Busqued: la sorprendente ficción Bajo este sol tremendo que se publicara hace nueve años y la reciente Magnetizado, que se presenta como más cercana a la no-ficción. Aquella novela de Busqued acaso sea el libro que mejor haya soportado el paso del tiempo de los cinco que llegaron aquel año, 2008, al jurado del premio Herralde. La novela ganadora, Casi nunca, de Daniel Sada, es quizás el texto más convencional de su autor, toda la trama argumental estaba, de hecho, explicitada en su contracubierta, lo que supuso una cierta decepción para lo que conocían su trayectoria, en la que destacaba ser el autor de una de las tres mejores novelas de los años noventa en castellano: Porque parece mentira la verdad nunca se sabe –las otras dos son las de Barón Biza y Benesdra–. La que se publicó como finalista, de Iván Thays, y una de las tres «recomendaciones del jurado», de Tryno Maldonado resultaron ser títulos muy mediocres. No sucedió así, en cambio, con Asuntos propios de José Morella una novela que despertó el interés por un autor cuya siguiente novela, Como caminos en la niebla, quizás por haber sido publicada en una editorial casi desconocida, no ha tenido apenas eco. Resulta doblemente atinado recordar que es la segunda novela de Busqued la que ha encontrado acomodo sin problema en la editorial del premio, y que lo verdaderamente notable en su caso es que su manuscrito llegó hasta allí por méritos propios. No era alguien que tuviera trayectoria literaria alguna, ni agente, no tenía padrinos, no conocía a nadie. Era un perfecto desconocido pero se coló en la fiesta, por suerte para todos. La categoría literaria y estética de su novela justifica la expectativa generada por esta nueva novela y la cálida recepción de la misma, sobre todo en Argentina.

En todo caso, pese a la distancia que separa a ambos libros resulta tentador intentar enlazarlos porque son, sí, dos novelas que retratan un margen de la sociedad, el criminal, pero que muestran dos retratos muy distintos de la misma. En la primera los personajes carecían de toda sentimentalidad, pero estaba muy clara cuál era su motivación: la codicia. Todos los personajes de la novela se movían por el afán de conseguir dinero. Y era eso lo que los unía y establecía las reglas del juego en que todos participaban. Eran, pese a sus evidentes desviaciones más o menos consentidas por la sociedad, un grupo de personajes comprensibles para el lector: se movían por un interés reconocible y, lo que es más importante, con el que el lector podía identificarse sin problema. No sucede así con Magnetizado, y acaso sea ahí donde radica el principal salto de una a otra novela. Si hay algo que el narrador de Magnetizado no parece poder hacer es identificarse con Ricardo Melogno, un asesino serial que en 1982 acabó con la vida de cuatro taxistas (tres en Capital Federal, uno en provincia de Buenos Aires) sin razón alguna. Ni les robó, ni lo planificó ni parecía obtener nada por acabar con la vida de esos cuatro hombres. De hecho no tiene ningún otro crimen en su haber, pese a que, tras ser delatado por su hermano y su padre, haya pasado toda la vida recluido, ya sea en prisiones ya en unidades carcelarias de hospitales psiquiátricos. Y, pese a no comprenderlo, o quizás por eso mismo, comienza a visitarlo hasta acumular más de noventa horas de grabaciones que luego fueron sistemáticamente editadas para funcionar como libro. En las entrevistas que ha hecho Busqued para promocionar la obra ha repetido hasta la saciedad que el libro ha sido editado por su protagonista, que leyó con atención un borrador casi definitivo y lo pulió para eliminar repeticiones y lograr el texto condensado que le llega al lector. De hecho la novela está vertebrada por su voz, apenas hay otras dos incursiones: la del juez de uno de los casos y la de una psicóloga que lo trató durante su estancia en el Hospital psiquiátrico Borda. El resto de la novela está compuesto por el propio discurso de Melogno, que no sabe por qué hizo lo que hizo, apenas sabe que lo hizo, y que pese a su evidente locura se muestra ante el lector como alguien mucho más lúcido de lo que cabría esperarse. En un momento dado llega a confesar:

«En treinta años de psiquiatría no entiendo cómo pueden sacar un diagnóstico con los dibujos y las manchas. Porque encima todo está sujeto a la interpretación del tipo que te hace la entrevista. “Melogno, qué ve acá”, “Un encendedor”, “Pero tiene que ver otra cosa, aparte”, “¿Por qué?”, “Melogno, ¿qué ve acá?”, “Una mancha”. “Pero qué ve en la mancha.” En una mancha, ¿por qué TENGO que ver ALGO en una MANCHA?
»Entonces uno, para complacer, dice algo. Y, en general, con lo que decía te hunden.
«En una época yo tenía la fantasía de que me gustaría irme a vivir al sur. En una de esas entrevistas, el forense me pregunta por qué. “Porque no hay gente allá”, le digo. “Voy a estar tranquilo. Y si me agarra un ataque, matará alguna vaca y no a personas.” El hijo de puta fue y puso que yo me quería ir al sur para matar vacas.
»La última vez que me hicieron un test en Provincia… con el correr de los años, a esta altura, algunos de mis psiquiatras de acá conocen a los peritos de allá, y me contó mi psiquiatra que la psicóloga que me tomó el test le comentó medio asombrada que notó que cuando me dieron las hojas para hacer las pruebas, yo las agarré y las acomodé ¡de una manera que no sale en los libros! No sé cómo agarrarán las hojas en los libros.
»En general es muy raro que te entreguen los resultados de los estudios. Te dicen “salió mal”, pero no te dicen por qué.
»Ellos entienden que si ven los resultados, para la próxima vas a aprender a manejar la cosa.»

Y el narrador, que identificamos con, o sabemos que es, el mismo Busqued. Y que en la novela es apenas una letra de palo. Una letra sin remates que lo diferencia del resto de las voces de la novela. Tan sólo en un breve capítulo, de dos páginas, donde recrea desde un narrador externo, en tercera persona, omnipresente, que llega a describir los sentimientos del joven de unos veinte años que acaba de disparar una pistola, el propio Melogno, la novela se integra en los senderos más o menos acostumbrados del discurso narrativo. El resto del tiempo es un reportaje, editado a conciencia, sí, pero donde se cede la voz a los implicados: el asesino, el juez, la psicóloga y donde el narrador está, únicamente, allí para hacer las preguntas, no para opinar, no para contar sino para averiguar. Y el momento en que se permite ese desliz literario, que no tiene nada de erróneo o casual, es para recrear la potente escena en que el asesino se encuentra a sí mismo reflejado como un extraño, el momento en que toma conciencia no ya de la imposibilidad de ser comprendido por otros –el juez, la psicóloga, sus compañeros de prisión, el narrador que lo entrevista–, sino por sí mismo. Lo que el narrador narra, por así decirlo, es el pasmo del fracaso, la sorpresa íntima de que hay terrenos que no pueden ser visitables y, mucho menos, inteligibles.

Ahí es donde las dos novelas de Busqued se encuentran. Busqued es ingeniero y profesor, en la UTN, y si en Bajo un sol tremendo demostraba un conocimiento profundo de la mecánica de los acontecimientos, donde la trama se movía sin necesidad de entender todos los porqués, sino sencillamente moviéndose, en esta le intriga ese por qué para terminar concluyendo que, acaso, no sea ni siquiera determinante. No importa por qué matase Melogno, importa que lo hiciera, que fuera condenado y que el sistema, finalmente, es un fracaso, ya que aunque él ya ha cumplido íntegra la condena a la que fue sentenciado sigue sin ser libre. Aparece ahí el que quizás sea el sentido último de la novela: no es necesario entender los motivos de alguien para empatizar con él, para querer que viva y disfrute de la misma justicia que lo hizo pagar. Este libro es, en ese sentido, una intervención en el tejido de lo real frente al escapismo del primero. Donde todo daba a pensar que la vida era invivible, con ese calor sofocante del chaco donde se desarrollaba la trama, y que la única salida lógica era huir del presente, ya fuera mediante drogas, parafilias, hobbies o físicamente a través de la escapada, en este caso Busqued ha abrazado la realidad hasta el punto de querer fundirse en ella y modificarla. Y es eso lo que hace a este libro completamente diferente al primero. Girando sobre asuntos cercanos y desde perspectivas similares, ha vehiculado dos libros que son muy distintos en mecanismos y procedimientos, pero sobre todo en logros. No sé si podría decirse que el primero es divergente con el mundo y este convergente, pero sí, desde luego, es más esperanzado. Y, lo que es más importante, nos deja, como lectores, con ganas de leer más textos salidos de la mano de este ingeniero que es capaz de penetrar tanto en el alma de los seres humanos. Sean estos criminales o lectores.

 

Antonio Jiménez Morato (Madrid, 1976) es escritor y crítico. Su publicación más reciente es la recopilación de ensayos sobre literatura latinoamericana contemporánea La piedra que se escribe (Festina, Ciudad de México, 2016). Además ha publicado la novela Lima y limón, que cuenta con ediciones en cuatro países además de una digital de alcance global. Otros de sus libros son Mezclados y agitados o El sabor de la manzana. Entre otras cosas es el director de penúltiMa.

Perengano: todavía menos que fulano, mengano o zutano.