En su particular travesía lectora y crítica, David Pérez Vega recala en esta ocasión en la obra de uno de esos autores que forman parte de una historia algo desvaída de la tradición argentina, donde los entendidos y los más veteranos los recuerdan y trataron con ellos y los más jóvenes los descubren con la sorpresa del que encuentra un tesoro que piensa secreto aunque tantos ya lo conocían: Germán García y su Nanina.

 

Durante las pasadas vacaciones de Navidad leía el volumen Cuentos completos de Edgar Allan Poe. A principios de año, cuando ya había leído la mitad del libro, me apeteció hacer un alto en esa lectura de casi 1.000 páginas y, aprovechando que estaba por Moncloa, me pasé por la librería Juan Rulfo con la intención de comprar algún libro de literatura latinoamericana. Me acabé decidiendo por una novela que tenía la peculiaridad de que la podía encontrar allí, en la Juan Rulfo (perteneciente a la editorial mexicana FCE), pero difícilmente en otra librería de Madrid.

El nombre de Germán García (Junín, Argentina, 1944-Buenos Aires, 2018) me sonaba por haber hojeado los libros que tiene publicados en la editorial argentina Ediciones de la Flor, pero realmente me decidí por este libro porque pertenece a la Serie del recienvenido, una colección de rescates que el FCE encargó a Ricardo Piglia. De esta serie había leído con anterioridad Hombre en la orilla, un libro de cuentos de un joven Miguel Briante (cuando publica el libro, Briante tiene veinticuatro años), que me pareció un gran libro. Hombre en la orilla se publicó en 1968, el mismo año que Nanina. Los dos escritores, Briante y García, han nacido el mismo año (1944), aunque según las solapas de sus libros el de Briante se publicó cuando tenía veinticuatro años, y el de García cuando tenía veintitrés. Obviamente, pese a esta diferencia de meses, los dos pertenecían a la misma generación de escritores argentinos. En el caso de García, Nanina era su primera novela.

Cuando se publicó Nanina en 1968 agotó cuatro ediciones en tres meses y poco después fue prohibida por la dictadura de Juan Carlos Onganía, que además quería meter en la cárcel a García, algo que al final no ocurrió. Al parecer, cuando en 2011 Piglia hace el rescate de esta obra era un libro inencontrable en Argentina, pese a ser un mito literario.

He leído una entrevista a García en la que éste afirma lo siguiente: «La secuencia argumentativa de Nanina no era muy interesante: cómo alguien pasa de ser un púber a ser un adolescente, y cómo en ese trayecto va surgiendo un pasado infantil. Necesitaba darle un ritmo que para mí mismo fuera legible. El libro no tiene una estructura novelística. Es algo que aprendí de Henry Miller».

Nanina es una novela de formación, protagonizada por un joven que en el tiempo narrativo de la historia tiene poco más de veinte años, y que irá evocando su pasado en la ciudad de Junín (lugar de nacimiento del autor) y su llegada a Buenos Aires. El protagonista de la novela es Leopoldo García. El apellido coincide con el del autor, y Leopoldo es su segundo nombre real. Así que Germán García se propuso jugar en su primera novela a la autoficción.

En cierto modo, esta novela de formación me ha recordado a La senda del perdedor de Charles Bukowski. Las dos novelas hablan de un joven de clase humilde, con un padre no demasiado equilibrado (muy exigente en el caso de Bukowski y alcohólico en el de García); las dos hablan del despertar al sexo y presentan el mundo del trabajo como un aparato infernal del que los protagonistas necesitan huir; el camino de huida que encuentran en ambos casos es el de la biblioteca y la escritura.

Es cierto que la novela de Bukowski se estructura de una forma más lineal y para el lector es más fácil, gracias a esta estructura sencilla, acercase a las desventuras de Chinaski (el alterego de Bukowski). La novela de Germán García dibuja diferentes escenas de la vida del joven Leopoldo desde su llegada a la gran ciudad de Buenos Aires, donde sueña con labrarse un futuro como escritor, pero que en el corto plazo le exige buscarse la vida en cualquier ocupación desagradable (lógicamente este planteamiento también se parece al de las novelas de John Fante, uno de los grandes modelos de Bukowski). Leopoldo nos irá hablando de su pasado en Junín, desgranando escenas de su infancia y adolescencia. Como el propio García comentaba en la entrevista que he citado más arriba, su novela avanza, en gran parte, a trompicones, enlazando recuerdos más o menos lejanos del tiempo narrativo de la novela.

La poesía contenida en algunas escenas, en las que se evoca la infancia, me ha recordado al lirismo melancólico de los poemas de Jorge Teillier. Las escenas en las que Leopoldo empieza a trabajar en una fábrica me han parecido muy vivas, con una esencia política nada explícita. En general, me han gustado más y me han parecido más auténticas las escenas que describen la vida del narrador en Junín (y por tanto que hablan de la infancia y la adolescencia), que las de su vida en Buenos Aires.

Imagino que algún lector se habrá preguntado al leer esta reseña por qué se prohibió el libro en la Argentina de 1968 y por qué se quiso encarcelar a su autor. La acusación sobre la obra sería de obscenidad. García describe de forma explícita la iniciación sexual del narrador. En gran parte, como ocurrirá con Bukowski, la descripción de las escenas sexuales será vital y en gran medida sucia y frustrante. Se hablará también de masturbaciones clandestinas y abusos sexuales en el colegio. Acabo de comprobar que La traición de Rita Hayworth de Manuel Puig también se publicó por primera vez en 1968, y no me atrevo a afirmar que García hubiese leído a Puig y se hubiera visto influenciado por él, porque no sé realmente qué libro apareció en el mercado primero, pero sí que siento una intensa conexión entre las dos propuestas: en su mirada infantil del pueblo detenido en la provincia, con su doble moral, y la mirada desprejuiciada sobre la infancia y el despertar sexual. En ambos libros se describen, o insinúan, abusos homosexuales en el colegio; de forma más explícita en Nanina. Si bien los recursos narrativos utilizados son diferentes, ya que mientras Puig eligió una mezcla posmoderna de recursos narrativos en principio menores (la radio, el cine…), García elige la intensidad de una primera persona muy lírica y descarnada.

Mediante el término «Nanina», García personifica la pureza de la infancia perdida. Así describe Leopoldo a su madre: «El tiempo te absorbía fugaz y anónimo dejándote las arrugas por tu cuenta, los horarios de esclavos por tu cuenta, las botellas vacías por tu cuenta: fuiste demasiado grande para recorrer los caminos de Nanina» (pág. 14).

El lenguaje de Nanina es muy potente y poético, sin caer nunca en lo cursi; poético y descarnado, por extraña que suene esta combinación de adjetivos. Me ha llamado la atención un recurso de estilo, que si bien en principio podría tomarse por un error, o un descuido, al ser reiterado y buscado se convierte en un rasgo más de la propuesta: en la narración García «juega al juego» de la repetición de vocablos. Así por ejemplo podemos leer expresiones como «propagar propaganda» (pág. 127), «me parto en dos, parto» (pág. 128), «al reventar reventarán» (pág. 170), «se introduce en introducción» (pág. 211) o «terminamos terminando».

Al hablar de Nanina he citado a autores como Charles Bukowski, John Fante y Manuel Puig. Creo que voy a seguir añadiendo nombres: este libro también me ha recordado las narraciones de Haroldo Conti, otro escritor que poetizaba sobre la provincia argentina. Y el lirismo triste de ambos nos lleva al escritor italiano Cesare Pavese, del que tanto como Conti como García han bebido. En las décadas de 1950 o 1960 Pavese fue un autor muy leído y reputado.

He disfrutado bastante de la lectura de Nanina de Germán García, otro de esos clásicos de la literatura argentina del siglo XX que no conocía hasta que entré, a principios de enero, en la librería Juan Rulfo, y al que he podido llegar gracias al buen gusto de Ricardo Piglia. He estado mirando la página de FCE sobre la colección de rescates Serie del recienvenido. A Piglia le dio tiempo a elegir trece títulos antes de morir. Ya he leído dos de ellos (Hombre en la orilla y Nanina) y los dos –desconocidos hasta entonces– me han parecido muy buenos. Un hipotético plan de lectura sería completar toda la serie. Estoy seguro de que los libros elegidos por Piglia no me van a decepcionar.

 

David Pérez Vega (Madrid, 1974). Trabaja como profesor de Economía en un colegio. Reseña libros los martes en la Revista Eñe Digital y en su blog “Desde la ciudad sin cines”. Ha publicado tres novelas (“Los insignes”, “El hombre ajeno” y “Acantilados de Howth”), un libro de relatos (“Koundara”) y dos poemarios (“El bar de Lee” y “Siempre nos quedará Casablanca”). Ha vivido en Móstoles y actualmente lo hace en Madrid.

Todo texto es un Palimpsesto, pero más todavía los que versan sobre otras producciones culturales. Haciendo un leve homenaje a Genette, en Palimpsestos se recogerán los textos críticos. En penúltiMa la crítica es meditación y diálogo. Los textos que pasan a entretejerse con aquellos de los que hablan.