Con este acercamiento de Martín Cerda a una figura poco conocida por los lectores más allá de los conocedores chileno, Jorge Millas, extendemos una de las secciones de la revista que más nos gusta, Punta de lápiz, donde vamos poniendo en circulación columnas del excepcional ensayista que nos legó un libro fundamental como La palabra quebrada que eran prácticamente inencontrables y que en breve serán reunidas en un volumen recopilatorio que editará Marginalia editores, a cuya generosidad debemos la existencia de esta sección.  

 

Jorge Millas no es (ni ha sido) un político, ni siquiera un “political scientist”: es sólo un pensador que, a lo largo de una vida, ha hecho, justamente, lo contrario de la política, es decir, pensar (y despensar) libre y rigurosamente. Por haberlo hecho, con ejemplar lealtad con sus principios, Millas acaba de ser excluido (a)políticamente de la Universidad Austral. (El juicio es válido no obstante la noticia, última, de la reincorporación del profesor Millas).

Me explico.

El hombre del siglo XX no ha conocido y reconocido otra instancia superior, otro “absoluto” o, más exactamente, otro ídolo que el poder, no otra experiencia más total (y, regularmente, totalitaria) que la “religión del poder”. Esta idolatría ha sido, posiblemente, la mayor tragedia de ese siglo. Hoy, sin embargo, una de las formas más frecuentes que esta idolatría del poder suele ofrecer es aquella que, en nombre de la razón de Estado, recusa, invalida y prohíbe (como “actividad política”) a toda expresión, acto o intención que no legitime a esa razón, y que no sea, a la vez, por ella legitimada: fe religiosa, filosofía, creación cultural, investigación científica. Esta forma paradojal (o enmascarada) de politización integral es, justamente, la (a)política.

La (a)política no sólo supone y se alimenta de la absolutización de la política sino que, además, la prolonga en su orientación más esencial y peligrosa, y que Hegel enunció sin tapujos: El estado es el juez supremo de los actos del individuo, pero los actos del Estado sólo pueden ser juzgados por lo que Hegel llamó “el tribunal de la historia universal”. La historia política del siglo XX ha mostrado hasta qué límites patológicos se ha podido llegar cuando la razón de Estado se convierte, en la última instancia, en una sociedad poseída por la idolatría del poder.

Jorge Millas sabe un trecho  más que yo sobre estas “cuestiones” que, a diario, cuestionamos y nos cuestionan, como consta en los cuatro escritos que, en 1974, reunió en su  breve y denso libro De la tarea intelectual. Escritos en diferentes coyunturas políticas, esos cuatro textos proponen una visión unitaria sobre la función que corresponde al pensador en la sociedad actual, e imponen una misma ética del discurso (escrito o hablado), que define su autonomía frente a lo que el poder ordena, tolera o prohíbe.

“Malo sería —escribió Millas en 1974— que el pasado reciente siguiera ululando, como fantasma, en nuestra morada cívica y nos llenara el alma de terrores. El temor irracional hace a los hombres crueles y torpes. La historia está llena de crueldad y torpezas antihumanas, propias de almas a las que faltó lucidez de conciencia para dominar racionalmente sus temores”.

Estas palabras no son palabras de un político, ni tampoco de esos que hoy se llaman (a)políticos: son sólo un trazo (escogido al azar) de la reflexión serena de un pensador riguroso, responsable y consecuente con una tradición dos veces milenaria —la filosofía— que, junto con la religión y el arte, en todas sus formas, han impedido al hombre zozobrar en la pura zoología. El trazo de un pensador in via al que, hoy, un número importante de chilenos refrendamos nuestro reconocimiento, gratitud y afecto.

 

 

* nota literaria publicado el 04 de abril de 1980 en el periódico de circulación nacional Las Últimas Noticias

 

Martín Cerda nació en Antofagasta en 1930. Realizó sus estudios básicos en Viña del Mar, en el colegio los Padres Franceses. Desde entonces su pasión fundamental fueron los libros, especialmente la literatura y la cultura francesa. Por esta razón, a los 21 años viajó a París, con el propósito de conocer e imbuirse en la corriente intelectual encabezada, en esta época, por los existencialistas Jean Paul Sartre, Boris Vian, Albert Camus, Ives Montand, Simone de Beauvoir entre otros. Se matriculó en la Universidad de La Sorbonne para estudiar derecho y filosofía, allí entró en contacto con obras de escritores franceses y europeos fundadores del pensamiento moderno. Así, Cerda fue uno de los primeros escritores chilenos en estudiar a los intelectuales europeos de la década de 1950, adquiriendo con ello una erudición que lo posicionó como el único autor con la capacidad de difundir tales ideas en Chile. Todo esto ayudó a forjar su orientación de ensayista, actividad que abordó con gran entusiasmo, pues esta forma literaria le permitió situarse en la contingencia y dejar constancia de su tiempo. De regreso en Chile, trabajó como columnista en distintos periódicos y revistas, colaboró desde 1960 en la revista semanal PEC, y en el diario Las Últimas Noticias, donde escribió ensayos sobre hechos históricos, literatura, cultura y contingencia chilena. Asimismo, en 1958, participó de un suplemento del diario La Nación llamado «La Gaceta». Por otra parte, en esta época formó parte del ambiente intelectual chileno, integrándose a discusiones literarias en cafés y en tertulias y dando charlas. En 1970 resolvió abandonar Chile y establecerse en Venezuela desde donde siguió enviando artículos para Las Últimas Noticias. Además trabajó en un suplemento literario de un periódico de ese país. En 1982 publicó su primer libro, La palabra quebrada: ensayo sobre el ensayo, en el que propuso un recorrido por la historia de este género, desde sus orígenes. En 1984, asumió la presidencia de la Sociedad de Escritores de Chile, cargo al que renunció el 3 de marzo de 1987, porque quería dedicarse por completo a la preparación de otros libros de ensayos. Ese mismo año, publicó Escritorio, un largo texto donde reflexionó sobre el oficio del escritor. En 1990, obtuvo la beca Fundación Andes para llevar a cabo tres proyectos de investigación en la Universidad de Magallanes (Umag): Montaigne y el Nuevo Mundo; Crónicas de viajeros australes y una completa bibliografía de Roland Barthes. Esta experiencia lo motivó a trabajar en la ciudad de Punta Arenas, donde había descubierto una escena literaria fecunda y una activa vida académica.Sin embargo, a los pocos meses de haberse instalado, en agosto de 1990, la Casa de Huéspedes del Instituto de la Patagonia, donde estaba alojado, sufrió un incendio que destruyó casi por completo su biblioteca personal y sus manuscritos próximos a ser publicados. Esta catástrofe le asestó un duro golpe del cual nunca logró recuperarse. Luego de sufrir un paro cardíaco a fines de ese mismo año, debió ser sometido a una intervención quirúrgica que, en definitiva, no resistió. Murió el 12 de agosto de 1991. Dos años después, los investigadores Pedro Pablo Zegers y Alfonso Calderón publicaron dos libros recopilatorios de sus ensayos dispersos en libros y revistas. Más tarde, el prólogo de Martín Hopenhayn a la última edición (2005) de Palabra quebrada; ensayo sobre el ensayo, marcó la reactivación de las lecturas e interpretaciones en torno a su obra, que vino a confirmar la publicación de Escombros: apuntes sobre literatura y otros asuntos, volumen de textos inéditos con edición y prólogo también a cargo de Calderón