La publicación de la mano de Tricastela de una nutrida recopilación de entrevistas concedidas a lo largo de su vida por Rafael Sánchez Ferlosio corre el peligro de pasar desapercibida por aquello de que se puso a la venta demasiado tarde para entrar en los arqueos del año pasado y quedará alejada en el tiempo para aparecer en los de este, cuando se trata de uno de esos libros repletos de páginas memorables que merece más atención de la que ha recibido. El director de la revista se acerca en este caso a este libro sobre uno de los referentes de su escritura.

 

Justo en el paso del 2019 al 2020, cuando las librerías se llenan de novedades que pretenden aprovechar el furor consumista del fin de año, se puso a la venta un libro que, como su protagonista, pretendía pasar desapercibido y alternar poco y, como su protagonista, va llegando poco a poco a los lectores que debe llegar, nunca una feligresía numerosa pero sí de alto nivel, como los “estudios eclesiásticos” que él usaba para referirse a la época que pasó entregado al estudio de la gramática usando como combustible las anfetaminas. Como ya habrá reconocido el puñado de lectores afectos, el protagonista al que me refiero es Rafael Sánchez Ferlosio, digno heredero de su padre, capaces los dos de cansarse y aborrecer su pasado (el padre llegó a eliminar las tres iniciales con que firmaba sus artículos en el ABC para dejar apenas tres asteriscos que los iniciados reconocían al instante, y el hijo se pasó la vida echando pestes de la novela por la que lo metieron en la Historia de la literatura), pero quizás no estén al tanto de la edición de Diálogos con Ferlosio, una delicia en formato mamotreto de quinientas páginas que ha compilado José Lázaro y mandado imprimir y poner en circulación Tricastela, una de esas editoriales tan poco conocida como necesaria, con un catálogo que merece más atención del que suele recibir.

El libro recoge 44 entrevistas de un hombre que, en la medida de lo posible, evitaba concederlas, y que tuvieron lugar, sobre todo, tras la publicación en 1986, de cuatro libros que, de una vez, devolvieron a Ferlosio a la actualidad de la prensa tras su voluntaria desaparición tras ganar el premio Nadal en 1955 y de la que no lo sacó la edición, con escaso eco y coincidente con los estertores del franquismo, de Las semanas del jardín. Se aprecia, también, que desde la concesión del premio Cervantes, a la que siguió la recuperación de toda su obra de la mando de una edición de sus Ensayos completos en Debate y la recuperación de toda su narrativa en DeBolsillo, y de sus «pecios reunidos», siempre con la presencia tutelar de Ignacio Echevarría como responsable de todas estas ediciones mencionadas, las entrevistas se hicieron frecuentes, y terminan por mostrar a un Ferlosio ya diestro en el capotazo con el que suelen solventarse los envites de los periodistas que preparan los encuentros leyendo tan solo las entrevistas anteriores y poco o nada los libros del entrevistado.

El libro es, para los ferlosianos, una delicia, pero lo será también para los no iniciados, que descubrirán a un autor de una seductora coherencia y de una agudeza poco frecuente, capaz tanto de recurrir a las sutilezas sintácticas como al estudio psicoanalítico para plasmar su visión del mundo. Además, en estas entrevistas aparece lo que no dejaba traslucir en sus textos: la persona entrañable, capaz de bajarse a tomar un par de cañas a la calle con el periodista que ha venido a importunarle pero termina cayéndole bien, o rendido de amor por su nieta y perpetuamente doliente por la pérdida de su hija. La humanidad que destila Ferlosio en estas entrevistas casa poco con la fama de arisco que se construyó el mismo a golpe de artículo, y quizás sea esa una de las principales virtudes del trabajo de Lázaro, el haber sabido reunir un conjunto de textos que aportan un perfil nuevo que para quienes no tuvieron trato personal con el escritor era, quizás, desconocido.

Pero hay algo más que emerge, de modo irónico, de la lectura del libro de modo continuado, y que acaso no se produciría si uno espacia las entrevistas emulando la distancia que en la mayoría de los casos existió entre la realización de las mismas. Cuando uno lee quinientas páginas en las que la presencia de una de las voces, la de Sánchez Ferlosio, claro, es omnipresente, pero va alternándose con la de los entrevistadores, que en algunos casos también se repiten pero que ofrece, como es lógico, una variedad mayor, quienes terminan saliendo también retratados son ellos, mediante el artificio especular de las palabras y la mirada de Ferlosio. La ya mencionada coherencia que mantuvo su discurso a lo largo de los años, siempre insobornable, permite acentuar ese retrato de los otros por la imagen que proyecta sobre ellos la palabra del escritor. Y ahí es donde se produce el fenómeno más interesante y llamativo del libro: no es ya que en la mayoría de los casos palidezcan sobremanera frente a la capacidad de razonamiento afilada de Ferlosio, es que en algunos casos salen muy malparados. Es, por ejemplo, el caso de la transcripción de la entrevista que le hiciera Sánchez Drago y que dio para dos emisiones del programa televisivo Negro sobre blanco. Más allá del hecho de que el guion de la entrevista es una mera glosa de La forja de un plumífero, y parece preparada tan solo con el número especial que le dedicaron en la revista Archipiélago, donde apareció dicho texto, y no la entrevista de Azúa que lo originó y que es una de las aportaciones de este libro que el asiduo ferlosiano agradecerá, llama la atención que ocupen mucho más espacio las pedantes preguntas de Dragó, con su retórica ampulosa llena de chistes con escasa gracia para iniciados que las respuestas de Ferlosio, que en muchas ocasiones ventila un párrafo de pregunta con una frase que no llega a diez palabras. La producción de Ferlosio es extensa, más aún la inédita, por lo que sabemos, pero esa capacidad de producir no tiene que ver con la hinchazón retórica de Dragó, que se extiende mucho para no decir nada. Eso queda perfectamente retratado en la entrevista. Algo parecido sucede con Arcadi Espada, autor de dos de las entrevistas recogidas, que en la segunda de ellas parece incluso modificar las propias palabras de Ferlosio, porque algunas de las respuestas que da parecen impropias del hombre al que llevamos ya leyendo durante cuatrocientas páginas y algo lo conocemos, o la elegancia con la que prefiere no entrar en detalle sobre «ese libro que iban a hacer los dos», según Espada, claro, y que parece ser algo a lo que Ferlosio le dedicó muchas reflexiones (o sea, ninguna). Aunque, es justo decirlo, de esa entrevista sin duda lo mejor es la exaltación de Carmen Martín Gaite a la que lo invita Espada y en la que a Ferlosio se le ve disfrutar de lo lindo. No menos graciosa es la entrevista de Inés Martín Rodrigo, con añadidos póstumos que nos permiten, incluso, saber que con otros entrevistadores hizo bromas a cuenta de aquella entrevista y las preguntas que le hacían.

Tampoco es todo así, muchos de los entrevistadores sí logran estar a la altura de los requerimientos de Ferlosio y con los que parece cómodo, incluso contento. Y acaso sea de esas páginas de donde sacamos al Ferlosio desconocido, tierno y acogedor, hospitalario y curioso con la vida ajena, y por las que se llega a colar incluso su viuda, Demetria, o la nieta de la que ya hemos hablado.

Sale uno de las quinientas páginas de entrevistas con ganas de sumergirse en la escritura de Ferlosio, en todos y cada uno de sus libros, y acaso haya pocos elogios más evidentes que se le pueda hacer a un libro de estas características que reconocerle ese mérito: el de servir como cebo y acicate para seguir profundizando en la producción de su protagonista, una de las más exigentes, pero también gratificantes, que ha dado la literatura española en los últimos cien años.

 

Antonio Jiménez Morato (Madrid, 1976) es escritor, crítico y traductor. Su libro más reciente es la recopilación de ensayos sobre literatura latinoamericana contemporánea La piedra que se escribe (Festina, Ciudad de México, 2016). Además ha publicado la novela Lima y limón, que cuenta con ediciones en cuatro países y una digital de alcance global, y Mezclados y agitados. Entre otras cosas es el director de penúltiMa.