Un golpe de ataúd en tierra es algo perfectamente serio, escribió Machado (Antonio), a través de Abel Martín. Son pocos los momentos en la vida de los seres humanos que tengan la trascendencia de la pérdida de un ser querido, pocos pasajes tan íntimos y a la vez socializados como lso duelos. En torno a estas sensaciones está construido este texto de Nicolás Melini.

 

Se acababa de morir mi padre. Había vuelto a casa para enfrentarme a ello. Si le hicimos una misa antes de llevarlo a enterrar fue porque él lo quería. También una parte de la familia lo deseaba. Permanecí en el velatorio conversando con todo el que quiso. Y eso que por allí se presentaban señores y señoras que yo no conocía y que, sospechaba, tampoco habían conocido a mi padre. Al principio me resultaba desconcertante: qué hacen aquí, para qué han venido, porqué malgastan su tarde acompañando a los familiares de un difunto que ni siquiera imaginaba que serían ellos quienes se presentasen en su velatorio. Todas estas y otras preguntas me hacía. Pero acabé pensando que hay por ahí un montón de gente pendiente de otro montón de gente, y como han vivido con ellos en mente –desde cualquiera sabe cuándo y porqué—, se sienten con derecho (o en el deber) de presentarse y ofrecer el pésame a sus familiares; hasta participan de la misa y acompañan al difunto a la tumba. Si no hubiesen acudido, nadie los hubiera echado en falta, pero eso les daba igual. Lo hacían por ellos mismos: por costumbre, por sentimentalismo, por curiosidad o por algo peor, por morbo. Y uno tenía que estar para eso. Algunos se habían enterado por casualidad –porque nadie de la familia podía haberlos avisado—, y me lo explicaban: relatos en los que ellos eran los protagonistas de haberse enterado de la muerte de mi padre.

Cuando los del tanatorio se dispusieron a cargar el ataúd, me apresté a ayudarlos y luego inicié –con mi hermano y mis tíos— el lento y doloroso paseo tras el coche fúnebre, a pie por la carretera, seguidos por toda aquella gente y ante la mirada de todo vecino del pueblo que se hubiera detenido en sus aceras y cunetas. Algunos se encontraban allí y los veía hacerse algún comentario y reírse de sus cosas, ajenos por un instante al espectáculo que tenían ante sí –nosotros—, cuando no era evidente que comentaban la comitiva. Observé que había una señora que se había detenido a mirar y lo hacía con la bolsa de la compra a los pies. Yo, de vez en cuando, miraba hacia delante, por encima del coche, hacia un lugar impreciso lo más lejos posible, y así, sin mirarlos fijamente, los localizaba y observaba antes de que pasáramos por delante de ellos. Supongo que de ese modo ofrecía una estampa un tanto arrogante, con la cabeza alta (cuando se sigue al coche fúnebre que contiene los restos de un familiar, lo normal es mirar al suelo, no ir mirando a unos y a otros), pero me dio igual.

El de mi padre era un entierro a la manera de antes, pero en la versión de hoy. Miras a la gente y comprendes que todo el mundo va un poco a su bola –tanta menos “intensidad” y tanto menos teatro que antes—. Aunque de aquí a unos años ni eso haremos, porque los urbanitas internautas que muchos somos ya no nos vemos impelidos a acudir al tanatorio cuando fallece cualquier “amigo” con el que compartíamos conversaciones y noticias y vídeos y poemas y declaraciones propias y extrañas a través de internet. Ahora se nos queda el difunto en la red y podemos convivir con su foto todos los días toda la vida, sin necesidad de haberlo acompañado en su adiós. Sin necesidad, tampoco, de borrarlo de nuestros contactos del correo electrónico, por ejemplo. Y no está mal, es un modo digital de recordarlos. Sin embargo nos basta con un minuto de duelo —más o menos intenso— cuando nos enteramos del fallecimiento. Y nada más. Luego los mantenemos entre los vivos —ni siquiera los eliminamos o los metemos en una carpeta aparte— y nos los topamos cada poco como quien tiene a mano las fotos que antes se ponían en las lápidas. Tal vez nuestro entierro sea íntimo incluso en el caso de aquellos que lo esperen concurrido.

Cuando llegamos frente a la iglesia me apresté también a cargar el ataúd. Tras los pasos del cura, entramos en la iglesia, la recorrimos y lo dejamos sobre dos burras de madera ante el altar. Luego ocupé un lugar en la primera fila y sentí, sin volverme, cómo la gente iba entrando y ocupando todos los sitios allí detrás.

De pie junto al ataúd, frente al cura –allí la Virgen, Jesucristo, los ángeles…—, aguardando a que comenzara la misa, comprendí que el paseo por la carretera tras el cuerpo de mi padre había sido reconfortante. Lástima lo que no tenía que ver estrictamente con eso: seguir a pie el cuerpo de mi padre, el paisaje de la isla, el mar, el cielo, la gente conocida y desconocida haciendo el camino en silencio. Por el contrario, lo que comenzaba (las palabras de aquel desconocido acerca de culpas, resignaciones, amor, esperanza, fe, redención…) solo podía tener sentido para algunos de mis familiares.

Se sucedieron el sermón del sacerdote y varias lecturas de La Biblia: primero un primo mío; luego mi tío (que lo hizo con oficio); y, finalmente, un tipo de la parroquia. Este parecía haber escogido los fragmentos más escabrosos de las sagradas escrituras. Y los leía con saña. Leía y alzaba la mirada y me miraba arrojándomelos. De pronto me sentí acusado. Me culpaba con sus ojos luciferinos. Leía una retahíla de sandeces sobre la muerte y el sufrimiento de los que no tienen fe, y luego alzaba la vista hacia mí. Si estaba en lo cierto, el conjunto de las palabras que pronunciaba debían persuadirme. Si no quería padecer una muerte dolorosa, terrible, horrenda (como la que ellos sabían que había padecido mi padre), debía ser piadoso, tener fe, acudir a aquella iglesia para que me guiaran.

Mi padre había muerto de cáncer. Había sido, ciertamente, una muerte pavorosa. Y el tipo leía: “sufrimiento eteeeerno…”, y me acusaba con la mirada. Trataba de captar clientes, comprendí. Parecía que lo hubieran seleccionado (por su delgadez enfermiza, su rasgos angulosos, su severidad aterradora) en algún tipo de “casting”. Eran tan infantiles que pretendían “darme un susto” aprovechando la muerte de mi familiar. Aquello me indignó (no mucho, tampoco hay que exagerar), pero no supe qué otra cosa hacer que escabullir la mirada hacia el suelo. Al menos el tipo no podría lanzarme aquellas miradas. Pero luego me pareció que le concedía una pequeña victoria, y mi incomodidad no cesó. Quería irme, pero comprendí que no sería tan estupendo como para darme la vuelta y recorrer el pasillo con la misa en marcha. Así que me encontraba petrificado ante su parlamento, padeciendo un chantaje emocional inaceptable. Y entonces se me ocurrió: alcé la vista, lo miré con ironía y le enseñé la lengua. Solo la punta. El tipo dio un respingo mientras leía. Atropelló algunas sílabas y estuvo a punto de perder el hilo, pero consiguió seguir leyendo. A partir de ese momento, atendí a todo lo que decía sin dejar de observarlo sosegadamente. Ahora, cuando alzaba la vista para mirarme, su expresión luciferina se había tornado poco convincente, empañada por cierto grado de indignación hacia mí que, si he de ser franco, me agradaba. Y así continuó todo mucho mejor.

Cuando la misa concluyó, me encontraba recibiendo condolencias de alguna persona y observé que el tipo concluía su colaboración con el cura y se dirigía en mi dirección. Seguí saludando y agradeciendo las condolencias, pero llegó con tanto ímpetu que lo miré por un instante: ¡Mejor te diera vergüenza!, me espetó, ¡en la misa por tu padre! Me mostré estupefacto. ¿Perdón? El tipo no se tenía quieto. Era delgado y bajito, tendría 50 o 55 años (10 o 15 más que yo). Y se mostraba más indignado con la expresión de su cuerpo inquieto que con sus pocas palabras. Había obviado, precisamente, lo que yo había hecho, aquello que debía darme vergüenza, pero por fin dijo: Me has enseñado la lengua. Hice un respingo de sorpresa, sonriendo. Cómo dice. Él se indignó aún más. ¡Mejor te diera vergüenza!, escupió de nuevo. Oiga, pero qué le sucede. Entonces me aproximé a él y me mostré dispuesto a ayudarlo. Aquello le produjo inseguridad. ¿Está usted bien? Yo no le he enseñado la lengua, por qué habría de hacer algo así. Él negaba y negaba, ahora dudaba de lo que había visto. Intentaba recordar el momento en el que yo había sacado mi lengua y se la había enseñado. Parece que ha visto usted “algo”. ¿Ha creído que yo le enseñaba la lengua durante la misa? Su negación se convirtió en afirmación, en un mar de dudas. No se preocupe, seguro que no tiene importancia. Cómo fue, le pregunté, ¿de pronto?, ¿como un fogonazo? Él dudaba. ¿Sabe?, no es tan raro, suele suceder, por ejemplo, cuando nos sentimos mal por algo que hemos hecho. Si nos portamos mal. Por mala conciencia. Y este ambiente es propicio, con Dios tan cerca, señalé vagamente hacia lo alto. Él volvía a negar. Vamos a hacer una cosa, saqué un bolígrafo y un papel, soy psicólogo, mentí, le voy a dejar mi número de teléfono. Si cree que esa visión es síntoma de algo malo y cree que necesita ayuda, estoy a su disposición, ¿de acuerdo? Mientras escribía, el tipo tragó en seco, pero cuando le fui a entregar el papel se volvió de golpe y desapareció.

Sonreí.

 

Nicolás Melini (Santa Cruz de la Palma, 1969) es cineasta y escritor. Por glosar aceleradamente su trayectoria puede decirse que el cortometraje La raya, cuyo guión era de su autoría, ganó una plétora de premios el año en que se estrenó, que su película más reciente como director es el documental La maleta de Cervantes. Su poemario más reciente es Los chinos, el último libro de cuentos que ha publicado Pulsión del amigo y está a punto de aparecer en Reino de Cordelia el libro Africanos en Madrid.

Personae es la sección que habla, como su nombre indica, de las máscaras, tanto las ajenas como la propia, porque todo texto autobiográfico está preñado de ficción y todos los textos ficcionales han brotado de la experiencia propia.

La imagen que ilustra el texto es de la fotógrafa Ana F. Martín, su trabajo puede disfrutarse en su página web: https://anafmartin.com