Para los que no sepan mucho de literatura argentina hay que recordar que José Hernández (Buenos Aires, Argentina, 1834 – 1886) fue no sólo un poeta, periodista y político: su Martín Fierro es uno de los clásicos del siglo XIX y la obra cumbre de la poesía gauchesca. No pueden desprenderse de sus aciertos el hecho de que La ida fue escrito siendo Hernández opositor al gobierno de turno, y La vuelta ya convertido él en oficialista. Gustavo Álvarez Núñez trabajó sobre su biografía dentro de la colectánea de biografías ficcionales Vidas epifánicas.

 

Querido amigo: Al fin me he decidido a que mi pobre Martín Fierro, que me ha ayudado algunos momentos a alejar el fastidio de la vida de hotel, salga a conocer el mundo, y allá va acogido al amparo de su nombre. No le niegue su protección, Vd. que conoce bien todos los abusos y desgracias de que es víctima esa clase desheredada de nuestro país. Es un pobre gaucho, con todas las imperfecciones de forma que el arte tiene todavía con ellos, y con toda la falta de enlace en sus ideas, en las que no existe siempre una sucesión lógica, descubriéndose frecuentemente entre ellas, apenas una relación oculta y remota. (…) En retratar, en fin, lo más fielmente que me fuera posible, con todas sus especialidades propias, ese tipo original de nuestras Pampas, tan poco conocido por lo mismo que es difícil estudiarlo, tan erróneamente juzgado muchas veces, y que, al paso que avanzan las conquistas de la civilización, va perdiéndose casi por completo

Carta de Hernández a don José Zoilo Miguens, e incluida en la primera versión del Martín Fierro en 1872

I

Hubo un día en que Hernández se dio cuenta, después de años y años, de meses y meses, de días y días, de horas y horas, de minutos y minutos, de segundos y segundos, de certezas y certezas, de lágrimas y lágrimas, de dichas y dichas, de sueños y sueños, de vivencias y vivencias… Hubo un día en que se dio cuenta de que no sería feliz. Tan contundente como la puesta de sol. Fue un segundo, casi un rastro irreproducible, ese que entra imperceptiblemente por la mirilla más perdida de una puerta.

No es fácil vivir con la idea de que uno nunca va a ser feliz. Que nunca pero nunca en la larga y lastrera vida uno va a ser una persona feliz. El inconformismo no es bueno. No se puede estar todo el tiempo incómodo, intranquilo. Como buscándole la quinta pata al gato. Esa cosa de no sentirse contento con nada y de ofuscarse por nada, más allá del desgaste que genera, produce una temeraria sed de venganza. En algún momento ese caudal de insatisfacción se manifiesta, explosivo, sin medida.

Hernández no sabe cómo es convivir con la armonía, ése es el caso. Hernández hace caso omiso a treguas o a meras invocaciones a lo sosegado. Sabe que no se puede estar en contra de todo, pero no puede negarse a albergar tal debilidad. O no lo advierte, tal vez. No se percata de que vive en un tenaz estado de guerra consigo mismo, con los demás. Así de contradictorio, así de santo y demonio. No sabe por qué actúa de este modo. Aunque siente que es así y sufre.

Lo malo es que Hernández no entendió en qué se estaba metiendo, adónde estaba yendo con ese tipo de oscilación. Dejaba que las cosas pasaran, que se deslizaran, que se transfiguraran. No quería darles la trascendencia necesaria. Porque la había. Porque la hay. (El término trascendencia le trae malos recuerdos. No quiere usarlo. Lo trascendente esconde un costado religioso del que Hernández recela. Sólo pensar en algo que coquetea sin impudicia alguna con lo sublime le pone los pelos de punta.) Como en tantas otras situaciones que lo rodeaban, el poeta no lo tuvo en cuenta: se hace difícil sobrevivir en una atmósfera de pelea permanente. Ésa es la crítica, ése es el veredicto.

Podemos dilucidar en un instante que todo lo que tenía sentido deja de tenerlo. Es un pequeño túnel, casi un precipicio de lo más campante. Si algo parecía estable, ese poder que irradia tanta infalibilidad junta, en menos de treinta segundos se vuelve –en contraste– una descabellada caída en picada. La inestabilidad dibuja un paisaje sin contemplaciones. Las paredes no sostienen nada. Y Hernández sólo atinó a no despedazarse con tanto terremoto. Si hay algo peor, es tener la convicción de que no existe nada en el mundo, nada a lo largo de la faz de la tierra, nada en los más recónditos puntos de los océanos y los ríos y los mares y los lagos y los riachos y las laderas que pueda suavizar el grado de perturbación que lo atacó.

Parado, observando la reproducción imberbe de calles y de diagonales y de avenidas, de lujuria y de sinrazón hostigadas por un silencio crepuscular; casi abatido por la belleza sumergida en cada tinte que el cielo insta a no enmudecer esta noche, Hernández fue presa otra vez de la melancolía más subrepticia. Pero no se trataba de una sumisión en cierta nostalgia sedativa, sino más bien de un pronunciamiento afilado de la melancolía. Sin atenuantes.

La melancolía le pegó de lleno en el pecho. Lo enfrentó a imágenes que vienen con eslóganes bajo el brazo: “No podemos huir de la espiral en la que el fracaso, la desilusión, la inmovilidad nos embotan”. “Menos yo, todos la pasan bien conmigo.” “Aborrezco caminar rodeado de preguntas.” “Soy un reguero de pólvora que espera la mano mágica que le dé vida.” “¿Por qué tengo que escribir un libro? O mejor, ¿por qué debo escribir un libro?” “Cuando más noble es el poeta, menos noble es su destino.”

 

II

Entre la pena y la nada, Hernández prefiere la pena. Pese al agotamiento que portan sus ojos, busca que la ciudad le devuelva algo de estatura. Apenas se ausculta un murmullo. No pretende gran cosa. Es tal la fatiga que no tiene grandes exigencias. Si cree que vio algo extraño, pronto concuerda que está más relacionado con su hastío que con acechanzas misteriosas. Si algo flotase en esa masa viscosa del río –a veces un viento leve trae el fluctuar del oleaje–, una forma indefinida que con su rayo enloquezca a los vecinos de Buenos Aires, Hernández sería un cronista atento para testimoniar la aparición del monstruo.

Pero nada de eso ocurre. La pasividad de la ciudad, su aplastante calma, perfilan un rumiar sin complejos. La noche no lanza llamas. No hay bullicio alguno que tolere despegarse de esta sensación fastidiosa. Lo inconmensurable es pura fatalidad. Pose donde pose el poeta la vista, nada subsana ni aplaza el mazazo que se oculta en esta ciudad petrificada. La noche no se mueve. Quizá, si los pastos conversaran, la plaza frente al hotel le comentaría a Hernández varias cosas. Sin embargo, nada de eso ocurre.

Aplacaría el dolor el abrazo de un amigo, la charla relajada con un amigo, la palabra cordial de un amigo. No obstante, entre las confirmaciones que le dio la vida a Hernández, hay una que lo amortaja: los amigos pertenecen al pasado. Si hay algo que podría zanjar cualquier cuita, y que devolvería el alma al cuerpo, es un abrazo. Un abrazo de un amigo, la fuerza viscosa y animal de un amigo, contagiado el abrazo por ese avasallante dolor que en el abrazo se desintegra inmediatamente.

“¿Cómo se llega a eso?”, es la pregunta que nos hacemos cuando nos vemos invadidos por la prueba de que es irremediable la situación, de que entre el pasado más vetusto y el futuro, no hay nada; que el presente es una concatenación de piezas absurdas, obligadas a dar la cara pero indiferentes a una posible articulación de algo válido. El presente es, para Hernández, un puente sin función alguna: tiene la misión de dar paso a otro estadio, aunque su eventual letargo sólo hace prevalecer lo perecedero del asunto. Nunca antes el presente estuvo tan presente para no ser sino pasado.

Hernández está desahuciado. Aunque un vocablo como desahuciado no sea el más apropiado para figurar su condena. Es al revés. Estar desahuciado le dispara una confianza inaudita. A su mirada que puede cobijar la vehemencia del rechazo o el resentimiento, este tipo de afrentas, cuando se ve exhortado por un panorama negativo, aviva en él una borrasca de propósitos y decisiones. El poeta no es un hombre que acepte quedarse con los brazos cruzados.

Hernández está convencido de que no quiere saber nada sobre los días y su dificultad para desviar “su ira monótona, su mecanismo abrumador y su vasto consuelo”. Le preocupa esa forma de intervenir y de cautivar el lado oscuro, un lado oscuro que se mece sin descanso. Sería más sencillo decir que uno es una víctima, que la culpa es del otro. Pero el poeta rememora y se topa con hechos que lo sindican como hacedor de algunas desprolijidades. Y hay que pagarlas. Aunque anhelaría, no lo va a negar, que se esclarezca el contexto en el que se produjeron. Si había un móvil de maldad. O si obedecían esas desprolijidades ante todo a una prédica, una prédica que podía contener sus errores en el trayecto.

Para Hernández, no hay nada más infame que el silencio orquestado de los que alguna vez fueron sus amigos; amigos a los que ayudó y a quienes nucleó en pos de un porvenir mejor. Que le paguen así, con tanta insensibilidad y con tanta capacidad de olvido, es una injusticia. Es insultante. La cruz en la que lo colgaron no dejó espacio para ningún futuro pleito. Había que sacárselo de encima.

 

III

En un lado en que todos piensan igual, que haya alguien que lo haga distinto es motivo de persecución o de desprestigio. Pensar, repasa Hernández, con la ventana del hotel regalándole una pintura urbana, que yo los invité a mi fiesta; pensar, repasa el poeta, que yo les saqué de encima, al compartir mi pan, al hacerlos beber de mi vino, yo les saqué de encima ese aspecto de muchachitos provincianos, ese carácter de pollitos mojados.

Detesto pensar en estos términos, reflexiona Hernández, aunque es injusto estar invadido por estas sensaciones de despojo y desnudez. Es injustificado. Es muy violento. Lograron demonizarme como si yo fuese un asesino. Sucede algo similar con los gauchos: es el poder cobarde quien los convierte en asesinos, pero ellos no lo son. En consecuencia, los arrojan al mal, a la delincuencia, a los sinsabores.

En mi caso, escruta el poeta, me parece indefendible que mis antiguos amigos se reúnan a hacer negocios con aquellos de los que se reían a sus espaldas por su conservadurismo. De un día para otro mis antiguos amigos terminan siendo parte de un ámbito que detestaban. Sus luchas por una moral que no se cansaron de enaltecer desde la vereda de enfrente, ahora ya bien ubicados en sitiales lindantes con posiciones de poder, no hacen más que exhibir la vulnerabilidad del sistema de reconocimiento. En este momento están juntos: mis antiguos amigos y mis enemigos de siempre. A eso llamo escoria.

 

Gustavo Álvarez Núñez

Gustavo Álvarez Núñez nació en la provincia de Buenos Aires en 1968. Es poeta, editor, ensayista de cultura pop y músico. Fue director editorial de la versión argentina de Les Inrockuptibles (1996-2004) y colaboró en medios nacionales e internacionales. En 2012 lanzó un libro de conversaciones con el músico Daniel Melero: Antes, ahora y después. Por una biografía posible. Publicó cuatro libros de poemas: Sweet home, Panamericana (1999), Pulsiones (2006), Tratado sobre los padres (2013) y Bailemos (2015). Al frente del grupo de rock Spleen formó parte del underground argentino de la segunda mitad de los noventa, con un solo álbum en su haber (Travesía ideal, 1998), la participación en varios compilados y el lanzamiento póstumo en 2009 de Deriva – Fin (dos discos inéditos). En 2016 lanzó su disco de debut bajo el acrónimo artístico GAN: “Tierra baldía”. Como compilador se encargó de AntologíaPoetasRock (2003), compuesta en su mayoría con poemas inéditos de músicos de rock argentinos.  Su debut en el mundo de la ficción fue el conjunto de relatos Vidas epifánicas, publicado por Mansalva en 2015.

Posdata es la sección en que los autores reciclan o ponen de nuevo en circulación textos bajo su decisión y criterio. En penúltiMa somos muy partidarios de las relecturas, así que compartir de nuevo esos textos nos llena de regocijo.
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La imagen que ilustra el texto es un fotograma de la película Jauja, de Lisandro Alonso. Aunque la historia escrita por Fabián Casas y el realizador no sea la del Martín Fierro, es innegable que en ella late su presencia, como la de Mansilla. Además, la fotografía de Timo Salminen ha sabido encarnar, posiblemente, lo que pudiera ser la representación de la pampa y el desierto argentinos.