Publicado como separata de la revista boliviana 88 grados el año pasado, este cuento permanecía casi desconocido para muchos de los lectores de Sara Mesa. Al ser invitada a colaborar en penúltiMa se le propuso hacerlo compartiendo de nuevo este relato con los lectores, considerándolo una puerta de entrada idónea a su singular universo narrativo.

 

CLARO QUE ESA TEORÍA ya la había oído antes, lo de la dulzura de la sangre, pero nunca había sido tan turbadora como ahora, cuando él le sostiene la pierna estirada –ella sentada, él agachado– para extenderle bien la pomada en todas las picaduras, y le susurra es porque tienes la sangre muy dulce, y a ella le parece una suerte que sea así, y baja la mirada otra vez hacia el suelo, se encoge de hombros, deja de rascarse, mientras él continúa apretando el tubo y deposita con cuidado, en cada una de las diminutas ronchas, una pizquita de esa pomada tan suave que casi le hace cosquillas, hermanándolos, de pronto ambos al mismo nivel, como si no hubiese ninguna diferencia entre ellos. Los mosquitos saben mucho, añade él después con un guiño, saben demasiado. Se incorpora y la mira ahora desde arriba, el chico –para ella, un hombre– frente a la niña –para él, una niña–; ella que sigue con los ojos bajos y una leve sonrisa complaciente, él repitiéndole, con la voz rasposa, que su sangre debe de ser azúcar puro para que la hayan puesto como la han puesto, sembrada de picaduras, devorada entera, dice, mientras los demás niños del campamento apenas tienen una o dos como mucho, no hay duda de que, entre todos, eres la preferida. Luego, perdiendo súbitamente el interés por ella, consulta su reloj, le da una palmadita en el hombro y comenta que es hora de que se vaya. No te olvides del Aután esta noche, le dice ya desde la puerta, y la niña se vuelve para asentir, lo mira enmarcado en la entrada del dispensario, veteado por los rayos que se filtran a través del cañizo. Nos vemos luego, Eva. Y Eva se va, alegre, acelerada. La ha nombrado, ha dicho su nombre, su voz le bombea todavía en los oídos cuando llega a las tiendas de campaña –Eva, Eva…–. Tengo la sangre dulce, piensa, soy la preferida, la preferida de los mosquitos o a lo mejor de él, su preferida, estoy enamorada, ¿me querrá él a mí?, es tan guapo, es el monitor más guapo de todo el campamento.

Se lo cuenta a la China, que al principio le dice mira que eres teatrera, fijo que estás exagerando, pero luego le pide que se lo cuente todo otra vez, con más detalles, venga, por dónde te cogió la pierna, de verdad te echó él mismo la pomada, por qué no te dio el tubo para que te la echaras tú solita, no me estarás tangando, y ríen, ríen juntas, la China achicando los ojos –de donde nace el mote– y ella encantada. Es la casualidad de tener tú la sangre dulce, no te me pongas estupenda, si me picasen a mí lo habría hecho igual conmigo, qué carota, me voy a revolcar por un hormiguero a ver si me acribillan las hormigas por todos lados, y cuando dice por todos lados, la China se refriega los pechos, y Eva pierde rápidamente la sonrisa.

– ¿Qué? ¿Estás celosa?

No sabe qué le pasa con la China. A veces sí, a veces no. Los años de diferencia, quizá. La China se burla de ella, Eva se da perfecta cuenta, pero cómo renunciar a la amistad de una de las mayores, una además como la China, con su cuerpo espigado, sus vestidos cortos, las pulseras de colores y los enormes aros de plata en las orejas. Eva la mira con fascinación cuando se maquilla, con qué soltura maneja los pincelitos, qué preciso su pulso para el lápiz de ojos. Intenta imitarla, finge saber para qué vale cada botecito. Me olvidé el neceser en casa, dice, ¿me prestas tus cosas? Hay una extraña sensación de libertad en maquillarse juntas, llevar los labios pegajosos, el olorcillo a fresa del gloss que en esos días –ese paréntesis del tiempo– no tiene que ocultar ante nadie. Su amistad con la China sube su cotización en el grupo, aunque bien pensado no están en ningún grupo: son ellas dos solas, la mayor y la pequeña, el cisne y el pato feo, la atrevida y la que aspira al atrevimiento, las solitarias, las malas.

–Con dieciséis ya puedes acostarte con uno mayor sin que te pase nada.

Eva traga saliva. Pero tú no tienes dieciséis, le dice. Bueno, los cumplo dentro de tres meses, responde la China, ya casi–casi sí, qué más da. Pero no los tienes, insiste Eva. Pues más te queda a ti, se ríe la China. Para acostarte con él vas a tener que esperar tres años, se habrá olvidado de ti, pero a mí me basta sólo con aguantar un poco, puedo llamarlo si quiero dentro de tres meses y verás cómo acepta quedar conmigo, siempre pasa, nunca ninguno me dijo que no. Pero qué es acostarse con alguien, piensa Eva, tumbarse y luego qué, algo ha oído antes, vaya asco. Ella sólo querría tener más picaduras, la piel entera llena de picaduras para que él le unte más pomada, y eso lo tiene garantizado gracias a la dulzura de su sangre, ella es la preferida aunque sólo tenga trece años, pero ya no se siente tan contenta como antes, no mientras la China sigue hablando, explicándole que si las autoridades se enteran de que eso pasa antes de los dieciséis te pueden mandar a la cárcel, no sólo a él, al monitor o a quien sea el adulto que lo haga contigo, sino también a la niña, a un centro de menores, y ya no te dejan salir nunca a la calle, sólo al instituto, y además vigilada, te llevan y te recogen todo el tiempo, jamás te dejan sola, y Eva piensa que así es como es su vida cada día, salvo en el campamento, salvo ese maravilloso desliz del campamento que le colaron a sus padres sin que ellos pudieran sospechar que en ese sitio hay gente como la China o como el guapo monitor del que se han enamorado las dos hasta las trancas.

Eva mete las manos en la arena y saca un pequeño escarabajo que agita las patitas. La China sigue hablando pero Eva ha dejado de escucharla. Piensa en que los escarabajos grandes se hacen los muertos cuando los atrapan, pero los pequeños no, aún no han aprendido el truco que les puede salvar la vida. Cada vez que ve uno por la arena –y hay muchos por allí, tan cerca de las dunas–, hace la prueba y nunca falla: los grandes se quedan inmóviles, como petrificados; los pequeños se revuelven entre sus dedos, haciéndole cosquillas. La China dice que no hay necesidad de coger todos los bichos que ve, pero Eva va a estudiar zoología, lo tiene clarísimo, lo sabrá todo de los animales y viajará por África y Asia, y también por América, y hará documentales que saldrán en la televisión mostrando especies que todo el mundo pensaba que se habían extinguido, pero no, o especies que ella descubrirá y que nadie podía imaginar que existían, pero sí. La China le está contando ahora que conoció a una chica que se escapó de un centro de menores y estuvo diez días sola, andando por las carreteras, hasta que la encontraron, y Eva piensa en que en cuanto vea al monitor podrá exponerle su teoría de los escarabajos, cómo las crías aún no saben que hay que disimular para sobrevivir, porque ése es el tipo de cosas de las que suelen hablarles los monitores en las excursiones, y aunque él es el encargado del dispensario médico y no participa en las actividades en la misma medida que los otros, seguro que también entiende de animales, y que apreciará que Eva se fije en los bichos, da igual que tenga sólo trece años, le gustará porque es lista y observadora, y aunque no se ponga vestidos bonitos como los de la China –sólo camisetas grandotas y pantalones de deporte, la ropa espantosa que hereda de sus primos–, tiene la sangre dulce, cosa que la China no, cosa que los demás niños seguro que no.

Eva sonríe.

 

POR SUPUESTO, al caer la tarde no se echa el Aután –huele fatal, dice–, y aunque se mete en el saco de dormir con la cremallera hasta arriba, siente toda la noche el zumbar de los mosquitos merodeando. Adormecida, olvida que se prometió a sí misma no dar palmetazos para espantarlos. Se despierta intranquila, cansada, cuando el monitor encargado de su tienda –uno simpático y gordito que le cae bien, pero que por supuesto no es lo mismo– mete la cabeza por la lona y vocea la hora, vamos, arriba, hoy iremos bien temprano a la playa. Se mira los brazos y las piernas y comprueba con disgusto que sólo tiene un par de picaduras nuevas, nada que justifique otra visita al dispensario. Ojalá le pique en el agua una medusa, se dice, ojalá a ellas también les atraiga la sangre dulce.

La China va a buscarla después del desayuno. Se acerca cojeando. ¿Qué te ha pasado?, pregunta Eva, aunque ya se está temiendo lo peor. La China le habla de la tarima sobre las que se elevan las tiendas de campaña. Al despertarse, metió el pie por uno de los huecos y se torció el tobillo. Ahora debe de tener un esguince, si es que no se ha roto algo incluso, no podrá ir a la playa con ella, se quedará en el campamento, descansando. Eva siente un estremecimiento en el estómago. No es sólo por imaginar lo que ni siquiera se atreve a imaginar; es que verdaderamente le angustia ir a la playa sin su protección. Asiente y mira a lo lejos la línea de las dunas, que se extienden suaves y blancas bajo el cielo sin nubes, cegador. Sin la China se encuentra demasiado sola, muere la Eva del campamento y revive la otra, la del resto de los días.

Eva vuelve a su tienda, prepara la mochila con desgana. Una de sus compañeras se queda fuera para vigilar que ningún chico entre mientras ellas se cambian. Aunque las demás niñas se desnudan delante de las otras sin pudor, Eva se tapa con una toalla para ponerse el bañador. Su bañador horrible, que le queda horrible, y que intentará ocultar todo el tiempo, también más tarde, cuando tras subir y bajar la duna bajo el sol despiadado –sudará y estará sola–, se metan en el agua punzante, en las olas heladas que esta vez no consiguen que se sienta ni ligera ni libre. Salir del agua, ir corriendo hasta su toalla, ponerse la camiseta enorme que aún puede dejar la posibilidad de imaginar que lo que hay debajo es un bonito bikini fluorescente, como los que llevan las otras. La arena se le pega en la ropa mojada, le roza en la piel irritada. Eva tiene ganas de llorar.

Un niño se sienta a su lado, uno de su edad, delgado, rubio hasta las pestañas. Le pregunta por la China, pero sin interés, como si lo único que de verdad quisiera fuera empezar una conversación, y señala el montoncito de conchas que ella ha reunido entre sus pies, para qué las coges, le dice, se las vas a llevar a tu madre o qué. No hay agresividad en sus palabras, simplemente curiosidad, y Eva cree que quizá pueda hablar con ese niño, explicarle, mira, las que son así como caracolitos, retorcidas, son de gasterópodos, éstas tan pequeñas son coquinas, y esto creo que es un pedazo de ostra, las que más me gustan son las que tienen brillo, dice el niño, y ella está de acuerdo, quieres una, le ofrece, y él acepta. Luego cavan en la arena hasta meter los codos, buscando agua en el fondo, sin hablar. Hay algo triste en ese niño que la reconforta, pero es algo transitorio, muy quebradizo, que dura apenas lo que dura el tiempo en que se acercan los otros y los ven, el tiempo en que lo llaman y él se levanta sacudiéndose la arena del bañador, un poco avergonzado, alejándose corriendo y sin despedirse. Eva oye después algunas risas, no sabe si es por ella o por cualquier otro motivo, pero en cualquier caso no son risas para ella, sí para las otras, las demás chicas, juguetonas, insinuantes, seguras y frescas ante los chicos, que se estiran, dan vueltas, inflan el pecho con firmeza: así son los mayores, mientras que los pequeños son pequeños y Eva tampoco quiere estar con ellos. Incómoda, con la camiseta húmeda sobre su bañador horrible, se abraza las rodillas mirando el mar picado, el grupo de monitores allá a lo lejos –sin él, sin él–, las gaviotas chillonas y tan grandes que parecen irreales, como fabricadas con corcho blanco, los dedos de sus pies ennegrecidos, la tobillera que se compró a escondidas porque a su madre no le gustan las tobilleras, y que ahora lleva puesta aunque él no pueda vérsela, una lástima.

 

VUELVEN TAN TARDE que no les da tiempo a cambiarse para la comida, macarrones con pollo, ensalada, melón, casi ninguno toma ensalada, Eva en realidad no toma casi nada, más preocupada en mirar alrededor y buscar a la China, aunque sólo está el hueco en la mesa donde suele sentarse, un vacío lleno de presagios y de inquietud. ¿Tan mal se encuentra como para saltarse el almuerzo?, piensa. Luego corre a buscarla a su tienda, la de las mayores, y un par de chicas la miran con desdén desde dentro, yo qué sé dónde está, dice una, ¿no eres tú su amiga?, dice la otra. Eva ya sabía que la China no encaja bien con sus compañeras de tienda –la envidia, le había explicado ella–, pero no se esperaba ese odio tan fuerte, que se extiende hacia ella, en la mirada de las chicas hacia ella, déjanos en paz, estábamos durmiendo, le dicen, aunque no es verdad que estuvieran durmiendo, porque Eva ha notado ya desde que se asomó el olor a tabaco, y eso que está rotundamente prohibido, sobre todo por el riesgo de incendio, advierten constantemente los monitores. A ella no le importa que fumen. Ella sólo necesita saber dónde se ha metido la China.

Y va al dispensario.

A la hora de la siesta, el calor golpea fuerte sobre la cabaña, mucho más fuerte de lo que Eva se atreve a golpear la puerta, en realidad son tan sólo dos toquecitos los que da, tímidos pero desesperados, y luego se queda escrutando el silencio, las voces de los chicos ablandadas por la distancia al igual que se ablandan el cielo y los pinares con el aire caliente, pues son justo las cuatro de la tarde y es posible que no haya nadie dentro. Aguza los oídos, pega los ojos a la ventana cerrada, le parece ver una sombra cruzar ante las lamas, pero puede ser su imaginación, si hubiese alguien, se dice, le abrirían la puerta. Baja la vista y ve un pequeño escarabajo acercándose, se agacha y lo coge, el escarabajo agita las patas con nerviosismo, nunca falla la regla, se repite a sí misma, pero a quién contárselo si él no está, o está pero no quiere abrir la puerta. La tierra arde y Eva se está quemando, allí parada al sol, todavía con su horrible bañador bajo la ropa y el escarabajo en la mano. Se da la vuelta, se marcha.

 

ESTUVE POR AHÍ, dice la China mascando chicle, y ella sabe que no va a darle más explicaciones, se enfadará incluso si trata de indagar, así que sólo le queda el alivio innegable de tenerla otra vez a su lado, intenta conformarse con eso, ¿y tu tobillo?, pregunta, y la China responde sin mirarla que él le dio un masaje con un gel frío, casi helado, se le curó al instante, tiene manos de Dios, es milagroso. Me dijo que pasáramos mañana a verlo, dice también. Las dos, añade. Eva levanta las cejas, le bate el corazón, se le suaviza de pronto el ardor que le estaba oprimiendo la garganta. ¿También yo? Sí, claro, me preguntó por ti, por tus picaduras, me contó la teoría de la sangre dulce. Ella, la China, debe de tenerla más bien salada, ríe, porque por más que quiera no le pica ni un bicho, pero se le torció el tobillo y también tuvo su ración de pomada al fin y al cabo. Eva oscila entre la alegría y el vértigo. Él quiere verla. Quiere supervisar cómo van las picaduras, quiere cuidarla, estar con ella un rato, quizás hablarle. ¿A qué hora tengo que ir?, le pregunta a la China. Ella hace un gesto de indeterminación. Por la tarde, supongo. Tenemos que ir juntas. Juntas, piensa Eva. Se quedan en silencio. Sentadas junto a la explanada de la pista deportiva, miran las estrellas sin verlas, el cielo perforado en el que Eva busca constelaciones cada noche, pero no esta vez. El rumor de la carretera, a lo lejos, forma parte también de esa naturaleza tan ajena. Se oyen las chicharras y el ulular de un ave, Eva no sabe cuál, porque a ella lo que se le dan bien son los insectos. Juntas, piensa, pero decide que le da igual, le contará lo mismo lo de los escarabajos aunque la China esté delante y se ría de ella o trate de ridiculizarla ante él. En eso, Eva siempre llevará ventaja. Quizá no en los vestidos, ni en la soltura, ni en el cuerpo esbelto ni en la voz áspera de chica ya mayor, pero sí en eso, al menos.

 

LA TARDE QUIERE decir en realidad la hora de la siesta, y cuando la China la recoge para ir juntas al dispensario –la misma luz, el mismo calor, el mismo adormecimiento del paisaje disolviéndose en la calima de las cuatro– y, sobre todo, cuando él echa el cerrojo y comienza a hablar en susurros, Eva recuerda el día anterior, y la puerta cerrada, y la ventana cerrada, y la sombra que cruzó tras las lamas. Se sienta en la camilla confundida, mientras él le inspecciona las piernas agachado frente a ella, rozando levemente las ronchas, esto va mucho mejor, se te están curando todas muy rápido, ésta en cambio va más despacio, matiza al subir su dedo por el muslo, ésta debió de hacértela una arañita que tenía más veneno. Levanta los ojos, se miran. La China se ha sentado a su lado, paciente, esperando su turno. Ahora él le está palpando el tobillo, ya no está nada hinchado, dice, pero le unta un poco más de ese gel que la China dice, con un gritito, que está tan frío. Las dos os habéis recuperado muy bien, da gusto tener pacientes como vosotras. Desde arriba, Eva ve que le clarea el pelo en la mitad del cráneo, como si justo allí le hubiese aterrizado un ovni, piensa, y hay una especie de rechazo al pensarlo. De repente, encuentra algo ahí inadecuado y desconcertante.

–¿Tú eres médico? –pregunta.

Claro que sí, responde él de inmediato, vaya pregunta. Se ha levantado y hay ahora un brillo distinto en su mirada, cuando la enfoca desde arriba, las manos colgando a la altura de la cara de Eva, unas manos con vello muy oscuro en los dedos, la parte superior de los dedos, las falanges, piensa Eva, que es buena alumna y se estudió bien todos los huesos del esqueleto humano, sin entender aún que ésa es otra señal para el rechazo. Él le pregunta si acaso no se fía. ¿Está enfadado? ¿Se hace el enfadado para divertirse con ella? Le explica que en todos los campamentos, por ley, debe haber un médico o un enfermero, y recalca lo de la ley, y Eva siente que la está regañando. Las dos deberíais darme un beso por haberos curado, dice luego, en vez de andar dudando de mis títulos. La China palmotea, claro que sí, dice levantándose también. Lo abraza, le estampa un beso sonoro en la mejilla. Él la rodea por la cintura, casi la levanta en brazos, porque la China es ligera y él –Eva toma conciencia– más bien corpulento. Eva siente un ramalazo de celos, que se mezclan y chocan con la inquietud inicial, aturdiéndola. No quiere quedar fuera, no otra vez repudiada, excluida, eliminada de la competición sin haberlo intentado siquiera, así que también se levanta, se les acerca con rapidez, abre los brazos y cuando él se agacha para estar a su altura, soltando ya a la China, Eva posa directamente los labios en los suyos, los aprieta contra los suyos, cierra los ojos fuerte, y él se deja apretar unos segundos hasta que tienen que separarse para coger aire. Vaya, vaya, vaya, murmura después. Se está riendo, la mira y se ríe, Eva no sabe qué le hace tanta gracia, pero nota que lo ha sorprendido, y ella también ríe, mirando de reojo a la China, que ríe pero menos, más suavito, pasándose la lengua por los labios brillantes, sabiendo que es un juego y que ahora le toca a ella mover ficha. Así que se abalanza, lo besa también en los labios y Eva se queda fascinada ante el movimiento no sólo de las bocas, sino también de las manos y de los cuerpos, que se buscan encajándose el uno contra el otro. Mira hipnotizada, hasta que el dolor es demasiado fuerte y la garganta le empieza a arder de nuevo, las lágrimas calientes agolpadas tras los ojos, y se le forma un hueco en el pecho, como si el espacio interior de la caja torácica se estuviese ensanchando para explotar y reventarle las costillas. Como otras veces, sabe que hay que aguantar las ganas de llorar, porque si llora, reconoce; si llora, admite; si llora, pierde. Se muerde los labios, tose un par de veces, desvía la mirada para luego volver a clavarla en la pareja, que ya se está separando. La China la contempla triunfante –se ha despeinado un poco, está preciosa– y él con preocupación, el ceño fruncido, Evita, dice, qué te pasa, no hay nada malo en esto. Evita. No entiende por qué utiliza ahora el diminutivo. ¿Para acercarse o para alejarla? Ve cómo le hace un gesto a la China, un gesto apaciguador con la mano, el mismo gesto que se le haría a un perrito ansioso por salir a la calle, mientras se aproxima a Eva repitiendo que no hay nada malo en abrazarse. Le besa el pelo, le acaricia los hombros. Tú eres la más bonita, le susurra después al oído. Tú eres la más bonita. El eco retumba en su cabeza. ¿Ha dicho eso en serio? ¿Lo ha oído la China? ¿Lo ha dicho tan bajito porque no quiere que la China lo oiga? Y si es así, ¿por qué no quiere? ¿Porque es mentira, ya que la más bonita es la China, y sólo lo está diciendo para consolarla a ella? ¿O porque es verdad y no quiere enfadar a la China, pero necesita que ella, Eva, la más bonita, lo sepa? Espera a crecer un poco, dice luego, y esto le gusta porque su voz es cálida y sentirla en su oído vale tanto como ser acariciada, pero a la vez no entiende a qué hay que esperar, ni qué quiere decir con crecer, si ella no es una niña como las pequeñas, si ella está más cercana a la China aunque nadie lo sepa, aunque él no lo sepa, ni sus padres –menos mal– lo sepan, y ni siquiera la China –que continúa mirando sonriente– lo sepa. Y en realidad, rectifica, tampoco es como la China, porque ella sabe muchas cosas que a la China no le interesan lo más mínimo, aunque seguro que a él sí le interesan, como lo de los escarabajos, que sólo se fingen muertos cuando son adultos pero de chiquitos patalean si los coges, y decide contarlo, ahora o nunca, intuyendo en el fondo que no es el momento, pero a la vez sabiendo que ha de hacerlo, que si ya ha empezado tiene que terminar de contarlo, a pesar de la expresión de ambos, de él y de la China, que no muestran sorpresa ni rechazo, pero tampoco curiosidad, sólo esa especie de dulzura paciente que los mayores despliegan a veces ante los pequeños. Eva habla atropelladamente, ha probado mil veces, afirma, cada vez que ve un escarabajo lo comprueba, lo que no sabe es a qué edad aprenden a fingir, y tampoco sabe si aprenden el truco por sí mismos o si son los mayores los que se lo enseñan. Son animales listos, concluye él, pero tú lo eres más, y Eva sabe ya con certeza que ha hecho el ridículo.

Por eso, ahora quisiera besarlo del mismo modo que la China lo besó antes.

Tiene que besarlo así, corregir ese error, su paso atrás.

Y se muere de ganas, pero cómo hacerlo.

Se acerca. Él la espera. ¿Él la espera? Sí, la está esperando, y también la China espera, Eva la nota a un lado, expectante, tensa, y ella sigue acercándose aunque él no se mueve lo más mínimo, la que se mueve es justamente quien no debe, la inesperada, interceptando el paso, gatuna, lenta, su calor ya cercano, la cabaña en sombras, el tiempo suspendido o agolpado, en punto muerto, la mano que la toma del brazo y que le hace cambiar de dirección, el giro de la cabeza, y una boca –otra boca– en la suya, blanda, mucho más blanda que la de él, suave, mucho más suave que la de él, cercana, muchísimo más cercana que ninguna, femenina. Eva se retira espantada. Los tres quedan inmóviles, sin saber bien cuál es ahora el siguiente paso, los tres empatados de pronto, igual de incluidos o de excluidos, la balanza en equilibrio, compensada, besos en las tres direcciones posibles, y continúan así unos instantes, unos segundos que parecen mucho más largos de lo que realmente son, segundos que tienen peso, que son densos, que caen uno tras otro, o uno sobre otro, y que casi sin transición inclinan la balanza hacia uno de los lados sin que Eva comprenda cómo ni por qué se decide este cambio, ni quién lo decide y, sobre todo, sin que comprenda en qué consiste exactamente el cambio. Pero hay un cambio, sin duda, y de eso hasta ella es capaz de darse cuenta.

–Eva –dice él finalmente–, ¿podrías ir a por unos helados? ¿No te apetece que tomemos algo fresquito los tres juntos?

Sin esperar respuesta ya está cogiendo su cartera, rebuscando en ella. Le tiende un billete. Un cornetto de nata, dice. ¿Tú también?, pregunta a la China, que asiente sin despegar los labios. Y lo que tú quieras, claro, pero date prisa, que lo estamos pasando muy bien juntos. Eva piensa que si ha dicho helados, y no cualquier otra chuchería, es porque no quiere que tarde mucho, y el pensamiento la tranquiliza. Él descorre el cerrojo y al abrir la puerta el sol inunda el interior de la cabaña, formando un triángulo de luz, con la China situada exactamente en el vértice más profundo. Eva la mira por última vez, coge el dinero y se va todo lo rápido que puede, que no es mucho, porque lleva chanclas y la arena ardiente se le cuela al avanzar, quemándole las plantas de los pies. El kiosco está a cinco minutos, junto al comedor, pero la dueña, que es también la cocinera del campamento, está liada fregando una olla gigantesca y tarda en atenderla. Cuando por fin pide los helados, Eva paladea el encanto de la trasgresión, porque la cocinera ha de pensar que son cosas de niños, para niños, mientras ella está pagando con el dinero de un adulto, por mandato de un adulto, y de un adulto además al que acaba de besar, y ante quien se ha besado con otra de las niñas, pero los helados son idénticos los tres, uno para cada uno, mayores y pequeños igualados. Regresa apresurada con los cucuruchos en la mano, los envoltorios brillan bajo el sol, nata y chocolate, lee, corazón de avellana, disfruta del verano.

Corazón de avellana, repite entre dientes.

Disfruta del verano, canturrea.

Pero cuando llega y llama a la puerta, sólo encuentra silencio. Silencio, decepción y sorpresa. ¿De verdad no se enteran? ¿Puede ser que no quieran abrirle? ¿O han querido gastarle una broma y se han ido a otro lado? Llama más fuerte, aunque mucho menos de lo que quisiera, porque en realidad le gustaría aporrear en la madera, patearla. ¡Los helados!, grita. Y después, más flojito: se van a derretir. Se sienta en el escaloncito de la puerta, extiende las piernas, tiembla de rabia. El calor es infame y le sudan las corvas, entre la humillación y la vergüenza. No puede ser que eso esté pasando, qué están haciendo dentro, y si no están dentro adónde han ido, no se dan cuenta de que van a quedarse sin helados, toda esa cantidad de besos sin ella, por qué otra vez estar fuera de todo, por qué otra vez la sensación de haber sido excluida, de no pertenecer a nadie, de ser siempre unidad y nunca grupo. Aguanta las lágrimas, rasga el papel de su helado, se lo come a bocados, ya demasiado blando, dejando los otros dos en el suelo, pensando que se vayan a la mierda, no se merecen que llore por ellos. Cuando acabe de comérmelo, se dice, vuelvo a llamar y si no me abren me voy y no les dirijo la palabra en la vida. Pero vuelve a llamar, no le abren, no se va. Se queda allí, mirando los helados derretirse, derramándose un poco por los pliegues del papel, ya inservibles, completamente líquidos, por qué me han hecho esto, ¿así era el juego? Ahora está sudando también por la espalda, por la frente y el cuello, los ojos le pican, tiene sed y el corazón le va a reventar de rencor, pero permanece paralizada bajo el sol, pensando que ella también es un helado que terminará derritiéndose y fundiéndose en la tierra, y que cuando abran la puerta no quedará nada de ella, sólo la ropa, esa ropa tan fea que tanto odia, y se sentirán culpables por haberla dejado fuera, por haberle gastado una broma tan pesada.

Oye un ruido dentro. Un ruido que no entiende. ¿Algo arrastrándose? Se tapa con fuerza las orejas. No sabe si quiere o no escuchar.

Se levanta para irse, pero no se va.

Y es entonces cuando se abre la puerta. Él, sonriente, apurado, no te habíamos oído, por qué no has llamado más fuerte. La China, recortada por la luz que entra de lleno en la cabaña, al fondo, otra vez en el vértice exacto del triángulo, también sonriente, respirando agitada, mirándola con fijeza, pidiéndole que entre, vamos entra, cuánto calor ahí fuera, entra. ¿Y los helados? Eva se agacha, los coge, se los muestra. El envoltorio ya no sostiene el peso de ese relleno blando que se escapa por cada abertura. Eva pone las manos debajo para sostenerlos, pero el helado resbala por los dedos, gotea hasta el suelo. Oh, vamos, entra, después compramos otros, no pasa nada, dice él, perdónanos, estamos tontos. Eva entra, se encamina hacia la papelera, tratando de creer que es verdad la mentira, mientras la China sigue sonriendo, de pie, completamente quieta en su sitio. Eva la mira de reojo al tirar los helados, pero luego se siente abochornada y esquiva sus ojos, enfocando a cambio el interior de la papelera, donde hay, además de los helados derretidos, unos kleenex usados, un blíster de pastillas vacío, y también una goma arrugada y amarillenta con algo dentro que también parece derretirse, algo así como un trozo de guante de limpieza, o un guante médico, o un globito, pero lleno de algo, algo blanquecino, fluido y asqueroso, como moco.

Eva sabe lo que es, pero quisiera al mismo tiempo no saberlo.

–Qué calor– dice él–. Vaya solana fuera. Quedaos aquí conmigo un rato más.

Y cierra la puerta.

 

Sara Mesa

Sara Mesa (Madrid, 1976). Reside en Sevilla desde niña. Su nombre comenzó a circular entre los aficionados al cuento gracias a los libros La sobriedad del galápagoNo es fácil ser verde. Y ya de modo masivo tras la publicación de cada una de sus novelas: El trepanador de cerebros, Un incendio invisible , Cuatro por cuatro (Finalista del premio Anagrama) y Cicatriz. En 2016 publicó una nueva colección de cuentos: Mala letra. Su libro más reciente es la reedición de la novela Un incendio invisible dentro de la colección Narrativas Hispánicas de Anagrama.

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