La escritura, no la literatura, ojo, el gesto mismo de escribir, ya sea frente a una máquina, un cuaderno o una pared. La escritura no como expresión sino como medio, la escritura no como vehículo sino como fin, la escritura como espacio total. Sobre estas cosas medita Javier Payeras en este texto.

 

Siempre dicen que no hay que perder la memoria. Que si uno olvida desprecia todo aprendizaje  y  todos los males vuelven una y otra vez.

 

Es abril y en la ciudad de Guatemala hace un calor de treinta grados, algo que no es normal. Caminar  es desagradable y pastoso, las avenidas del Centro Histórico no tienen sombra. Todo es un vapor húmedo e insoportable que obliga a ir muy lento. Tal efecto hace que el juicio también se nuble y que uno se vuelva intolerante a la gente y al entorno. Como la rabia conduce a la rabia, de pronto uno comienza a leer cada una de las paredes.

 

Las paredes de esta ciudad están hechas de muchas cosas. Hay ladrillo, hay block, hay adobe. Casas francesas enormes que ahora son hoteles de paso para comprar drogas o encerrarse con prostitutas. Edificios Art Deco que resguardan algún almacén Electra. Castillos que siguen con la función de mantener oficinas del estado o que han mutado a espacios culturales. Paredones enormes a los costados de las iglesias del siglo XIX como un blanco silencio de cal entre esquinas. Con el sol intenso todo esto se vuelve una enorme masa de colores.

 

La pintura se mantiene intacta por momentos. Varía de colores mate a unos rojos-lila brillantes y escandalosos.  Todo se descascara dejando ver sus capas. Uno rasca la superficie y se va pulverizando en los dedos. Debajo del verde hubo un amarillo y debajo del amarillo hubo un café o un rosado.  Entonces viene la pregunta ¿Cuál es la verdad detrás de cada mano de pintura? Es difícil imaginar cómo fue todo al principio, si las calles fueron de la misma forma siempre, si no existe una ciudad sumergida debajo de lo que vemos.

 

Así como el color es una superficie sobre las paredes, también existen papeles e inscripciones. Los edificios amanecen con hojas de papel bond impresas con el número de teléfono de algún prestamista mafioso, una clínica de abortos “discretos” o la fotografía en blanco y negro de un desaparecido. Rostros de mujeres con el  pelo largo partido en medio como en los años setentas, hombres robustos de labios gruesos o jóvenes con lentes  y aspecto frágil son las imágenes que cubren los postes y las marquesinas de ciertos lugares. Existe incluso una casa por la que paso todos los días, donde estas impresiones cubren hasta la banqueta. Una inscripción sobre cada rostro dice “¿Dónde están?” o “No perdonamos, no olvidamos”.  Es común ver una pared llena y al siguiente día encontrar las caras tachadas o arrancadas, algo que deja una huella desoladora, una suerte de presencia o de fantasma que produce un efecto bastante patético. Creo que en todo esto se reafirma todo lo que es la sociedad guatemalteca en el fondo, una imagen sin terminar, una memoria incompleta.

 

Por otro lado siento una fascinación por la caligrafía de los grafiteros. Las paredes llenas de placas y firmas ilegibles. Hallo estos códigos interminables, encriptados tal cual una estela maya. Garabatos hechos con marcadores de punta gruesa. Asteriscos. Gotas de pintura de aceite. Letras A con una corona encima. Tres puntos. Curvas anchas. Apenas trazos que avizoran una forma dividida, deslumbrante. Algunas veces sí hay palabras, tienen denuncias o consignas o meros insultos o miembros gordos y alados junto a sus redondos huevos, o la imagen opaca de un corazón con un “Kimberly”, también el número romano de la pandilla con el nombre de la clica que orina su territorio. Existen intentos poco afortunados de grafitis paisajísticos, malamente edulcorados con mensajes de salvación para la juventud sin trabajo acompañados por el nombre de un programa gubernamental o de una oenegé. En el sol de las diez de la mañana cicatriza las letras. Si las fotos son tatuajes, las palabras son quemaduras.

 

En los salones repletos de fotos sepia del Museo Nacional de Historia no existen tantas cosas como en las calles. Siempre que entro en el edificio y veo “el pasado” siento que todas estas imágenes u objetos fueron seleccionadas cuidadosamente. Los guatemaltecos hemos elegido un tipo de pasado. Lo que pertenece a la historia son los acontecimientos sin matices, aquello que sucede de un gobierno a otro, de una reforma a otra, de una caída a una reconstrucción, de la carreta al ferrocarril y del ferrocarril a las autopistas. Tantos líderes opacos y ajenos. Tantos próceres y mártires certificados para la posteridad. No lo niego, me encanta llegar de vez en cuando a husmear, entrar luego de una larga caminata entre el ruido abyecto del Centro y pasar a otro plano de realidad. Ese silencio de monasterio, ese útero de diapositivas… todas las desigualdades que provoca esta normalidad donde el pasado lo tenemos por delante. Tenemos tanto pasado por delante.

 

Este mal trago que es la memoria hace que uno pierda el equilibrio de todo. Uno se agota definiendo una identidad, algo en común, un país, una larga espera. Los turistas europeos celebran este clima horrible con fotografías. Hablan con los chicos cackchiqueles que venden chicles en el parque, se toman fotos con ellos y se ven como los sonrientes jubilados de algún país civilizado. Su presencia siempre me despierta la alerta de ser testigo de un asalto, de que sus cámaras Nikkon sean arranadas a golpes por los ladrones de la plaza. De que se cierre esa sonrisa de amable visitante y se den cuenta del país que vivimos cada día.  Ellos no tienen que lidiar con mis imágenes incompletas ni con el encriptado código de viejas consignas.

 

Para evitar la neurosis más compleja, que es la neurosis creativa, desde hace años renuncié a escribir novelas históricas o “totales” como le llama uno que otro nostálgico del boom y de la novela.  Pienso que solo tengo una memoria. Este presente tiene demasiados defectos como para llamarse así. Anoto y borro. Escribo de mi infancia, de mi adolescencia, de mi edad adulta. Escribo de mis amigos, de las personas que amé o amo. De las pequeñeces profanas, cursis, kitsch. La prehistoria de los videojuegos, el barroco japonés en las caricaturas de los ochentas, la melancolía de mi mamá cuando recuerda algún restaurante que ya no existe, el punk tercermundista, las gaseosas que sacaron del mercado por su alto contenido de azúcar. Mi juventud de suéteres gruesos hoy imposibles de usar, de chicles morados ya sin sabor, de fiestas carnívoras llenas de ron barato y marihuana.  Eso que soy y que no somos. Mi país es la gente con la que comparto algo en común, nada en común con esta rara democracia llena de susurros y documentos desclasificados.

 

Con el tiempo sale a la superficie lo que estaba inmerso. El dolor de antes. El dolor que vuelve del pasado. No viví esa represión política, pero entiendo lo que es el silencio. El amigo de hoy habla por su padre desaparecido a manos de un siniestro grupo de paramilitares. La muchacha de treinta años que cuenta que tuvo que huir a México luego de que el ejército arrasó con su aldea después de un mitin de la guerrilla. El poeta que vivió en una CPR. Escuchar atentamente su pasado hace que rebote una y otra vez la palabra memoria. En las redes sociales se establecen campos de batalla. La indignación de un sector ante la posible palabra genocidio. La rabia de otro exigiendo justicia ante las pruebas. Pero en todo el juego de equilibrio la justicia siempre queda en manos de los mismos. Aquellos de la mirada vacía en los retratos del museo. Así uno desecha la idea de un país. Guatemala es un estado mental. Habitamos un olvido colectivo. Seleccionamos lo que merece un cuerpo sin cabeza. Un consenso que sólo queda en papeles ya que su verdadera ideología es la que se realiza en la práctica, entiéndase, la vieja moral de finca, trabajo forzado y exterminio.

 

Esta memoria no necesita de museos porque todo está en la calle. Caminar lentamente bajo el sol intenso de una mañana de un mes de abril del año 2016. Me siento viejo como un museo portátil. Tengo cuarenta años y mi soledad se me hace espesa. Un vacío de mundo o de arraigo. Un ruido de todos lados. Esa rareza de tener el pasado enfrente.  Tengo mil motivos para detenerme y mil más para seguir. Pero detenerme no me lleva a ningún sitio. No hay otra opción que seguir caminando hasta que pase el calor. Tal vez mi destino sea el mismo de las palabras en las paredes, dejar una huella que se borre con otra huella. Escribir en un país sin memoria es escribir para el olvido. Aunque  prefiero no pensar mucho en todo esto de la trascendencia literaria… sinceramente prefiero escribir y no detenerme a pensar.

 

Javier Payeras

Ya sea como narrador o poeta, la obra de Javier Payeras (Ciudad de Guatemala, 1974) es un referente de la literatura centroamericana. Sobre todo por ser una figura central de la Generación guatemalteca de la posguerra, que reflejó las consecuencias del conflicto armado que asoló el país durante décadas. Su obra se extiende por diversos géneros: poesía, narrativa, dramaturgia e, incluso, libros objetos y performance poéticas.

Personae es la sección que habla, como su nombre indica, de las máscaras, tanto las ajenas como la propia, porque todo texto autobiográfico está preñado de ficción y todos los textos ficcionales han brotado de las semillas de nuestra experiencia. Muchas veces la mejor máscara es la del rostro propio.

La imagen que ilustra el texto es una de las famosas caligrafías deformadas de León Ferrari.