La mejor revista del Norte de México, Pez Banana, dedicó su último número a cartografiar la obra de algunas escritoras latinoamericanas. Lo hizo desde el convencimiento de que a día de hoy son las autoras las que están realizando las aportaciones más interesantes y modificando los mapas de la literatura en castellano. En penúltiMa hemos logrado que nos «presten» algunos de esos textos, convencidos de que merecen toda la difusión que pueda ofrecérseles. Además queremos expresar una gratitud enorme hacia Iván Ballesteros Rojo, factótum de Pez Banana, que desde el primero momento se ilusionó con la idea de darle más difusión a los textos de su revista. Acá Jaime Mesa, mexicano, escribe sobre los cuentos de la chilena Alejandra Costamagna.

 

La enorme y añeja tradición del cuento en Latinoamérica ha sido un largo deambular por otras tradiciones de donde hemos aprendido la forma pero a la cual hemos ataviado con temas, personajes, lenguaje e intuiciones que no pueden negar un espíritu identitario plural y variado, sí, pero que está unido por finos hilos comunicantes. Desde el realismo a los intentos experimentales, desde lo excéntrico a lo recatado, desde el humor a la conciencia del terror, muchos han sido los narradores que atados o liberados a la tradición avanzan en este espejismo de Latinoamérica que hallamos en el siglo XXI. Si bien las peculiaridades prevaleces, también leemos un intento por globalizar los temas y los sucesos en la literatura. Un autor iraní puede escribir sobre Colombia lo mismo que un autor peruano sobre Chicago que un mexicano sobre la Patagonia. En literatura ya ningún tema es exclusivo de nadie. ¿Entonces qué leemos cuando leemos ahora? La mirada. El siglo XXI y el internet han roto los límites, las tendencias y nos han liberado de leer por género, tradición o país. Ahora leemos las miradas peculiares de cada escritor, despojadas de esa necesidad de verificar los temas que te tocaron por época o nacionalidad.

Entonces, en este terreno, Imposible salir de la tierra (Almadía, 2016) de Alejandra Costamagna (Santiago, 1970) se ubica en una orilla en donde la frustración y la desilusión son hijas naturales de la realidad. Están, en apariencia, atadas. Esta pelea es uno de sus temas centrales y sobre eso abunda.

Si bien Costamagna es fiel a la anécdota, elabora una complejidad familiar en sus personajes que le permite una suerte de noción profunda, hallada generalmente en la novela, que se traduce en cuentos de mediana extensión que tienen aliento de largas historias que continúan incluso después del punto final.

La marginalidad en los cuentos de Costamagna no es tremendista, margen poco literario y más informativo (abunda en las redes sociales) con el que se cuentan muchas historias ahora. La marginalidad es casi natural, un añadido casi tierno a la realidad de sus personajes. En estos cuentos habitualmente las protagonistas son mujeres, a veces, hermanas, las mellizas, la hermana sana y la hermana enferma.

Los personajes de Costamagna se preguntan: “¿Por qué no tenemos fe una vez aunque sea?” pero, cuando la tienen, la fe les queda mal. Son personajes para los cuales morirse no es un problema. Lo curioso es que aunque están rodeados de “gente con cara de calamidad” no se contagian, no lo aceptan realmente, la repudian de una manera tierna; inconscientemente aunque estén al borde del abismo.

Sin embargo, y acá una de las vueltas de tuerca, no son cuentos pesimistas. En la mayoría se experimenta un candor desconsolado, sí, pero también una especie de noción de la contundencia existencial de muchas personas. Los brincos al abismo tienen movimiento, no son situaciones que se pierden en el no actuar.

De esta manera, las de Costamagna son aproximaciones a realidades completas pero cuyos agujeros existenciales están a medias, intrigas humanas fruto de la soledad, la marginación y la frustración.

Muchos de los cuentos abordan la frustración. Casi parecen decir: acá todos los días se frustra uno. Uno de sus personajes dice en algún momento: “La tía abuela fue a la cocina, preparó huevos revueltos y ya todo volvió a la normalidad”. Es decir: la costumbre normaliza la frustración y la derrota. No importa nada porque mañana todo será completamente igual a hoy. La única defensa, entonces, es continuar, seguir haciendo lo mismo, hacer como que nada pasa. ¿O como que ya todo pasó?

Hay una escena en que una de las hermanas encuentra a la madre muerta y ante la llegada de la segunda hermana le dice: “tiene jaqueca, hay que dejarla dormir un rato más”. De estos enfrentamientos frágiles pero contundentes están hechos los cuentos de Costamagna.

Las cosas son y no son al mismo tiempo en el mundo literario de esta autora. A los muertos, por ejemplo, “les dicen restos como si fueran las sobras de un pan desmigajado”. O la verdad difusa funciona como en esta descripción: “Es bonita la niña. Aunque bonita en realidad no es la palabra. Y tampoco es una niña, en rigor.”

Estas frases sintetizan apresuradamente los textos de este libro.

En apariencia no hay nada que salve a los personajes de estos cuentos. “Puros finales tristes y demasiado reales…”, dice Alejandra Costamagna.

La autora construye sus obsesiones de una manera diáfana y sin miedo. Tres son las cosas que parecen llegar una y otra vez: la llegada del hombre a la luna (quizá por un asunto generacional), Japón (¿un lugar para escapar?), el olvido de un bebé en el interior del auto y el descubrimiento de que ha muerto cuando la madre vuelve (¿un miedo latente?).

Al hablar de la literatura chilena, Alejandra Costamagna ha revelado también la noción de una literatura latinoamericana: “Es difícil hablar de características comunes. Puede que eso, justamente, sea lo común: la heterogeneidad de miradas y registros. Desde las alegorías más o menos abstractas hasta la ficción testimonial hay un abanico muy amplio. Tal vez uno de los pocos puntos en común sea la ausencia de grandes relatos y el énfasis, en cambio, en ciertas épicas menores. Dentro de esta diversidad, a mí me interesan especialmente aquellas escrituras que se alejan de los discursos graves y en el camino van abriendo preguntas en vez de instalar respuestas. Los contextos de escritura de mi generación y de las anteriores son distintos, naturalmente, y eso genera puntos de vista, ritmos y hasta estructuras de lenguaje muy diferentes. Tal vez ahora hay una especie de memoria de la memoria que permite tomar distancia y probar, mezclar y sacudir con más arrojo ciertas convenciones”.

Así que Imposible salir de la tierra se construye, también, como un libro de épicas menores cuya mirada examina ciertos rasgos de lo que el siglo XXI ha hecho con nosotros. Son cuentos actuales y sin una identidad concreta. Si acaso, a la única zona latinoamericana a la que pertenecen estos cuentos es al país Alejandra Costamagna.

 

Jaime Mesa

Jaime Mesa (Puebla, 1977). Es escritor. Ha publicado Rabia (Alfaguara, 2008), Los predilectos (Alfaguara, 2013) y Las bestias negras (Alfaguara, 2015). Ha colaborado en Crítica, GQ, Esquire, Soho y en “Laberinto” de Milenio Diario; así como en el suplemento “Hoja por Hoja” y los blogs de Letras Libres y Nexos.

Todo texto es un Palimpsesto, pero más todavía los que versan sobre otras producciones culturales. Haciendo un leve homenaje a Genette, en Palimpsestos se recogerán los textos críticos. En penúltiMa la crítica es meditación y diálogo. Los textos que pasan a entretejerse con aquellos de los que hablan.