La publicación de una de las mejores novelas que se han publicado en España en los últimos tiempos, puede decirse que desde el mismo momento de su publicación una seria candidata a ser la novela del año: la sorprendente El enfermero de Lenin de Valentín Roma (publicada por la editorial Periférica), sirve como punto de partida para repensar las tensiones entre lo que se ha dado en llamar literaturas nacionales, unas de acogida y otras heredadas, así como del lugar de una hipotética “literatura de la inmigración” en España.

 

Más de una vez, en algún texto o en mesas redondas y encuentros similares, el escritor y editor Julián Rodríguez ha expresado su deseo porque se hubiera desarrollado en España una literatura de hijos de inmigrantes, escrita por una primera generación de españoles nativos que han crecido en una lengua distinta de la de sus padres pero que gira en torno a la herencia cultural de su familia más que a la del país donde han nacido. Pero Rodríguez no ha manifestado sólo ese deseo, sino también la perplejidad porque aún no se haya producido esa literatura como ha sucedido en otras culturas, ya sea la anglosajona, francesa o alemana, donde ha surgido una literatura formada por varios escritores que contarían con esas características comunes de ser los primeros miembros de su familia educados en esa lengua del país donde han crecido y que en muchos casos no es la misma de su crianza. Es lícito preguntarse por qué la literatura española, en general su cultura, no ha producido a esos escritores, o de haberlo hecho son casi invisibles para medios y crítica. Acaso en entornos como el de la música popular, pienso sobre todo en el hip hop y ámbitos cercanos sí que se ha formado esa tipología de creador, pero no así en la literatura. Esa sería pues la primera de las preguntas que se hace este texto: ¿por qué no se ha dado esa literatura de la inmigración asimilada?

Pero es que además, y esto es curioso, la cultura letrada española, no sólo la literatura, sino todo el entorno intelectual que usa la palabra impresa como vehículo, se ha mostrado de modo reiterado impermeable a las producciones que no pertenecieran al ámbito burgués. Incluso cuando por ideología explícita o tema los textos se aproximaban a una mirada más revolucionaria, que en el caso español ha sido prácticamente siempre comunista con algunas muestras anarquistas, han sido producidos en muchos casos por miembros disidentes o díscolos de esa burguesía que no ha abandonado el dominio de la cultura letrada. Acaso sea Semprún el ejemplo más conocido, pero no el único, de esta singularidad española. Podría, quizás, buscarse una razón industrial: la mayoría, por no decir la casi totalidad de los editores, propietarios de las editoriales o asalariados, pertenecen a esa clase burguesa, y de algún modo han proyectado su visión del mundo, su lenguaje y sus obsesiones como las exclusivas de la literatura patria. Dicho lo mismo de otro modo: en España hay que pertenecer ya al ámbito letrado para poder desenvolverse en él sin renuncias. Y eso requiere que aquellos que pretenden entrar en ese círculo sin haber crecido en él deban, necesariamente, desclasarse, para poder ser aceptados en su interior. Muchas veces los que adquieren carta de naturalización en esa élite pasan a convertirse en celosos custodios de la pureza de la misma, y en avezados vigilantes de los que pretenden incorporarse a ella. Pareciera que de algún modo hubiera que cobrarse los esfuerzos que se hicieron para convertirse en uno de ellos, y acaso ser el embudo de entrada a la misma sea un modo lógico de hacerlo. Por fortuna, en otros casos los que ya son bienvenidos en ese acotado mundo no se sienten cómodos en él y no olvidan sus orígenes, por lo que se lanzan a la escritura de ficciones sobre ese desclasamiento, que en muchos casos se encuentran entre la mejor literatura que se está produciendo hoy en España.

Uno de esos autores es Julián Rodríguez, a través, sobre todo, de su ciclo Piezas de resistencia, formado a día de hoy por los libros Unas vacaciones en la miseria de los demás y Cultivos a la espera de anunciadas, pero aún no publicadas, nuevas entregas. Sí, han leído bien, se trata de la misma persona que reclamaba esa literatura escrita por españoles de primera generación en correlato con lo sucedido en otras literaturas europeas. Y, además, es el editor del libro que nos ocupa: El enfermero de Lenin, el segundo libro de Valentín Roma que su autor prefiere considerar como su primera novela debido a las singularidades de un libro tan inquieto y socavador como era Rostros. Digo que hay una paradoja en que sea la editorial de Rodríguez la que ha publicado a Roma porque esta novela se emparienta con las de otro autor indispensable para entender la literatura hoy: Javier Pérez Andújar. Se emparienta porque se trata de autores criados por emigrantes, una emigración distinta, la interior, que tiene la singularidad de haber escogido como destino una región más industrializada que la de origen en la que, además, hay una lengua propia. Esa lengua, que es el catalán, defendido sobre todo con intereses económicos por esa burguesía que abrazó en independentismo como un medio de gestionar los beneficios económicos de la región sin tener que compartirlos con el gobierno central, es la lengua de la intelectualidad burguesa a la que el autor debe incorporarse para ser un autor publicado. Por fortuna, también en Cataluña, ha habido siempre elementos díscolos frente a ese orden de cosas. Históricamente el ejemplo más claro fue Juan Marsé, y más tarde Vázquez Montalbán o Eduardo Mendoza. Son autores que han complicado siempre el uso del adjetivo “catalana” a la hora de hablar de una literatura. ¿Se refiere a la escrita en catalán o a la producida en cualquiera de las dos lenguas que son oficiales en la región? Una interesante vuelta de tuerca es la que provee la producción de autores como Pérez Andújar o Roma, que es la escrita en lengua española por los hijos de los inmigrantes que llegaron a Cataluña en pleno desarrollismo. Es, pues, para decirlo más claro, la literatura de los que no eligieron la lengua de la élite económica e intelectual de la región, el catalán, sino la de sus familias de origen, el español. Que, además, sus libros hayan tocado de modo reincidente ese asunto: su herencia charnega y su lateralidad dentro de la cultura catalana, los hace doblemente interesantes. Sobre todo porque, en sus circunstancias personales, están perfectamente integrados en la vida social y cultural de Cataluña. Pérez Andújar ha sido durante años el cronista de las sesiones del parlamento catalán para El País, Valentín Roma ha dirigido diversas instituciones culturales ubicadas en Barcelona, hitos de la cultura oficial catalana, y además es profesor universitario. No se trata de inadaptados que usen la literatura como escenario de sus reivindicaciones, para nada, es mucho más sutil y por eso mucho más potente: son escritores que retratan y narran la vida de los que han sido preteridos o intencionadamente olvidados por ese establishment. Y, en ese sentido, son, de modo sesgado, esa generación de hijo de inmigrantes que pedía Rodríguez, pero, y por eso resultan doblemente complejos, son los que han elegido escribir no en la lengua de acogida, sino en la de origen. Que, como ya he dicho antes, sus libros se encuentren entre lo mejor que se puede leer hoy de la literatura española (los de los tres: Pérez Andújar, Roma y Rodríguez) no creo que sea algo casual o fortuito.

En el caso de El enfermero de Lenin la narración se vehicula entre dos personajes: Lenin y su enfermero reparto alucinado e inexplicable para el narrador transformado en “el enfermero” de su padre, que es Lenin en su delirio provocado por la enfermedad, y en torno a la cual se construye una narración que trenza reflexiones estéticas, políticas e históricas con los hechos narrados con una sencillez apabullante. Si por algo habría que felicitar a Roma es por haber encontrado un mecanismo idóneo para tratar una cantidad enorme de temas: las relaciones paterno-filiales, la enfermedad, el desclasamiento, la teoría política, la estética e, incluso, la idea misma de la representación. Las conversaciones con el padre devenido en Lenin, el modo en que en la clínica le siguen el juego hasta que un evento desgraciado precipita un cambio en las relaciones (por cierto, no es eso lo que sucede en toda la Segunda parte del Quijote cuando todo el mundo participa en la fantasía quijotesca), e incluso los momentos en que el hijo se relaciona con los habitantes de ese pueblo, donde saben demasiado de él y al mismo tiempo demasiado poco, van hilando una novela iluminadora sobre la sociedad que nos ha tocado vivir. Una narración que desenmascara muchos clichés y lugares comunes desde dentro, al hacer más evidentes las renuncias y extorsiones que el capitalismo salvaje enmascarado de monarquía constitucional ha impuesto en España. Y, por encima de todo ello, como en la escritura de Julián Rodríguez o la de Javier Pérez Andújar, lo más pasmoso es la naturalidad del estilo de Roma, donde todo cabe, la referencia filosófica de alto nivel, el matiz estético y la broma chusca, siempre con oraciones engañosamente sencillas, con un vocabulario tan ajustado que parece espontáneo cuando en realidad es fruto de un meticuloso trabajo literario. Valentín Roma insistirá en que esta es su primera novela, lo que puede ser cierto, pero va a ser muy complicado creer eso, porque revela una sabiduría poco común en el arte de construir la realidad a través de las ficciones.

 

Antonio Jiménez Morato ejerciendo la crítica en un bar.

Antonio Jiménez Morato (Madrid, 1976) es escritor y crítico. Su último libro publicado es La piedra que se escribe (Festina, México, 2016). Es el director de penúltiMa.

Perengano: todavía menos que fulano, mengano o zutano.