La semana que viene la editorial Sexto Piso pone a la venta la última novela, hasta el momento, del escritor húngaro Attila Bartis que, con su publicación confirmó la expectativa que había generado la segunda de las que ha publicado, La calma, también traducida al castellano, y tras la que dejó pasar casi tres lustros antes de publicar esta, la tercera, titulada El final, cuyo inicio, en la traducción de Judit Faller y Andrés Cienfuegos, ofrecemos a nuestros lectores gracias a la generosidad de la editorial.

 

En la madrugada del sábado, al ir al aeropuerto, todavía no se había disipado la niebla. Cuando el taxi giró hacia la terminal dos, en la zona periférica de la ciudad, apareció tirado en medio de la carretera un perro negro. Aún se convulsionaba. Debía de haberlo atropellado el coche que acababa de adelantarnos a toda velocidad. El taxista frenó, se echó a un lado y se bajó. Sacó de debajo de su cazadora un trozo de cable de acero, le dio dos golpes al animal en la cabeza y, agarrándolo luego por las patas traseras, lo arrastró hasta el borde de la calzada. Disculpe, dijo al volver a sentarse. No pasa nada, le contesté.

Soy András Szabad, fotógrafo de cincuenta y dos años. Bastante reconocido. Muy reconocido, para ser más exacto. Está claro que esto, en sí mismo, no es un motivo como para que uno cuente su vida.

Iba a Estocolmo a hacerme unas pruebas.

Llevo dos años sin hacer fotografías. Desde que murió Éva.

Ante todo, quiero dejar claro que no creo en Dios. Durante mucho tiempo no pensé que fuese así, pero ahora no tengo dudas. Naturalmente, aquí no se trata de una cuestión de Dios, sino mía. No hay fe en mi interior. Y la esperanza sin fe no es más que el cálculo de determinadas probabilidades. Y como tal, como todo tipo de cálculo, es algo ridículo.

Por ejemplo: que el médico de Budapest confunda por casualidad dos resultados.

O sí, o no.

No obstante tengo que reconocer también que aunque indudablemente no sea yo apto para encontrar en Dios la causa de ello, existe sin embargo en el mundo una especie de providencia. Puede que sea más poderosa que nosotros, e incluso que brote de nosotros mismos. Nadie podrá saberlo.

Kornél me dijo que escribiera mi vida, que si uno la contempla en su conjunto, este tipo de cosas suelen resolverse solas.

 

(BUDAPEST, OTOÑO DE 1960)

De hecho, de aquellos tiempos sólo recuerdo la oscuridad. O mejor dicho, la opacidad. Opacidad que impregnó también, precisamente, los tres años anteriores a mi llegada, junto a mi padre, a una Estación del Este que apestaba a alquitrán. Daba igual que cada mañana amaneciera, la luz no hacía más que tornar gris la negra oscuridad. Era una oscuridad completamente distinta a la de los tres años anteriores. El final de aquella primera oscuridad podía saberse. Había un papel sellado que te remitía a tres años. Aunque no especificaba que sería una sombra y no mi padre lo que saldría entonces de la cárcel, ni tampoco que, debido a esos tres años, la que iba a morir, apenas mi padre cruzara la puerta de casa, sería mi madre. Pero sabíamos que eran tres. Y no existía ninguna ley de la naturaleza, ninguna fórmula física inquebrantable, que fuera más importante que aquella certeza: tres. Y por nada del mundo se habría muerto mi madre al primer o segundo año. Si debían ser tres, que fueran tres. Así que como mínimo tendría que esperar a que la sombra de mi padre llegase a casa.

Buscamos un bar para que comprara cigarrillos, luego nos encaminamos hasta esta casa de vecindad. Por lo general sigo viviendo aquí. Los zapatos se le habían quedado pequeños. Bueno, en un principio eran de su número, pero para cuando hizo el equipaje se le habían hinchado los pies, y ni con su bastón podía caminar bien. Le pedí la maleta, pero no me la dio, prefirió parar en cada esquina a descansar. Conocía el camino, ya había estado aquí, así que no hubo que ir preguntándole a nadie.

Las tiendas empezaban a abrir y ya se veía gente por las calles. Al llegar, el portero estaba arrastrando los cubos de la basura hasta la acera. Mi padre lo conocía también, nos presentó y subimos al piso.

La llave giró con dificultad, en la entrada no había luz. En cada habitación colgaba una bombilla desnuda de veinticinco. Éstas funcionaban. En la cocina una de cien. Mi padre me preguntó qué habitación elegía. Miré por las ventanas: la vista era la misma. Le dije que me daba igual, por lo que me quedé en la segunda, justo donde estábamos. Mi padre trajo mi maleta de la entrada. Anduvo con ella durante un rato, como buscándole un sitio, y al final la dejó en mitad de la habitación. Yo estaba mirando la casa de enfrente. Una mujer de edad avanzada regaba sus plantas detrás de una cortina de nailon.

Por lo demás el piso no estaba totalmente vacío, el anterior inquilino había dejado unos colchones, y, en mi habitación, entre las dos ventanas, un escritorio de madera aglomerada con su silla; en la de mi padre, un armario para la ropa. Tenía la puerta desvencijada. Y, naturalmente, también había dos estufas de cerámica. Y en la cocina una cocina de la marca Otthon y un aparador rojo también de aglomerado. Hacía juego con el fregadero. Fue lo primero que tiré después de la muerte de mi padre.

Cogí la silla y la puse en el centro, al lado de la maleta. Preferí sentarme allí que junto a la mesa. Al fin y al cabo aquella maleta era mía. Mi padre me preguntó si cerraba o no la puerta que había entre las dos habitaciones. Le dije que sí. Era una puerta de doble hoja; lo ayudé a bajar el pestillo. La cerramos y ya se quedó así para siempre.

Oí el clic del cierre de su maleta. Después, cómo lloraba. Al rato lo dejó y volví a escuchar el clic del cierre. Luego nunca más lo oí llorar.

Me dijo que bajaba a comprar unos panecillos y algo de embutido. Le contesté que bien. Esperé aún un rato después de que cerrase la puerta de la entrada y por fin me decidí y fui a mear. Una cucaracha se me cruzó corriendo por el baño. Apagué la luz y preferí mear en la cocina, en el fregadero; luego dejé correr el agua hasta que volvió mi padre con los panecillos, los doscientos gramos de mortadela y un mapa de Budapest.

Comimos en mi habitación, porque allí había mesa. Yo me senté en la maleta, que puse de canto. Mi padre en la silla. Tiré las migas y la bolsa de papel en el váter, después mi padre extendió el mapa y me indicó dónde estábamos.

Ten en cuenta que nuestra calle es paralela a la Circunvalación Lenin. Bajas en la 7 de Noviembre y te encaminas hacia la plaza de los Héroes por República Popular. También puedes venir en metro, en cualquier caso no está lejos. O vienes atravesando Maiakovski. Corazón. Calle Corazón, 8. Lleva siempre esto contigo; así no te extraviarás, hijo mío.

De modo que lo doblé y me lo guardé, y a partir de entonces lo llevé encima durante años. Me extravié pocas veces. Pero en aquel momento no tenía ni idea de cómo llegar en tranvía hasta la 7 de Noviembre. Sólo al día siguiente me di cuenta de que vivía allí, en aquella ciudad, y que aún no había pisado la calle. Entonces saqué el mapa y miré por dónde ir hasta el Danubio. En la primera esquina a la izquierda, luego a la derecha en la Lenin hasta el final. Contando los pasos, la distancia era exactamente la misma que había, desde nuestra casa anterior, al Pequeño Bosque. Así que no tenía ninguna necesidad de tomar el tranvía.

 

(EN EL PUENTE)

En la esquina de enfrente había por entonces un estanco. Más adelante sería también allí adonde iríamos para llamar por teléfono. Entré y compré un paquete de cigarrillos. El hombre me preguntó qué marca quería. No conocía más que la que fumaba mi padre, Sirena. Así que compré un paquete de ésa, que sólo costaba dos forintos. Olvidé comprar las cerillas. Encontré el Danubio a la primera; ya estaba atardeciendo. Entré en el puente para ver las dos orillas a la vez. Pedí fuego a un transeúnte. Nunca había fumado hasta entonces, aunque habría podido hacerlo. Sabía que iba a marearme, así que me agarré al pretil. Debajo de mí, los remolinos; por detrás pasó un tranvía. El puente se estremeció.

Llegó una mujer con su hijo. Luego dos hombres. Después otra mujer con un abrigo gris de entretiempo que desde lejos creí que era Imolka. El primer cigarrillo me mareó de verdad, aunque no tanto como me hubiera gustado. Cuando pedí fuego para encender el segundo, el hombre me regaló las cerillas, así no tuve que seguir pidiendo. A pesar de que lo atravesaba un tranvía, mucha gente cruzaba el puente a pie. En el pueblo, durante el mismo tiempo que pasé en el puente, ya habría tenido ocasión de saludar al menos a cinco personas. Hacía viento, por lo que cuando me fumé el décimo cigarrillo ya estaba completamente congelado. Esperaba que la mujer que se parecía a Imolka volviese por el mismo sitio de antes, pero no. Aunque ni así habría pasado nada. A la derecha, un palacio; a la izquierda, un parlamento; en el centro, un barco de carga.

 

(EL GUARDALMACÉN)

En un principio dijeron que el camión con nuestros muebles llegaría en tres días. Compré escoba y bayeta. Al portero le pedí un cubo y una escalera. Se llamaba Gyula Korbán, vivía solo. Su piso estaba en la parte trasera del patio, al lado de los retretes comunes. Sacaba los cubos de basura, en invierno echaba sal en la acera, denunciaba y no tenía más tareas que hacer. Creo que, aparte de mí y de mi padre, en la casa todo el mundo le tenía miedo. Nosotros, en cambio, no teníamos motivo alguno para tenérselo. Los informes de mi padre los escribían inspectores de un rango muy superior al del portero. Limpié a fondo a pesar de que no había mucha suciedad. Nuestra radio estaba en el camión, así que no pude hacerlo acompañado por la música que emitía, pero le di brillo al parqué con un trapo con cera, como solía hacerlo con mi madre. Al final no trajeron nada, mi padre esperó un día más y luego fue a informarse. Había algún problema con el albarán, por eso no había llegado todavía el camión, pero que estaría aquí en dos días, fue lo que dijeron por teléfono. Luego alegaron que les habíamos dado mal la dirección, por lo que todo volvió a Castillo-Hondo. No les habíamos dado mal la dirección.

Ya al tercer día empezó a trabajar mi padre de guardalmacén detrás del cementerio, en la fábrica de neumáticos. Al menos aquello no empeoraría el estado de sus piernas. Desde que había estado en la cárcel no podía andar bien sin el bastón. Aunque la verdad era que ya antes lo había usado siempre. Desde la infancia. Logró que yo ingresara en el instituto, a pesar de que fuera algo sin el menor sentido, ya que a la universidad no me iban a dejar entrar de ningún modo. Por lo demás, la verdad es que probablemente jamás hubiese ido. No creo tener las capacidades necesarias. Asistí a clase justo lo imprescindible para que no me expulsaran. De este modo podían pedirme tranquilamente la documentación, pero no aplicarme la ley de vagos y maleantes. Hasta que Adél Selyem no llegó a la escuela, no tuve una relación cercana con nadie.

A veces mi padre iba a visitar a algún que otro antiguo conocido suyo de Budapest. Los había que ya en la puerta le pedían que no volviera a hacerlo, y quienes tan sólo se lo pidieron cuando se enteraron de que acababa de ser puesto en libertad. Claro está que también hubo quienes nos invitaron a comer los domingos. Y quienes me regalaron ropa y a veces libros. Incluso estos últimos fueron muchísimos más. La mayoría. Y nadie es culpable de haberse perdido en aquella oscuridad. Ni tan siquiera los que no se atrevieron a abrir la puerta más de lo que les permitía la cadena.

Íbamos a pasar la Navidad con unos conocidos, pero lo cancelaron. No por miedo o maldad, sino porque habían ingresado a su hijo en el hospital. De modo que me quedé en casa con mi padre. Abajo, en el mercado cubierto, ya estaban recogiendo los vendedores, pero él logró comprar un abeto.

El soporte para el árbol de Navidad y los adornos estaban en el camión, así que al final terminamos dejándolo en un rincón. Vela teníamos, hacía un par de semanas que le había pedido una al portero porque se había fundido un fusible. La encendí, nos pusimos delante del árbol y cantamos Noche de Paz. Luego mi padre fue a su habitación y me trajo la Zorki y un carrete de la marca Forte.

Feliz Navidad, hijo.

 

(LA ZORKI)

La primera foto que hice fue la del Danubio. Bueno, si no contamos las que hice de mi madre muerta. Pero éstas no existían. La película se había echado a perder en el carrete y yo no sabía que le estaba haciendo fotos a la nada. El día después de Navidad, fui al puente igual que casi todas las noches. Apoyé la Zorki sobre el pretil para que no se moviera y esperé a que pasara el tranvía, ya que hacía que vibrara el puente. Me habría gustado hacer otro tipo de fotografía, pero entonces era eso lo que tenía. A la derecha, el Palacio; a la izquierda, el Parlamento; en el centro, un barco rompehielos. Ya estaba oscuro, pensé que si el tiempo completo de exposición era un minuto, a mí me bastaría con treinta segundos, así sólo saldrían iluminadas 18 las luces y las placas de hielo. Presioné el disparador, conté hasta treinta y lo solté. Lo único que no tuve en cuenta fue que la disposición de los elementos que tenía ante mí no duraría eternamente. Que en el transcurso de medio minuto las luces de los coches serpentearían y el río arrastraría el barco y las placas de hielo.

Mi segunda fotografía, esa misma noche, fue la de la bombilla del techo, que salió quemada. La tercera fue la del arrinconado abeto. Luego guardé la máquina fotográfica y no la saqué durante varios días. No hubo razón para ello. Después, al segundo día del nuevo año, una mujer que rondaba los cuarenta se mudó a la casa de enfrente, un piso más abajo. No es que fuera guapa, era ni fu ni fa, pero todas las mañanas abría la ventana de par en par. Y allí ponía la almohada y las mantas para ventilarlas. Llevaba una bata azul acolchada y un pañuelo en la cabeza. Los domingos se levantaba al tiempo que lo hacía la anciana de enfrente, de modo que podía hacerles fotos mientras ella ventilaba la ropa de su cama y, un piso más arriba, la anciana regaba sus plantas. De hecho, después del abeto, prácticamente sólo las fotografié a ellas. Y nada más que para completar el carrete le hice una foto al tendedero de sacudir las alfombras que había en el patio; luego encontré un laboratorio cerca del pilar del hundido puente Erzsébet, en la parte de Pest.

De cada una de las tomas encargué una copia del tamaño de una tarjeta postal. El operario del laboratorio era un hombre delgado que rondaría los cincuenta. En el fondo su intención fue buena. Así que debido a esa buena voluntad, sólo reveló seis de las treinta y seis fotografías. Dijo que las demás eran todas iguales. Y ya que la película se había malgastado, mejor era no malgastar papel, al menos. No entendía por qué en todas estaban las mismas ventanas. Y de las reveladas, eran también una lástima la del Danubio y la de la bombilla, porque la primera había salido movida y la segunda quemada. Le dije que sí, que lo veía. Entonces se animó y siguió diciendo que también era una pena la del abeto. Que ahí en un rincón había un abeto sobre el parqué y que eso era todo. Es un árbol de Navidad, le dije, pero ni me oyó. Y que el tendedero de sacudir las alfombras, así sin más, no tenía interés. Si al menos alguien estuviera sacudiendo una alfombra, el cuadro tendría una dinámica, enseñaría algo de la vida, y entonces sí. Pero así, era tan sólo un tubo. Un tendedero de alfombras vacío en un patio desierto. Y lo de las ventanas simplemente no lo entendía. ¿Para qué fotografiarlas treinta veces? ¿Qué había allí? Le contesté que yo tampoco lo sabía, luego pagué y me fui.

Lo que más me molestó fue lo del tendedero de sacudir alfombras. Porque era la mejor foto. La de la bombilla, aunque no hubiera salido quemada, efectivamente no era más que una bombilla pendiendo de un cable pelado. Y el abeto nadie podía verlo, aparte de mí, tal y como correspondía. Se había quedado sólo en un abeto, no había llegado a ser un árbol de Navidad. Para eso aún le faltaba. Lo cierto es que tres años más tarde al menos pude hacer bien esa foto. La mujer tendiendo el edredón y, encima, la anciana regando las plantas: habría sido una buena imagen si arriba no hubiera estado corrida la cortina. De este modo apenas si se podía ver la sombra borrosa de la anciana. Pero la del tendedero de sacudir las alfombras estaba muy bien. Mucho mejor que la del abeto. Su presencia le confería al patio un aspecto más desolador. Y por eso me molestó. Porque la verdad era que la había hecho únicamente para acabar el carrete.

 

Fotografía de Lenke Szilagyi

Attila Bartis (Târgu Mureș, Rumanía, 1968) es fotógrafo, escritor y dramaturgo, vive en Hungría desde 1984. Es autor de las novelas El paseo (1995) y La calma (2001), ambas publicadas en español por Acantilado, y de tres libros de relatos y dos ensayos inéditos en nuestra lengua. Ha sido premiado con el Tibor Déry Prize, el Sandor Márai Prize y el Attila József Prize, y su obra ha sido traducida a veinte lenguas. Es miembro de la Széchenyi Academy of Literature and Arts. El final, publicada originalmente en 2015, es su última novela hasta la fecha.