La recién inaugurada «Serie Menor» de la editorial Periférica se ha iniciado con una nueva traducción de uno de esos textos fundamentales para entender no solo la narrativa en lengua alemana de la posguerra sino la deriva que ha tomado el mundo occidental: La avería  de Friedrich Dürrenmatt traducida por Jorge Seca.

 

Hubo una época en que la inteligentsia leía mucho a Dürrenmatt. Tenía todo lo necesario para ser bien recibido: había sido antinazi, izquierdista sin por ello negarse a cuestionar los regímenes comunistas, alternaba con suma elegancia el ensayo con el teatro y la narrativa. Podía, como en el caso de La avería, escribir una pieza dramatúrgica para ser leída en la radio e inmediatamente adaptarla a las necesidades editoriales dejándola pulida para que circulase como nouvelle. Y era irónico, con una mirada macabra y devastadora que no dejaba títere con cabeza. Sus parábolas podían entretener al mismo tiempo al lector hedonista que no buscaba más que un rato de placer lector y al mismo tiempo aportar la profundidad necesaria para que dieran de sí tanto como la inteligencia del lector pudiera, o acaso quisiera, exprimir de ellas. Y, sin que sepamos demasiado bien por qué, hubo un tiempo en que se dejó de leer a Dürrenmatt. Como sucedió también con Sciascia, un autor con el que tantos aspectos comparte y que destaca, también, por su capacidad de ofrecer al mismo tiempo el deleite del entretenimiento y la densidad temática y estilística. Eran autores con los que los lectores, por así decirlo, «se formaban». Leyendo a ambos uno podía entender cuáles eran los senderos de la literatura, tanto en su vertiente más popular como en la más elitista. Acaso era esa una de las razones de que ambos autores fueran dos de las lecturas predilectas de Julián Rodríguez, el desaparecido editor de Periférica, que recurrió a ambos en los cursos de escritura que llegó a realizar, donde, como debe suceder en toda enseñanza que pretenda formar escritores, se aprendía a leer. Muchas veces conversamos sobre ambos autores, sobre sus filigranas estéticas y su ambición temática, sobre la capacidad de desentrañar el mundo desde textos que son solo en apariencia livianos, y que encarnan como pocos esa apuesta por la levedad que hiciera Calvino en sus Seis propuestas para el próximo milenio. Aunque al final fueran solo cinco.

La avería, traducida hace bastantes años como El desperfecto en una edición que puso en circulación la Compañía Fabril Editora y que recuperó si mal no recuerdo Bruguera, se titula en el original alemán Die Panne, y obtuvo en su traducción al inglés como A Dangerous Game y luego como Traps un clamoroso éxito. Sobre todo gracias a sus adaptaciones cinematográficas, seis, realizadas en diversos países, dos de ellas son indias, entre las que destaca La più bella serata della mia vita, de Ettore Scola, que supuso un punto de inflexión en la trayectoria del realizador italiano y quizás haya sido el papel más acabado de la faceta dramática de Alberto Sordi. La nouvelle, escrita en 1956, fue, como ya se ha dicho, en primera instancia un guion radiofónico, que terminó obteniendo el premio de los Veteranos de Guerra Ciegos al mejor guion radiofónico del año y también, ya como novela, el premio del periódico Tribune de Lausana. Acaso los lectores más atentos recuerden las referencias habituales que hacia a este texto en sus clases, y luego en las transcripciones de las mismas convertidas en libros, Ricardo Piglia, al que le interesaba mucho, precisamente, esa transición del texto escrito para ser recibido de modo auditivo, o sea, su condición de oralidad, que luego Dürrenmatt mantuvo, aunque lo hizo de modo muy inteligente y bien camuflado, en su encarnación final como novela corta.

El texto, conviene decirlo ya, es una auténtica obra maestra, que cumple con la condición que a tenor de los reclamos comerciales es fundamental para que un libro sea un superventas: no deja al lector escapar de la historia. Uno se sumerge en ella de modo inadvertido, sin sospechar que va a leer las cien páginas del libro de una sentada, primero seducido por la casualidad de la avería en su nuevo deportivo que lleva a Alfredo Traps a tener que pasar la noche en un pueblo remoto, luego fascinado por el micro universo en el que viven los amigos que, cada noche, celebran un juicio durante la cena en el que el invitado cede a la tentación de ser el protagonista de la velada. Antes de que el lector pueda darse cuenta se encuentra, como Traps, en medio de una sesión judicial donde se ve inmerso y sometido a un escrutinio más despiadado del que podía jamás haber sospechado. Porque, como en el mundo real, el juez y sus amigos son conscientes de que todos somos culpables de algo, de que hay una pena que expurgar y una condena que asumir, y es en esa doblez donde la realidad se nos planta ante nuestra aparente inocencia, haciendo más evidente de lo que nos gustaría las miserias que hemos preferido esconder de nosotros mismos, donde tiene lugar el juicio lúdico y dialéctico en el que el invitado, Traps y el lector, se ve finalmente condenado. El trágico final, pese a irse aventurando, no deja de estar resuelto con una maestría rotunda, que obliga al lector que lee las costuras de un texto, un crítico o un autor a repasar la brillantez con la que Dürrenmatt supo atar los hilos que hasta ese momento había ido trenzando ante la perpleja fascinación del lector.

Porque esta idea de la representación del mundo o del mundo como representación, de esa complicada labor de deslindar dónde termina lo real y comienza lo ficticio, donde jugamos y donde estamos siendo consciente de la solemnidad del momento, en ese terreno en que la realidad y lo ficticio se confunden, dejando ver la tramoya de esa superposición de ficciones a la que hemos decidido llamar lo real en base a un consenso al que debemos sumarnos sin que quepa posibilidad de disenso, está plasmada en esta breve obra maestra que puede ser repasada tantas veces como sea necesario para comprender la capacidad de su autor de establecer un juego de espejos inquietante entre lo que creemos que es el mundo y lo que decidimos aparentar que es. Tensa, la relación entre lo simbólico del juicio y lo imaginario de la cena permite que surja, como un borbotón, el terrible peso de lo real lacaniano, y es por eso que el desenlace de la historia está tan plenamente logrado, es tan redondeo y, sobre todo, es inolvidable.

Pocas veces en un relato tan breve encontrará el lector tanto material para su solaz y para su intelecto. No dejen pasar un libro tan misteriosamente fascinante como La avería  de Friedrich Dürrenmatt.

 

Antonio Jiménez Morato (Madrid, 1976) es escritor, crítico y traductor. Su libro más reciente es la recopilación de ensayos sobre literatura latinoamericana contemporánea La piedra que se escribe (Festina, Ciudad de México, 2016). Además ha publicado la novela Lima y limón, que cuenta con ediciones en cuatro países y una digital de alcance global, y Mezclados y agitados. Entre otras cosas es el director de penúltiMa.