La relectura, y consecuente reescritura de los personajes clásicos es uno de los modos de mantener siempre fresca y fértil la tradición, y también de darle legitimidad y solidez a la innovación que se pretende más rabiosa e iconoclasta. Antonio Báez da un buen ejemplo de esta perspectiva en este relato inédito que comparte con los lectores de penúltiMa.

 

Consiguió recuperar, robándolo, el coche que le había regalado a un imbécil. Esperó a que estuviese lloviendo a mares y emprendió el viaje. Relató para la tapicería desgastada, pringosa, qué había sido de su vida en aquellos años. Ni los hijos ni la enfermedad ni los amores ni los trabajos de mierda ni las juergas de semana entera lo habían podido sujetar. Había quizás un lugar al que ir para evitar la vigilancia. El asunto era que estaba por ver adónde.  La guantera olía a moho familiar, a magdalenas, a calzoncillos de niños pequeños. En una gasolinera compró tabaco y se fumó un par de cigarrillos con las ventanas subidas, se tiró unos cuescos. Abrió la mochila y sin saber que lo estaba haciendo dejó que el dragón de la iniquidad escupiese su aliento. Buscó una emisora y pensó que ellos no la habrían sintonizado nunca. Sacó el sonajero que había en la guantera y lo sustituyó por un revólver. Se miró en el espejo retrovisor, le habían caído unas cuantas bolsas debajo de los ojos. Hacía lo que hacía. No había en él convicción ni falta de ella. Eran unas maneras juveniles y ridículas a destiempo, en un cuerpo que ya se había cuarteado como esos lechos húmedos que el sol reseca; la bofetada de uno, de uno cualquiera, le había dado la señal que le indicaba el momento de largarse.

La casa era humilde, un viejo molino, mucha ropa de chica tendida al sol, muchas bragas diminutas, camisetas diminutas, un tendal en el descampado. En ella vivía el ciego con sus hijas. El ciego era previsible, cantor, metomentodo. Las niñas dos golfillas encantadoras que le llenaban al ciego la casa de botellas de cerveza, de botellas de whisky, de botellas de ron, de botellas de vodka, de botellas de vino que se acumulaban en el patio lleno de otros trastos que llevaban allí desde los tiempos en los que el ciego no lo era. Y de comida, comida enlatada, embolsada, congelada, cuyos envases formaban una montaña de plásticos. Y también de hombres, blancos, negros, amarillos, gordos, flacos, altos, enanos, ricos, pobres, sobre todo pobres, que le ponían al ciego una birra al lado, antes de desaparecer por el camino que conducía a la ciudad bajo el viaducto. El ciego salía a la hora del crepúsculo a husmear la luz declinante, parecía un perro detrás del culo de otro perro. El ciego oyó las ruedas del coche escupiendo los chinos de grava de la carretera, los viajeros pasaban de largo, camino de las luces de neón que dibujaban la silueta de una mujer de generosas proporciones. Solo los escogidos regresaban acompañados por las dos hermanas, sus hijas.

Había un cementerio. Flores de plástico, retratos ovales de los finados, mariposas, una fuente, cipreses que daban sombra. El hombre se había bajado del coche y entró corriendo, buscaba el urinario, tuvo que mear en un rincón, cuando se dio cuenta ya era tarde, estaba salpicando el nicho de algún lumbreras local, orinó sobre los huesos amarillos de un capitoste de antaño. Con la de campo que había, pensó. Una mujer en el patio lo estuvo observando, había enviudado recientemente. Era una mujer que no estaba para perder el tiempo. Se acercó hasta él y le preguntó que si le podía ayudar con la escalera.

El Club era Afrodita. Tina se le subió por las piernas sabiendo que la erección estaba asegurada. La serpiente engordó y apretó el calzoncillo, los vaqueros se hincharon, Tina le echó mano al bulto, que ya tenía consistencia férrea. Carmela le vino por el costado izquierdo, por donde la sordera. Pero la lengua de Carmela no sirvió palabras, sino un beso bien ensalivado que  él tuvo que restregarse con la mano. Dijo algo, pudo ser cualquier cosa. Busco a alguien. A quién. Se llama Dulcinea. Las dos mujeres se miraron, dieron unas risotadas y empezaron a bailar al ritmo de la música. A lo mejor solo lo pensó y ni siquiera preguntó por ella. Le habían acusado muchas veces, no sin razón, de no decir lo que estaba pensando, de ser un tío que se guardaba mucho lo que quería, lo que deseaba, de tener secretos.

Había escrito la carta con una cantidad nauseabunda de faltas de ortografía para cualquier académico de la lengua española. Había dejado un empleo de mierda que le daba para comer y poco más, había abandonado a sus amigos con los que en las tardes de invierno tantas veces había echado un parchís con porros. Había escrito la carta por escribirla, por prurito literario, sin intención de ponerle un sello y mandarla. Por desahogarse. No había dejado ninguna nota. Pronto empezarían las llamadas al móvil. Tenía pensado tirarlo en cuanto le sonase la primera vez. La carta empezaba diciendo Dulsinea, te e hechado de menos to la bida. Jugar un parchís con él era una experiencia agotadora. Le aburrían los juegos, así que se dedicaba a incordiar a los demás, a contar babosadas.

Pasó la noche bailando con las dos hermanas. Es un decir, las hermanas bailaban y él se dejaba hacer en medio de la pista. Al cabo de las horas el espectáculo resultó exasperante, solo tolerable porque las hermanas se contoneaban con excitante gracia. Era rubio como esos príncipes de cuento  sobredimensionados en sus atractivos, de mentón imposible, por decir algo, por encima de la camiseta de tirantes le sobresalía la hojarasca de la que las dos chicas le tironeaban, hombre de pelo en pecho, lobuno. Al amanecer lo llevaron a dormir a casa del ciego que era insomne. El viejo oyó el estrépito, los portazos de la nevera, el último embate de Eros. El ciego le dictaba a una grabadora el diario de sus días, escupía allí su odisea. Otro extraño que mis hijas han metido en casa, huele a macho cabrío. A la mañana siguiente cortó leña para agradecer la hospitalidad, le contó al viejo lo del coche, que se lo robó al menda al que una vez se lo había regalado. Tina preparó una paella precocinada y Carmela se sacó una botella de vino de debajo de las faldas, del coño, que era de donde se sacaba todos los regalos, las golosinas. Se dio una ducha y mientras recibía el agua decidió que no mataría a ninguno de los tres si en la casa había una cantidad de dinero aceptable. Mientras se terminaban los flanes lo dijo con ese aire chistoso que se solía dar. Tina y Carmela le trajeron una bolsa llena de billetes, dinero ganado con el sudor de sus cuerpos, dinero robado a los pardillos, dinero limpio y sucio. El ciego le habló a su grabadora. El muy ladino nos acaba de robar.

Había silenciado el móvil, empezó a vibrar. Lo miró. Lo tiró por la ventana de la pensión. Había un gallinero abajo. Escribió el nombre de Dulsinea en el empapelado lleno de ramos de flores de la pared. Debajo puso el suyo. Los encerró en un corazón. Llamó a recepción y dijo que había encontrado bichos en la cama. Vino la chica. Era anormalmente gruesa, muy blanca, de dientes amarillos, la nariz protuberante, sudaba. Se abrió la portañica y le mostró la polla. La chica se abrió la camisa y enseñó sus tetas. Él se masturbó y ella se limitó a magrearse desganada, con cara de pocos amigos. Cogió uno de los billetes que había en la cama y se lo guardó dentro del sujetador. Tengo que visitar a un amigo en el hospital, le dijo él al tiempo que se limpiaba con papel higiénico.

El hospital estaba lleno de enfermos en los pasillos. Buscó a su amigo, lo eligió entre los que no tenían acompañante. Se puso al lado del hombre que no miraba a nadie. En varias ocasiones tocó la botella de plástico que el paciente tenía enchufada a la vía conectada a su vena. Le pidió a una enfermera un tranquilizante para sí mismo. La enfermera lo miró con atención porque en aquel hombre anormalmente guapo había algo resbaladizo, sucio, inmoral, bajo las pocas luces que demostraba. Es limpiadora en este hospital, se quedó en el camino de decir. Acompañó al paciente. Se informó sobre la gravedad de su dolencia. El hombre era un fumador empedernido. Era lo único que le animaba. Compró dos cartones de tabaco y en pocos días se los fumaron a medias. Una vez le pareció que la mujer que fregaba el suelo era la mujer que él buscaba. Se acercó cauto porque habían pasado muchos años. Pero no. La mujer le sonrió, tenía un ligero estrabismo que la hacía muy atractiva. En el hospital su vida recobró cierta importancia. Jugaba con su amigo al dominó y ambos hacían trampas. De vez en cuando regresaba a la pensión, se duchaba y le echaba, previo pago, un polvo a la Toñi, la chica de la recepción, que lo aplastaba con sus abrazos, con cara de malas pulgas.

Un cementerio de nuevo, de nuevo la urgencia, las ganas de mear en el mismo momento en el que meten a su amigo en uno de los nichos. Llueve, se hurga una oquedad entre dos muelas con la punta de la lengua, hay ahí comida y sabe que pronto empezará a oler como el fiambre que acaban de meter en ese agujero. Han venido de lejos los hijos de su amigo. Un hombre y una mujer con cara equina, también el padre la tenía. Grandes dientes, una careta estúpida y elegante. Se ofrece para llevarlos. El coche huele a cieno, a fondo de lago. Dentro de la guantera está el revólver, habría que aclarar que es de mentira, pero no lo hace, abre la guantera para que sus acompañantes lo vean y se les meta el canguelo por el culo. En la circunvalación se pasa la salida y viaja quince quilómetros de más en silencio, acojonándolos.

Cae tanta agua del cielo que el arroyo se desborda y arrastra al mar los vehículos, el suyo queda atrapado en un murete, espera que el agua baje, saca el revólver, lo sopesa, y se lo mete en el bolsillo de la cazadora, por la noche comprueba que ha quedado inutilizable, ya no sirve ni como arma de mentira. En la estación de tren hay un hombre muy distinguido, alguien que parece de otro tiempo por sus modales anticuados, por su forma de expresarse engolada, por sus gestos ceremoniosos. Se siente muy irritado ante semejante espécimen, vacía mentalmente sobre él el cargador de su ira. Descarta el tren que espera el tipo, aguarda al siguiente y en la dirección contraria. Recibe en los aseos una proposición que no rechaza, un tirillas le hace una felación en los zapatos, se los deja como espejos, no sabía que sus castellanos pudieran refulgir como estrellas. Se siente de humor para pensar en Dulsinea, a la que una vez fugazmente amó. A la que también odió. De la que no ha sabido nada en muchos años, una vida entera. A veces le cuesta recordar su rostro y se saca de la cartera una fotografía en la que hay una imagen borrosa de una mujer rubia. En el asiento de al lado viaja un sacerdote muy joven reconocible por el alzacuellos blanco.

-Aprendí a nadar muy tarde, con treinta años, mis padres pensaron que para que no me ahogara lo mejor era mantenerme lejos del mar. Uno de mis hermanos había muerto ahogado.

-Los padres lo hacen todo pensando en el bien de sus hijos.

-Vaya usted a creer. ¿Es usted padre?

-Mis votos de celibato no me lo permiten.

-Voy de un lado a otro buscando a una mujer, estoy muy perturbado, me doy cuenta. La vida, no sé cómo decirle, la vida de verdad es humo.

-Hay manchas que se burlan del jabón.

-He abandonado mi trabajo, a mis amigos, mi familia, bueno familia no tengo.

-A veces picamos los anzuelos que iban lanzados a otro pez.

-Señor cura, no quiero ser grosero con usted.

De los asientos traseros corre hacia delante un botijo del que todos se echan un trago al coleto, excepto él y el cura, que lo rechazan ostensiblemente. A los dos hombres les gusta a veces apartarse unos milímetros para observar por dónde va la corriente de la vida. Se observan, ligeramente desviados de la senda que cada cual ha escogido. El revisor les pide el billete y empiezan a palmearse el cuerpo como si fuesen bailaores flamencos, a saber en qué bolsillo lo han metido. Ninguno de los dos ha comprado el billete, pero ninguno de los dos está dispuesto a admitir el fraude. El revisor aburrido se aleja hacia el siguiente vagón. La mayoría de pasajeros mira la película en el monitor con los auriculares enchufados al brazo del asiento. Se trata de una comedia romántica. Él se hurga la nariz y el cura limpia los cristales redondos de sus gafas metálicas. No abren el pico en lo que les queda de trayecto, se estudian por el rabillo del ojo. Cada uno imagina la vida del otro. Para él el cura es un marica reprimido que acabará abusando de sus catequistas. Para el cura su vecino de asiento es un pobre diablo, un imbécil que acabará alcohólico en un centro de acogida, alguien incapaz de aprovechar las oportunidades que se le ofrezcan.

En la puerta del supermercado se yergue como si fuese la estatua de una libertad concreta, precaria, bufa. Entra y busca crema hidratante para pieles muy secas, se frota las manos. Es un barrio obrero sin obreros, es un barrio de pobres satisfechos. Los perros han cagado las aceras y nadie se ha preocupado de recoger los mojones. Va descolgando billetes para observar la respuesta de los agraciados, así pasa la mañana, pone un billete sobre cada cagada de perro que encuentra, la gente reacciona con desconfianza y también con una reprimida felicidad que a él le entusiasma, excepto un tipo que de puro éxtasis se chupa los dedos como si se hubiese pringado con una mermelada. En el bar se queda pillado de la noticia que todo el mundo sigue por la televisión. El rescate del cuerpecito del niño que ha caído en un pozo de la finca familiar. Ha pasado ya un número de horas que hace imposible el rescate con vida, pero todo el mundo se dice aferrado a una esperanza. Acaban de salir los bomberos del túnel que han excavado. Le reconoce al camarero que no tiene dinero para el café y el donut que acaba de tomar y el carajillo que acaba de pedir. Se queda sin carajillo y se lleva la propina de una patada en el culo que tiene el mismo efecto calorífico que buscaba en el carajillo.

Cuando se lo propone  es bueno haciendo amigos, pegando la hebra, charlando con unos y con otros. Sentado enfrente de ella. No sabe qué decir. Ella no se acuerda mucho de él, bueno sí, aquel chico que la invitó un par de veces en la discoteca, ya no sabe si se enrollaron o no, no parecía muy listo pero era muy simpático y estaba musculoso. Lo confunde con otro, con uno cualquiera, si le viera la polla lo sabría, tenía un lunar en la punta, al lado del agujero, y debajo dos más. Recuerda cosas así, tampoco muchas. Pero él no tiene esos lunares, así que para ella él en realidad no es nadie. Él no lo sabe, hay un guion perfecto en el que las piezas encajan porque son cambiantes. Lo está pasando de puta madre, con sus recuerdos a medias, con sus chifladuras, con sus andares de maleante en un barrio que no conoce pero que es como todos.

Duerme bajo las estrellas. Pimpla vino fresco, se pone de lado sobre el oído bueno y por el malo no le entran los escándalos nocturnos. Una madre viene hasta él con su hijo de la mano y le pide que por favor le diga que estudie. Siente vergüenza, no por sí mismo ni por el hijo de esa mujer. Les saca la lengua, es de lo único  que se siente capaz y la mujer sale despavorida maldiciéndolo. Hace llamadas telefónicas desde la cabina de la plaza que no necesita monedas. Marca un número y pregunta: ¿Sabes quién soy? De vez en cuando consigue conversación. La mayoría de las veces es aburrida. Come con ella en un buen restaurante. Por debajo de la mesa ella le toca la pierna. Hay cierto desprecio en la actitud de los camareros, en su displicente atención. La brutalidad de él en la forma de atacar los platos con esa hambre atrasada que no quiere disimular, las raíces negras de ella, teñida de rubia. Hablan de sus ocupaciones, ella cuida viejos, duerme con ellos porque sus familiares no quieren hacerlo. Le piden las bragas y ella, por qué no, se las ha sacado y las ha regalado más de una vez. Él siente que los sentidos se le nublan, que la lengua se le traba, un sudor frío le recorre la espalda al tiempo que una llama le sofoca el pecho, bizquea y las comisuras de la boca se le llenan de una baba amarilla de pájaro enfermo. Las manos de la peliteñida no son manos para andar aferradas a palos de escoba, a brazos descarnados, a bolsas de la compra, son manos blancas de gruesas venas azules para cogerlo a él, así que se la saca y la conduce a ella bajo la mesa hasta el regazo en el que el corzo duerme. ¿De dónde vienes? Nadie le pregunta de dónde viene, a nadie le interesa. Pero se hace un hueco en el siencio y les dice a los que comparten su vida de marqués arruinado: Vengo de cenar de lujo con la mujer más hermosa que conozco, con Dulsinea. Quizás estas sean las únicas palabras de las aquí expuestas que de verdad ha pronunciado, siempre hablaba de  Dulsinea a quien quería oírlo. Quizás esta historia haya sido inventada con la única misión de arropar esas palabras como los celofanes que se usan para envolver pequeñas joyas. Quizás solo existió ese momento bajo las estrellas ante su auditorio de indigentes con esas escuetas palabras. Pero quién sabe.

A la puerta del banco unos chicos muy simpáticos lo rodean. Le hacen un par de bromas, un chiste que él no acaba de pillar. Tienen algo en las manos y le dicen: Un truco de magia. Le pasan por delante y cada uno le da un bofetón como en un besamos real. Él sonríe, vamos chicos, los jalea. Después una patada, hasta que las salpicaduras de sangre caen sobre la puerta de cristal que cierra el cajero. También cae mierda de color marrón, mocos de un verde ácido, amarillo pus. Es expresionismo abstracto, es pura diversión de una juventud orgullosa de los valores familiares, es el éxtasis del loco que no para de pedirles más palos, más golpes, de echarles en cara que no lleven un bidón de gasolina, graban con sus móviles los insultos, las patadas, quizás están rodando un corto de denuncia social. Los chavales caen rendidos sobre el pordiosero que pierde el conocimiento. Especulan sobre si respira, sobre si vive, sobre que lo que querían era darle un susto y el propio tío los ha animado a la paliza. Les ha entrado hambre, se preguntan dónde tomarse unas hamburguesas para recuperarse de la juerga. Los periodistas quieren hacerle preguntas.  Sonríe para decir que eran unos chicos muy simpáticos, que le contaron unos chistes, que a él se le ocurrió insultarlos porque la tarde estaba siendo insulsa, me aburría, dice dulcemente. Los vecinos se quieren hacer selfies con él. A cientos de quilómetros y debido a que su imagen aparece en un par de programas de la televisión lo reconocen sus amigos, sus compis de parchís y porros.

Lleva en la mano un racimo de calcetines y entra en las tiendas del barrio ofreciéndolos a cinco euros por tres. También tiene una caja de bolígrafos que le dio el chino por ayudarle a descargar la furgoneta. En el bolsillo dos entradas para el concierto que ha conseguido en la reventa a un precio desorbitado. Quiere acabar pronto, volver a la tienda de campaña en la que duerme, vestirse y estar en la puerta del teatro con tiempo. Ella aparece con un vestido que le ciñe el estómago, ya no tiene la figura esbelta de la juventud. No les importa a ninguno de los dos, a él el vientre se le está abultando como si le estuvieran hinchado poco a poco un balón por dentro. Comparten, por encima de todos los desgastes y deformidades, el amor por los eventos de importancia, aquellos a los que acude la flor y nata de la sociedad local. Siguen el concierto con los ojos cerrados, cogidos de la mano, a la intemperie de sus desventuras. A ella no le queda hueco para pensar en las amenazas recibidas, a él se le olvida en esos escasos momentos de felicidad la manía de que alguien lo está siguiendo. Luego por la calle volverán al suburbio en éxtasis, como si sus pies no tuviesen que tocar el suelo. El tipo apareció a la vuelta de la esquina con la botella en una mano y en la otra llevaba algo pero no se veía qué. Esperó a que la mujer, que iba distraída, estuviese a su altura. El tipo le echó por encima el contenido, que no era vino como todo parecía indicar, y luego con el mechero le prendió fuego. La mujer se llevó las manos a la cara y sin saber qué hacer se tiró al suelo. Él se quitó la chaqueta y la quiso envolver en ella a pesar de las dificultades que ofrecía porque no dejaba de manotear. El tipo escapaba calle abajo pero se detuvo y volvió atrás, la próxima vez vas a pillar tú también, dijo señalándolo a él. El vestido de fiesta se ha quemado pero no tiene ninguna huella en el cuerpo, ha sido un susto para que el miedo se quede dentro de ella para siempre.

No les hace gracia el nuevo novio de mamá. Es un tirado, dicen. Se le ponen delante cuando él está descansando, calentándose al sol en un banco de la plaza. Le hacen sombra, él abre los ojos. Se imagina quiénes son, no los ha visto nunca.

-¿Es este?

-¿Eres tú?

-Apartaos, muchachos, me estoy calentando los huesos al sol.

-Tenemos que hablar contigo.

-Vosotros diréis, pero apartaos os digo.

Vuelve a cerrar los ojos y luego siente de nuevo el calor del sol en el cuerpo. Se alegra por ellos. Le parece importante que los muchachos vean que él tiene la sartén por el mango.

-Deja en paz a nuestra madre. Nuestra madre no es la mujer que tú buscas.

-¿Dulsinea?

-Se llama Loli, idiota.

-Pero bueno, chavales, qué os enseñan hoy día en el colegio.

-Estás advertido, déjala en paz.

Dulsinea camina detrás del mocho, empuja, vuelve a por el carro, friega, seca, empieza de nuevo en el siguiente pasillo. Va oyendo un hilo de música que sale del móvil y a través de los auriculares la aísla de la soledad del edificio a esas horas. La ve  la policía a través de las cámaras de seguridad, se pierde en el preciso instante en el que es asaltada, porque ocurre cuando regresa a coger algo que le hace falta en el cuarto de la limpieza. El ángulo en el que es degollada es el que la cámara no enfoca. Su sangre se derrama como si fuese chocolate líquido, solo podemos ver su sangre encharcando el suelo como un efecto especial del cine que acentúa el drama.

 

Antonio Báez visto por Curro Romero

Antonio Báez (Antequera, 1964) ha participado en diversas antologías de microcuento y relato breve y ha publicado los libros La memoria del gintonicGriego para perros y su título más reciente es La magia de los días, publicado por la editorial Talentura.

La imagen que ilustra el relato es de Julia Fullerton Batten, su trabajo puede disfrutarse en su página web: http://www.juliafullerton-batten.com/