Ahora que han anunciado finalmente que a finales de mes estrenarán directamente en plataformas de pago American Fiction, la sorprensa inesperada con que nadie contaba y que se ha ido colando en todos los premios importantes de la industria cinematográfica anglosajona y se llevó el premio BAFTA a mejor guión adaptado  (además de haber arrasado en los Black Choice Awarads), podemos sacar pecho los que hace años leímos Erasure, la novela de Percival Everett en que está basada la película, que se publicó en castellano con el incomprensible título de X (y con una cubierta más fea e incomprensible si cabe), y luego conocimos a su autor cuando la editorial lo trajo a España para la promoción de No soy Sidney Poitier. Sarcástico, cálido, Everett es como su escritura, impredecible y socavadora, y quizás ha sido eso lo que explica el creciente prestigio refrendado con candidaturas a premios de la relevancia del Booker con The Trees (Los árboles), o el más prestigioso de todos los concecidos por el PEN Club estadounidense, el Jen Stein, al que fue candidato con The Trees y que obtuvo con Dr. No. En DeConatus, atentos como siempre al prestigio que se cimenta en premios literarios, llevan desde hace tiempo apostando por verter al castellano su obra, siempre de la mano de Javier Calvo, y ya se han encargado de poner en circulación So Much Blue (Cuánto Azul)Los árboles y, ahora, Dr. No, y amablemente nos permiten compartir con nuestros inquietos lectores el inicio de la novela. No se pierdan a Everett, saldrán más que recompensandos.

 

Me acuerdo de que soy extremadamente olvidadizo. O eso creo. Creo saber que soy olvidadizo. Me acuerdo de haber olvidado cosas, pero no recuerdo qué cosas, ni tampoco la sensación de olvidarlas. Cuando era niño, mi madre intentaba convencerme de que era olvidadizo diciéndome: «¿Te acuerdas de cuando te olvidaste de tu cumpleaños?». Y creo que le contestaba: «¿Cómo me iba a olvidar de eso?». Pero era una pregunta trampa. Decir que sí habría supuesto admitir que me olvidaba de las cosas, mientras que decir que no habría sido un ejemplo más de olvido. «El cerebro hace lo que puede», le decía. Si nos acordáramos de todo, no habría lenguaje para recordar ni tampoco para olvidar. No habría nada importante. En realidad, nada es importante. La importancia de nada es servir de baremo de lo que es no nada. ¿Es lo mismo decir «nada» que decir «la nada»? A los estudiantes les encanta especular con esas cosas. La realidad es que la nada no existe; la argumentación simplista de esta afirmación es que la observación de la nada requiere a un observador, y por tanto la presencia del espectador niega lo que habría sido una ausencia pura, lo que habría sido en efecto la nada. Si la nada cae en un bosque y no hay nadie para verla, ¿acaso es pura nada? Un argumento mejor, que abarca tanto el simple como todos los demás, es que se puede deletrear nada. Puede que Parménides fuera un desarrapado, pero sabía lo que decía. Quizás el argumento ontológico no funcione aplicado a la existencia de dios, pero es irrefutable en relación con la existencia de nada. Ei mitään, rien, nicht, nothing, nic, dim byd, ikke noget, ingenting, waxba, tidak ada, boten, apa-apa, kitn, nihil y nenio. Una especie de argumento ontológico en favor de la existencia de nada.

Me llamo Wala Kitu. Wala quiere decir nada en tagalo, aunque no soy filipino. Kitu quiere decir nada en suajili, aunque mis padres no son de Tanzania. Mis padres, matemáticos los dos, sabían que dos negaciones forman una afirmación, de manera que es así como me llamo. Wala Kitu. Todo esto es una trola con T mayúscula. En realidad, me llamo Ralph Townsend. Mi madre era artista y mi padre, un profesor de literatura inglesa que terminó haciendo de taxista. La verdad es que soy una especie de matemático. Pero uso el nombre Wala Kitu. Estudio la nada.

Me tomo mis estudios muy en serio. Soy un reputado profesor de matemáticas de la Universidad de Brown, aunque llevo décadas sin ocuparme de la aritmética, el cálculo, las matrices, los teoremas, los espacios de Hausdorff, los retículos representativos finitos ni nada que tenga valores ni números ni representaciones de valores ni de números ni nada parecido, da igual que tengan sustancia o no. Me he pasado la carrera entera en mi pequeño despacho de George Street, Providence, buscando y contemplando la nada. No la he encontrado. Me parece triste que el simple hecho de adentrarme en el tema que me interesa estropee ya de forma necesaria mi estudio. Trabajo mucho y me gustaría poder decir que no tengo nada que mostrar.

Fue mi especialización en la nada, no en la nada absoluta, sino en la nada positiva, lo que me llevó a trabajar con —y no para— un tal John Milton Bradley Sill, multimillonario hecho a sí mismo y provisto de una única meta, una meta que quizás resulte intrigante para unos cuantos, confusa y extraña para la mayoría e idiota para el mundo entero, pero por lo menos bien articulada. John Milton Bradley Sill aspiraba a ser un villano de Bond, sin importarle la naturaleza ficticia de James Bond. Lo expresaba en estos términos: «Quiero ser un villano de Bond». Así de simple.

Estábamos sentados en una cafetería de Thayer Street. Eran las ocho de la mañana de un lunes de noviembre; el semestre se estaba terminando y los estudiantes que entraban en el local arrastrando los pies iban casi sonámbulos. Yo estaba un poco como ellos. Hacía poco que había descubierto que necesitaba doce horas largas de sueño para funcionar como era debido, pero me había pasado la mayor parte de la noche despierto pensando en la reunión con Sill. Apenas recordaba haber soñado nada, lo cual parecía justo y adecuado, ya que cuando dormía tampoco me acordaba casi nunca de mi vida real.

—¿A qué se refiere con un villano de Bond?

Sill sostenía una cuchara como si fuera un cigarrillo. —Ya sabe, el típico perpetrador de maldades capaz de hacer que el primer ministro mande un espía categoría doble cero para detenerme. Ya sabe, de los que hacen el mal por el mal.

—Una especie de villano modernista —le dije.

—Exacto.

Me quedé mirando mi té y removiéndolo. No quería mirar a mi interlocutor, pero lo hice, consciente, mientras posaba la vista en él, de que estaba de atar. Era majo, eso sí. Bien parecido, un poco ambiguo desde el punto de vista racial, con una cara equina y el pelo muy rizado. Tirando a delgado.

—Parece usted demasiado amable para ser villano —le dije.

—Gracias —dijo—. Las apariencias son sólo eso.

—¿Ha perpetrado alguna maldad?

—¿Por ejemplo?

—¿Ha matado a alguien? —le pregunté—. Los villanos de Bond matan de forma indiscriminada. —Estaba hablando sin tener ni puta idea. No sabía nada de villanos de Bond.

—Los hay que sí y los hay que no. —Sill hizo un gesto con su cucharilla—. ¿Ha visto usted Goldfinger?

—Creo que sí. Digamos que no.

—Goldfinger roba Fort Knox.

—Donde guardan el oro —dije.

—Donde guardan el oro. —John Sill miró a su alrededor, examinando a todos los presentes en el local—. ¿Sabe usted qué hay en realidad en la cámara acorazada de Fort Knox?

—Pues no.

Se inclinó hacia delante hasta apoyar la barbilla en la palma de la mano, como si fuera un amante, o por lo menos como alguien que me conocía desde hacía más que un cuarto de hora, y dijo:

—Nada.

—¿Quiere decir que no hay oro?

—Quiero decir que hay nada.

—Nada —dije.

—Justamente eso. No le estoy diciendo que no haya oro.

Le estoy diciendo que hay nada. La misma nada que usted ha estado buscando.

Se me erizaron los cabellos de la nuca. Aun así, seguía convencido de que me estaba diciendo que la cámara acorazada se encontraba vacía.

—Le estoy diciendo que la cámara no está vacía —dijo, como si me leyera la mente.

 —¿Y qué?

—Pues que usted, amigo mío, me va a ayudar a robarla. He estado investigando. Sabe usted más de nada que nadie. Y del poder que obtendrá cualquiera que pueda poseer nada.

—Mire, me halaga usted —dije—, pero…

Me hizo callar apartando su mano de la mía y sosteniéndola ominosamente en el espacio que nos separaba.

—No tendrá que hacer usted nada de nada. Lo único que quiero es tenerlo de consultor. Que me dé unas cuantas respuestas. Por ejemplo, cuando abra la cámara acorazada, y la abriré, ¿cómo sabré que la nada está allí? Es una cámara muy grande. Si está llena de nada, ¿cómo la moveré? ¿Cómo se transporta algo así? ¿Necesita estar refrigerada a menos 273 grados Fahrenheit?

—Habla usted en serio —le dije—. Lo cual viene a ser como decir que está loco.

—Lo estoy —dijo John Sill. Echó otro vistazo a su alrededor y me pasó un papel amarillo.

Era un cheque. Un cheque con muchos ceros antes del punto inservible de los decimales. Era un cheque de caja emitido por el Bank of America.

—Esto es real —declaré, aunque en realidad era una pregunta.

Sill asintió con la cabeza.

—Lo único que tiene que hacer es asesorarme y contestar mis preguntas sobre nada, pero no con esos rollos improvisados que se reserva para los alumnos de posgrado y las mesas redondas. Eso ya lo puedo conseguir en cualquier lado. Lo puedo sacar de los libros. Quiero su confusión pura y sincera.

—¿Y nada más?

—Por supuesto, esto ha de ser confidencial. Y quiero decir confidencial de verdad, confidencial al cien por cien.

—Buscó mi mirada con la suya y por un segundo fugaz se pareció al villano de Bond que aspiraba a ser. Durante ese breve momento me dio miedo—. ¿De acuerdo? Punto en boca, ya sabe.

—Entendido.

—¿Cuento con usted?

—¿Esto es para mí? —Agité el cheque como para asegurarme de que no se caía la tinta.

—Lleva su nombre.

Lo llevaba. Deletreado correctamente y todo. En tinta.

¿Qué podía decir yo, más que «sí»?

Salí de la cafetería pesando tres millones de dólares más y también convencido de que, aunque loco, quizás John Sill estuviera en lo cierto y los militares poseyeran la nada. Había una facción fiable del complejo militar que pensaba, como yo, que la nada era la solución a todo. Mi idea de solución era heurística, pero la idea que tenían los generales era gladiatoria, belicosa y nada amable. Ninguno de nosotros sabía qué era la nada, pero sí que sus posibilidades eran ilimitadas; eso es una necesidad lógica, y por tanto una certeza. Me acordaba de que hacía unos años se habían puesto en contacto conmigo dos generales del ejército, cuyos nombres quizás llegué a oír, pero no podía recordarlos. Lo que sí recordaba era que me habían parecido alarmantemente parecidos, aunque uno era una mujer y el otro un hombre. Llamaron con los nudillos a la puerta de mi despacho, con timidez, me pareció, para ser unos promotores de la guerra.

Tuvimos un circunloquio sobre la nada, pero después la tratamos con precisión durante más de dos horas. Se negaron a decirme para qué la querían y yo no pude decirles qué era ni dónde encontrarla.

—¿Qué creen que pueden hacer con la nada si la encuentran?

—Por eso estamos hablando con usted —dijo el General—. Nos encantaría averiguarlo, ¿sabe?

—Conoce usted la nada —dijo la General—. Eso está comúnmente aceptado. Queremos que nos ayude. ¿No quiere usted servir a su país?

—Llevo toda la vida dándole nada a mi país. No tengo planeado cambiar a estas alturas.

—¿Qué quiere decir?

—No quiero decir nada —les dije—. «Nada» no equivale a «la nada». Eso lo entienden, ¿verdad?

—La nada podría cambiar por completo el mundo, eso sí lo sabemos —dijo el General.

Negué con la cabeza.

—Nadie puede poseer la nada.

Los generales intercambiaron una mirada que no entendí; de hecho, no fui consciente de que se habían mirado hasta el día en que volví a casa de mi reunión con John Sill. Quizás era cierto que alguien podía encontrar y controlar la nada. Me sentí un poco revuelto, asustado y algo atolondrado por la emoción.

Se postula que antes del llamado Big Bang (que, igual que mucha gente, me imagino que más que una explosión debió de ser un suspiro), los elementos constituyentes primordiales eran cosas como el helio-4, el helio-3, el deuterio y el protio. La pregunta de pardillo, aunque no por ello menos molesta, es de dónde salieron esas cosas. ¿Y hacia dónde, por dónde y hasta dónde se está expandiendo el universo? La respuesta es o bien la nada o algo que llamamos nada, y no esa chorrada de la materia oscura que tanta gente se traga. La teoría no es mía, sino de un físico francés dado a las especulaciones retorcidas llamado Jean Luc Retàrd (sic) que aplicó las nociones de los espacios de Riesz y la idea de abstraer las propiedades de orden para liberar a las funciones continuas de los detalles de un espacio en particular, llevando a la idea de que, si la nada entra en contacto con algo, o con la no-nada, entonces ese algo dejará de existir. Se pueden ver las implicaciones prebélicas sin necesidad de usar demasiado la imaginación. La mayoría cree erróneamente que la nada es el simple vacío que hay entre partículas subatómicas. La nada no es el vacío, igual que tampoco es la ausencia de algo, de una o varias cosas o de sustancia. El Big Bang real se acerca, puesto que aquello de lo que viene el universo está alcanzando aquello en que se convertirá. Experimentar el poder de la nada equivaldría a entenderlo todo; controlar el poder de la nada sería negar todo lo que existe, y la idea triste, temible y crucial que esto implica es que podría ser perfectamente una distinción sin diferencia.

Mi perro me recibió en la puerta. No tenía más remedio. Era donde lo había dejado. Se llama Trigo y sólo tiene una pata. Es un bulldog corpulento y achaparrado, más achaparrado todavía por culpa de las patas que le faltan.Trigo alude a las tres patas que le faltan como sus nadas. Lo rescaté, o así es como lo decían en la perrera, aunque yo prefiero decir que me hice amigo suyo. Los trabajadores de la perrera estaban a punto de «ponerlo a dormir», que es el eufemismo que usan para referirse al asesinato. Les pregunté si matarían a una persona sin piernas, y me dijeron que claro que no. Me llevé de allí al perro y la única pata que le quedaba. Dos veces al día, cuando él lo decide, hace sus necesidades y yo lo limpio a posteriori. Tiene un carrito con ruedas que no le gusta mucho pero que usa unos quince minutos por las mañanas para hacer un poco de ejercicio. Cuando lo saco a tomar el aire, lo llevo en el pecho en un portabebés denominado Björn. Es un perro extremadamente amigable, aunque selectivo, de cachetes caídos y muy hablador. Habla con todo el mundo.

Trigo y yo bajamos a pie la colina hasta el centro de Providence y el Bank of America, donde me puse en la cola para depositar el cheque de John Sill.

El cajero, estupefacto, se quedó mirando el anverso del cheque durante un minuto largo.

—Parece real —dijo.

—Supongo que porque lo es —le dije.

—Espere aquí —dijo.

—¿Hay algún problema?

—Me tiene que dar el visto bueno mi supervisora. —Parece razonable —dije.

Se llamaba Theodore, por lo que vi en su acreditación, que era negra con letras de color metálico. Se alejó unos metros y habló con una mujer joven de aspecto más elegante. Le enseñó el cheque. La mujer miró en mi dirección, volvió a mirar el papel y lo acercó a la luz. Los dos se me acercaron.

—¿Hay algún problema? —pregunté. —No lo sé —dijo la mujer.

—¿Cómo se llama? —le pregunté. —Stephanie Mayer —dijo ella.

—Yo me llamo Wala Kitu. Mi nombre está impreso en el anverso del cheque. También está impreso aquí, en mi pasaporte emitido por el gobierno, y aquí, en mi acreditación de profesor, y aquí, encima del talón de depósito limpiamente arrancado de mi talonario del Bank of America. Éste es Trigo. No tiene identificación.

Trigo ladró.

La gente de las colas adyacentes nos estaba mirando. El conserje larguirucho había dejado de barrer el suelo y también estaba mirando. Stephanie Mayer escribió sus iniciales en el cheque y le dio el visto bueno a Theodore. Cogí el recibo del depósito, lo examiné de cerca, contando los ceros, y asentí con la cabeza. Me planteé pedirle permiso a Stephanie Mayer para marcharme, pero no lo hice.

Una vez fuera, me topé con una de mis colegas, una matemática muy joven llamada Eigen Vector. Su especialidad era la topología; ¿cómo no? Igual que la mayoría de matemáticos, yo incluido, encajaba en algún punto del espectro del autismo, y era capaz de decir casi cualquier cosa, que es lo que hizo.

—Hoy llevo los zapatos iguales —dijo a modo de saludo. Le miré las deportivas Nike.

—Los dos —dije.

—Hola, Trigo —dijo ella.

Trigo habló.

Eigen probó a ladrar.

—Bonito día —dije, fijándome mientras lo decía en que el cielo estaba nublado y todo era gris.

—Supongo que sí —dijo—. ¿Por qué estás tan feliz? Lo pregunto porque pareces feliz. Me encantaría experimentar la felicidad.

—Creo que nunca estoy feliz, la verdad —dije—. Tampoco triste del todo, pero feliz no.

—Pues lo pareces.

—Quién sabe, quizás lo sea —dije—. No reconocería la sensación. Trigo, en cambio, sí es feliz.

Trigo habló.

Eigen Vector le acarició la cara gorda y chata con el dorso de la mano.

—Es suave. Muy suave. Cara gorda.

 

Percival Everett nació en Georgia (EE.UU) en 1957. Ha escrito treinta libros. Vive en Los Ángeles y es Catedrático en la University of Southern California. En España se ido publicando Erasure, como X, No soy Sidney Poitier en Blackie Books. Ha ganado el premio Pen Club de Estados Unidos y el de la Academia Americana de las Artes y las Letras entre otros muchos. Christian Lorentzen eligió Cuánto azul como el mejor libro norteamericano de 2017, publicado más tarde por DeConatus, donde también ha aparecido Los árboles, ganador del prestigioso Premio Bollinger Everyman Wodehouse además del L.D. and LaVerne Harrell Clark Fiction Prize, y finalista del Booker prize 2022 y del PEN/ Jen Stein Award 2022, premio que ganó en 2023 con Dr. No, que ahora pone también DeConatus a disposición de los lectores en castellano.