En Distraídos venceremos (Jekyll & Jill) Andrea Valdés aborda una serie de autores que dieron a lo autobiográfico formas y derivas inéditas, quizás porque ninguno pretendió ajustarse a la realidad, si acaso reparar sus efectos, reaccionando por escrito a lo que la vida les impuso o denegó. Como es de esperar, las respuestas fueron diversas. Por eso aquí se analizan desde una declaración jurada (Maura Lopes Cançado) a un inventario de cicatrices (Severo Sarduy), un poema terminal (Héctor Viel Temperley), un prólogo que se enquista (Mario Levrero) o toda una performance (María Moreno). También un homenaje en clave de film noir  (Carlos Correas) o la cartografía de un espacio que a su vez es un cuerpo (Gloria Anzaldúa). Aquí compartimos el inicio del libro con nuestros lectores.

 

con la imagen
de una
barca…
rota.
…el refri-
gerador
en su
punto
máximo…
…bloques
de hielo…
…flotan.
…se duerme
con
un escarba-
dientes
en la boca…
se duerme
con
un
sombrero
puesto…
…se dormita.
…paisaje
blanco…
…calmo

Empiezo con estos versos de apenas unas palabras que, en lo que dura el poema, de varias páginas, irán perdiendo sus sílabas y formando una estela de puntos como los que se veían en los viejos televisores, a medida que uno se acercaba a ellos. Su autor es Leónidas Lamborghini. Para unos, el único poeta decente del peronismo y, para otros, precursor de la escritura viral además de dueño de un modestísimo huerto en el que celebraba la velocidad a la que crecían los rábanos, lo que en sí no nos protege de mucho. En cualquier caso, me gusta empezar con alguien dormitando frente a una pantalla y su rostro reflejado en ella, aunque a veces ese rostro se funda con otras imágenes, pues Verme es un poema catódico en el que caben libélulas y osos polares, incendios y cowboys. Quizás su autor hubiera preferido que no se nos desvelara esta circunstancia y nos dejáramos llevar por sus versos, llenos de interferencias, pero la tentación de decodificar un texto o pensar su truco es tan humana como el periodista que aún pregunta en qué medida una obra es autobiográfica. Dudo que haya interrogante más idiota ni respuesta más compleja. Me digo que lo natural es no saber contestarla como sucede con la voz extraña, esa de la que nos habló Fabián Casas en uno de sus talleres al que me apunté estando en Buenos Aires. Siendo difícil de definir, se reconoce en seguida en un texto. No es lo que dice sino lo que está justo detrás. Una tarde él nos animó a alcanzarla, escribiendo en contra de nuestra habilidad y aun a riesgo de que nos saliera algo muy distinto de lo que esperábamos. Puede que un letal almohadón de plumas, como aprendimos al leer a Horacio Quiroga, o una niña bizca, y aquí pienso en Silvina Ocampo, o un escritor que, estando de visita en una gran ciudad, empieza a descomponerse, cambia, como sucede en Lord de João Gilberto Noll. Cuando le escribí por mail reclamándole una entrevista, él me dijo que sí. Más tarde me confesó en una escueta línea que no se veía con fuerzas de contestar a mis preguntas de lo mucho que le consumía el desarrollo de su nueva obra. «Lo siento. No me queda espacio para ninguna otra cosa». Aquel hombre murió a los tres días de mandarme esta respuesta, sin que se aclarara el motivo de su repentino silencio. ¿Pudo aquel libro agotarle hasta ese punto?

No es que me proponga despejar la espinosa relación entre escritura y vida, aunque en los casos que abordaré a continuación esa tensión sea evidente, quizás porque todos se escribieron en circunstancias muy adversas y con la consciencia de que una nunca es del todo dueña de su biografía, como para encabezarla con el prefijo ‘auto’, sin cuestionarlo ni hacer trampa. No en vano a este género ya le han salido hijos bastardos y hay quienes describen su propia obra de otro modo. De la ‘transbiografía’ a la ‘escrevivência’: ¿Qué significan estas palabras? ¿Existen por capricho o designan algo inédito? Con esto en mente me puse a investigar, escorando mi interés hacia Sudamérica y, especialmente, Argentina y Brasil, países que visité en el marco de este proyecto apoyado desde el inicio por Valentí Roma y La Virreina Centre de la Imatge, y que nació de mi reflexión sobre lo que yo le pido a un texto, así como de mi necesidad de dar con nuevas voces.

He sido librera durante más de diez años y me consta que hay obras que no llegan a nuestros estantes. Muchas veces me he preguntado si la idea de Sudamérica con la que yo crecí no la habrán diseñado unos cuantos desde sus despachos. Como muchos, tuve mi primer contacto a través de las novelas de García Márquez, Vargas Llosa y Cortázar. De repente un Juan Rulfo. Borges llegó mucho más tarde. Irrumpió cual meteorito que obedece a su propia lógica. En cualquier caso, los paisajes que aquí abordo pertenecen a otro filón, si es que ese filón existe. Puede que me lo inventara yo misma pues no me consta de ninguna publicación que le tomara el pulso de corrido a estas escrituras, a veces terminales, otras un poquitín cafres. Las hay incluso que se saben fallidas pero también valientes, libres. Reúnen todo lo que espanta al mercado y, sin embargo, ¡cómo respiran!

 

Para no perderme dividí el proyecto en varias partes. En la primera, que ordeno en tres poéticas, el único perímetro que me impuse fue el cuerpo del autor. Empiezo con los diarios de Rosa Chacel, quien vivió veinte años de espaldas al trópico, y el de Maura Lopes Cançado, chispa intermitente que fue apagándose tras su ingreso en distintos manicomios. Dos obras, una bulímica y otra fracturada, fraguadas en una inmensa soledad, y que comento atendiendo a lo que queda fuera, a lo que no se enuncia en ellas. A la poética del encierro le sigue la del injerto, donde analizo las novelas de Carlos Sussekind y Jorge Baron Biza, escritas ambas al calor de una experiencia traumática donde el hijo trata de sobrevivir al padre. Y cierro finalmente con la poética de la creencia, en la que Cristo —¡sí, Cristo!— aparece como pintura, postal y luz, centrándome en un breve ensayo de Severo Sarduy sobre sus cicatrices, que encadeno con el último poema de Héctor Viel Temperley —en el que apenas se reconoce—, y el prólogo enquistado de Mario Levrero, a quien me dirijo después de muerto, pensando que igual me lee. Adelanto que no hay nada en ellas que nos induzca a la desesperanza. Más bien recogen ese anhelo tan humano de dar con lo sublime, lo que a mí me despierta una ternura infinita.

No hay que dar nada por hecho y menos al autor. En Vahografías, episodio que da inicio a la segunda parte, me  centro en esta figura basándome en esos casos donde su presencia me resulta muy ambigua al ser una simulación, un artificio. De Lucio V. Mansilla a Héctor Libertella pasando por Osvaldo Baigorria hasta María Moreno. Voces que se disgregan, ausentan o confunden con su objeto de estudio, forzándole las costuras al texto. Un ­caso aparte es Correas, el yirógrafo en el que hablo de un aprendizaje, el de dos amigos que se inventaron como intelectuales a través del cine y los libros para acabar siendo presa de sus propias proyecciones, lo que considero un peligro.

Finalmente, en la tercera parte, asumo la cuestión de las diferencias culturales, a partir de esos sujetos que han sido histórica y políticamente silenciados y que forzosamente me interpelan, como una mujer que lee a otra, desde una posición privilegiada. Basándome en un texto de mi amiga Gelen Jeleton, La bibliografía como autorretrato, escucho, copio y releo a Gloria Anzaldúa, Audre Lorde, Aurora Levins y Conceição Evaristo, vinculando su producción a escenarios muy específicos —es decir, una frontera, una isla remota, una reserva indígena y una favela—, y a una memoria que aún brillando con luz propia atraviesa sus cuerpos. Por usar una de sus palabras, son escrituras-puente. ¿Quizás el futuro? En cualquier caso siento que con ellas yo aprendo a leer de nuevo.

 

Andrea Valdés (Barcelona, 1979) Licenciada en Ciencias Políticas (UPF) y librera, práctica que hasta hace muy poco ha ido compaginando con la escritura. Suele colaborar con artistas, en catálogos y exposiciones, es coautora de una obra de teatro (Astronaut, Theatre O) y ha publicado en varios medios, entre los que destacan el suplemento Babelia de El País, el Cultura/s de La Vanguardia y las revistas Les Inrockuptibles, Contexto (CTXT) y El Estado Mental. Distraídos venceremos. Usos y derivas en la escritura autobiográfica es su primer ensayo.

Preliminares es la sección donde anticipamos libros que se publicarán en breve, Adelantos que sirven como Preliminares del gozoso acto de encuentro con los lectores en forma de libro, donde la experiencia de lectura se torna verdaderamente material.