A día de hoy resulta complicado no haberse sumergido en ese modo de ver la realidad que viene a decirnos que todo puede ser visto como un caso por resolver, que la mirada del investigador es la que desvela (y devela) la realidad. Guillermo Núñez Jáuregui, acaso con esa idea latiendo en su cabeza, trazó este particular cuento.

 

Yo detecto, a eso me dedico, soy un detective profesional. O vocacional, si prefieres, porque no es mi profesión, en realidad soy un publicista pero no quiero hablar de eso, y digo que soy publicista pero más bien estoy infiltrado en la industria, de día publicito, de noche detecto, pero no me interesa ahondar en el tema de la publicidad, que me tiene, mira, hasta aquí. No soy un profesional, entonces, en un sentido estricto (pues nadie me paga por detectar y hasta ahora no he recibido un caso por encargo, porque tampoco es que sea un detective como el que te imaginas) pero sí soy un profesional en el otro sentido: me lo tomo en serio y me apego a las normas y a un código, a una disciplina ascética, en la medida que un detective puede ser asceta (ya nos ves aquí, tomando estos gimlets, fumando, departiendo como camaradas). Así que, tal vez, ahora que lo estoy pensando, lo más apropiado sería decir que soy un detective independiente, pues no formo parte de ninguna organización ni tengo una oficina y mi negocio, cuando empiece a ser un auténtico negocio, remunerado, respetado, honorable, o tal vez ni remunerado, pero sí digno, se manejaría, el negocio, un poco así como estamos, de boca en boca, clandestinamente, ¿me entiendes? Sé que es un poco difícil de comprender, porque te estoy manejando ideas grandes y complejas, y que no lo parecen, pero tenme paciencia, porque tú me preguntaste y yo más bien preferiría hablarte de los lugares donde he vivido y de bicicletas, que no son mi trabajo, ni mi vocación, sino las cosas que me interesan hoy en día, últimamente. Son mis distracciones, mis pequeños caramelos intelectuales, como alguna vez lo fue el ajedrez o la novela gótica. Pero veamos, fue así. Todo empezó así. La cuestión inició hace unos años cuando me mudé acá a la Escandón, a la calle Progreso, donde renté un departamento con un amigo, Óscar, ¿lo conoces? Viene acá seguido, o venía, hace tiempo que no lo veo. Él es artista, así que nada que ver, pero es un artista sabio, un artista que expone poco y trabaja mucho, que bebe bastante y quiere poco, o al revés, es difícil saber, el caso es que en una ocasión, llegando de la oficina, atolondrado y angustiado, harto y neurotizado, le grité: ¡Estoy aburrido! Apenas acababa de entrar al departamento y eso fue lo que le dije, y me contestó, ¿sabes lo que me contestó? Me dijo algo muy interesante: Ahí hay cheve en el refri.

¿A poco no es como para ponerse a pensar?

Piensa en esto: vivíamos juntos, en un departamento de unos sesenta metros cuadrados, de dos recámaras, cocineta, sala, sin televisión, con libros, sin comida, con cervezas, un baño infecto, y era carísimo. Al menos si lo comparas con provincia, donde puedes rentar, por la misma cantidad, que no te voy a revelar, obviamente, porque aún hay decencia, un caserón, con alberca, y no te lo digo nomás así eh, porque alguna vez visité amigos en Mérida y en fin, te digo, sé de lo que hablo. Vivíamos, entonces, en lo que Óscar llamaba un siestario, un lugar al que íbamos a recargar pilas, una cámara de descomprensión anímica. Es increíble, ¿no te parece?, que un organismo con terminaciones nerviosas, como el nuestro, aún tolere vivir en ciudades de dimensiones como la que tiene ésta, en espacios diminutos como aquél. Así que, ¿no encierra un poco de sabiduría el indicarme dónde se encuentran las cervezas cuando entro y llego y le digo, desesperado, que estoy aburrido? Sí y no, ¿no? Porque esa era la cuestión: que yo estaba aburrido pero no de forma circunstancial, no es que necesitara, como ahora, llegar, abrir una lata y sentarme a platicar, sino que estaba profunda y existencialmente aburrido, hasta el hueso. Creo que estaba a punto de experimentar una crisis nerviosa.

Pero entonces ocurrió un milagro. Se encendió una luz, en el edificio de en frente. No un milagro teológico, claro está, pero deberíamos permitirnos estas expresiones, abren nuevas formas de sobrevivencia para la megalópolis, ¿no? Dios nos guarde, Dios quiera, me dolió en el alma, Dios mediante, Dios mío, santo cielo, santa cachucha, santísima virgen María de Guadalupe, vela por nosotros, ¿o es ruega por nosotros? Pero te digo. Antes de que pudiera resignarme, retirarme a la cocineta, abrir el refrigerador que nos había heredado el inquilino anterior, y tomar una Tecate, y pensar en cómo el nombre de esa marca me recuerda a Hecate, pero no hablemos de publicidad, se encendió la luz y apareció, en el departamento del edificio contiguo, como quienes entran a escena, una pareja. Teníamos mucho tiempo sin ver movimiento en ese lugar. Es decir, veíamos al inquilino, de frente a la televisión, de frente a la computadora, iluminada su inmovilidad por los monitores, a veces retirándose al baño o a la cocina, como un espejo triste de nuestras propias vidas (Óscar a veces visitaba su estudio y yo la oficina, pero el poco de vida que teníamos se encontraba acá, se entiende). Así que algo había pasado, finalmente: el vecino se había conseguido una morrita.

Creo que, en contexto, tiene lógica lo que hicimos a continuación. Apagamos las luces y sí fui por la Tecate y nos sentamos a ver cómo se desenvolvía el encuentro. Lo raro es que de pronto nos sentíamos alegres, nos reíamos como idiotas. Era importante apagar las luces porque la experiencia nos había enseñado que si no lo hacíamos los vecinos podían darse cuenta de que los estábamos espiando (antes el inquilino en cuestión compartía habitación con una morrita, otra morrita, quien en más de una ocasión se había percatado de la necesidad de cerrar sus persianas; que, de cualquier forma, no eran de tan buena calidad como para impedir que se viera a través de ellas). Y entonces se desarrolló un curioso baile erótico. No era su novia, evidentemente, era más como una conquista, porque, ¿qué novia le baila al novio y le permite tomarle fotografías con su camarita del teléfono? Y del baile pasaron a la cama y nosotros ahí, como niños de secundaria, riéndonos, porque era chistoso, más que emocionante, o tal vez por ser emocionante era chistoso, en todo caso estaba pasando algo: el tipo se estaba echando a una morrita y estos tipos de acá se habían no sólo dado cuenta sino visto, y no había mucho que ver, claro, o sí, pero más que adivinar, porque finalmente habían apagado las luces, excepto por la luz eterna de nuestra salvación, la televisión. No teníamos televisión, nosotros, de otra forma la hubiéramos tenido prendida y nos hubiéramos perdido del espectáculo contiguo de carne, así que era una bendición, por decirlo de una forma, el no tener televisión pero sí tener tiempo y suerte para en fin, lo que ya te he dicho. No pasó mucho más, se acabó eso, o siguió pero perdimos interés y nos retiramos a nuestras habitaciones, pero desde entonces me percaté de la habilidad que tenía yo para ver cuando ocurrían cosas; es una habilidad que se descubre, una segunda naturaleza, para ponernos aristotélicos. De pronto, ah, sí, ahí está, sabemos: de pronto, eso, que somos capaces de detectar cuando algo está ocurriendo y cuando algo no. Porque, claro, diario pasan cosas, pero rara vez pasan, ¿me entiendes? Sí se ve que me entiendes, está pasando algo entre nosotros también, porque a veces sólo pasa esto de la oficina, del monitor, del dolor en la espalda, de la caminata para distraerse, de la comida corrida, el recorrido monótono por las calles idénticas de la ciudad, pero entonces: tómala, que alguien se queda encerrado en el elevador; que alguien le pone el cuerno a no sé quién; que se ha perdido algo que no sabíamos que era importante hasta ese momento. Yo me doy cuenta, ahora, de esas cosas. Y a eso me dedico. Y a andar en bicicleta, también, para acelerar un poco las cosas, salgo temprano, a veces es de noche todavía, para ver lo que pasa. Me planto frente a un edificio y no lo creería la gente pero ya hay luces iluminadas a esa hora, y uno puede ver lo que está pasando: ese se despertó antes para poder mandar los mensajes por teléfono que no podía mandar (o eso logro ver, tal vez me equivoco); aquél ni se ha ido a dormir porque está preocupado porque no le han depositado el dinero que ya se gastó; aquella otra se está apurando para salir de la casa del amante y llegar a tiempo a la oficina sin que nadie se percate. Es silenciosa, mi bicicleta. Me permite deslizarme y plantarme para consumir todas estas cosas que pasan cuando creemos que no pasa nada. A veces he logrado incluso seguir a la gente, en la calle, durante el rato que creo que es necesario (es decir, mientras siguen ocurriendo cosas, hasta que, decido, dejan de ocurrir). Porque esa es la cuestión, que uno está aburrido y de pronto decide dejar de estarlo: cuestión de interesarse y asomarse a ver lo que ocurre en otro lado.

Así que, en rigor, esa es la forma en la que detecto, es en ese sentido, y no en otro, que soy un detective independiente: no profesional, ni amateur, sino de una forma muy precisa e identificable. Para mayor claridad: no es que un mal día haya decidido leerme de jalón varias novelas de detectives, ni que me haya obstinado en presentarme a los cines a ver cuanto thriller de pacotilla pasaran, ni que fuera de impertinente a casa de algún amigo a ver si no quería ver otra infumable serie policíaca. No estoy así de mal, pues; sé que eso existe, esa especie de Quijote contemporáneo que tras consumir tanta basura un mal día se cree algo que no es, para luego ir y sumarse al ajuar una gabardina, un sombrerito, una pipita, o un cigarrito, o una pachita, y presentarse como El Quijano, investigador privado a sus servicios, dígame damisela en qué puedo ayudarle, claro, déjelo todo en mis manos. Y es que lo entiendo, se antoja, creerse el héroe malencarado, o el antihéroe guapetón, que se enfrentará a las oscuras fuerzas de la corrupción. Pero mi vocación es distinta. Yo sé muy bien que somos pocos más que un amasijo de carne estupefacto, que podemos ser, simultáneamente, víctima y victimario, pero la cuestión, y no quiero sonar como maestro Zen, porque no lo soy, pero la cuestión es prestar atención. Es decir, prestar atención a la decisión de lo que debemos prestar atención. ¡La tentación! La tentación es prestarle atención al momento, a la carne, a la respiración, meditar, pacha-mama, Dalai Lama, etc, etc, pero mi comezón ni es importante, ni es importante creer que mi palabrería mental es pasajera. Mira. No. Es que. A ver. No lo tengo claro, evidentemente. Pero sabemos, ¿no? Sabemos cuando se nos va de las manos, cuando realmente nos está pasando algo, cuando merece ser investigado en consecuencia, y cuando no.

 

Guillermo Núñez Jáuregui (Ciudad de México, 1982) es filósofo y escritor. Es autor de Del aburrimiento surgen los impulsos correctos (2012). Colabora en La Tempestad.

Poe y compañía es la sección dedicada a la ficción  en penúltiMa. Por necesidad un relato colgado en la web no debe ser muy largo, y eso nos recuerda a la unidad de impresión de la que habló el iniciador del cuento literario moderno. No nos parece mala cofradía para unirse a ella.

La fotografia que ilustra el cuento es del fotógrafo italiano Simone Brabante. Su página web es http://www.brahmino.com