Publicado por la editorial Periférica, Cubantropía es una pieza más del ensamblaje ensayístico que Iván de la Nuez viene ofreciéndonos como herramienta con la que poder interpretar el presente en el que nos vemos inmersos. Su lectura, además de una tarea obligada para todo interesado en el pensamiento más riguroso y exigente, ofrece un venero inagotable de explosiones de ingenio y humor.

 

Dentro de las actividades paralelas que tuvieron lugar en Madrid durante la celebración de la última edición de la feria de arte contemporáneo, ARCO, llamó poderosamente la atención una que tuvo como escenario el taller de los artistas cubanos Glenda León y David Beltrán, situado en las inmediaciones de la antigua estación de tren de Delicias, hoy convertida en Museo del Ferrocarril. Allí se exponían, perfectamente enmarcados y protegidos de manoseo alguno los cuadernos de Iván de la Nuez. La exposición tenía un título lógico tratándose de los cuadernos de Iván de la Nuez: Ensayo. Si por algo ha destacado De la Nuez es por ser uno de los ensayistas más brillantes de la lengua castellana, y si no puede ser tildado como tal allende las lindes de nuestro idioma cervantino es porque su estilo dado al tropo lingüístico y el doble sentido convierte su traducción en tarea ardua y posiblemente jamás bien pagada (esta frase la he escrito pensando especialmente en los académicos de la lengua y los periodistas culturales), y por eso no resulta sorprendente el título. Pero sí el concepto que subyace en ella: esos cuadernos son el ensayo del ensayo (ven como lo del tropo lingüístico no era un antojo), ya que es en esos cuadernos donde se va ensayando el texto final acabado que es, paradojas del lenguaje, también un ensayo.

Coincidiendo con esa exposición se publicó un libro largamente ensayado y finalmente concretado: Cubantropía, que, como se indica en el mismo volumen, ha ido gestando durante seis años hasta verse concretado. Es un libro que ha sido pues, como ya se ha dicho, extensamente ensayado. Es, por eso, un epítome del género. Hay textos lo suficientemente recientes como para intuir que no estaban en la primera versión que Iván de la Nuez y Julián Rodríguez, el que fue su editor y que falleció antes de ver el libro impreso, calibraron. Pero no rechinan en el conjunto final, que recoge textos publicados hace ya casi treinta años. Y si no rechinan, y ninguno lo hace, es porque este libro es, como la exposición, un ensayo del ensayo. Cada uno de los artículos, publicados en su momento en revistas, en alguna ocasión en más de alguna, y luego corregidos y puestos de gala ya para la edición final en libro, podrían servir, sin duda, como ejemplos de lo que es el ensayo, ese género que es más dúctil si cabe que la novela, porque esta, a fin de cuentas, en su proteica realidad, debe pretender, siquiera de modo subyacente o difuso, pero sin llegar a olvidarlo de todo, narrar algo. Esa exigencia narrativa es algo que el ensayo desconoce, ignora o, sencillamente, ensaya, pondera, valora. Muchos de los ensayos poseen una estructura narrativa, muchos de los de este libro y otros de Iván de la Nuez así lo demuestran, pero eso no es un corsé, sino apenas un esqueleto que los vertebra y sostiene. El ensayo se nutre de ideas, de iluminaciones, reflexiones, hallazgos, mientras que la novela pareciera pastar sobre todo de la materia, de las cosas, de la realidad que pasa así a ser narrada. La escritura de Iván de la Nuez es una felicísima serie de invenciones, de aciertos, de explosiones de pensamiento que, finalmente, alumbran la realidad y le dan sentido. Solo por eso merece ya leer cualquier texto de Iván de la Nuez, desde sus tuits hasta las monografías más o menos extensas como El comunista manifiesto. Lo pasmoso en el caso de Cubantropía es que esos textos escritos durante tres décadas mantengan una unidad no ya temática o estilística, que la tienen, sino que compartan un mismo modo de ver, descreído y afectuoso, que va perfilando esa realidad conjetural que es Cuba, crisol de realidades y deseos, representación del choque de la ideología con la realidad, sinécdoque insospechada del mundo que nos ha tocado vivir.

Si Cuba, a casi setenta años de la Revolución, sigue despertando tantas pasiones, es porque, como los ensayos de Iván de la Nuez, sigue siendo un perpetuo ensayo, una revolución revolucionada, una praxis siempre puesta en práctica, un barco que no termina ni de hundirse ni de reparar las brechas que lo llevan a pique. Y eso se aprecia de modo tangible en los ensayos de Iván de la Nuez, que van repasando la particular deriva entrópica, cubantrópica, en que se ha sumido la población isleña. Antonio Benítez Rojo trazó la metáfora de la insularidad caribeña como metonimia del mundo, y De la Nuez se atreve a reclamar, o como mínimo a proyectar, la idea de que la encrucijada en que se encuentra la isla con forma de caimán que cierra, o abre, la línea de islas que confina al mar Caribe, lejos de ser una rareza o una singularidad, puede, y acaso deba, ser leída como una metáfora mucho más inquietante del estado en general del planeta.

Quizás, es posible, cuando Iván de la Nuez comenzó a vivir su particular diáspora, que lo ha mantenido siempre unido y siempre alejado de la isla, de sus autoridades y de los que las cuestionan desde fuera, porque parte del problema de todo artista o escritor cubano de hace cincuenta años ahora haya sido ser un buen púgil capaz de mantener la distancia adecuada para que no le caigan golpes desde todos los lados, no pudiera aún intuir como su particular retrato del devenir de la isla, de su política, de su arte, de las interpretaciones, más o menos interesadas, que se han hecho del mismo, terminaría no ya por ser una pieza imprescindible para entender lo que ha sucedido en la isla, sino lo que ha pasado en el mundo. Existe el peligro de acercarse a Cubantropía como si fuera tan solo un libro sobre la isla y sus producciones artísticas, y es más que posible que muchos lleguen a él siguiendo ese reclamo, pero evidenciaría una capacidad de lectura muy chata y superficial salir de él pensando que se trata de un libro que solo habla de eso. Hace ya muchos años que Cuba es un vector al que todo el planeta mira y que, por lo tanto, termina por devolver un reflejo, más o menos deforme, de aquel que se mira en él. Y este libro en buena medida provoca en el lector unos efectos semejantes. Como reza el aforismo de Lichtenberg (cuánto tiene el ensayo de Iván de la Nuez de perpetua creación aforística), un libro no es más que un espejo, que al mono no le devuelve la imagen de un hombre. Por eso, una de las más sugestivas consecuencias de este libro es ver hasta qué punto puede convertirse en una herramienta con la que decodificar el presente que nos atrapa. Todo el presente, no solo el de la isla, y vislumbrar, siquiera tenuemente, el futuro que nos alcanza incensante.

 

Antonio Jiménez Morato (Madrid, 1976) es escritor, crítico y traductor. Su libro más reciente es la recopilación de ensayos sobre literatura latinoamericana contemporánea La piedra que se escribe (Festina, Ciudad de México, 2016). Además ha publicado la novela Lima y limón, que cuenta con ediciones en cuatro países y una digital de alcance global, y Mezclados y agitados. Entre otras cosas es el director de penúltiMa.