El director de todo esto reflexiona acerca de la estrechez de miras y previsibilidad de la crítica española, sobre todo de la que se ejerce desde los diarios establecidos y que se ha plegado de modo completamente servil a los mecanismos promocionales del mercado, renunciando a mantener una mirada auténticamente crítica sobre la producción editorial.

 

Que cada uno tiene sus aficiones es algo irrebatible e incluso positivo para el devenir de la humanidad. Si todos tuviéramos las mismas costumbres y aficiones esto sería muy monocromático. Todos sabemos que esa posibilidad algo que cada día les interesa más a los interesados en el lucro sistemático desde el sistema, y acaso sobre ello, aunque sea de un modo tangencial, es de lo que voy a hablarles. Sí les advierto desde ya que pueden quedarse tranquilos, no soy especialmente adepto a las teorías conspirativas ni nada por el estilo. Acompáñenme un poco en esta reflexión.

Hay dos tipos de lectores de las predicciones zodiacales. Los que las leen antes, para saber qué les deparará el futuro, y los que las leen después, para comprobar la eficiencia o sencillamente la fiabilidad del invento. Los creyentes y los escépticos, para decirlo un poco más claro. No sé a qué grupo pertenecerán ustedes, yo soy de los dos tipos. Me explicaré. Desde hace años, más como una costumbre o ritual absurdo y un poco cómico, me sorprendo mirando las predicciones del horóscopo para el año que comienza en estos primeros días del año. No es porque sienta un fervor especial por este tipo de vaticinios, no se crean. Tiene mucho que ver el olvidarse de llevarse algo de lectura al baño y terminar echando mano del teléfono móvil que uno suele tener en el bolsillo. Gracias a este tipo de lapsus uno ha terminado por conocer una cantidad de horóscopos inaudita. Hay que ver la de cosas que se han sacado del magín en las diferentes culturas observando las rotaciones de la cúpula celeste. Lo hago más por curiosidad que otra cosa, la verdad, y me llama la atención que sea un comportamiento que no se reproduce en otro momento del año. Apenas los auspicios para el año que comienza, sin que vuelva a consultarlos en los siguientes doce meses.

Pero, de un tiempo a esta parte, he comenzado a realizar otro tipo de consultas, más propias del escéptico, que me han resultado más reveladoras, y es de eso, en realidad, de lo que venía a hablarles. Cierto día, de modo azaroso como sucede siempre en estos casos, entré en un bar y me topé con un periódico que alguien había abandonado en la barra abierto por la página del horóscopo. Como sucede siempre en estos casos el instinto me hizo leer los augurios que me vaticinaba el periódico para aquel día. Me sorprendió que los hechos descritos cuadraban bastante con lo que me había sucedido el día anterior. No lo recuerdo con precisión, pero debió ser algo del tipo «Un encuentro inesperado supondrá un importante cambio en tu vida», y coincidió con que el día anterior me habían llamado para ofrecerme un trabajo. En fin, me debió pillar en un momento de especial debilidad e interpreté la profecía de modo acorde con mis vivencias, o sea, busqué el parecido de modo inconsciente, como sucede cuando contemplamos una trama o una imagen aparentemente abstracta en la que, anamorfosis mediante, creemos reconocer una imagen reconocible. De todos modos, qué paradoja la de que la predicción del día encajase en lo sucedido el día anterior y no en lo que estaba por venir. Acertar la quiniela el lunes es sencillo, me dije, y sin más cerré el periódico y pedí un cortado. Pero, oh sorpresa, al hacer el gesto de cerrar el periódico reparé en que la noticia que ocupaba la primera plana no era, digamos, nueva, sino que ya la conocía, y al buscar la fecha del diario me topé con la inquietante realidad: era el periódico del día anterior. Lejos de la imagen cortaziana del periódico convertido en un mero amasijo de papel cuando termina el día, aquello tomaba para mí un aire mucho más turbador. Aquel horóscopo había acertado en su conjetura, y solo más tarde, y de modo fortuito, yo había tomado conciencia de esa certeza.

Tampoco se asusten, no me convertí, para nada, en un devoto de la buenaventura. Aquello inició un experimento de más profundo calado en el que, además de leer las predicciones del año que comienza, repaso las del año anterior para cerciorarme de la exactitud de las mismas. Compruebo, con cierto alivio, que las predicciones zodiacales siguen sin ser una ciencia, se mueven siempre en el terreno de lo ambiguo y lo alusivo, y rara vez llegan a acertar. Menos mal que de modo empírico puede confirmar mi concepción del mundo. Imagínense lo que sería la vida andando por ahí sin certezas ontológicas y teleológicas. Un disparate.

Pero, y es más determinante a efectos de este texto, lo que hago de un tiempo a esta parte es realizar el mismo gesto con dos tipos de artículos que leemos en un orden equivocado para poder sacar verdaderas conclusiones de ellos. La secuencia natural en la que aparecen dentro de los medios de comunicación suele ser la siguiente: en diciembre aparecen artículos donde, a título individual o colectivo –o, lo más enfermizo de todo, escritos por una única persona que se postula como el medio al completo–, se repasa «lo mejor del año». Luego, en enero, aparecen los artículos sobre lo que nos deparará el año que comienza, las novedades más esperadas o promisorias del nuevo ejercicio. A veces, este tipo de artículo vuelve a aparecer al final del verano para hablar de los lanzamientos con los que las editoriales cubrirán el plan editorial del año.

Bien, hasta aquí nada que ustedes no conozcan. Vayamos a hechos concretos: hace unos días, un suplemento cultural tuvo el desparpajo de incluir en la entradilla de su artículo sobre lo mejor del año la referencia a que la ausencia de novedades de unos cuantos autores, los que allí deben considerar los fundamentales, había «complicado» la vida a los críticos y permitido que el elegido fuera un libro determinado. Las redes se poblaron de críticas hacia al supuesto machismo de la afirmación –para que quede claro, los autores fundamentales son hombres talluditos, la autora cuya novela había sido elegida la mejor es una mujer más jovencita–, y pasaron por alto lo más determinante: los críticos, sobre todo los de los medios establecidos, leen sometidos a una serie de prejuicios que acotan su espectro de lecturas y predisponen a la valoración que hacen de las mismas. Lo único que puede explicar que, pese a lo reciente de su publicación, ningún crítico haya incluido Los llanos de Federico Falco en las listas de lo mejor del año se debe, prefiero pensar, a que, sencillamente, no lo han leído. Nadie con un criterio medianamente formado puede transitar por esa novela sin reparar en su calidad indiscutible, tanto por lo que cuenta como por el modo en que lo cuenta. Su ausencia en todas las listas se debe a que no se ha leído, y por qué ha sucedido esto: porque no es un autor conocido y renombrado al que hay que leer. La paradoja de lo sucedido este año en las listas de lo mejor del año pasado es justamente lo contrario de lo que tanto indignó a los que en las redes bramaban contra esa inoportuna entradilla. Digámoslo claro: si Un amor ha sido elegido libro del año es porque Sara Mesa ya ha entrado en el selecto club de autores al que los coordinadores de los periódicos y los críticos que colaboran en ellos conocen. Por eso la novela ha sido leída por el que debía escribir la crítica y por otros que sencillamente se han acercado a ella por interés o, y esto es lo determinante, porque sienten que deben hacerlo, porque Mesa es ya una autora consagrada dentro del ámbito literario y uno debe interesarse por lo que hace. Y punto.

Es por eso que el libro de Sara Mesa estaba en los artículos de las novedades que estaban por llegar. Lo verdaderamente práctico y útil si uno quiere comprender cómo funciona la prensa cultural española, esa oxímoron, es releer los artículos de las novedades por venir con el de lo mejor del año en la otra mano. Y, oh sorpresa, salen los mismos libros. Los libros que se anuncian como los que serán relevantes terminan siendo los relevantes. Da lo mismo que sean un horror, da lo mismo que en una crítica de Babelia Jordi Gracia destrozara la última novela de Pérez-Reverte. Al final el muermo de cada año de Pérez-Reverte sale en las listas de lo mejor del año de Babelia. Como el de Marías ganará en cada año en que haya una novedad de Marías. De hecho ya está anunciada una para este 2021 y desde ya les digo que el de Marías será el libro del año 2021 para Babelia. No me crean a mí. Hagan ustedes mismos el ejercicio de dedicarle un rato al asunto en internet y pongan las pestañas la una al lado de la otra e irán comprobando que el porcentaje de libros que están en las listas de lo mejor del año de cada medio son los mismos que fueron ya promocionados a bombo y platillo en artículos sobre los títulos más esperados.

Hay excepciones, balas perdidas, que terminan por provocar gestos más simpáticos si cabe. Un libro, de una autora novela, editado por una editorial chiquitita de provincias que va funcionando con el boca a boca y termina siendo uno de los «fenómenos del año» –otro día hablamos si habría sido un fenómeno si cambiásemos una sencilla variable: que hubiera sido un autor; aspecto este que comienza a dar muchas pistas sobre el favoritismo con el que se ha leído un libro que es una novela bastante común de iniciación con ciertas veleidades lingüísticas casi cómicas en su realización, por lo visto el sonido de alguien vomitando es “jucujucu”, cosas veredes–, recibe finalmente su reseña en el suplemento de prestigio, y dicha reseña es, como no podía ser de otro modo, convergente y sancionadora del éxito popular, totalmente acrítica con la novela en tanto que producción artística y abiertamente acomodaticia con la deriva del mercado. Ni siquiera la dignidad de ignorar el asunto y asumir, al menos, que te han colado un gol precisamente por trabajar siempre con las mismas cuatro editoriales y los mismos cuatro autores. No, hasta ese punto se pliega un suplemento cultural a día de hoy al mercado. Cuando no sirve como promoción más o menos descarada de las novedades que las editoriales quieren ver promocionadas termina por aplaudir lo que el consumidor ya ensalzó. Y la nave va.

En fin, lo que realmente les quería apuntar es que se ahorren tiempo y esfuerzos y lean con atención toda esa avalancha de artículos sobre los libros que van a ir llegando a las mesas de novedades de las librerías. Son los mismo que aparecerán en diciembre como los mejores del año, incluso si son auténticas patatas, como el caso de El paraíso en la otra esquina de Vargas Llosa, que pese a ser un trabajo de un alumno aplicado de secundaria los críticos de ciertos medios no tuvieron empacho en considerar como «la mejor novela del año».

En todo caso, como es más que posible que esta referencia final haya subrayado, ¿quién se acuerda hoy, menos de veinte años después de su publicación, de esa novela del marido de Isabel Preysler?, ¿hay alguien siquiera que se atreviera a nombrarla al hablar del autor de La ciudad y los perros, pues fue elegido mejor libro del año, no les digo más, en fin, como decía, lo que viene a quedar claro es, ¿a quién, más allá de a los elegidos, obviamente, le importa un pepino lo de salir en la selección de lo mejor del año cuando las librerías lo devuelven todo el día 7 de enero y comienzan a reponer con las novedades de enero?

 

Antonio Jiménez Morato (Madrid, 1976) es escritor, crítico y traductor. Su libro más reciente es la recopilación de ensayos sobre literatura latinoamericana contemporánea La piedra que se escribe (Festina, Ciudad de México, 2016). Además ha publicado la novela Lima y limón, que cuenta con ediciones en cuatro países y una digital de alcance global, y Mezclados y agitados. Entre otras cosas es el director de penúltiMa.

La imagen que ilustra el texto es una instantánea de Shenzhen Longhua Book City.