Los lectores en castellano están de enhorabuena, la editorial Contraseña se ha animado a publicar a una autora fundamental para entender la literatura afroamericana, que convulsionó al mundo cultural en 1975 con la publicación de Corregidora, editada por Toni Morrison en Random House cuando apenas tenía 25 años y era aún una estudiante de posgrado iniciando su carrea en el entorno académico. La peripecia vital de Gayl Jones es enormemente sugestiva, al calor del éxito de su primera novela publicó una segunda narración de largo aliento, que generó convulsas reacciones por su retrato del racismo y la violencia, y un libro de relatos. Luego dejó transcurrir una década antes de poner en circulación un nuevo libro de relatos. Doce años después de este, veinte desde aquellos primeros libros, exiliada por motivos políticos en Europa, entregó a sus editores dos novelas que se publicaron con un año de diferencia y en 2021, tras otras dos décadas de silencio (y de desaparición mediática, no hay fotografías suyas conocidas desde hace treinta años ya que cuando volvieron su esposo y ella a los Estados Unidos lo hicieron de incógnito y bajo nuevas identidades), la escritora de 74 años ha publicado dos novelas, una en 2021 y otra en 2022 que han recibido de nuevo una unánima aclamación crítica y han sido candidatas a los más prestigiosos premios que se entregan en el mundo editorial estadounidense. Aunque sigue sin dar pistas de su existencia. Así que, por fin, el lector que no tenga la posibilidad de leer en inglés, puede acercarse al mundo singular y subyugante de Gayl Jones. Un regalo de cara a las fiestas para terminar este ejercicio. Ya la tienen en las mejores librerías.

 

Mutt y yo nos casamos en 1947. Por entonces yo cantaba en el café de Happy, en las inmediaciones de la calle Delaware. No le gustó que siguiera actuando después de la boda porque, decía, se había casado conmigo precisamente para mantenerme. Le dije que no cantaba para ganarme la vida, que lo hacía porque me lo pedía el cuerpo, pero nunca llegó a entenderlo. Contrajimos matrimonio en diciembre de 1947 y, en abril de 1948, Mutt se acercó borracho al Happy para largarme que, si no salía del escenario, me iba a obligar a hacerlo. No le hice caso y a Mutt lo echaron unos tipos. Mientras interpretaba las primeras canciones lo vi asomarse, borracho y con cara de pocos amigos; después dejé de verlo y pensé que se habría marchado a casa a dormir la mona. Yo siempre salía por la puerta trasera. Había que bajar unos escalones estrechos que daban a un callejón y enseguida llegabas al hotel Drake, donde Mutt y yo nos hospedábamos. Me despedí dando las buenas noches y salí por detrás.
—Soy tu marido. Tienes que hacerme caso a mí, no a esos.
Al principio no me percaté porque estaba detrás de la puerta oculto en la oscuridad. Solo lo vi cuando me agarró por la cintura e hice por zafarme.
—No me gustan esos tíos que se lían contigo.
—Nadie se lía conmigo.
—Sí, con la mirada.
Y caí rodando por las escaleras.
Los médicos del hospital dictaminaron que tenían que extirparme el útero. Después de eso, Mutt y yo dejamos de vivir juntos. Además, al enterarme de lo ocurrido, no permití que me visitara. Me contaron que había ido cuando aún no estaba consciente y que no paré de insultarlo en mis delirios, también a los médicos y a las enfermeras.

Tadpole McCormick era el dueño del café de Happy, un negro de Kentucky, de Hazard, en concreto, con la mandíbula cuadrada y los pómulos prominentes. Yo ya cantaba en el Happy cuando Demosthenes Washington lo adquirió, más o menos dos años antes de que Tadpole se hiciera cargo. Nunca supe por qué el bar tenía ese nombre, ya que ninguno de los dueños que conocí se llamaba así. Tadpole contaba que le pusieron el apodo porque de chico siempre andaba enredando en las charcas con los renacuajos. Vino a verme cuando me permitieron recibir visitas.
—¿Cómo estás, U. C.? —No se sentó en la silla junto a la cama, sino que permaneció de pie.
—Bien.
—Me han dicho que soltaste algún que otro reniego mientras estuviste ingresada.
—Eso dicen.
No siguió hablando. Estaba claro que se sentía incómodo. Le pedí que se sentara.
—No, gracias —me contestó. Después añadió—: Bueno, te quería decir que no se le permite entrar en el local, así que ya no volverá a darte la vara.
—Tampoco le dejan entrar en casa. ¿Y ahora cómo te las apañas?
—He pillado un grupito, la orquesta de Eddy Pace.
—Ah.
No añadió nada más.
—¿Estás al corriente de lo ocurrido? —pregunté.
Asintió con la cabeza.
—¿Alguna vez te ha parecido que algo te repta bajo la piel?
Asintió de la misma manera.
—Taddy, ¿me llevarás a casa cuando salga de aquí?
Dijo que sí.

Llegado el día de volver a casa, no me llevó al Drake. Tadpole tenía un piso de tres habitaciones encima del bar. Dormí en un sofá que se desplegaba y hacía de cama, él durmió en un sofá normal. Todavía me encontraba débil y los puntos aún tardarían en soltarse. La primera comida que me preparó fue una sopa de verduras. Él no tomó nada. Se sentó junto a la cama.
—Me alegra que no pensaras que con «casa» me refería al Drake.
—No le han prohibido volver –respondió él.
La sopa estaba buena, pero solo me pasaba el caldo. No se me iban las náuseas.
—No sé por qué pensaba que querrías más.
—No, no tengo hambre. Se me ha revuelto el estómago con todos los potingues que me han metido.
Ya casi era de noche, pero no me pareció oír música abajo.
—¿Dónde está la orquesta?
—Les dije que no vinieran esta noche.
—¿Y qué pasa con la parroquia?
—Tú eres más importante.
No dije nada. Por lo visto volvía a sentirse incómodo. Recogió el tazón y lo llevó a la cocina. Volvió y me dijo:
—Siguen viniendo a beber. —Y añadió—: Me voy abajo. Luego vuelvo a ver si necesitas algo.
—Vale.
Se fue.
Me desperté a su regreso.
—Te hacía durmiendo —dijo.
—No.
—Te conviene. ¿Cómo estás?
—Pachucha aún. En realidad, no se trata de mi cuerpo.
—¿Qué sientes?
—Algo así como que parte de mi vida estaba ya condenada sin remedio… a la esterilidad.
—Es de suponer que una mujer no lo lleve bien. —¿Y qué pasa con el hombre?
—¿Te refieres a Mutt? No estarás pensando en volver con él, ¿verdad?
—No, me refiero a cualquier otro hombre.
—En mi caso, eso no tendría importancia. Yo únicamente puedo hablar por mí.
Me quedé callada. Aunque me habría gustado que se explicara, no se lo pedí.
—Me han entrado ganas de dormir —dije.
Apagó la luz y se dirigió a la habitación contigua, donde estaba el sofá. Cerró la puerta.

Permanecí echada con la sensación de que me habían vaciado más allá del útero. Mientras Tadpole estaba abajo, me miré de nuevo los puntos en el vientre. Volvería a trabajar en cuanto se soltaran; eso y… Sin querer, me vino a la cabeza que estaba yendo deprisa con él. ¿Adónde conducían esas conversaciones nuestras? Hacia una necesidad a cuya satisfacción no podría corresponder. En muchos aspectos me sentía disminuida. Por supuesto, me divorciaría de Mutt… Me puse a dormir.

A la mañana siguiente, Tadpole me encontró mirando al techo.
—¿No has podido dormir?
—Sí, solo que me he despertado temprano.
—Me comentaron que podías tomar un zumo para desayunar, nada solido todavía.
—¿Vas a seguir la dieta de esa gente?
—Sí, claro.
Fue a la cocina y volvió con un zumo. Mientras me lo bebía, vació el orinal. Regresó y permaneció de pie mirándome. Puse mala cara, pero no le indiqué que dejara de hacerlo. Terminé el zumo, luego le di el vaso. Lo llevó a la cocina y regresó a mi lado para observarme.
—¿Qué pasa, Taddy?
—Nada. Me voy abajo.
—Vale. ¿Eso querías?
—Vuelvo luego a ver cómo estás. —Bien, Taddy.
Aún se quedó mirándome un momento.
—¿Qué pasa?
—El médico quiere verte dentro de un par de semanas para comprobar cómo sigues. Te llevaré.
—Vale.
Se fue y bajó al bar.

Cuando Tad subió, yo estaba durmiendo. Me desperté en cuanto abrió la puerta.
—¿Has dormido bien?
—Sí, muy bien.
—Cat Lawson te ha preparado una sopa de pollo. —Dale las gracias de mi parte.
—Ya se las he dado.
Catherine Lawson vivía justo enfrente del café de Happy. Alisaba el cabello de la gente. Aunque no era peluquera profesional, acudían a ella igualmente y solían darle un par de dólares por ese trabajo.
Tadpole sacó la mesita, me trajo una cuchara de la cocina para la sopa y le quitó el papel de aluminio al tazón.
—Mejor, tómate primero la pastilla.
Agarró las pastillas y me dio una con un poco de agua. No me comí el pollo. Aún tenía el estómago revuelto.
—Me dijeron que también sufrías de gastritis, que no te alimentabas bien.
—Sí que comía bien.
—O que se te veía muy preocupada.
—No puedo hablar contigo de eso.
—Ya estoy al corriente de casi todo.
—¿Ves?, no tengo que contarte nada.
En cuanto terminé, apartó la mesa y llevó el tazón a la cocina.
—Cat me ha dicho que, si te hace falta cualquier cosa, solo tienes que hacérselo saber.
—Es un encanto de mujer.
—No es un encanto. Se preocupa por ti.
—Bueno es saberlo.
Me puso la mano en la frente.
—Según tengo entendido, las enfermeras estaban aterrorizadas contigo porque no parabas de insultarlas y soltabas palabrotas que jamás habían oído. No paraban de preguntarme si eras gitana.
—¿Y qué les dijiste?
—Vaya, que no; que, si tú eras gitana, yo era ruso.
—¿Y quién te dice que no lo eres? Vete a saber si tu bisabuela no se lio con uno, pongamos, en una barca por el Volga.
—¿Te vuelven boba esas pastillas?
—Ya lo soy. No me hacen falta para eso.
No siguió, tampoco yo. Se sentó en el borde de la cama.
—Ursa Corre. Sé qué significa la U, pero no me aclaro con la C: Corrente, Corredo…
—Corregidora, el viejo Corregidora, el portugués negrero y proxeneta (¿así los llaman?). Se follaba a sus putas y procreaba su propia raza. Ellas jodían y tenían que darle el dinero que ganaban. Mi abuela era hija suya y también se la tiraba. Ella contaba que, con la abolición de la esclavitud, quemaron los documentos de los esclavos, y allí no había pasado nada.
—¿Y quién te contó esa historia?
—Mi bisabuela le contó a mi abuela sus desventuras, aquellas que su hija no había tenido que soportar; mi abuela le contó a mi madre todo por lo que habían pasado ambas, y mi madre me contó el sufrimiento de todas ellas. Ahora nos toca transmitirlo de generación en generación para que no se olvide nunca, pese a que lo quemaron todo con intención de hacer ver que nada había ocurrido. ¿Y ahora dónde está la siguiente generación?
Asintió con un gesto sin articular palabra alguna.
—¿Cómo está Cat? —le pregunté.
—Asegura que no puede quejarse. Iba yo por la calle y me ha preguntado: «Tienes a U. C. en tu casa, ¿verdad?». Le he contestado que sí. Imaginaba que me iba a caer buena, hazte una idea. Luego ha añadido: «Entra un momento. Le he preparado una sopa de pollo. No quiero llevársela yo porque acaba de salir del hospital; las mujeres se ponen hechas unas arpías en esos casos y prefiero no acercarme a ninguna. Hazle saber que subiré a verla en cuanto se sienta mejor».
—Vale, vale. Ya decía yo que no venía a verme. Dile que ya he dejado de despotricar.
—¿Estás segura?
—Bueno…
—He entrado en su casa y olía igual que si estuvieran asando la cabeza de alguien… A mí no me dijeron ni mu.
—¿Cómo?
—Me refiero a esas historias que te relataba tu abuela. Imagino que habrá personas que se las guarden dentro.
—Bueno, hay hechos que no pueden ocultarse. No te he contado que el viejo Corregidora era el padre de mi abuela y también de mi madre. —Taddy, enmudecido, frunció el entrecejo—. Mi madre siempre me decía: «Ursa, eres la responsable de la siguiente generación». Me he criado con esa fijación.
Tad permaneció callado. Después dijo:
—Supongo que lo odias, ¿verdad?
—No llegué a conocer a ese bastardo.
Torció el gesto y me di cuenta de que no se refería al viejo; así y todo, continué sin inmutarme:
—Tengo una foto suya, una que birló la bisabuela, supongo, así sabemos a quién odiamos. Era alto, de pelo, barba y bigote encanecidos, un viejo con bastón que tenía el pie torcido para fuera, no para dentro, para fuera; el cuello, echado hacia delante, como si estuviera furioso con algo invisible. Un portugués pirado. De vez en cuando saco la foto, así no me olvido de su careto.
—No has caído en a quién me refería, ¿verdad?
—He caído en cuanto has terminado la frase.
Se calló. Tampoco pidió que le contestara. Me dejó sola y se fue abajo de nuevo.

Un marinero portugués adquirió una plantación. Era niña, pero la sacó de los campos y la puso a trabajar en su prostíbulo, era niña todavía. Iba por ahí o llevaba a los hombres al lugar aquel y él la obligaba a entregarle el dinero que le daban. Había otras mujeres que hacían lo mismo. Sí, era la más bonita de las chiquillas, con los ojos rasgados y la tez del color del café, su favorita. «Una bonita pieza. Mi favorita. Dorita. Mi pepita de oro».
La bisabuela se sentaba en la mecedora y yo, en su regazo. Me contaba siempre la misma historia, una y otra vez. Colocaba sus manos en torno a mi cintura y yo me recostaba. Mientras hablaba, me fijaba en sus manos. Las movía abriéndolas y cerrándolas. No las necesitaba para sostenerme en su falda y a veces notaba que le sudaban las palmas. La mujer de la casa con la piel más oscura, la mujer color café, tenía las manos surcadas de arrugas. Se diría que las palabras la ayudaban, como si repetidas una y otra vez pudieran sustituir a la memoria, significaban más que la pura memoria. Diríase que las palabras solas bastaban para alimentar su rabia. Una de esas veces en las que me hablaba, comenzó a acariciarme los muslos y sentí el sudor en las piernas. Se refrenó, se detuvo y volvió a sostenerme por la cintura.
—… era un hombre fornido en aquel tiempo. Tenía el pelo negro, liso y brillante. Muy alto. Igualito a uno de esos indios creek del carbón. Lo malo era que, si le decías que parecía indio, se ponía hecho una furia y te pegaba. Sí, recuerdo el día que me sacó de la plantación, del cafetal. En unos campos habían plantado caña de azúcar; en otros, algodón, y en otros, tabaco, como por aquí. En otros lugares tenían a nuestros hombres trabajando en la mina. Primero me poseyó él, dijo que me iba a domar. Al cabo comenzó a traerme hombres que me pagaban y yo tenía que darle el dinero. Sí, tuvo un ataque o algo así y el pie se le quedó torcido. Cuentan que no paraba de rezar y llamar a todos sus negros para decirles que les pagaría esto o lo otro si le curaban, y todos aseguraban, por el contrario, que nada tenían que ver con su mal de ojo. Aun así, se puso bien, no se murió. Tan solo se le quedó el pie valgo y volvió a ser el de siempre. Un tanto le pasó en el cuello, porque miraba como si buscara algo inencontrable. No sé cómo la palmó porque por entonces yo me había ido a Luisiana, pero estoy segura de que no se marchó en paz. Sí, se hizo esa foto después de sufrir el ataque. La birlé pensando que, si el mal se me aparecía, quería estar segura de reconocerlo y poder decir: «Así es el mal». Ya sabes a qué me refiero. Sí, follaba más que nadie. No, no sé qué hizo con las demás.
Palmas sudorosas, manos atezadas y bruñidas por el sol.

—¿Dormías?
—No, tenía una ensoñación.
—¿Cuál?
—Ya te la he contado.
No dijo nada. Llevaba unas cajas.
—He traído tus cosas.
—Te lo iba a pedir, pero no quería molestarte más. —Tendría que haber caído. Lo pensé cuando mencionaste esa foto.
—Ah. ¿Estaba él en casa?
—No. Se ha mudado. Me han comentado que metió tus cosas en cajas y que las guardaron. No sabían si alguien se acercaría a por ellas.
—¿Te dijeron a dónde ha ido?

 

Gayl Jones nació el 23 de noviembre de 1957 en Lexington (Estados Unidos). Se la considera una figura clave en la literatura afroamericana del siglo XX. Su primera novela, Corregidora, publicada en 1975, recibió elogios de escritores como Toni Morrison, James Baldwin, Maya Angelou o John Updike. Toni Morrison dijo que, después de Corregidora, ninguna novela cuya protagonista fuera una mujer negra sería ya lo mismo. Entre sus restantes obras podemos citar las novelas Eva’s Man, The Healing, Mosquito, Palmares y The Birdcatcher, las colecciones de relatos White Rat y Raveena, y los libros de poesía Xarque and Other Poems o Deep Song and Other Poems.

La imagen que ilustra el artículo es de PS Spencer y está extraída de un artículo publicado por el Departamento de estudios afroamericanos de la universidad de Princeton.