Pocos músicos de pop rock presentan el influjo del lider de New Order[1], Bernard Sumner. La singularidad de haber compartido con Ian Curtis la aventura de Joy Division, y haber superado el suicidio de este para refundar su destino pop en una nueva banda. Esa peripecia vital le sirve a Gustavo Álvarez Núñez para desarrollar una de las biografías con forma de ficción que reunió en su libro Vidas epifánicas. 

 

Electricista diplomado antes de convertirse, gracias al punk, en músico intuitivo, Bernard Sumner agarra su soldadura y arma algunos sequencers rudimentarios. Esos instrumentos prehistóricos le permiten darle cuerpo a esa visión deslumbrante que tuvo en las noches neoyorquinas: un grupo de rock tomando de la música dance su electrónica para crear una mezcla de rigor y excesos, de precisión y fragilidad. Después de un error de conexión en su estudio de Manchester, donde Barney enchufa sin darse cuenta su sequencer al charleston de su baterista, el grupo inventa en vivo y en directo la primera canción de música dance moderna, la siempre actual Everything´s Gone Green, borrador de un monstruo por venir: el inagotable Blue Monday, asombrosa pasarela que unirá, a partir del 83, el rock y la música dance.[2]

Ocurrió súbitamente. Habíamos ingresado en una discoteca a la que íbamos muy a menudo. Tras pasar la puerta, sentí como un chispazo. Miré al otro lado de la barra y ahí estaba ella. Me miraba. ¿Cómo pude saber que me miraba a mí y no a cualquier otro ser humano de ese malón de gente que estaba entrando? Aún hoy no lo sé. Ella no bajó los ojos cuando me dispuse a desafiar el carácter altivo de su mirada. Era una señal. Años más tarde, una noche estuve hablando en una fiesta con un jugador de fútbol como Éric Cantona, él me dijo que la autoestima de un futbolista se ve agrandada después de hacer un gol. Uno se cree un ser superior, eso me certificó Cantona. Algo de eso me pasó esa noche en una discoteca neoyorquina.

Me dirigí hacia ella. Sin titubear. Como encendido. Mi autoestima estaba en alza. No podía fallar. No tenía por qué fallar. No recuerdo quién de los dos habló primero, o si fue una sonrisa la que deparó el inicio de la conversación. Si algo me desorientó fue el comentario, nomás entablar el diálogo, sobre mi camisa. No pregunté por qué, la experiencia indicaba que debía seguirle la corriente. ¿Mi camisa? ¿De qué me hablaba?

Pero ella estaba extasiada. No paraba de mencionar lo hermosa que era mi camisa. Hasta me pidió si podía tocarla. No me negué. En un santiamén la estaba acariciando. No recuerdo cómo era mi camisa, ni recuerdo cómo me vestía en esa época. Digamos, están las fotos, podría comprobarlo ya mismo. Pero si tengo que ponerme a rememorar, puedo deducir que formaba parte mi colección de camisas de seda india que le había comprado a un comerciante amigo de Tony Wilson en Londres.

Después de tocar mi camisa, continuó alabándola. Estaba más impresionada aún. Yo también estaba aún más impresionado. ¿De qué se trataba su admiración casi enajenada por mi camisa? No debo pasar por alto que esta mujer –una chica que tendría 20 años– era realmente hermosa. Unos ojos verdes resplandecientes, de esos que causan que no haya ser en la Tierra que no se vea afectado por tan demencial belleza. Si hay algo que no estimé fue el consejo que decía mi padrastro: “Nunca te enamores de unos ojos hermosos”.

Él era fanático de Bette Davis. Ciertamente, de los ojos de Bette Davis. Si bien mi madre tenía unos ojos parecidos, ella era más bella y su cara rebozaba de alegría. Pero cuando mi padrastro se enfurecía con ella –mi madre era muy torpe y cada tanto se le caía un vaso o una taza; los trozos de vidrio se desparramaban por el piso de la cocina y él se encolerizaba–, acometía con esa muletilla. “Nunca te enamores de unos ojos hermosos”, refunfuñaba.

Sin embargo, esa noche no me acordé de la advertencia de mi padrastro ni de los ojos de mi madre. Sólo tenía ojos para esos ojos, los ojos de una chica que sólo tenía ojos para mi camisa. Mi cabeza se había nublado. Si yo emitía una palabra, era sólo por supervivencia. Mi timidez se acomodó furibundamente. Había sido arrebatado por el desparpajo de una chica muy desenvuelta. La experiencia indicaba que debía seguirle la corriente.

Así lo hice. Sonaba un tema que me caía muy simpático, “You’ll Always Find Me In The Kitchen At Parties”, la historia de un joven que acaba de pelearse con su novia y asiste a una fiesta. Es torpe con las palabras y suele naufragar entre los rechazos de las chicas. En la fiesta tantea suerte con varias hasta que logra que una baile con él. El título de la canción dice mucho más que la letra: “En las fiestas siempre me vas a encontrar en la cocina”. Entre la resignación y la ironía, el concepto es acertado y genial: el alistamiento al club de los parias, de los losers, de los rechazados. La pista de baile es para los ganadores, los perdedores nos divertimos en la cocina.

Sin embargo, no era mi caso esa noche. Tenía frente a mí a la chica de los ojos verdes resplandecientes, tenía frente a mí a una mujer hermosa, tenía también frente a mí un problema si a mi mujer se le ocurría salir esa noche. Ella machacaba y machacaba sobre mi camisa, sobre lo que despertaba en ella mi camisa. Exaltada, se movía vivazmente, sus manos palpaban mis hombros y rozaban la camisa, la maldita camisa. Porque si había algo que ya me estaba aburriendo era su total ceguera y admiración por mi camisa.

Y pese a que era absurdo el éxtasis que alegaba la chica de los ojos verdes resplandecientes, más absurda era mi postura. ¿Cómo podía tener celos de mi camisa? Yo soy mi camisa. No tenía que olvidarlo. Mi camisa hace a mi identidad. Por algo la había comprado. Entre una serie de distintas opciones, yo la había escogido para sacarla del anonimato. Y si esa noche la usaba es porque comunicaba algo de mí insoslayable. No por nada cada elemento de mi armario había sido meticulosamente adquirido para que justamente pasase esto que estaba pasando: que una señorita hermosa me mirase a los ojos mientras hablábamos.

Lo que no había planeado –si es que uno puede planear este tipo de reacciones– es que sintiese celos de mi camisa. Si yo soy mi camisa, ¿qué estupideces pasaban por mi cabezota de rockero desalmado? ¿Estaba desdoblado y no lo sabía? Al fin entendía tantas cosas que algunos amigos comentaban sobre el sujeto escindido. Sin embargo, quería huir de esta puesta en escena de Dr. Jekyll y Mr. Hyde. En unas horas podría deshacerme de mi camisa, pero seguiría lidiando conmigo mismo. Y eso que sólo había tomado un pequeño cóctel de pastillas…

La chica de los ojos verdes resplandecientes, de repente, dejó de hablar. No descifré lo súbito de su silencio hasta que tuve delante de mis narices a mi mujer. Me estampó un beso como una muestra casual de marcar territorio y se dirigió hacia donde se hallaban nuestros amigos. La chica de los ojos verdes resplandecientes, mi camisa y yo, de repente, avistamos que el ambiente se había enrarecido y que no podríamos alargar la pantomima.

Ella dejó su trago sin terminar y me dio la espalda. En vez de escoltarla con la vista, me fijé automáticamente si mi mujer espiaba lo que estaba aconteciendo: sólo estaba cotorreando con tres de mis amigos. Mi mujer no era celosa pero tampoco idiota. Yo no era ni soy un don Juan ni ella era ni es la diosa Hera. Pero sabíamos que la noche puede engañar a cualquiera imprevistamente, desencadenando una tormenta donde hasta hace un minuto había un sol pleno. La noche no sabe de amigos ni enemigos: su moral es la traición. Así que estábamos avisados. Sabíamos que caminábamos sobre hielo delgado. Sabíamos que la próxima víctima en caer en las garras de la tentación podía ser cualquiera de nosotros. Sabíamos que podíamos equivocarnos generosamente…

Una vez mi querido amigo Ian Curtis me preguntó, de manera banal, “¿En qué habíamos fallado?”, y yo le respondí, también de manera banal, “Soñar”. La noche, engañosamente, invita a soñar. Un soñar más contiguo a la fantasía que a lo imposible. No sé en qué punto son iguales ni en qué punto no se cruzan: la fantasía, lo imposible, los sueños. Pero la noche teje ese sutil pasaje en que el fantasear vislumbra la posibilidad de que lo imposible sea una realidad.

La chica de los ojos verdes resplandecientes había entrado en mi pasado, y mi camisa permanecía conmigo. A lo lejos, mi mujer escuchaba a mi amigo Ted mientras mantenía la mirada en un grupo que bailaba en la pista. Se me acercó Neil, un productor con quien deseaba trabajar pero que invariablemente tenía una excusa categórica para dejarlo para otro momento. Habremos estado parloteando cinco minutos –bueno, fue un monólogo de él; era una situación muy común en Nueva York: la gente hablaba de sus proyectos como si se tratase del último descubrimiento de la ciencia; muy lejos de la calidad de diálogo que uno entabla en otras ciudades del mundo–. Cuando Neil finalizó, me volví hacia mi mujer y de vuelta ella tenía la mirada puesta en la pista de baile.

Algo sonaba extraño. ¿Por qué persistía mi mujer en tomar en consideración a ese grupo que bailaba alegremente? Me cercioré de que no estuviese la chica de los ojos verdes resplandecientes. Entonces entendí todo: la que imponía el ritmo de ese conjunto de amigos rendidos a las manos del DJ de turno era Michelle, una bonita escritora. Yo había salido solo –era mi jornada de soltería dentro de los códigos de pareja que manejábamos con mi mujer–, estaba bailando en el borde de la pista –siempre me atrajo más rondar por los costados, por algo me entusiasmaba una canción como “You’ll Always Find Me In The Kitchen At Parties”– y de repente estaba hablando con Michelle.

Esa noche la gente estaba muy desinhibida. Se celebraba una fiesta de Nueva York y todos se lo habían tomado en serio. Y se estaban tomando todo en serie. Alcohol, pastillas, drogas e infinidad de cigarrillos. Habría un hongo de humo sobre nosotros. Nunca lo constaté. La combinación era venenosa. Las pupilas dilatadas. Las narices casi henchidas. Brillaba la piel de cada uno a los que observaba. No me fijé en el espejo del baño, pero imagino que mi cara no desentonaba entre las otras.

Yo bailaba solo. Había terminado un trago y mis manos estaban libres. Balanceaba un poco el cuerpo, me reía. Había sido un día raro, no me pude concentrar en nada. Pese a que tenía una tarea destinada, no logré enfocarme. Y ahí estaba, al costado de la pista, tratando de concentrarme en la música. Hasta que apareció ella. Me dijo algo al oído que no entendí, le pregunté si me podía repetir lo que había dicho. Me agarró del brazo y me llevó hacia la barra. Ahí sí la oí con claridad.

Me preguntó si me acordaba de ella. Me acordaba de ella vagamente aunque me hice el distraído. La experiencia indicaba que debía seguirle la corriente. Le contesté que sí pero que no recordaba de dónde. Nos habíamos conocido un año antes, en París. Michelle estaba presentando su segunda novela. Como con mi mujer éramos amigos del editor del libro, fuimos con un grupo de gente a cenar al término del evento. No se lo comenté, pero no tenía el recuerdo de que fuese tan atractiva. “Ah, París. Claro, París”, le dije escuetamente. Si yo estaba borracho y drogado, ella estaba más borracha y más drogada que yo. Sin embargo, Michelle acarreaba con la charla.

A pesar de mi poca afabilidad, ella no renunciaba a su tarea. Y cada vez más, en su bamboleo –que podía ser tanto producto de la música como del estado de embriaguez y drogadicción–, su aproximación hacia mí era intimidante. Porque si yo quería, le podía comer la boca muy cómodamente: la tenía a una distancia mínima. Y esa fue la foto que tomó mi mujer –no valió de nada mi justificación de que era mi jornada de soltería dentro de los códigos de la pareja– cuando pude distinguirla avanzando con los ojos llenos de furia hacia nosotros.

Michelle, de tan borracha y drogada que estaba, ni se enteró. Yo estaba indignado. “¿Cómo puede ser que no confíes en tu hombre? Además, nosotros tenemos códigos”, gritaba yo. Mi mujer estaba indignada. “¿Cómo puede ser que yo confíe en mi hombre? Además, nosotros tenemos códigos”, gritaba ella. Michelle, de tan borracha y drogada que estaba, le hablaba casi rozándole la boca a mi mujer. El espectáculo era tan confuso y tan hermoso como la vida misma.

[1] New Order es uno de los referentes obligados del tecno pop. Después del suicidio de Ian Curtis (el cantante del grupo británico post punk Joy Division) en 1980, sus tres compañeros (el guitarrista Bernard Summer, el bajista Peter Hook y el baterista Stephen Morris) y la tecladista Gillian Gilbert formaron New Order. Sus discos fundamentales: Power, Corruption & Lies, Brotherhood y Get Ready. El maxi Blue Monday es uno de los más vendidos de la historia.

[2] JD Beauvallet, Les Inrockuptibles, Francia, 1997.

 

Gustavo Álvarez Núñez

Gustavo Álvarez Núñez nació en la provincia de Buenos Aires en 1968. Es poeta, editor, ensayista de cultura pop y músico. Fue director editorial de la versión argentina de Les Inrockuptibles (1996-2004) y colaboró en medios nacionales e internacionales. En 2012 lanzó un libro de conversaciones con el músico Daniel Melero: Antes, ahora y después. Por una biografía posible. Publicó cuatro libros de poemas: Sweet home, Panamericana (1999), Pulsiones (2006), Tratado sobre los padres (2013) y Bailemos (2015). Al frente del grupo de rock Spleen formó parte del underground argentino de la segunda mitad de los noventa, con un solo álbum en su haber (Travesía ideal, 1998), la participación en varios compilados y el lanzamiento póstumo en 2009 de Deriva – Fin (dos discos inéditos). En 2016 lanzó su disco de debut bajo el acrónimo artístico GAN: “Tierra baldía”. Como compilador se encargó de AntologíaPoetasRock (2003), compuesta en su mayoría con poemas inéditos de músicos de rock argentinos.  Su debut en el mundo de la ficción fue el conjunto de relatos Vidas epifánicas, publicado por Mansalva en 2015.

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