La particular bitácora de lecturas de David Pérez Vega recala esta vez en uno de los textos más reconocidos de la literatura mexicana sobre su Revolución que, como bien señala el reseñista, es imcomprensiblemente casi desconocido fuera de México.

 

Cartucho, de Nellie Campobello
Editorial Era. 170 páginas. 1ª edición de 1931, ésta es de 2013.
Prólogo de Jorge Aguilar Mora

Cuando en el verano de 2017 estuve en México y me dedicaba a buscar en sus librerías algunos de los libros más importantes de la historia literaria del país, mi amigo Federico Guzmán me aconsejó que comprara Cartucho de Nellie Campobello (Villa Ocampo, México, 1900 – Ciudad de México, 1986). Cartucho fue el último de los libros que añadí a la maleta. Lo compré en la librería de El Péndulo de la colonia de La Condesa. El dependiente que me atendió, un chico muy joven, me dijo algo así como: «Se lleva usted un libro muy bueno». Lo leí después de Noticias del imperio de Fernando del Paso. Así que pasé del México de mediados del siglo XIX y la ocupación francesa, al siglo XX y la Revolución; ya que Cartucho (subtitulado Relatos de la lucha en el norte de México) habla de los hombres de Pancho Villa y los años revolucionarios (1916-1920), en los estados del norte de México, principalmente en el estado de Chihuahua.

El libro se abre con un extenso prólogo del escritor Jorge Aguilar Mora. En él, Mora afirma: «Cien años de soledad no hubiera sido posible sin Pedro Páramo y Pedro Páramo no hubiera sido posible sin Cartucho de Nellie Campobello. Ésta anticipa lúcidamente muchos rasgos que definirían el estilo de Rulfo.» (pág. 10). Lo cierto es que, al comienzo del prólogo, cuando Aguilar Mora empieza a hablar de Cien años de soledad relacionándolo con Pedro Páramo me encontraba un poco desubicado, me decía ¿pero este prólogo no era sobre Cartucho? Pero lo cierto es que me ha gustado mucho cómo se hilaban las ideas. Cien años de soledad lo leí a los veinte años y lo releí hace no mucho. Pedro Páramo lo leí también hace veinte años y tengo que releerlo. Sin embargo, al leer Cartucho sí que he pensado en Pedro Páramo, o en el recuerdo borroso que yo guardo de los cactus, los muertos y las piedras de Pedro Páramo.

Aguilar Mora le informa al lector de que Cartucho se publicó por primera vez en 1931 y que en su segunda edición de 1940 el texto se amplió bastante. La primera edición tiene treinta y tres textos y la segunda cincuenta y seis. Aguilar Mora compara una edición con otra y elige la primera, que le parece más pura y rupturista. Además cuestiona la idea de que Cartucho sea una novela, podría ser un libro de relatos o una crónica. Yo la he querido leer como novela, porque sus treinta y tres piezas breves (que pueden leerse perfectamente como relatos autónomos) están unidos por el peso de una misma voz narrativa (la de la niña Nellie Campobello), mantienen una unidad de lugar (casi todo ocurre en el pueblo de Parra, estado de Chihuahua, o sus alrededores) y algunos de los revolucionarios villistas que se retratan en estas páginas saltan de un relato a otro, y el mismo suceso se cuenta desde perspectivas diferentes.

El libro se divide en tres partes: Hombres del Norte (siete relatos), Fusilados (veintiún relatos) y En el fuego (cinco relatos).

El primer cuento (titulado Él) empieza con la siguiente frase: «Cartucho no dijo su nombre.» Cartucho representa aquí a un hombre cualquiera, un pobre del Norte que decide unirse a Villa y hacer la Revolución, su nombre y sus armas se identifican. Posiblemente morirá joven. Es curioso, porque a pesar de que el libro se abre apelando a un hombre indeterminado, casi todos los textos parecen escritos para recordar a alguien en concreto y abundan los títulos en los que aparecen nombres propios. Así, el héroe perdido de la Revolución encuentra su hueco glorioso en las páginas de Cartucho.

Muchos de los relatos (o tal vez capítulos) de Cartucho no llegan a ocupar una página. Los más largos quizás tienen cuatro. Campobello escribe con frases cortas, esenciales, el ritmo es muy rápido. Casi todos los textos los he leído al menos dos veces, como si se tratase de un libro de poemas. En muy pocas líneas se transmite mucha información y es fácil perder alguna relación causal en lo narrado.

Campobello elige la mirada de una niña para narrar sus textos. Las historias, pese a la intensidad de lo vivido, están siendo evocadas desde algún punto del futuro, haciendo revivir la pureza de la mirada infantil. El mundo descrito es profundamente violento. Sobre todo en la segunda parte (Fusilados), donde en cada texto muere, al menos, un hombre, la presencia de la muerte es abrumadora. En cierto modo, me ha recordado –por su angustia­– a La parte de los crímenes de 2666 de Roberto Bolaño. Las historias se sitúan en Hidalgo de Parral (en el libro se llama simplemente «Parral»), en el estado de Chihuahua, donde vivió de niña la autora. Parral le gustaba a Villa, un pueblo que tomó muchas veces durante sus años de revolucionario («Villa en esos momentos era dueño de Parral», leemos en la página 117). La niña asume como natural la violencia que le rodea: «“Más de trescientos hombres fusilados en los mismos momentos, dentro de un cuartel, es mucho más impresionante”, decían las gentes, pero nuestros ojos infantiles lo encontraron bastante natural.» (pág. 81). En el cuento Desde una ventana, Se produce un fusilamiento cerca de la casa de la narradora, y el cuerpo se quedó en la calle tres días muerto. La niña se asoma a la ventana por las noches, antes de dormir, para ver al que siente como «su muerto». Al final se llevan el cuerpo y el relato acaba con esta frase: «Me dormí aquel día soñando en que fusilarían otro y deseando que fuera junto a mi casa.» (pág. 88)

Ya he comentado que he leído casi todos los textos al menos dos veces, como si se tratase de poemas. Cuando he leído microrrelatos, muchos de ellos basaban su fuerza en el hecho de que su frase de cierra hacía que lo leído cobrase una nueva interpretación y por tanto estas frases servían para crear una sensación de sorpresa. Las frases de cierre de los relatos de Campobello no actúan así, sino que, como ocurre en la poesía, remarcan algo que ya se ha expuesto previamente. La violencia y la ternura (presencia de muñecas o juegos) se entreveran. A pesar de que Campobello está describiendo un mundo de hombres, también cobra importancia aquí el personaje de Mamá, una mujer que admira a Pancho Villa y sus revolucionarios. Villa aparece alguna vez retratado en estas páginas. Es alguien capad de llorar cuando da un discurso a unos campesinos, que luchaban contra él, y los perdona de ser fusilados porque no tiene nada en su contra y desea que sigan cultivando la tierra.

Según el análisis de Aguilar Mora, durante las primeras décadas de su aparición se ninguneó la inclusión de Cartucho en el canon de la literatura mexicana porque estaba escrito por una mujer, que además vivió muchos años a la sombra de algunos de los grandes intelectuales de la época, como el escritor Martín Luis Guzmán (del que es posible que fuera amante) y porque este libro reivindicaba la figura de Pancho Villa, algo no deseable a nivel político, tras el triunfo en la revolución de las facción de Venustiano Carranza (contra quien luchan los villistas en estos relatos) y Álvaro Obregón. Existen además muchas lagunas en la biografía de Campobello, empezando por el nombre, que es un seudónimo, y las fechas de su nacimiento y muerte. Además, parece que durante el último año de su vida sufrió un secuestro, un asunto turbio del que se habla en la cronología de la autora incluida al final del libro.

Cartucho es un texto realmente moderno. Cuesta creer que se está leyendo un libro de 1931. Es una lectura fascinante, con páginas brillantes y cautivadoras, que no ponen su énfasis en los grandes combates sino en los detalles nimios de los hombres que participaron en aquel conflicto, en las cosas que suceden en «una tarde tranquila, borrada en la historia de la revolución.» De hecho, es posible que libros como Cartucho adelantaran el realismo mágico de unas décadas después en Hispanoamérica. En el cuento Las hojas verdes de Martín López los carrancistas no se creen que Martín López, uno de los hombres más importantes para los villistas, esté realmente muerto y cuando llegan al lugar donde ha sido enterrado, lo desentierran para comprobarlo: «Le tenían tanto miedo que, cuando lo sacaron de debajo de la tierra, lo vieron incrédulos. Le sacudieron la cara, le limpiaron los ojos, le abrieron la blusa y le vieron el vientre donde tenía alojada la bala. También le despegaron unas hojas todavía verdes que le cubrían la herida. Hicieron muchas cosas para convencerse de que Martín estaba muerto. Martín López, el joven que les había hecho tantas derrotas, aquel joven general que no les dejaba ni dormir. Le tenían mucho miedo.» (pág. 152) Creo que antes, cuando hablaba de la niña que quería que fusilaran a otra persona para tener un nuevo muerto que la acompañara, estaba clara la influencia de este libro sobre Juan Rulfo, y en este párrafo final que dejo aquí, el del muerto desenterrado, creo que además de Rulfo podemos ver ya el realismo mágico de Gabriel García Márquez.

He buscado en la red si Cartucho ha sido editado en España y no lo encuentro. Me parece increíble que un libro como éste sea perfectamente desconocido en nuestro país, que no haya una edición comentada de Cátedra, por ejemplo. Cartucho es un libro importante dentro de la historia de la literatura en español del siglo XX. Que no esté editado en España nos habla, de nuevo, de la falta de comunicación entre nuestro país e Hispanoamérica. Trataré de comentarle a alguno de los editores que conozco la existencia de este libro. Lo más seguro es que me digan que la propuesta suena interesante, que no salga el proyecto y así.

 

David Pérez Vega (Madrid, 1974). Trabaja como profesor de Economía en un colegio. Reseña libros los martes en la Revista Eñe Digital y en su blog “Desde la ciudad sin cines”. Ha publicado tres novelas (“Los insignes”, “El hombre ajeno” y “Acantilados de Howth”), un libro de relatos (“Koundara”) y dos poemarios (“El bar de Lee” y “Siempre nos quedará Casablanca”). Ha vivido en Móstoles y actualmente lo hace en Madrid.

Todo texto es un Palimpsesto, pero más todavía los que versan sobre otras producciones culturales. Haciendo un leve homenaje a Genette, en Palimpsestos se recogerán los textos críticos. En penúltiMa la crítica es meditación y diálogo. Los textos que pasan a entretejerse con aquellos de los que hablan.