Que la novela de más reciente traducción al castellano de Mircea Cărtărescu es excepcional es algo que puede intuirse por muchos motivos: su extensión, los premios y atención crítica que ha ido recabando e, incluso, que la acompañe un “posfacio” (palabra que no existe en castellano) en su edición. Por esos y otros muchos motivos Alejandro Badillo ha decidido atravesar sus ochocientas páginas de apretada tipografía.

 

Desde hace varios años parece que la autoficción se ha impuesto como un tema obligado para los narradores, sobre todo en el continente europeo. Teniendo como origen el rompimiento con la literatura decimonónica, ocurrido con las vanguardias del siglo XX, el género biográfico se ha insertado en un mercado editorial que demanda historias en las que el autor sea el protagonista. La visión del escritor que cuenta sin tapujos las incidencias de su vida no es algo nuevo, por supuesto. La literatura autobiográfica se puede remontar a los autores grecolatinos o a los expedicionarios que descorrieron el velo de grandes regiones del mundo. En los últimos siglos, también, se afianzó este género no como una exhibición de asuntos privados sino como una toma de posición frente a crisis sociales y políticas. Se puede leer la extensa autobiografía de Elías Canetti comprendida en cuatro volúmenes no sólo como una confesión sino como un testimonio profundo de la época que le tocó vivir al escritor de origen sefardí. La ejemplar autobiografía de Amos Oz tiene vínculos profundos con la formación del Estado de Israel después de la Segunda Guerra Mundial y la feroz problemática en Medio Oriente. Sin embargo, a contracorriente de esa forma de entender el género autobiográfico, los nuevos exponentes como el noruego Karl Ove Knausgård, autor del ciclo llamado “Mi lucha”, parecen más enfrascados en contar las minucias de su vida que en reflexionar, a través de la memoria y las vivencias, sobre el mundo y los países por los que caminan. Este fenómeno, sin duda, se entreteje con la exposición cada vez mayor de cualquier persona a través de los medios de comunicación digitales y las redes sociales. Esa nueva ola descree de los héroes ficticios y usa el perfil del escritor no como figura pública sino como un poblador de 1984, la fantasía orwelliana en la que los ciudadanos son observados las 24 horas del día por el gobierno. En la versión de inicios del siglo XXI, el consumidor de libros es el que quiere ver la vida del autor todo el tiempo: en festivales, entrevistas, declaraciones públicas, anuncios en las calles y en internet. Sin embargo, esta exposición masiva –al contrario de lo que ocurría en el pasado– se queda en la superficie, lejos de simbolismos, sólo satisfaciendo la mirada voyeur del lector que se contenta con devaneos intrascendentes siempre y cuando los pueda relacionar con alguien de carne y hueso.

Mircea Cărtărescu (Bucarest, 1956) navega en la memoria y en su biografía a través de Solenoide. Llamada por la editorial española Impedimenta –que ha traducido y publicado buena parte de su obra– como “una novela monumental, deslumbrante, en la que resuenan ecos de Pynchon, Rikle, Borges y Kafka”. De inicio tenemos un concepto problemático. La novela como ficción contrapuesta con los hechos verídicos de una biografía. Cărtărescu, sin embargo, hace un juego ambiguo: en ningún momento afirma que autor y narrador son el mismo ente. A pesar de eso, cualquier lector, al iniciar los primeros capítulos de Solenoide, puede encontrar vasos comunicantes entre Cărtărescu y el maestro de escuela que –en medio de sus días en apariencia ordinarios– nos cuenta con total minucia sus experiencias en la Rumania de la época comunista.

Visto a través de esta lente podríamos pensar que, en las casi 800 páginas del libro, Cărtărescu deshilvana situaciones cotidianas que necesitan una mirada general, de largo alcance, para abarcar la propuesta de la obra. La vida de un maestro de una pequeña escuela, el ir y venir cotidiano, podría convertir un libro extenso en un terreno farragoso y trivial, sobre todo porque el narrador de Solenoide no participa en ninguna gesta revolucionaria, tampoco critica el régimen de su país o vive aventuras que dificilmente protagonizaría un individuo común. Incluso parecería que el autor hace todo lo posible por evitar cualquier referencia a la situación política y social de Rumania en las décadas de los sesenta y setenta. Apenas algunas referencias sobre la pobreza en la que nace, pero sin que esta situación distinga al protagonista del resto de los habitantes marginales de su región. Ante este limbo que parece desbaratar cualquier elemento llamativo, el autor se vale de una herramienta interesante para evitar el mero recuento de hechos inocuos: la mirada que puede, a través de la imaginación, convertir la simple visita a un laboratorio escolar en un viaje alucinante. Sin entrar en el terreno del realismo mágico, en el que un hecho maravilloso irrumpe sin explicaciones en un escenario cotidiano, en Solenoide tenemos que el artificio mayor para cambiar la realidad es la simple sorpresa infantil, la capacidad de asombro ante la primera experiencia amorosa, el primer desencanto o la intromisión gradual al mundo de los adultos. La mente, navegando en los recuerdos, funciona como el punto de quiebre que introduce la ficción. A veces son suposiciones que vuelven, una y otra vez, a la vida del narrador, como la historia de su hermano muerto en la infancia y la espiral de casualidades que separan a la vida de la muerte. En otras ocasiones es la búsqueda del detalle lo que hace que el mundo se torne fantástico. La soledad cultivada de manera enfermiza logra que el maestro de escuela se invente historias, segundas realidades o universos paralelos que se mueven en medio de la molicie de sus días casi idénticos.

Quizás, el elemento que apela más a la credulidad del lector es, precisamente, el “solenoide”, es decir, el mecanismo externo que, sin mayor explicación, sirve como detonante de los recuerdos: un instrumento que, según el diccionario, es: “bobina cilíndrica de hilo conductor arrollado de manera que la corriente eléctrica produzca un intenso campo magnético”. Una tecnología sacada de quién sabe dónde es el símil de la madalena de Proust. El juego con el aparato no sólo se puede ver en los pasajes en los que el protagonista flota impulsado y protegido por las ondas magnéticas, sino que el solenoide representa, por sí mismo, la poética del autor: hechos que se concatenan de forma arbitraria, como diminutas partículas que brotan espontáneas en la página, impulsadas por fuerzas caprichosas.

Llegado a este punto y, retomando los grandes elogios que ha generado el libro –sobre todo en Europa–, conviene reflexionar sobre cómo se inserta Solenoide en el mercado editorial actual. En primer lugar tenemos una obra extensa que, al contrario de otras novelas de las mismas dimensiones, no tiene un hilo conductor más allá de la propia visión y perspectiva de un narrador en casi perpetua metamorfosis. La mayoría de novelas de largo aliento –pensemos en las sagas juveniles o históricas– mantienen una unidad en las anécdotas y se sirven, incluso, de elementos cinematográficos para no perder la atención del lector. Hay una serie de misterios que mantienen en vilo la trama, cabos sueltos que tarde o temprano se resolverán y héroes que cumplen a cabalidad su estereotipo. A contracorriente de estos libros, la obra del autor rumano apuesta por la dispersión y la anarquía. Quizás, por esta razón, los mejores pasajes son aquellos en los que el lenguaje se aleja de un entendimiento cabal, en sintonía con el resto de los capítulos, y brilla por su cuenta. En estos momentos las incidencias del maestro de escuela van más allá del tono narrativo para insertarse en lo ensayístico o lo poético. Gracias a estos devaneos se logra construir, por momentos, atmósferas que rehúyen el recuento simplón, entregado a la contemplación vacía.

Solenoide, hecho este recuento, es una novela que sacrifica tensión por desmesura. Es sabido que, en cuanto a géneros, el relato busca la síntesis y el uso casi matemático de los recursos narrativos: nada falta y nada sobra. Al contrario de esto, la novela es un edificio enciclopédico que acepta todo. De esta forma muchos capítulos de Solenoide podrían parecer meras conexiones a la nada o un simple pretexto para seguir avanzando el mayor número de páginas posible. Una obra extensa lleva, casi por definición, una impronta de egolatría y una sensación de suficiencia por más que su protagonista nos lleve de duda en duda. Este tipo de novelas crean su propio mundo y –como en un big bang– se expanden asumiendo que, en todo momento, cada parte es legítima por el sólo hecho de existir, de ser pensada y escrita. Por esto cada párrafo puede ramificarse sin buscar, por inercia, una estructura cerrada. Las aventuras y recuerdos del personaje pueden seguir indefinidamente hasta que, sin ninguna razón aparente, el escritor decide poner punto final a la historia. Por esta razón, Solenoide necesita un lector dispuesto a acometer la faena, capaz de encontrar los ecos y los guiños.

Solenoide, a pesar de las apariencias, dista mucho de la novedad –ya en el texto de contraportada que referí líneas arriba se puede encontrar el nombre de Thomas Pynchon como uno de los precursores, en especial su novela El arcoiris de gravedad, publicada en 1973 y en la que hay una densa trama de situaciones entre humorísticas, históricas y fantásticas– y también se puede recurrir a autores como William Gaddis, John Barth y Gregor Von Rezzori, entre muchos otros, que plantearon desde distintos ángulos novelas expansivas. Todos ellos usaron la digresión y las historias con diversos focos como herramientas de vanguardia en el siglo xx, cuando se intentaba superar la novela decimonónica y enfrentar los retos que planteaba el ascenso de la narrativa cinematográfica como fuente masiva de entretenimiento. Teniendo estas referencias, me parece que Solenoide no es –como en su momento lo fueron En busca del tiempo perdido o el Ulises– una obra que cambie la manera de entender y escribir la literatura. Incluso, se podría afirmar que la novela de Mircea Cărtărescu pertenece, a pesar de su disfraz posmoderno, al siglo XX, una época en la que la novela aún podía ser vehículo para las grandes hazañas y abarcar casi todos los ámbitos de la experiencia humana.

 

Alejandro Badillo (Ciudad de México, 1977), es autor de los libros de cuento Ella sigue dormida (Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles (BUAP), Tolvaneras (SC Puebla), Crónicas de Liliput (BUAP), El clan de los estetas (Universidad Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela) y las novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta/ Secretaría de Cultura del DF) y Por una cabeza (Ficticia Editorial / Universidad Autónoma de Nayarit. Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Ha participado en publicaciones como Luvina de la Universidad de Guadalajara, GQ, Letras Libres y el suplemento “Confabulario” de El Universal. Colabora con cuentos y crítica literaria desde el año 2000 en la revista Crítica de la BUAP. Es exbecario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes.

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