Publicada en la editora cordobesa Alción, esta nueva novela de Carlos Ardohain pivota en torno a la figura femenina que la da nombra y confirma la vocación insobornable por la literatura de su autor.  Aquí ofrecemos los dos primeros de los breves capítulos en que se presenta.

Un lugar al margen del dolor

Bonarda López entró al bar y caminó decidida hasta la barra, se paró al lado de uno de los taburetes, deslizó su mano por la superficie de cuerina marrón para limpiarla de polvo y se sentó. El mozo, nada más verla, le sirvió su trago de siempre: un gancia con hielo. En el local no había casi nadie a esa hora de la madrugada, las tenues luces amarillentas sugerían un aire teatral y contribuían a hacer menos visible la suciedad. Un borracho que estaba sentado en una de las mesas del fondo levantó su cabeza vacilante y al verla le gritó: —Che, profesora, ¿te la lavaste hoy?

Ella ni lo miró, sabía de quién se trataba, solamente alzó su mano derecha con el puño cerrado y el dedo medio extendido en dirección a la mesa. El bar era una especie de pasillo profundo con la barra de un lado y una fila de mesas del otro. El piso estaba embaldosado de blanco y negro, y un espejo sucio colgaba encima de las mesas cercanas a la entrada. Más atrás las paredes estaban adornadas con viejos carteles de publicidad y fotos de deportistas. Los grandes anteojos oscuros de Bonarda no dejaban ver sus ojos hinchados y rojizos. Tenía el cabello estirado hacia atrás y sostenido por una hebilla. Se escuchó entonces el sonido característico con el que el tren anunciaba su partida en la estación de enfrente. Bonarda prendió un cigarrillo. En ese bar se podía fumar, se podía hacer cualquier cosa; nadie prohibía ni preguntaba nada, por eso le gustaba ir ahí. Bonarda López era crítica de arte, y en este caso está bien utilizado el tiempo verbal, ya que esa noche la habían despedido del diario en el que trabajaba y donde publicaba sus reseñas y comentarios. Lo veía venir; y esa noche, cuando llevó el comentario sobre el premio ArgenGas, otorgado en la feria de arte más importante de la ciudad a una obra que era una bolsa de nylon con un par de zapatos viejos y un montón de calamares podridos, el jefe de redacción le ordenó:

—Cambiala, no podemos hacer una crítica negativa sobre ese premio.

Bonarda se negó argumentando que la obra era lisa y llanamente una mierda. Discutieron, elevaron el tono, se gritaron barbaridades y el tipo la echó. Así, sin más. Ella lo insultó y se fue dando un portazo. Estuvo caminando un buen rato sola, sin rumbo y llorando; terminó en ese bar al que iba a menudo, especialmente cuando se sentía mal. El ambiente era ideal para dejarse ir en el dolor, para vivir el tango personal. En ese sentido todos los habitués eran hermanos, todos estaban en la lona. Seres indefensos, condenados por su propia naturaleza al letargo inane de la resignación. El borracho del fondo la conocía y algo había escuchado de su actividad, por eso la había llamado profesora. Ella siempre elegía sentarse en la barra; había aprendido que, en un lugar como ese, una mujer está más protegida y es más inaccesible en la butaca individual del mostrador que en una mesa en la que se puede sentar cualquier perejil con ínfulas de conquistador.

Bonarda pensaba en forma de relato, pensaba por medio del lenguaje construido, de manera que se puso a pensar.

Pensó en Bonarda López entrando a esa hora avanzada de la noche al bar mugroso que estaba frente a la estación de trenes. Había llorado y caminado sola por horas. Ahora quería tomar un par de copas en ese lugar perdido en la ciudad. Se había sentado en la barra y cuando el mozo la vio le trajo lo de siempre: gancia con hielo en vaso alto con un poco de limón. Escuchó ese grito tembloroso que venía del fondo del local y estaba dirigido a ella, una forma grosera y tosca de saludo con ribetes agresivos. Sabía de quién provenía, del borracho que siempre se sentaba en la última mesa. Tuvo el impulso de sonreír ante la ingenuidad casi adolescente del insulto, último recurso del marginal para enfrentarse con el mundo que lo había puesto al borde del nocaut. Pero no sonrió. En cambio le pidió al mozo que le llevara a la mesa otra copa de lo que estuviera tomando, que resultó ser ginebra. Bonarda era alta, flaca, huesuda y fuerte. Antipática según muchos, y temida, acaso odiada, en el medio del arte por sus críticas implacables y sin concesiones. Pero ahora se había quedado sin trabajo. Tal vez le había llegado la hora, el momento de ver rodar su cabeza. Se puso a pensar en las razones por las que podrían cortársela. Y le dio por trazar planes, algo que se le daba mal, pero igual lo hacia. Mientras su pensamiento seguía construyendo un relato mental, se fue tomando tres o cuatro gancias con hielo y limón.

Después caminó hacia el fondo del barsucho, se sentó a la mesa del borracho, que la  miraba con la vista perdida, y le preguntó cómo se llamaba. Le contestó, con voz trabada, que su nombre era Severo. Ella le dijo, mirándolo a los ojos:

—Muy bien, Severo, yo te voy a transformar en un artista.

El cronista inesperado

Cuando conocí a Albertina, ella era una celebridad olvidada. Sobrevivía gracias a la pensión que cobraba por haber ganado el premio municipal de poesía y de lo que obtenía dando talleres de escritura. Tomé contacto con ella después de haber leído todos sus libros y la traducción magnífica que había hecho de la poesía completa de Auden, coronada por un riguroso ensayo en el que arrojaba luz sobre su obra y su vida. La admiré más después de leerlo. La busqué y empecé a ir una vez por semana a su casa para un taller individual. Congeniamos de inmediato. Había sido una mujer hermosa y de algún modo lo era todavía, aunque los años la habían deteriorado. Conservaba su larga cabellera sin teñir y eso le daba un aire clásico, fuera del tiempo. Hacía a menudo un gesto que al principio me intimidó y más tarde entendí como una reafirmación de ciertas autocomplacencias interiores: al terminar alguna frase especialmente feliz levantaba la barbilla y enarcaba las cejas, y después de un instante sonreía, como disculpándose por haber estado tan genial. Con el tiempo empecé a quedarme a cenar con ella después del taller y a disfrutar de sus historias y anécdotas, a pesar de que algunas resultaban un poco incoherentes o acaso inventadas. Albertina bebía mucho, tomaba dos o tres whiskys previos a la botella de vino que nos bebíamos con la comida. Después seguía con el whisky. Y así fue como llegué a conocer a Bonarda, fragmentariamente, mediante los monólogos nocturnos de la poeta que había sido su compañera y, siempre según ella, su gran amor. Albertina y Bonarda se habían conocido en una inauguración de pintura e inmediatamente sintieron una fuerte atracción intelectual. Bonarda era filosa y seca, y Albertina volcánica y barroca. Descubrieron que en muchas cosas se complementaban. Recuerdo especialmente la manera en que Albertina me definió su primer encuentro amoroso: dijo algo así como que la primera noche que habían estado juntas en la cama había sido una especie de viaje a la tercera margen del río. Hacía unos años que se habían separado, dolorosamente y en forma definitiva, y desde entonces Albertina estaba sola.

A veces me hablaba de ella con cariño y otras con odio o dolor. En ocasiones hablaba de sí misma, de cosas que había vivido o hecho y yo pensaba al principio que se refería a Bonarda, de modo que pasado cierto tiempo tenía que recomponer en mi cabeza las historias y acomodarlas en los personajes correctos. Pero esta confusión me gustaba, las ambigüedades me parecían poéticas. Había siempre una bruma borrando los contornos de las formas, las precisiones de los relatos. Era como si Albertina contara siempre con puntos suspensivos, y los personajes también estuvieran suspendidos en el tiempo y en su mente.

Albertina había sufrido hacía algunos años un accidente al caerse de un caballo y se había fracturado la cadera. Como resultado de ello tenía una prótesis y había sido sometida a varias operaciones que le dejaron como secuela una cojera permanente. Estaba obligada a tomar, todos los días, comprimidos para el dolor y la inflamación, lo que mezclado con el alcohol hacía una combinación peligrosa.

Pero Albertina era brillante y, a menudo, genial. Fue muy generosa y pródiga conmigo, me tuvo infinita paciencia y alentó mis torpes progresos. Cuando entraba en el terreno de la confidencia, impulsada por la confianza que crecía entre nosotros, yo agudizaba los sentidos para comprender el vínculo que la había unido a Bonarda y, además, para conocer a Bonarda, ya que su personalidad y su vida me resultaban cada vez más fascinantes.

En su casa conocí a poetas admirados que de otro modo hubieran sido inaccesibles para mí. Muchas veces invitaba a un poeta o escritor a comer y, generosamente, me incluía en la invitación. Los vi comer y beber, oí sus comentarios desdeñosos hacia algunos colegas, sus burlas de críticos y periodistas, los vi perder la elegancia más temprano que tarde. A alguno de ellos me tocó llevarlo en taxi a su casa.

Y así, a pantallazos, en forma de recuerdos esporádicos acumulados a lo largo de muchas noches, fue como conocí a Bonarda y reconstruí su historia, aunque algunas cosas ya no sé si las escuché o las inventé (a veces también yo me pasaba de copas en la cena o después; y alguna noche me habré quedado en casa de Albertina y habré amanecido en su cama también, pero de eso no tengo mucho recuerdo).

Carlos Ardohain (Mar del Plata, 1953) es pintor y escritor. Ha publicado poesía en el libro Poesía en Tierra editado en 2005 por el Fondo de Cultura Económica.  Publicó cuento breve en el libro Voces con Vida, México, 2009; y en el libro Más allá de la medida, España, 2010. Su primera novela, Los incógnitos, fue publicada en España en 2011 por el sello Caballo de Troya. Su segunda novela, Bonarda López, resultó finalista en el Premio Herralde de Novela 2014 y fue publicada a comienzos de 2018 por la editorial cordobesa Alción. Algo de su trabajo poético puede verse en su blog http://tancarloscomoyo.blogia.com/

Preliminares es la sección donde anticipamos libros que se publicarán en breve, Adelantos que sirven como Preliminares del gozoso acto de encuentro con los lectores en forma de libro, donde la experiencia de lectura se torna verdaderamente material.