Como explica en la contraportada del libro Maximiliano Barrientos, el autorretrato del boliviano Saúl Montaño es un hijo bastardo y personal de la literatura de Édouard Léve, donde hay “una aproximación a la vida como si fuera una obra, sin pudor o solemnidad, sin establecer jerarquías entre el sexo, los recuerdos, el consumo cultural y el registro de la cotidianidad.” Un libro único no sólo por la literatura boliviana, sino para la literatura en castellano.

 

Percibo que mi energía vital se concentra en mis antebrazos y aumenta gradualmente hacia mis manos, esta sensación me dice que estoy vivo. A los seis años mis padres me llevaron al médico porque les dije que podía escuchar los latidos de mi corazón. La condición natural de mi cara es de ceño fruncido. Cuando me estreso hago puños. La palabra historia me remite a un sastre de mi pueblo que a la muerte de su esposa fue a las dos de la tarde al cementerio, puso dinamita debajo de sus sobacos y explotó; un amigo recogió sus restos. Me gustaría saber a qué edad dejé de tener poluciones nocturnas. Cuido de hablar frente a amigas por temor a que detecten machismo. Mis dos padres están vivos. Me he acostado con putas, he pagado por sexo. No me he acostado con hombres. Sí observo la belleza de un hombre. No voté por Evo Morales. Si me apremia veo pornografía antes de dormir, buceo en las categorías: asiáticas, amateur e incesto. Mido un metro setenta y siete, peso ciento cinco kilos, tengo más de veinticinco kilos de exceso. He matado a muchos animales. Dos veces sin querer le disparé con arma de fuego a mi madre. Soy hijo único. Puedo ingerir grandes cantidades de alcohol. Fumo hasta dos cajetillas de cigarro en el día. No sé hablar inglés pese a que buena parte de la música que escucho está en ese idioma. Dos veces a la semana tengo erecciones al despertar, me digo: “ok, está todo en orden”. He vencido en peleas a puños y también me han vencido. Digo que estuve un año de cadete en una escuela militar pero en realidad estuve ocho meses, enfermé y mi madre fue a recogerme. Perdí la virginidad a los dieciséis años. Tengo estrías en el abdomen porque engordé rápido en pocos meses. Todos los días me digo que haré ejercicios. En mi adolescencia frecuentaba gimnasios, recuerdo a mi cuerpo de aquel tiempo por las veces que me miraba en los espejos. Estuve en un accidente de tránsito, nada grave. He visto la cara de dos personas muertas. He visto llorar a mi madre y a mi padre. Solo soy discreto cuando la confesión es seria. La primera novia que tuve fue una muchacha guaraní: en el campo, por celos, caminé más de veinte kilómetros hasta su casa, hablé con ella y regresé a la mía. A menudo hablo de la hacienda de mi familia, me cuido de decir que me gusta, es uno de los pocos lugares donde me siento tranquilo pero también me aburre. Cocino mal. Soy desordenado. Fuera de Bolivia, viajé a Buenos Aires, a Santiago, a Lima y a Corumbá. Sudo profusamente de las axilas y de los pies. Uso la cabeza al rape desde mis catorce años. A menudo me repito la frase: “los límites de nuestro lenguaje son los límites de nuestro mundo”. Una ex novia me dijo que yo nunca escribiera mi autobiografía porque no me han ocurrido cosas importantes. Mi timidez se confunde con grosería o engreimiento. En la calle miro alrededor de cuarenta culos por día. Me molesta mucho la prepotencia del vicepresidente García Linera y el cinismo de Evo Morales. He visto a dos parejas tener sexo a pocos metros de donde yo me encontraba. Cinco veces al día es mi récord de masturbación. Digo que sé tocar guitarra: únicamente rancheras. No sé bailar chacarera, sé bailar cumbia. No sé bailar salsa. Recuerdo el primer rechazo de una mujer. He llorado por mujeres. He llorado dos veces rezándole al Dios cristiano. Pierdo tiempo revisando videos de bloopers e imágenes insólitas en internet. Camino pisando ligeramente chueco el pie derecho; de niño, mis padres me colocaban zapatos al revés para corregir esta anomalía. He transcrito completo el libro de cuentos Hijo de Jesús, de Denis Johnson. Grandes éxitos, de Los enanitos verdes, ha sido el álbum que más veces he escuchado; lo tenía en un casete. Buena parte de este libro lo escribí con un bolo de coca en el cachete. No vomito cuando me emborracho, ese es mi fuerte. De mi edad adulta atesoro el recuerdo del sudor de la espalda de una mujer impregnado en mis manos. Me aflige imaginar que pierdo a mis amigos. Una vez mandé brutalmente a la mierda a una mujer. Soy pésimo administrando mi dinero. Gasté mi sueldo de un mes en una noche de joda. Tuve un trabajo serio a la edad de veintiocho años. Temo enfermar de cáncer. Nací en Camiri, una pequeña ciudad ubicada en el Chaco boliviano. De niño, después de las lluvias, calzado con botas de goma, me gustaba salir a caminar por el bosque. La primera vez que visité Santa Cruz tenía cinco años, llegué a las seis de la mañana, me senté sobre una maleta a mirar un gran letrero luminoso de Coca Cola. Sabía leer y escribir antes de ingresar a primaria. Casi me ahogo dos veces: en un río y en una laguna. Me intriga el por qué retengo algunos nombres de personas. Prefiero dormir sobre mi lado izquierdo, aunque también encuentro el sueño en otras posiciones. Me digo que no tengo miedo a la soledad, pero sospecho que sí la tengo. Detesto los hospitales. Me enamoro fácilmente. Una mujer me ha llamado ingenuo: en respuesta hice un berrinche. Prefiero no rasurarme el pubis. Me gusta caminar en los mercados entre esa cantidad informe huidiza de rostros feos. Me adormece la verborrea de un interlocutor parlanchín pero no sé interrumpirlo. En los espejos descubro los rasgos de mis padres en mi rostro. Puedo mirar televisión durante ocho horas seguidas. No tengo la costumbre de rayar mis libros. Cuando me aburro en una conversación digo, ‘entiendo’, esta muletilla la tomé del personaje de Charlie Sheen en Two and a half men. Adquirí el hábito de contarme historias, normalmente fantasías sexuales o violentas o heroicas en las que yo era el protagonista. Lo hacía en compañía de mi abuelo, mientras él conducía la camioneta y recorríamos la propiedad o las comunidades guaraníes de los alrededores. El primer cuento que escribí se tituló El otro. Actúo de acuerdo a mis intereses. No dudo en calificarme como egoísta. Los niños me ponen nervioso. He bebido cinco días de la semana. He intentado dejar el alcohol pero no he durado más de una semana. La única vez que lloré con un libro fue con Guerra y Paz de Tolstoi y tuve un nudo en la garganta un par de veces con la lectura de Mi libro enterrado, de Mauro Libertella. Hace un par de años tuve ataques de pánico al despertar en las noches y constatar que en algún momento moriría: estos ataques solo se producían en la habitación que yo ocupaba cuando era niño. He sido infiel. Me sobresalto y trato de disimular cuando mi interlocutor encuentra mi falta moral o intelectual. Dos veces me entusiasmé porque iba a ser padre.

 

Saúl Montaño

Saúl Montaño (Camiri, 1985). Ha publicado los libros de relatos Una bandada de pollos en el firmamento (2012) y Desvelo (2016). Autorretrato (2017) es su último libro en clave de no ficción. Actualmente co-administra el blog cultural Hay vida en Marte.

Personae es la sección que habla, como su nombre indica, de las máscaras, tanto las ajenas como la propia, porque todo texto autobiográfico está preñado de ficción y todos los textos ficcionales han brotado de las semillas de nuestra experiencia. Muchas veces la mejor máscara es la del rostro propio.

La imagen que ilustra el texto es un retrato del propio autor cuando era niño.