Incluido en una antología de relatos sobre la guerra del Chaco, Sed y sangre, que publicó la editorial paceña 3600, este relato apenas ha circulado fuera de Bolivia. Así penúltiMa tiene el doble placer de recuperarlo para todo castellanohablante que quiera leerlo y de ese modo tomar contacto con la narrativa de Barahona Michel. 

 

Me conmovía ver a Petra sonriendo y cocinando siempre. Digo que me conmovía, quizá por esa ignorancia tan cuidada en ella, y no sólo por la torpeza de su razón, compensadas con la bondad indiscutible de su corazón. Quizá, también, o sobre todo, porque en los últimos años se había dedicado a cuidar al enfermo, más que a sí misma.

Petra recordaba perfectamente cómo había comenzado todo. Un día la vecina solterona corrió hacia su casa y le dijo: Petra, Petra, ¡ha llegado un forastero de la guerra!

Amigas como eran, se sentaron en la acera para verlo llegar, mientras el aire ardiente se arremolinaba rítmicamente en la calle formando una delgada cortina ocre y verde de tierra y hojas secas que lentamente fue cayendo al suelo, dando lugar a la sombra de una silueta fantasmal nunca antes vista en el pueblo.

El forastero era alto y se notaba que otrora fuerte, porque ahora caminaba remiso, pálido y ojeroso, y con los brazos caídos y sin vitalidad alguna, frisando con éstos y de continuo su uniforme militar, algo ensangrentado en el pecho, donde justamente y por leves momentos brillaba con el reflejo del sol una aherrumbrada divisa de su destacamento, el ciento once. Deshecho como el mismo hombre y esa su alma en jirones, se veía en jirones también su uniforme, además de tieso, raído y enfangado desde el cuello hasta los pies descalzos, llenos de espinas, niguas, y heridas abiertas. Su mirada, sin embargo, de ojos castaños y algo melancólicos estaban intactos pero abarcaban una extensa reminiscencia de curiosidad y dolor contenido.

Su cabeza casi rapada, ampollada por el sol del Chaco, y su barba crecida hasta medio pecho le hacían verse más viejo de lo que en realidad era, pese a que parecía un hombre de edad casi indefinida, pues algunos en el pueblo creyeron que tenía treinta años, y otros, cuarenta. Cuando le preguntaron su nombre, dijo llamarse Emilio, Pedro o quizá Federico, no lo recordaba a cabalidad y entonces Petra supo que él sólo quería olvidar.

La vecina solterona se santiguó mientras pronunciaba seriamente, mirándolo: ‘Es un alma de Dios… un alma de Dios’. Petra permaneció inmóvil y no dijo ni una sola palabra, pero en un súbito instante se puso de pie y sacando un vaso de agua del interior de su casucha de adobe, se lo alcanzó al forastero, salvándolo así de la ráfaga de preguntas que cual metralleta los curiosos vecinos le hacían sin cesar y sin piedad. Que de donde venía, y hacia donde iba, si era un prisionero fugado de los paraguayos, u otras más complicadas, como cuál era la situación de la contienda bélica, que si era cierto lo que decían los periódicos, que si esto, que si lo otro. Fue entonces que conmovida por los parpadeos mudos que emitía el soldado como respuestas, que esperó a que acabase el agua que por cierto se bebió en un santiamén, así que tomándole de un brazo se lo llevó a su casa, a pesar de que el cura del pueblo puso ojos de escándalo, y sugirió más bien avisar a las autoridades, devolverlo a la guerra, o internarlo en un hospital.

Sin embargo, nadie hizo nada, no porque a nadie le importara, sino porque todos estaban demasiado ocupados con sus vidas como para preocuparse de un extraño soldado sin edad que más que fugado de una prisión de guerra, parecía un disidente salido de una cruenta batalla contra sí mismo.

Con una piedad similar a la de la Verónica, Petra secó las heridas de aquel moribundo con un lienzo de tocuyo y luego las lavó, delicadamente, con agua hervida, como las monjas le habían enseñado en el orfelinato paceño. Entonces, el forastero, emitiendo muecas de dolor contó, una a una, la historia de sus heridas.

La del pecho, se la había provocado un compañero con un machete afilado al pelear desesperadamente por cuarta cantimplora de agua en medio de un clima de casi cincuenta grados centígrados, no se acordaba bien cuándo, pero Petra calculó que recientemente, pues la herida permanecía profunda y sin cerrar, y un anillo blanco de pus la rodeaba.

Las heridas de la cabeza y de los pies se las había provocado el sol, andando por esos parajes inhóspitos y casi imposibles, como un nómada sobreviviente y solitario, y las de su torso firme y delgado no sabía bien cómo se las había hecho, sólo estaban ahí, como mudos testigos fehacientes de una guerra, de un camino recorrido, de un viaje inacabado.

Mientras vendaba su cintura, Petra vio un número tatuado en su brazo musculoso: trescientos dieciséis, y entonces le hizo una pregunta, una de las pocas que le hizo en toda su vida. Ella quiso saber si era un prisionero fugado, como dijeron en el pueblo que podía serlo.

El forastero no evadió la pregunta, y más bien dio muestras de comprenderla en toda su extensión, pero miró fijamente a su interlocutora con esos sus ojos de castaño casi fascinante y parpadeó un cansancio infinito sin emitir palabra. Entonces, y por segunda vez en aquel día, Petra supo que aquel hombre sólo quería olvidar, y no dijo más. Le dio más agua y secándole los labios resecos con la yema de sus dedos, le acomodó la cabeza sobre la almohada de lana de oveja y lo echó a dormir, mientras pensaba de qué soles habría sido testigo esa piel tostada, en qué camisas blancas o de colores se habría enfundado esa ancha caja torácica, esos ojos atrapados como en sí mismos, qué escenas, paisajes, sombras crepusculares habrían mirado, esos labios qué oraciones habrían rezado, habrían pues amado, recorrido cuerpos de mujeres, copas de vino, cigarros rubios, cantado canciones de cuartel y de amor, de guerra y de chicherías, sabrían algo de ternura esos labios, quien sabe, esos brazos firmes acabados en manos anchas de venas como ríos gruesos de lavanda, dedos pensativos y largos, habrían empuñado sólo las pesadas armas de fuego, o alguna vez la pluma, el pincel, el piano. Preguntas, calladas preguntas que las mujeres se hacen siempre.

Contenta aún sin respuestas esclarecidas, y con la confianza adquirida en la intensa convivencia diaria, Petra se dio modos de afeitarle la barba que por cierto el forastero la tenía oscura y tupida, y con no poco esfuerzo, le extrajo las niguas de los pies acercándole una brasa a la piel afectada.

Así, poco a poco y con la mejoría que el hombre fue adquiriendo, la cercanía entre ambos se mostraba amplia y cristalina, el amor no se había hecho esperar y es así que hasta en sus treguas, el forastero parecía un hombre feliz pues sonreía insistentemente y mientras arreglaba los goznes de la puerta o lijaba la madera de una ventana, solía entonar una cueca bien rítmica cuya frase de comienzo y de estribillo decía ‘Mañana me voy, muy lejos de aquí, cuando me vaya, cuando me ausente, adiós negrita, no has de llorar por mí…’

Moría Petra por preguntar dónde había aprendido esa canción y a qué o a quiénes le recordaba pero no lo hacía, y en vez de eso se prestaba toda oídos a los momentos vivaces o lúcidos de su huésped, que generalmente se producían en las tardes de domingos de amor, después de la misa, y también después de los baños en el río Parapetí, en las noches claras y estrelladas, cuando éste le contaba algunos detalles de su vida, y le refería detalles varios de las vacaciones de su niñez en una campiña llamada Pintantora, los almuerzos con sus padres y hermanos con rostros conocidos, pero sin nombres. Todos juntos, anónimos y alegres al aire libre, los cabellos sueltos de sus hermanas y el de su madre, flotando algo revueltos a causa de la brisa tibia de primavera que sacudía los almendros haciendo caer en tierra sus crocantes frutos.

Petra no sabía si era verdad lo que él narraba o si todo era resultado de su imaginación, o de los desafueros de su memoria, si Pitantora era un lugar real o existía tan sólo en las cuevas recónditas de su mente, pero elegía creerle y jugar a que quien contaba más estrellas, y ya que ella no entendía mucho de números, él siempre se dejaba ganar.

Con el tiempo, el hombre aquel, que a ratos parecía ser su tierno hermano menor, su cercano amigo, su fiel marido, a veces mimado hijo suyo, se había transformado, queriéndolo o no -nadie lo sabía, o peor, comprendía-, en todo lo que Petra tenía en su vida.

Pero un día, de repente, el forastero enfermó de anemia, pues tanta guerra e inanición no podían pasar desapercibidos y a diferencia de su memoria, su organismo mermado no podía olvidarlo todo. A causa de su debilidad permaneció sentado y sin moverse durante varios meses, mientras su piel bronceada al natural, se tornaba en palidez sepulcral. Desesperada, Petra le cocinaba hígado de res para contrarrestar aquel mal importuno, y después de asarlo con un poco de sal y limón, lo cortaba en pedacitos para que él comiera, aprovechando el hierro natural.

Sin embargo, por más que lo intentaba el hombre, no podía abrir la boca, y se quedaba hasta la noche enfrente del plato de hígado sobre la mesa, con los pies descansando sobre una almohada, anhelando que la muerte creciera dentro de su cuerpo, como una amiga que le libraría del tumulto de sus dolores.

Con la boca fuertemente cerrada, el forastero se limitaba entonces a seguir a Petra con la vista mientras ella cocinaba su guiso de ají de fideo que vendía a los viajeros del camino y en el trajín entraba y salía y picaba cebollas y ramitos perfumados de perejil y soasaba pedazos de carne de res con tomates, yendo de acá para allá, mientras esos sus ojos de soldado experimentado en requiebros, abandonos y traiciones lo escrutaban todo, curiosos, y dolidos.

Lejos quedaron los domingos de los baños en el Parapetí y los juegos nocturnos de contar las estrellas antes de acostarse, y entonces, sin posibilidad alguna de comer y mejorarse, el forastero sonreía burlándose de sí mismo, pues le resultaba irónico que la guerra no lo hubiese aniquilado y ahora sí viniera a hacerlo una enfermedad absurda. Pese a su paciencia para con él, Petra le quitaba con cierta rabia el plato de hígado y lo tiraba a los perros de la calle, que se peleaban por un solo trozo.

A medianoche, Petra sacaba de cama al forastero y le ataba a su propio cuerpo con una corbata estampada y vieja que no supo nunca de dónde salió, pues éste había llegado sin equipaje alguno. Le conducía así a la letrina para que no cayese al suelo a causa de los temblores de sus débiles músculos, y entonces él se desahogaba echando sus rencores amoniacales sintiendo así cierto alivio del peso de arena acumulado en sus riñones. Luego, se sumía en una duermevela que no duraba mucho, pues pronto, las pesadillas de sed y de guerra le abatían logrando despertarlo con las manos sudadas.

A causa de esa rutina insoportable, y con todo el dolor de su corazón, Petra decidió no dar más comida a su huésped, a su amor, ya que de cualquier manera, parecía que siempre estaba a punto de morir. Y sin embargo, él la seguía mirando con esos sus ojos curiosos y dolidos como un comedido vigía mientras ella se vestía, se desvestía o se trenzaba el cabello, o cuando barría el piso de cemento rociando un poco de agua, o le acomodaba las mantas en la cama después de pegarle con saliva dos hojas de coca en sus sienes cansadas de tanto dolor de cabeza.

Al cabo de tres días de ayuno forzado, Petra no pudo convivir más con la culpa y en vez del hígado de res tuvo una nueva idea y entonces decidió hervir leche en una olla y hacer cocer en ella un puñado de arroz, con un poco de azúcar y aromática canela en rama.

Sirvió y desperdigó por encima un poco más de canela, esta vez en fino polvo del color del palo de rosa y cuando se lo acercó al enfermo, éste sostuvo fuertemente el cazo de lata o fierro enlozado, y de cucharada en cucharada, acabó el preparado, sonriendo con los ojos, que de hecho, no podían esconder su felicidad.

Contrariamente a sus conjeturas, Petra comprobó que día a día el forastero se fortalecía y no moría, sino que vivía, aunque fuera sólo a fuerza de comer aquella suerte de postre, plato fuerte o lo que fuere, preparado por ella como un extraño e insólito ritual de sobrevivencia.

Así, un bienestar muy parecido a la felicidad volvió a la casucha de adobe y el color a las mejillas del forastero, la fuerza también a sus brazos cansados y con ello, las ganas de complacer siempre a su casera. Con el tiempo hasta se dejó el cabello largo hasta los hombros y la barba crecida y poblada que le daba un toque interesante a su rostro, sólo porque a Petra le gustaba más así y además porque creía a pie juntillas que todos los veteranos de guerra tenían derecho a ser por fin, rebeldes en tiempo de paz.

Tal vez por la voluntad de imprimir aquella rebeldía a sus vidas, el forastero no extrañaba la vida del ejército y más bien, con la mejor voluntad del mundo reinstauró la rutina de amante obrero. Componía los elementos más cotidianos de la vida sean estos armellas, chapas y manijas aunque no estuvieran tan averiados, martillándolos, lijándolos, engrasándolos, y haciendo reír a Petra, que decía que nunca antes había tenido una casa donde funcionaran tan bien las cosas, pues las ventanas, por más toscas que fueran no dejaban entrar la lluvia ni el viento, las puertas ordinarias no chirriaban al abrir o cerrar, y sobre todo la gente del pueblo, la vecina y ni siquiera el cura se atrevían a opinar sobre esa libre unión que parecía la historia de un amor samaritano.

Así, tras los días de intenso trabajo doméstico, el forastero solía encender un cigarro de marca Casino, y mientras fumaba contemplaban juntos el atardecer, esperando que el sol se pusiera a lo lejos y entonces se dejaban azorar por lo inacabable del cielo del Chaco bañado por la luz platinada de una luna que siempre parecía cómplice. Se habían reanudado las sesiones de historias sobre picnics familiares y las de contar estrellas.

Un amanecer de mucha lluvia, la vecina irrumpió en la pequeña casa. Era ya la hora del desayuno y callado como era, el forastero no saludó, sino que se limitó a tomar su arroz con leche, sentado a la pequeña mesa de madera lijada. Él no le puso atención alguna, pues miraba los árboles y sembradíos de tuna a través de la ventana y la gente del pueblo yendo a trabajar, azadones al hombro, protegiéndose de la lluvia, con paraguas algunos, con periódicos, otros.

La mujer, beata como era le dijo a Petra que se trataba de un caso de vida o muerte, y no escucharla equivaldría a un sacrilegio, así que sin importarle la lluvia, la tomó del brazo y la sacó hasta la calle para que él no la oyera, y una vez afuera le contó que habían llegado al pueblo dos médicos jóvenes, y que lo mejor sería llevar a su huésped hasta la posta sanitaria para que le administrasen vitaminas y hierro. Era inaudito, dijo, que un hombre adulto sólo pudiese vivir de arroz con leche.

Petra lo pensó un poco: Sería una maldad exponerlo a médicos desconocidos, se dijo a sí misma, y a su comedida amiga, mientras pensativa, miraba la lluvia caer. Sería una maldad, repitió, y recalcó, una maldad dejar que le pincharan con agujas, que le vieran sus angustiosas partes y sus cicatrices, aquellas que sólo ella amaba. Una maldad dejar que le administraran cosas desconocidas como brebajes, quinina o paracetamol, emplastes de humus, transfusiones de sangres.

No, dijo Petra levantando la palma en alto, mirando de frente a su vecina, y dando por acabada la conversación.

Aquella noche, olvidado el incidente de la mañana, Petra y el forastero merendaron juntos el arroz con leche algo entibiado pues la humedad helada arreciaba en el aire y se hacía sentir en sus huesos todavía jóvenes. Contaron las estrellas y después de que el forastero fumase su consabido Casino, Petra lo persiguió muerta de la risa por toda la casa, tijera y toalla en mano, pues ya tocaba igualarle la barba, pero él se escapaba escondiéndose detrás de los muebles como un niño caprichoso que sabía que debía quedarse quieto un buen rato. Por fin él se rindió, tan muerto de la risa como ella, y luego de mirarse en el espejo y ver que había quedado muy bien, retozaron un rato sobre la verde sobrecama hasta que el sueño venció al forastero. Entonces Petra acomodó las mantas de lana y levantándose de puntillas lo dejó dormido en la cama que desde su primera noche allí, había sido de ambos.

Como todas las noches, Petra adelantaba la preparación del guiso del día siguiente que debía estar ya listo para las seis de la mañana, y una vez en la cocina y para no sentirse tan en silencio captó la radio Loyola, ‘la voz de los sin voz’, decía el locutor con voz grave, para enseguida presentar una selección de tangos que le traían el recuerdo de sus buenos padres ausentes, siempre ausentes, pues habían muerto cuando ella era muy niña, un vuelco de su viejo Land Rover en el camino a los Yungas se los arrebató. Al ser hija única, nada de ellos le había quedado, tan sólo un recuerdo como nebuloso o insomne y musical, no tan claro como los recuerdos de su compañero, el forastero. Pero que no fuesen tan claros no quería decir que ella no tuviera recuerdos y entonces mientras oía el bandoneón de Piazzola y pelaba las papas, veía con los ojos de su memoria a su padre bailando con su madre en alguna fiesta familiar en la hacienda yungueña, brazos extendidos, los rostros muy cercanos el uno al otro, la pierna de ella enredada en la de él. Esos eran sus recuerdos, nada más.

Tampoco nada le había quedado de su familia inmediata, que tras la bancarrota de sus padres y casi inmediato accidente se habían esfumado como humo, y por eso vinieron años duros de encierro, y al fin, el escape del orfelinato paceño donde una monja directora inquisitorial y su séquito trataban a las huérfanas como a esclavas coloniales, como a pongos de servicio.

Luego el Chaco, que fue su salvación, pues el bus que la había conducido hacia esos pagos la dejó sola en medio de la nada, su cuerpo robusto y ya algo ganado en carnes, tan distinto al liviano y escuetísimo equipaje que colgaba de su hombro donde llevaba unos trapos viejos, un rosario de plástico y un cuaderno de recetas de cocina que había sido de su madre. Se instaló en una pensión, y con el tiempo, sus manos cocineras la sostuvieron, pues no había viajero que no pasara por el pueblo sin probar su gran ají de fideo que pronto se volvió famoso.

Logró así independizarse y alquilar esa vieja casa de adobe, adonde no hacía mucho, había llegado enfermo su forastero.

La fuga, entonces, y las ausencias varias como constantes casualidades de amor, se dijo para sus adentros, pensando en ella y en él, así que apagando la hornilla, y ahogando la voz del locutor de la radio que deseaba a todos un feliz descanso, se lavó las manos con jabón y después de secarlas con una toalla, tapó las ollas, y apagó la luz.

La noche era cerrada y Petra, rendida, sólo quería perderse en el sueño, pero cuando volvió al único dormitorio de la casucha, halló la puerta entreabierta y la cama deshecha, la verde sobrecama en los suelos. El forastero no estaba.

Pensó en primera instancia que él habría ido a la letrina, pero ya pasaba una hora y él no volvía y no volvía. Lo buscó entonces por todos los alrededores, en algunas casas vecinas, en los sembradíos de tuna, y al no encontrarlo volvió ensopada a la suya, tan sólo para buscarlo debajo de la cama, que era el único lugar que le faltaba por buscar.

Pero nada, él estaba desaparecido. Sentada al borde de la cama, cubierta con la capa negra de la desolación, Petra se preguntaba si la naturaleza del agua que corría por su rostro era lágrimas de lluvia o lluvia de sus propios ojos, pero tuvo un instante de lucidez para atar cabos y saber que la vecina solterona – ¿quién sino?- había robado a su hombre.

Se levantó, decidida, y cruzó el pueblo con la lluvia mansa, goteándole sobre su grueso cuerpo de matrona y entró, chorreante, a la posta sanitaria. Abrió estrepitosa, una puerta rabiosamente blanca y encontró agonizando a su enfermo, ahora más enfermo que nunca, los ojos puestos en blanco y sobre su rostro un rictus lóbrego que sólo podía deberse al efecto del suero transparente, como gotas de lluvia o de lágrimas, ingresando a la gruesa vena de su brazo.

Como mejor pudo, ella explicó que todo aquello era innecesario, que sólo el plato que le cocinaba le sentaba bien, pero los jóvenes médicos sonrieron moviendo la cabeza de un lado a otro, incrédulos, burlones.

En la madrugada de aquel día que siguió al anterior en su lluvia idéntica, mansa y resbaladiza, el forastero murió y yo encontré a Petra devuelta a la fuerza a la casa de su antigua soledad, el dolor de otra ausencia más incrustada en sus ojos mínimos, de pestañas diminutas, párpados hinchados de tantas lágrimas de tornasol.

En la casucha de adobe se llevó a cabo el velorio. Dentro de un cajón astilloso de madera estaba él, ataviado con una camisa blanca primorosamente abotonada hasta el cuello, la misma que Petra le compró en su último cumpleaños, intacta su barba, su melena oscura, que daban la impresión de ser un antiguo soldado troyano dormido y perdido en un sinfín de guerras perdidas, manteniendo los ojos cerrados pesadamente, aunque ella creía que en cualquier momento los abriría para mirarla de nuevo, curiosa, dolidamente, como cuando se le preguntaba algo para obligarlo a recordar, como cuando estaba enfermo y le dolían las heridas de las garras de la anemia.

Yo también tuve esa misma sensación, pues pese a su muerte, aquel hombre parecía seguir caminando vivo en la memoria de la gente de ese pueblo polvoriento, pues nadie podía olvidar el día que lo vieron llegar, con su vida destrozada a cuestas, porque no podían olvidar que también había sido el día de su indiferencia ante él y nadie sino Petra le socorrió, aquel día de leve borrasca chaqueña cuando presenciaron su entrada y lo vieron caminar como un espectro abandonado de todos, incluso de sí mismo. Así, y con la culpabilidad comprometida que exige la moral y buenas costumbres, aquellos médicos, tenderos, viandantes, vecinos y hasta el cura, susurraban palabras de velorio con tal apariencia de piedad que parecía que en cualquier momento iban a darse golpes de pecho con el puño. El forastero fue un alma de Dios, decían. Oh sí, la Petra, qué mujer tan buena. Pobre hombre, que de Dios goce.

Escuchando esos rumorcillos, y más aún el tono corroído que ellos usaban para referirse a esa muerte, me levanté de la banqueta coja en la que estaba sentada mirando las manos pálidas del forastero sosteniendo el rosario de plástico que Petra acababa de ponerle con movimientos certeros y cuidadosos, intuyendo aquel punto doloroso de sangre seca en su brazo como testigo de la aguja asesina.

Ella siempre evitándole el dolor, aún después de muerto.

No pude más entonces y deshaciéndome el moño que sostenían mis largos cabellos, cerré mis manos fuertemente y como en la misa, fui yo la que se dio golpes sobre los huesos del pecho, sobre el malhadado corazón, por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa, así que mirándome como a bicho raro las gentes callaron, por fin callaron. Tumbando las cosas a mi paso y gritando como alma enfurecida en pena salí trotando del velorio para internarme para siempre en los espesos sembradíos de tunas mientras la lluvia mansa y resbaladiza se tornaba en recia tormenta eléctrica de rayos y truenos despedazando el aire.

Todo era mi culpa porque un día yo corrí hacia esa su miserable casa de adobe para decirle, Petra, Petra, ¡ha llegado un forastero de la guerra!

 

Rosario Barahona Michel

Rosario Barahona Michel (Sucre) es escritora e historiadora boliviana. En los últimos años ha publicado varios trabajos de investigación histórica, tanto como literarios. Sus temas de investigación de la historia, se concentran, en general, en los procesos sociales y vida cotidiana del siglo XVIII charqueño. Autora de varios artículos de historia boliviana. Entre éstos, se encuentra, por ejemplo: De Asturias a La Plata: la vida y entorno del doctor Josep de Suero González y Andrade (2010) trabajo que dio pie a su novela histórica Y en el fondo tu ausencia (2013). Su primera novela, Huésped (2010) fue finalista del concurso nacional de novela Alfaguara 2003, y su cuento Cuando tus palabras resonaban armadas, obtuvo la mención de honor en el V concurso nacional de cuento Adela Zamudio, en 2011. En 2012, su obra Y en el fondo tu ausencia ganó el Premio Nacional de Novela auspiciado por Santillana de Ediciones (Alfaguara Bolivia), el Ministerio de Culturas y otras importantes instituciones.

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