Adelanto del libro que se publicará durante 2017 por la editorial rosarina Iván Rosado, El tiempo de la convalecencia. Fragmentos de un diario en Facebook, estas anotaciones de Alberto Giordano evidencian la íntima relación entre la biografía personal y la literaria. Giordano es uno de los pensadores de la literatura más interesantes del presente, por eso es un lujo para penúltiMa contar con su presencia.

 

28 de enero de 2015
Ficciones autobiográficas: malentendidos I
Los lectores de historias en apariencia autobiográficas disfrutamos de una superstición referencial que ni siquiera abandonamos cuando nos convertimos en críticos: la creencia en que todo lo narrado, de alguna forma, pasó efectivamente, y le pasó al autor. Como temen que menoscabe su condición de artífice, los escritores de historias en apariencia autobiográficas se resienten cuando el crítico los interroga sin desprenderse de la superstición referencial. Temen que desconozca los riesgos que enfrentaron al exponerse a las dificultades y los vaivenes de la ficción. En un panel sobre escrituras del yo de un prestigioso festival internacional, y en la privacidad de los intercambios epistolares, presencié el estupor y la crispación que les provoca escuchar que se hable del impulso confesional que recorre sus aventuras autobiográficas, como si lo confesional no fuese en ocasiones un ejercicio de apertura a lo desconocido que transforma el yo en direcciones imprevisibles. Digámoselo de una vez, para que entiendan: sabemos que la sensación de vida auténtica –eso pasó, eso pasa por el lenguaje mientras leemos- depende, en gran medida, del arte literario, de los usos de la ficción, entre el cálculo y la atracción del misterio, pero, por favor, nunca, nunca vuelvan a repetir, en privado o en una entrevista, que ustedes no son el protagonista, que lo narrado no les sucedió tal cual, que todo lo escrito debería ser leído como dicho por un personaje de ficción: olvídense de ustedes mismos, como lo hicieron al escribir, para que nosotros podamos recordarlos como mejor nos plazca.

28 de enero
Ficciones autobiográficas: malentendidos II
Los que sí menoscaban a veces la condición literaria de los ejercicios autobiográficos son los editores, que exigen testimonios vivenciales cuando el escritor les ofrece la narración de una experiencia íntima. La lógica del espectáculo busca imponer sus valores –el efecto de representación sincera- y sus retóricas –el desarrollo convencional de una historia-, porque se supone que no a cualquier lector podría interesarle la tensión que la búsqueda de formas y afectos auténticos imprime a las convenciones del discurso testimonial. Ocurrió con “Divanes”, un ejercicio confesional de Virginia Cosin, al que la autora prefirió no limarle los relieves “literarios”, y finalmente colgó en el blog de Eterna Cadencia, cuando se reveló insalvable el desencuentro con el editor que se le lo había pedido.[1] Un post en Facebook de comienzos de año expone, primero, el desencuentro y, después, la decisión de preservar el aura incierta que rodea los episodios de una historia que ya se sabía interesante antes de que la desarmara la literatura. Se podría decir que es la historia de cómo se transmitió, a través de sucesivos fracasos, la confianza materna en “el poder sanador de la asociación libre”. Pero también la historia de una ausencia radical, irrepresentable. La vida es, se sabe, un proceso discontinuo de demoliciones y recomienzos; su ritmo, la intermitencia de expansiones y repliegues impersonales. Por eso Cosin recurre al fragmento como principio constructivo, el fragmento relativamente autónomo, y a la ironía, que descompone la cristalización sentimental de los afectos cuando está a punto de precipitarse.

 

11 de febrero
Del lector al autor
Hace un par de semanas escribí un post sobre los malentendidos que a veces interfieren entre los lectores de textos supuestamente autobiográficos y quienes los firman. Los primeros, incluso si reconocen que es un efecto del arte y la falsificación, disfrutan con la idea de que lo narrado ocurrió de verdad, y que el yo del discurso y el autor serían una misma persona, incluso si saben que nadie es idéntico a sí mismo ni hay palabras capaces de representar lo individual. Los segundos no pierden ocasión de aclarar que lo escrito es literatura, no testimonio, que el personaje autobiográfico es ficticio: inventan lo auténtico sin necesidad de atenerse a la verdad de lo sucedido. Las razones son incontestables, pero ninguna razón se impone a un deseo, por eso el lector de textos supuestamente autobiográficos, incluso si se malogró en crítico académico, no abandona las supersticiones referenciales. El post concluía con un pedido: si van a atentar contra las ilusiones que alimentan los placeres de la lectura, sería mejor que los autores de textos supuestamente autobiográficos se llamen a silencio, que no revelen los secretos de su arte.

Un comentario de Edgardo Cozarinsky me alertó sobre lo ilusorio de semejante reclamo (acaso la literatura sea una prueba demasiado inquietante, como para que quienes la atraviesan puedan consentir se los aparte de lo que ocurrió mientras escribían). La confirmación llegó a través de un mensaje de María Pia López: le habían interesado mis apuntes, tenía ganas de enviarme su primera novela, No tengo tiempo, porque su publicación suscitó algunos malentendidos que la incomodaron. “Tiene forma de diario íntimo, pero es la menos autobiográfica de todas”. Qué misteriosa la amabilidad de los escritores para desoír las expectativas de quienes podrían leerlos (acaso sin esa sordera no existiría la literatura). Afortunadamente ya había leído la novela de López cuando se publicó (Paradiso, 2010), por lo que su advertencia -no es tan autobiográfica como se podría creer- llegaba tarde. Lo curioso (sería tema para un ensayo) es que, además de tardía, la aclaración parece en este caso innecesaria: la lengua expresiva de No tengo tiempo, lengua que busca transmitir, y no sólo representar, afectos, a través de la invención léxica y la exacerbación sintáctica y temática, pone, inmediatamente, la supuesta prosa intimista en las fronteras de lo poético, más que de lo testimonial. Por no contar lo que cuenta la última entrada del diario, tan dañina en cuanto a las posibilidades de que el lector ratifique el pacto de lectura autobiográfica.

Aunque supuse que los problemas existenciales de la protagonista (la ansiedad y la angustia provocadas por el paso y la falta de tiempo, por los mandatos y el deseo de convertirse en madre, a los cuarenta años) podrían no ser ajenos a la autora, lo mismo que la presentación irónica de las rutinas universitarias, en su momento no incluí la novela en el generoso corpus del giro autobiográfico porque la identifiqué con los riesgos de un proyecto eminentemente ficcional: cómo narrar el odio por amor a las palabras que tensionan el lenguaje. Para mi exclusivo consumo, de todos modos, reservé algunas certezas que no pienso someter a discusión: a María Pía López, la de verdad, como a mí, la voz de la madre, a veces, le come la cabeza; el ascetismo cool de Cabo Polonio le despierta suspicacias y el 8 (Muy Bueno) le resulta, por benevolente, una nota casi siempre oportuna.

 

9 de julio
Una antropología de las cosas comunes
El sábado a la noche, después del partido que perdió la selección, para consolarnos de la derrota, asistimos a una lectura de poemas en el Club Editorial Río Paraná, la librería de editoriales independientes. Aunque se mudaron a un local más chico, encontré un stock de curiosidades todavía más variado y numeroso que el de la última visita, cuando Daniel García presentó Un gato que camina solo. Me alegró poder comprar libros un sábado a la noche, como si estuviéramos de viaje. Conseguí, después de haberlo buscado durante meses, Sobre cosas que me han pasado, del chileno Marcelo Matthey (recién ahora advierto la ironía del destino: justo la noche de la derrota en Santiago). Me lo recomendó un amigo escritor la últimas vez que nos vimos. En realidad son dos pequeños libros, editados originalmente por el autor, que Mansalva reunió en un solo volumen: Sobre cosas que me han pasado y Todo esto lo escribí entre diciembre de 1987 y marzo de 1988. Imagino que mi amigo no pudo resistirse al encanto de que fueran dos libritos, de poquísimas páginas, de esos que nadie prefiere editar (como los últimos de su amado –y admirable- Adolfo Couve); también imagino que fue él quien se los descubrió a Francisco Garamona, en calidad de pequeños tesoros inadvertidos. Son los diarios de un ingeniero civil que se convierte en escritor fugaz mientras lleva un diario. Lo primero que advierte un lector aficionado al género es la ausencia de egotismo, espíritu reflexivo y pretensiones morales. Matthey sólo registra nimiedades (gestos, percepciones, recuerdos), con un lenguaje neutro, desprovisto de cualquier énfasis. “¿Por qué saca sonrisas su lectura –pregunta Cristóbal Joannon, en la contratapa-, en vistas de que lo leído en ningún caso podría considerarse divertido?” El lector se complace en la inocencia del diarista cuando registra lo cotidiano como algo ligeramente misterioso, en que su inocencia parece un don innato y no una disposición programada, como en Perec, otro deslumbrante antropólogo de lo cotidiano. En la entrada del 7 de enero de 1990, Matthey anota que estuvo hojeando algunos volúmenes de las obras completas de Pio Baroja, en los que encontró cosas, “hartas cosas” que le gustaron, y que ahora siente que conoce un poco más a este autor: “Me lo imagino caminando por la calle o sentado en su escritorio. Ya antes he pensado en otros que han hecho obras grandes y me los he imaginado viviendo por aquí cerca. Estas ideas están relacionadas con esas cartas que se escriben dos personan que viven lejos, diciéndose las cosas como si estuvieran una al lado de la otra.” Matthey escribió sus diarios lejos, en la isla misteriosa de la inocencia, pero se nota que imaginó a los lectores en una esquina cercana, como a esos desconocidos con los que se cruza diariamente cuando pasea por el barrio, a los que se queda mirando un momento.

 

31 de agosto
Notas al margen de la narrativa actual
La semana pasada leí una reseña muy elogiosa de La piel, de Juan Terranova, que Maximiliano Tomas publicó en La Nación. Alguien la reprodujo en Facebook, creo que Gonzalo Garcés, el editor de la novela, amplificando los elogios hasta la hipérbole. En seguida bosquejé mentalmente algunos apuntes críticos –es una reacción habitual cuando el encomio parece excesivo-, pero quedaron casi en nada: la presentación inminente de un libro de Carlos Kuri, Piazzolla, la música límite, me tenía absorbido.

El primer desacuerdo pasaba por la identificación de Terranova con Daniel Guebel: los dos gozarían de menos reconocimiento que el que merecen, menos que el que disfrutan otros narradores no más dotados que ellos. Parece difícil desarmar la comparación sin caer en groserías, teniendo en cuenta la flagrante disparidad entre el virtuosismo de uno y la módica eficacia del otro. La piel me pareció una novela por momentos entretenida, por momentos tediosa, casi siempre previsible, dada la voluntad que parece animar al autor de afectarnos directamente. No sé cómo cotiza Terranova en la bolsa de nuestra republiqueta de las letras, sí que el prestigio y la legitimidad de Guebel son menores que los de Pauls, Chejfec y Bizzio, por nombrar a algunos de sus pares. Tal vez ese déficit tenga que ver con algo ajeno a la escritura de Terranova: la asunción, hasta las últimas consecuencias, de una moral de la forma que identifica fracaso con experiencia auténtica. El narrador eficaz trabaja para sus lectores, Guebel, para arruinar lo que construye con el talento de un artesano ambicioso. Fogwill decía que las novelas de Guebel participan exitosamente de un ejercicio colectivo que consiste en “despegarse de Aira a partir de las recetas de Aira”. Para un crítico, es más cómodo reconocer la filiación que apreciar el desprendimiento. Podría ser una de las razones que explique cierta mezquindad a la hora de legitimar el experimento.

Tomas celebra en Terranova la voluntad de ser contemporáneo. Lo que se lee en La piel (novela casi de tesis, con escasos episodios novelescos, sobre cómo convergen en el presente las lógicas del deseo y del capitalismo) es una sostenida voluntad de resultar actual, trabajando sobre las tensiones de la época con las convenciones retóricas y los criterios de valoración crítica forjados por la época, para garantizar la redundancia, es decir, la persuasión a corto plazo. “La sociedad es una máquina de prohibir y mirar.” Aunque parece el enunciado de un paper sociológico, es una afirmación del narrador de La piel, demasiado interesado en subrayar lo consabido como para explorar matices que pudieran transmitir sensación de vida. La contemporaneidad, como respuesta creativa a las insinuaciones del presente, supone cierto anacronismo, suspender la reproducción de los signos actuales. Schiller decía que el artista es hijo de su época, pero debe cuidarse de ser también su discípulo. ¿Cómo lograrlo? No alcanza con escribir eficazmente, también hay que perseverar en la propia rareza, a riesgo de quedar a destiempo, fuera de lugar.

 

15 de septiembre
Nuestro incurable egotismo
En 1978, en una entrevista, Piglia censura el egotismo de Roland Barthes por Roland Barthes, la autofiguración del crítico como personaje novelesco (también lamenta que Barthes haya abandonado la crítica ideológica, a la manera de las Mitologías, su renuncia a cumplir con “las tareas de la crítica brechtiana”). El fragmento en el que el ensayista hace la lista de lo que ama y lo que detesta le parece el colmo de la frivolidad. Y sin embargo, en su diario, en la entrada del 24 de junio de 1967, once años antes, Piglia ya había esbozado el mismo gesto: “una lista de cosas que quiero”, entre las que se encuentran nadar en el mar, Clifford Brown con Max Roach, revisar librerías de viejo, la prosa de Borges, la orquesta de Troilo en Caño 14 y ese hábito maravilloso que es ir al cine de día y salir cuando aun hay sol. Se dirá que Piglia hace el gesto en privado, cuando todavía no goza de celebridad. Se recordará, entonces, que todos los diarios de escritor se llevan con miras a ser publicados, que Piglia, además, es de la idea de que se escribe una obra literaria, esforzadamente, durante años, para crear las condiciones que justifiquen la publicación del diario personal.

 

16 de septiembre
Barthes y la novela
Éric Marty recuerda, en “Memorias de una amistad”, que después de la muerte de su madre, la idea de escribir una novela se tornó obsesiva para Barthes, lo presionaba extrañamente, como un imperativo más que como una aspiración. “No entendíamos qué quería hacer.” Los frutos de ese trance perturbador fueron, como se sabe, extraordinarios: La cámara lúcida, los apuntes del curso La preparación de la novela y “Mucho tiempo he estado acostándome temprano”, el ensayo de Barthes que incluiríamos en una antología del género, de Montaigne a la actualidad, en caso de que solo pudiéramos incluir uno. Antes de que se convirtiera en obsesión, con más de una década de anterioridad, la idea de que “la novela siempre es el horizonte del crítico”, que el crítico, como el Narrador proustiano, es un escritor aplazado, ya había sido propuesta en el Prefacio de Ensayos críticos, un texto programático de múltiples alcances (de esos en los que la mirada retrospectiva se complace al reconocer que entre sus enunciados ya estaba dicho “todo”). Siempre entendí que la novela como horizonte, en el caso de un crítico para el que la verdad de su ejercicio reposa, fundamentalmente, en la intensidad del deseo de escribir, no sería un más allá del ensayo, sino más bien su límite exterior, ese que Barthes alcanzó, magistralmente, en La cámara lúcida. Nunca se trató de la composición de un relato, de imaginar una trama ficticia. Y sin embargo, en La preparación de la novela, justifica su imposibilidad de fabular narrativamente, y lo hace a través de un argumento curioso: no sabe mentir, no porque no quiera sino porque no puede, aunque tampoco pueda decir la Verdad. “Lo que está fuera de mis límites es la invención de la Mentira, la Mentira lujuriosa, la Mentira que hace espuma…” Este argumento recuerda el de otro crítico que nunca dejó de serlo, pese a su intimidad con la literatura, Charles Du Bos, cuando se lamenta en una entrada del Diario de su escrupulosa y muy literal concepción de la sinceridad: “aun cuando poseyera esa imaginación creadora que no tengo, no estoy absolutamente seguro de que consintiese en servirme de ella, de que llegara a imponer silencio a ese aspecto profundo y como intratable de mi naturaleza que se revela contra toda transposición, cualquiera que sea”. Con el psicoanálisis de su lado, Barthes le añade al argumento moral un giro revelador: “el rechazo de ‘mentir’ puede remitir a un Narcisismo: no tengo, me parece, más que una imaginación fantasmática (no fabuladora), es decir, narcisista”. Movido por el deseo de escribir, el crítico se retiene más acá del punto a partir del cual, por fidelidad a ese deseo, podría perderse: elige el saber antes que la experiencia, incluso si concibe el saber en los términos del ensayo: como experiencia de búsqueda.

[1] En https://eternacadencia.com.ar/blog/hypomnemata/item/divanes.html

Alberto Giordano

Alberto Giordano es crítico y ensayista. Es profesor de Teoría Literaria en la Universidad Nacional de Rosario e Investigador de CONICET. Durante los últimos años realizó investigaciones sobre autofiguración y experiencias íntimas en las escrituras del yo. Entre sus libros se encuentran: La contraseña de los solitarios. Diarios de escritores (2012); Vida y obra. Otra vuelta al giro autobiográfico(2011); El giro autobiográfico de la literatura argentina actual (2008); Una posibilidad de vida (2006); Modos del ensayo. De Borges a Piglia(2005) y Manuel Puig. La conversación infinita (2001).

Todo texto es un Palimpsesto, pero más todavía los que versan sobre otras producciones culturales. Haciendo un leve homenaje a Genette, en Palimpsestos se recogerán los textos críticos. En penúltiMa la crítica es meditación y diálogo. Los textos que pasan a entretejerse con aquellos de los que hablan.
Personae es la sección que habla, como su nombre indica, de las máscaras, tanto las ajenas como la propia, porque todo texto autobiográfico está preñado de ficción y todos los textos ficcionales han brotado de las semillas de nuestra experiencia. Muchas veces la mejor máscara es la del rostro propio.
Preliminares es la sección donde anticipamos libros que se publicarán en breve, Adelantos que sirven como Preliminares del gozoso acto de encuentro con los lectores en forma de libro, donde la experiencia de lectura se torna verdaderamente material.