Con esta columna se inicia una sección de la revista llamada Perengano. Hace unos años, en medio de los nutridos y alimenticios diarios de Andrés Trapiello, éste escondió un aforismo genial que viene a ser la explicación del nombre de la sección: “Perengano: todavía menos que fulano, mengano o zutano.” Es cierto, hace falta tirar mucho de indeterminación para llegar a Perengano, que es el último de la serie, el que aparece sólo en contadas ocasiones y cuya opinión apenas merece ser oída. Desde luego mucho menos que las de fulano, mengano o incluso zutano. Quede así como una liberación de botellas con mensaje, esos que casi nadie lee o, de llegar a manos de alguien, lo hace siempre muy tarde.

 

Hace unos días, hablando de lo divino y de lo humano, me encontré charlando con una amiga el profundo malestar que nos producía cuando alguien nos dice que «le hemos decepcionado». Me atreví a aventurar una teoría, porque para eso son las charlas con los amigos, para relacionar las experiencias propias y ajenas en aras de establecer patrones que, a la postre, a nadie sirven, porque cuando de relaciones humanas se trata los arquetipos terminan mostrándose tan fútiles como pretenciosos. Le confesé a mi amiga que, de entre los numerosos defectos que acumulo, no puedo presumir de haberle dicho jamás a nadie que me haya decepcionado. Sí que, en algunas ocasiones, me he sentido decepcionado. Y a un reducido número de personas les hice saber eso, que “me sentía decepcionado”. Pero el matiz me parece importante. Con el lenguaje es siempre cuestión de matices, por eso no quieren que los niños aprendan ya lenguaje, porque eso los haría más sabios, más hábiles, más agradables con las personas y menos dóciles para el consumo. Sentirse decepcionado es lícito. Uno fantaseó, construyó todo un castillo de ideales en torno a algo o a alguien y se ha venido abajo. Actuó como un estúpido, ingenuo, ambicioso, crédulo, todo lo que cada uno quiera, pero es lícito sentirse decepcionado cuando la realidad no encaja en esa construcción imaginaria que levantamos. Ahora bien, decirle a alguien que te ha decepcionado implica desplazar ese malestar al otro, hacerle responsable de ese sentimiento y, de modo explícito o implícito, una reparación. O sea, culpabilizarle de algo de lo que no puede ser responsable porque esa construcción fantástica es responsabilidad de cada uno. Acaso sólo en el mundo laboral, donde puede leerse todo desde una perspectiva más objetiva, uno pueda decir eso de modo tolerable: Has decepcionado las expectativas de la empresa. Y aún eso daría para una larga conversación en torno a la cantidad de negatividad y mala onda que moviliza. Pero, en resumen, yo veo lógico que cada uno pueda sentirse decepcionado por algo, pero no tanto que coloque esa decepción en la mochila de las responsabilidades de otro.

Me vino todo esto a la cabeza cuando otra amiga me felicitaba por este primer mes de andadura de penúltiMa, pero acto seguido cuestionaba la revista por su «calidad desigual». Obviamente, cuando le pedí que me explicara por qué unos textos le parecían mejores que otros la cosa comenzó a complicarse. No ya porque yo la empujase a un callejón sin salida complicado, donde finalmente demostraría mi teoría de la decepción señalando que las expectativas generadas por ella misma eran las que se ven decepcionadas en unos casos y no en otros. Al fin y al cabo, la idea de una revista es que nadie pueda sentirse decepcionado con los textos, tampoco es una solución que me convenga, ni que me convenza. No, en realidad, me interesaba más, y así se lo dije a mi amiga, que se realizase el mismo ejercicio que había hecho yo en la conversación con la otra amiga: pensar por qué uno se siente decepcionado, qué esperaba de un texto en concreto y por qué, e intentar entender qué cosas le habían hecho sentirse decepcionado con ese texto, analizar cómo se habían cumplido o no las expectativas generadas en torno a ese texto. Poco más o menos me di cuenta de que en realidad me interesaba que se hiciera una crítica. Un ejercicio de crítica razonable y bien hecho.

A la postre, me he ido dando cuenta cada vez que retorno a esas dos charlas, que las recuerdo (esto es: las vuelvo a pasar por el corazón), de que yo las dirigí de modo inconsciente hacia una de mis obsesiones: la necesidad de ejercer una crítica con criterio. Algo tan obvio y redundante pero que, en realidad, se produce en muy pocas ocasiones. La crítica, en la mayoría de los casos, carece de criterio. Suele ser el «me has decepcionado». Sin más. Si, todavía, fuera de modo habitual un “esperaba esto, aquello y lo otro, y no lo encontré en tu producto cultural, por lo que me has decepcionado”, uno no respetaría intelectualmente a ese crítico, pero al menos lo entendería humanamente. El problema es que esa tipología de crítico es la que más abunda, la del que sentencia sin argumentos y de ahí se ha propagado la lectura negativa que se hace de la labor crítica de modo más o menos extendido. Una crítica que no es más que la puesta en práctica del verbo «criticar», y que tiene un adjetivo sustantivado en España que comenzó a circular sin carga peyorativa pero ha terminado por tenerla: «criticón». Nadie sobrelleva bien a un criticón, y no es tanto porque despliegue una visión en jaque hacia el mundo como porque no la sustenta con argumentos. En cambio, la crítica ejercida con criterio es la del que afirma “me siento decepcionado” y, acto seguido, se lanza a intentar comprender el por qué de ese sentimiento. Es, obvio, más solipsista, pero es porque ya ha comprendido que no hay, en sí, un acto de comunicación como tal en la crítica, sino de conocimiento. Como creador, uno sabe que no resultan satisfactorias, más allá de para el ego, esas valoraciones halagüeñas en las que nos vienen a decir que todo está bien. Es uno de los motivos por los que yo desconfío de las presentaciones literarias y por lo que las he evitado en mi carrera de modo más o menos persistente. ¿Realmente todo lo que se ha empaquetado en esas páginas parece elogiable, encomiable o fundamental para una disciplina? Es tan inverosímil que provoca cierto sonrojo siempre que se produce. En cambio, las lecturas meditadas y sustentadas de los textos de uno, donde uno observa cómo lo escrito ha servido de simiente para otras reflexiones, ajenas pero vertebradas y necesarias para quien las enunció, son las críticas que uno agradece. Hay más placer en una crítica que no ensalza pero construye desde el texto de uno que en un bello paquete de elogios envuelto en el papel de regalo de la amistad. Todos sabemos a qué me refiero. De algún modo, uno de los objetivos de penúltiMa es generar ese espacio, esa posibilidad. Hace falta más crítica con criterio. Acá tiene las puertas abiertas.

Antonio Jiménez Morato ejerciendo la crítica en un bar.

Antonio Jiménez Morato (Madrid, 1976) es escritor y crítico. Su último libro publicado es La piedra que se escribe (Festina, México, 2016). Es el director de penúltiMa.

Perengano: todavía menos que fulano, mengano o zutano.
La imagen pertenece a la excelente ilustradora chilena Ale Acosta, cuyo trabajo puede admirarse en su web: http://www.pajarocontemplativo.com/