Con este texto de un autor que se prodiga muy poco más allá de las publicaciones de sus colecciones de ficciones, como es el caso de Javier Sáez de Ibarra, se abre en penúltiMa una nueva sección, Pólemo, que obtiene su nombre del personaje mítico que sirvió en la mitología griega como personificación de la batalla, y que fue rápidamente apropiado por la filosofía por su poder metafórico. Heidegger incluso reflexionó sobre esa figura. Más que por querer buscar bronca nos interesa lo que comporta de disenso, divergencia, desacuerdo, desavenencia, etc. Disentir es la raíz misma de la presencia del hombre en la sociedad, la política se basa en esas relaciones entre iguales donde cada uno expresa sus ideas y sentires. Por eso es una alegría ofrecer una tribuna desde la que expresarse y plantear cuestiones sobre las que pensar.

 

En España ha ido cundiendo un tipo de intelectual “malote”. Se trata de un escritor de ideología liberal-derechista (con frecuencia de pasado en la izquierda) que realiza declaraciones impactantes en las que, invocando una norma supuestamente racional, defiende cierta clase de privilegio del que se excluye drásticamente a un grupo amplio de personas. Tales afirmaciones resultan revulsivas (y desagradables) como una ducha fría. El número de autores implicados, la cobertura mediática que se les concede y su actitud agresiva hacen sospechar que constituyen una intelectualidad orgánica del sistema, ofensiva liberal contra el “difuso-moderado-estético izquierdismo cultural-dicen que- mayoritario”.

Antonio Escohotado es uno de ellos. Me propongo aquí recoger y comentar algunas declaraciones suyas que ocupan tres páginas, más la portada en El Cultural (26-11-2016).

– Dice Escohotado: “La igualdad no sólo es imposible, es indeseable”; excepto la igualdad ante la ley, todas las demás son negativas. Su argumento: “Es como la igualdad orgánica. ¿De qué sirve tener la misma nariz o el mismo número de pie?”

Estas declaraciones representan la típica postura taxativa sostenida por un símil simplón y risible si no cínico. Eso es comparar la coincidencia en el número de zapato con formas de igualdad posibles y deseables, incluso urgentes. Pongamos: que todos vivamos en una casa, que todos nos alimentemos con una cantidad indispensable de calorías, que todos tengamos una esperanza de vida semejante…

– Escohotado considera que sus ideas pertenecen a la ideología socialdemócrata, que es común a (casi) toda la política europea: “El viaje al centro de la derecha confirma las tesis socialdemócratas”. Es decir, que incluye a socialistas, liberales y conservadores, incluida Le Pen; frente a esta unanimidad, se sitúa únicamente “una extrema izquierda” que se ha inventado una extrema derecha que en realidad no existe, la prueba: “Ya no tenemos nada parecido a Hitler”.

Creo que esta identificación con la socialdemocracia de posturas tan diferentes fuerza el sentido de las palabras. Por otro lado, dudo de que las políticas económicas privatizadoras de Rajoy y Zapatero en España sigan la ortodoxia socialdemócrata (que procura la defensa de la ciudadanía mediante la corrección de los perjuicios del mercado capitalista). Más bien, los partidos europeos de derecha, centro e izquierda socialista han abrazado el neoliberalismo. Lo de Hitler como modelo único de la derecha extrema es otro chiste.

– Para nuestro autor, la defensa de la igualdad es sinónimo de lucha contra el comercio (el cual favorecería la beneficiosa desigualdad por el enriquecimiento -esto va implícito-). Esta tradición la iniciarían los profetas bíblicos Isaías y Daniel, para quienes el comercio es un robo. Y en esa línea, Jesús de Nazaret y su “pobrismo” (palabra de acepciones contradictorias cuyo uso por Escohotado no se aclara); pobrismo cuya “edad de oro” fue la Alta Edad Media.

Empezando por esto último: resulta extraño (desconozco su explicación) que la Alta Edad Media sea su “edad de oro”, teniendo en cuenta la absoluta desigualdad de la sociedad de los tres estamentos (nobleza, clero, pueblo llano) y su justificación, incluso teológica, que todo el cuerpo social admitía. Por su parte, Isaías clamaba sobre todo contra el abuso del poder político-institucional-económico: “¡Ay de los que dictan leyes inicuas… que no hacen justicia a los indefensos, y despojan de sus derechos a los pobres de mi pueblo, que hacen de las viudas su presa, y de los huérfanos su botín!” (Capítulo 10). En cuanto a Jesús, nunca defendió el empobrecimiento; propugnó el fin del sufrimiento de pobres, enfermos y marginados. En su proyecto social, los ricos son naturalmente adversarios, pues se resisten a una transformación o mejora que perjudique sus privilegios (y cuyo cambio de actitud es tan imposible como que un camello entre por el ojo de una aguja).

– Preguntado por la ecología, Escohotado manifiesta: “el mundo va muy bien, créame. Va lo mejor que podía ir. Aunque tenemos la amenaza ecológica, la posibilidad real de que nos coman las basuras”.

Las tres manifestaciones seguidas, desde el punto de vista de la Lógica, no tienen pies ni cabeza. Pero resultan muy clarificadoras de su ideología: “Tengo que decir que nuestra situación es buena, pues estoy defendiendo el sistema; pero tengo que admitir las abrumadoras pruebas de que no lo es; por tanto, concluyo que es la mejor posible (dentro de las constricciones que el sistema impone y que no quiero denunciar). Punto”

– Antonio Escohotado, admitiendo que fue izquierdista, hace un examen de conciencia: “Me horrorizó recordar cómo pensaba de joven”. “No me explicaba mi antigua fe en la utopía, mi total desprecio por la realidad… Me pregunto cómo es posible que tuviera tan poco respeto por los seres humanos.”

Yo pienso lo contrario. Es ahora cuando desprecia la realidad, convencido del mito económico liberal, es en su ancianidad cuando deja de respetar a los seres humanos y defiende un pensamiento que los condena. Su ideología liberal-conservadora le impide juzgar el hecho real de las cosas, la monstruosa desigualdad. Sólo unos datos: en el mundo, el 1 % de la población posee más riqueza que el otro 99 %; 62 individuos poseen más que la mitad de la población mundial. 795millones de personas no toman alimento suficiente para una vida saludable y activa. Supone casi uno de cada nueve personas en la Tierra.

En conclusión, el intelectual malote apuntala el sistema contra la realidad. No le importan los estragos que provoca, reivindica el privilegio de la clase en la que se ha afincado, desprecia las necesidades y derechos de débiles y empobrecidos, desoye las advertencias sobre la destrucción del planeta, reprueba al que piensa distinto calificándolo de extremo, insensato y violento, refuerza el pensamiento único en que reúne a cuantos no cuestionen el autodenominado sistema democrático-liberal-capitalista y tiende a sugerir con todo cinismo que no hay otra salida. En todo ello, no quiere ver la obviedad (apoyada por innumerables estudios) de que una redistribución equitativa de bienes resolvería el sufrimiento de millones de seres humanos ni de que ya es posible acabar con la pobreza en el mundo. Tampoco reconoce que la utopía no distorsiona la realidad, nace de ella, de sus reales insuficiencias e injusticias.

Dice Claudio Magris algo aplicable a este y a otros más de estos intelectuales:

“Demasiados desilusionados por las utopías totalitarias desmoronadas, excitadísimos por el desencanto, en lugar de haberse vuelto a causa de ello más maduros, levantan una voz chillona y presumida para mofarse de los ideales de solidaridad y justicia en los que antes habían creído. El énfasis con el que a menudo se celebra la caída del Estado social, en lugar de estudiar sus patentes defectos para corregirlos, es un aspecto de esa incapacidad para unir utopía y desencanto” (Utopía y desencanto: 2001, 13).

Por mi parte, confío en que las declaraciones de estos malotes liberales suenen estrepitosas, y nos hagan sentir incredulidad y miedo; ello indicaría que aún no hemos aceptado la inhumanidad de su pensamiento. En caso contrario, estaríamos asintiendo a nuestra derrota como ciudadanos. Hay entonces una tarea pendiente, prevenirse de esa propaganda que procura la hegemonía total del régimen.

 

Javier Sáez de Ibarra

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen Salvaje, El Cuaderno, Quimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su nuevo libro.Preliminares es la sección donde anticipamos libros que se publicarán en breve, Adelantos que sirven como Preliminares del gozoso acto de encuentro con los lectores en forma de libro, donde la experiencia de lectura se torna verdaderamente material.