Regresa Javito Payeras a esta su casa con un texto de profunda raíz italiana, donde la sombra de Pasolini y Gramsci se hace casi tangible, y que presentamos con enorme alegría como una primicia para nuestros lectores. Con el agradecimiento constante a Payeras por el especial trato que brinda a penúltiMa y sus lectores.

 

No todos los ídolos tienen pies de barro.

Algunos tienen raíces y cadenas.

Sus ojos rodean la superficie de la tierra

como a una manzana.

Son colosos tan tiernos que parecen santos

no tiranos confeccionados por ideologías terapéuticas

dentro de este ruidoso siglo.

 

De lejos veo moverse los colores,

cada quien haciendo su guerrilla,

máscara anti gas y camisetas de diseño.

Todo se muere demasiado pronto.

 

Hay señales para quedarse callado y sin opinión,

hoy estamos peor que en aquellos tiempos de Vigilar y Castigar

hoy somos Normalizar y Comprar,

hoy somos Ubicar y Financiar,

hoy somos  oprimidos optimistas.

Todos saben nuestros nombres,

algorítmos y fotografías y programas efectivos:

aprender francés,  adelgazar o ser emprendedores.

Hay señales de peligro en el camino pero

pensamos que son vestigios de aquellos viejos kamikazes

que nos heredaron este mundo de mierda,

con sus paranoias y guerras interminables,

sus urgencias de sexo sin teléfono móvil

y su inmoral saliva recorriendo sin rendir cuentas a nadie.

 

Hoy que he recorrido veinte años de este siglo y veinte del anterior,

puedo decir que todas las palabras se parecen.

Yo entré en un largo túnel con todas ellas,

desde la sombra del pasillo uno se olvida de las historias,

de los finales y de la utilidad de nombrar las cosas.

Uno se olvida, nada más.

 

Quizá me equivoque en la comparación,

creo que me quedé viendo un muro inmenso,

que se adentra en el mar y desde dentro una voz me dice

“Entra, aquí está la única forma de botar al ídolo con tus palabras”.

Se entiende que la sombra del coloso sobrepasa

el alto del muro y lo hace ver tan pequeño…

Así que no me queda más que este reclamo,

roto en líneas que parecen versos,

para tener un legendario control de las formas que aprendí,

sin usar ninguna estrategia de mercadeo

ni esgrima de fotografías naif de narciso saludable.

Emprendo este oficio para quedarme solo

solo  por fin entre las adversidades juntas:

escribir a mano y borrar mi nombre de los ordenadores.

Mi avatar es una sombra celeste y algunos datos

sin ninguna relevancia (porque la relevancia instantánea es lo profundo hoy en día)

y así descubrí ese otro lado del jardín,

este ruinoso cuarto de herramientas viejas que aguardan

al achacoso Ford setenta y cuatro que derrapó

tantas veces por la carretera y fueron tantas las vergüenzas

que nos dio un símbolo de lo útil que es olvidar.

 

Durante los días de siesta y de insomnio,

trato de leer libros en otros idiomas

para captar el ritmo de su gramática.

Pero he perdido grandes tramos de mi vista

y me estoy quedando sordo de tanto resguardarme

del mundo con mis audífonos por la calle.

Aquí es tanta la histeria,

porque  es la histeria la que arma las ciudades,

son sus rabias y sus esquemas de parques,

esos monumentos tibios de la democracia,

que nos frenan de pronto, porque ante cada idea incluida

nos zampan un nuevo centro comercial,

porque ante cada vocablo aceptado,

nos mandan mil fábricas para que la trabajen niños esclavos

y por cada actor que participa de protagónico,

saliendo de estas mismas calles que recorro, directo

a las enormes producciones de los canales streaming

son horas de mensajes a favor de la usura o del blanco

de los cuellos de las camisas

o de las inmejorables posibilidades del combustible fósil.

 

Así o más rebelde puede ser el arete en la nariz

o el sincopado brote electrónico del low fi del meth

(las drogas del inicio son ahora para las gerencias),

mejor salir el sábado a cazar pastillas y traer algunas

personas al automóvil, así es mejor

darle batalla al nuevo mundo mientras la fiesta sigue

y podemos retratarnos al momento de la salida del sol.

Acomodarse a un sexo circunstanciado y amenazante

el consenso que da recordarse al día siguiente si hubo

o no  consenso, por no rebotar nuestro nombre destrozado

por los pedregales mayores de las redes sociales.

Puede quedar también la siempre prosaica pornografía

en la que se compromete una vagina a deglutir

miembros sanchos y enormes, imposibles de llegar en la

centrimétrica ubicuidad humana.

O ser el muchacho machacado y quemado con cigarrillos

o el viejo lascivo que funge de violador de adolescentes.

Así el triste abismo en el que el amor llegó por estos años

a doblar, regresar por el viejo camino,

el menos virtuoso, el inacabado e imperfecto amor

lleno de dobleces y cursilerías, paniqueado por desastres nucleares

y luchas ambientales llenas de policías antidisturbios

que golpeaban a muchachos carnívoros y obreros,

que no se arrojaban al piso ante los ataques donde reconocían

que el policía que lo estaba golpeando era el  vecino de su casa.

 

Hoy convivo con una panadería libre de gluten,

un supermercado de tantos de una cadena de tantas

y un Starbucks donde no saben ni de broma lo que es un sindicato.

Soy lo feo dentro de lo gentrificado,

no me muevo de mi vieja casa, la casa de mi madre

porque dicen que es un barrio renovado y

yo, ellos lo dicen, soy pintor o poeta o no sé qué chingados.

Día con día hablo con los muchachos que van a la universidad,

me actualizan el software pirata de mi computadora

y me hacen reír con los chistes que le hacen a los políticos

en esas guasas que llaman memes y que no del todo entiendo.

Ahorro más porque la vida me gusta menos,

no me gusta comprar nada, colecciono cedés y esos ya casi los regalan

en los almacenes, los cuatro chicos con que hablo

no conocen Sonic Youth ni mucho menos a Herbie Hanckok,

uno que otro se las lleva de cultureta y vuelve con la lección aprendida.

Son agradables y me recuerdan que hace  veintisiete años yo

tenía veinte años cumplidos con el cabello largo,

iba con mis libros a la facultad de Humanidades,

fumaba mariguana mezclada con cocaína y bebía

vino de caja como es la divina costumbre.

Pero se me ha roto en el piso la ilusión de ser joven,

hoy siento que la libertad que les aguarda es la del miedo,

nadie se abraza luego del Covid o de las respetuosas distancias,

hacen largas filas para rayar monumentos en cada manifestación,

vuelven a sus cabinas de call center,

celebran alguna funa o a un ídolo caído

y se tropiezan una u otra vez con su infancia dolida,

vacíos de padres o vacíos de libros o vacíos de campos abiertos.

Nadie les advirtió que este mundo sin su alegría auténtica

estaba a punto de morirse y tampoco les advirtieron

que sus batallas ya tendrían una marca de jeans asignada

o una aplicación que encendiera más el fuego,

porque ese fuego que viene desde hace miles de años

ya está en lo más alto del mercado,

porque uno no puede sentirse libre si existe

un satélite allá arriba, listo y asignado para seguirnos,

allí arriba donde saben lo que hablas con tu pareja o si ya la dejaste

allí arriba donde ven con misericordia a la cuarentona que gana libras,

allí arriba donde encuentran al violador de jovencitas,

allí arriba donde hay un desodorante especializado para cada edad,

allí arriba donde saben que estás desempleado desde hace un año,

allí arriba donde tus gustos musicales se llevan bien con millones de melómanos,

allí arriba donde saben  cuántas  veces te masturbas y luego lloras,

allí arriba donde los ángeles no son nada más que otra ciudad superpoblada,

allí arriba donde te ubican porque le diste laik a un poema de Ferlinghetti,

allí arriba donde sí conservan la memoria y leyeron muy bien a Marx o a Gramsci o a Foucault,

allí arriba donde te dirigen como si fueras el candidato de Manchuria o el síndrome de Estocolmo…

Ahora que se parte en dos el mar, no cruzamos a través sino que surfeamos sus olas separadas.

Hago este manifiesto en la tarde calurosa de un jueves de marzo del marchito veinte veintiuno.

No sonrío más a la sombra de este acantilado,

no me atengo a los microsismos de una felicidad antagónica.

Soy el que viene del pasado y del futuro, estoy alerta

el peligro de este simulador de vida que hoy me rodea

como una isla rodeada de tierra,

náufrago de todo tipo de constancia,

en la soledad de mi pensar o no pensar,

en esta lista desovillada de juramentos,

parto de las cicatrices que dejaron los golpes

que me di contra las banquetas,

las rabias del amor separándose,

los ojos del niño que creció y que ya no veo,

las ruinas que atestiguo cada mañana en el espejo.

 

Doy este dolor al mundo porque anoche,

anoche soñé un observatorio,

pero estaba cerrado a la gente,

arriba alguien vigilaba, agriamente, nuestras pequeñas esperanzas.

Poeta civil y sin trabajo,

consultando que en mi cuenta aún subsistan los billetes

que deben abrigarme hasta agosto,

porque es duro no tener labor, aunque uno sea artista

y los artistas supuestamente siempre están desempleados.

Al calor de esta inutilidad me encuentro

sobreviviendo como cuando era niño y no sabía nadar,

aferrándome a la orilla de la piscina,

aprendiendo a estar en calma aunque sepa

que si me suelto caigo hasta el fondo

y que mi cuerpo solo podrá salir flotando sin alma.

Entonces quedo untado en el hermoso cuadro del mundo,

como ese trozo de tarta que cayó sobre un lienzo

luego de una guerra de comida,

así, deslizándome hasta llegar el marco luego

de disolverme en la perspectiva de una manera obscena.

 

Ya sea como narrador o poeta, la obra de Javier Payeras (Ciudad de Guatemala, 1974) es un referente de la literatura centroamericana. Sobre todo por ser una figura central de la Generación guatemalteca de la posguerra, que reflejó las consecuencias del conflicto armado que asoló el país durante décadas.