La mejor revista del Norte de México, Pez Banana, dedicó su último número a cartografiar la obra de algunas escritoras latinoamericanas. Lo hizo desde el convencimiento de que a día de hoy son las autoras las que están realizando las aportaciones más interesantes y modificando los mapas de la literatura en castellano. En penúltiMa hemos logrado que nos “presten” algunos de esos textos, convencidos de que merecen toda la difusión que pueda ofrecérseles. Además queremos expresar una gratitud enorme hacia Iván Ballesteros Rojo, factótum de Pez Banana, que desde el primero momento se ilusionó con la idea de darle más difusión a los textos de su revista. Acá tienen el primero de ellos, donde Mónica Maristain esboza las líneas generales de la obra de Ana María Shua.

 

A menudo se habla de la cotidianeidad presente en cada uno de los cuentos de la formidable Ana María Shúa (Buenos Aires, 1951). Es cierto. Sus historias habitan el esplín de los días con una cadencia morosa, identificable, reconocible, tanto así que a veces uno piensa en que es fácil narrar si vamos a hablar de pulóveres tejidos por nuestras madres, si vamos a contar la historia del tío que ponía sobrenombres absurdos y pronunciaba la palabra caca a la menor provocación.

¿Quién no tuvo un vecino fotógrafo que retrataba las postales de familia con una vocación arqueológica?

¿Quién no fue a pescar con su padre o un primo tratando de descubrir y memorizar los rudimentos de una práctica en la que siempre había uno que era el experto, el que había cazado un pez que no podía abarcar con sus brazos abiertos?

Sin embargo, en la cotidianeidad de esas historias está lo complejo de una trama que rasga la cuarta pared de la existencia “normal”, para llevarnos a un universo que sólo puede ser nombrado con tres palabras: Ana María Shúa.

Se trata de Contra el tiempo, editado por la española Páginas de Espuma (enorme esfuerzo de amor al género por parte de Juan Casamayor) y coordinado por la también cuentista argentina Samanta Schweblin.

Hay tres cosas a las que me gustaría referirme, siempre desde mi lugar de lectora asombrada por la calidad de un libro que se ha constituido, como suele decir mi amiga Laura García, en esos que “no prestamos”.

La primera es la grandilocuencia. Mejor dicho: la ausencia de ella. Transcurren las historias de Contra el tiempo en un contexto donde el paradigma es lo mínimo, ¿lo pequeño?, lo de todos los días. Como si con un escalpelo la autora rasgara el nylon de la realidad y la indagara siempre con ojos inocentes.

La segunda, sin duda, es la constitución de una moral. Que no una moraleja. Ofendería la inteligencia y el enorme talento de la cuentista si apuntara a sus cuentos como dadores de “un mensaje”.

Sin embargo, tengo para mí que en cada una de sus historias hay una voluntad de ensalzar la justicia de las mujeres y hombres buenos. Es la bondad, cierta condición angélica de sus criaturas, la que redime incluso aquellos cuentos que podrían entrar en la categoría de cuentos de horror.

Es bueno el hombre que cree haber construido el triunfo y la derrota de un célebre boxeador; buena la madre que trata de ser una buena madre frente a hijos que la lastiman de forma literal. Bueno el fotógrafo que ante el cuerpo derrotado de una mujer que se cree hermosa, se pone en manos de la aspirante a bomba sexual cuando su niña recibe el golpe de un librero que se cae. Bueno el sobrino que recuerda los juegos de su tío moribundo. La bondad, que es la piedad de la autora para involucrarse sin miedo con sus personajes y acompañarlos en todas sus aventuras, incluso las trágicas, las irremediables.

Finalmente, la gran tarea de Ana es ser y demostrar que es una gran cuentista, enmarcada en una tradición que en su país de origen, desde Horacio Quiroga a Jorge Luis Borges, ha dado enormes joyas del género.

Hay quienes pueden escribir la Biblia, una novela total, un ensayo definitivo, pero serían incapaces de escribir un buen cuento.

La técnica, la artesanía compleja, exhaustiva, de las historias de Shúa, demuestran que estamos frente a alguien que engrandece el oficio con cada línea que escribe. Y en gran medida por eso y por muchas cosas más es que Contra el tiempo es un libro que comenzará a formar parte de los estantes de mi biblioteca, en la categoría de “No son para prestar”.

Viendo la trama de tus cuentos, uno podría pensar que escribirlos también es un acto “contra el tiempo”

La literatura es un acto contra tiempo, una voluntad de trascendencia, ¿verdad?

¿Qué dirías del cuento?

Ha pasado por épocas de gloria en nuestro continente y del mundo entero. Tiene que ver con el auge y caída de muchos medios de comunicación. Hubo una época en que no sólo existían las revistas culturales, sino las revistas y periódicos en general, que publicaban mucho cuento y la gente los leía con avidez. Hoy eso ya no sucede. La gente ve al cuento como un retroceso en el universo de la ficción y el mercado editorial está menos interesado en el cuento que en otras épocas. Por otro lado, como bien decías, yo pertenezco a una riquísima tradición en el cuento y en particular en Argentina todos los grandes maestros de la literatura han sido también grandes cuentistas.

 Pensaba también que para el cuento de “El Flaco” tuviste que aprender muchas cosas del boxeo

Yo no sé absolutamente nada del boxeo y no sé las cosas que digo en ese cuento: ya me las olvidé. Lo que me pasó es que me encargaron un cuento para una antología sobre boxeo y me fui a una librería donde tenían revistas viejas, revistas deportivas donde estaban las notas de Carlos Monzón que había tenido una pelea con un boxeador italiano llamado Nino Benvenuti. No sabía si iba a poder escribir el cuento, pero alguna vez había escrito sobre Monzón y el asesinato de la mujer de Monzón, bueno, esto es lo único que sé y empecé a ahondar sobre eso. Mientras buscaba información, un hombre vino a preguntarme qué estaba buscando y le dije y me contestó: –Nunca me voy a olvidar de la piña de Monzón sobre Benvenuti. Y ahí supe que ese señor sabía todo lo que yo necesitaba. Me fui con un grabador y le robé todos sus conocimientos sobre box.

 ¿Cuándo dejas de tener una noticia, una anécdota, para tener una pieza literaria?

Mirá, lo que te puedo decir es que una pieza literaria es notablemente distinta que una anécdota. A veces me dicen: lo importante del cuento es una buena historia y yo digo que no. Puedes tener una historia muy interesante pero no saber cómo contarla. Un cuento necesita dar un paso más allá, un cuento tiene que estar diciendo algo acerca del mundo, algo acerca de la humanidad, que tenga que ver con la visión del mundo del escritor y que esté dicho de una manera que nunca se dijo antes. Por eso un buen cuento perturba, un buen cuento produce alegría, deslumbramiento intelectual, es algo que nos toca el corazón, uno nunca sale igual luego de haber leído un buen cuento.

Tus cuentos siempre están a un paso de la tragedia, a un paso del vértigo, como si se quedaran al borde del abismo…como en el cuento de la mamá, que es un cuento de horror…

Sí, es verdad, es un cuento de horror pero le queda al lector decidirlo o si la madre se había vuelto loca. De hecho, ese cuento me lo antologaron en una antología de cuentos de terror. Nunca había pensado en lo que me decís, pero sí, creo que es así porque deliberadamente trato de no caer nunca en la obviedad. Yo quiero que un cuento tenga humor pero no que provoque carcajadas. Quiero que un cuento narre una tragedia pero no me gustaría caer en el melodrama. Sí, hay una cosa de contención en ese último umbral.

 Decía Daniel Sada que todas las reglas del cuento estaban para ser quebradas. ¿Esto es así?

Sí, totalmente. Por eso hay tantas preceptivas del cuento y todas son falsas, todas son mentirosas. Uno establece claras preceptivas de cuáles son las reglas que debería cumplir una obra, pero luego viene un genio y las salta por arriba, las mete por debajo, y destroza los límites. En este momento ha surgido una nueva sensibilidad por parte de América Latina, donde hay autores muy jóvenes, de menos de 40 años, que están revolucionando el cuento.

¿Dirías algunos nombres?

Sí, en Chile están José Pablo Roncone, Alejandra Costamagna; en Argentina, Samantha Schweblin, Hernán Vanoli, no conozco a los nuevos cuentistas mexicanos, pero creo que aquí hay una bisagra que son los cuentos de Juan Villoro y esos cuentos abren la puerta a una nueva sensibilidad.

¿Cuándo la cotidianeidad de la familia comenzó a ser materia literaria para ti?

Bueno, yo adoro a la familia en la vida real y la intensidad de ese amor me hizo ver que corren otros sentimientos debajo de ese amor. De odio, de irritación, de sentimientos que uno no se admite ni siquiera para sí mismo y que puede otorgarse permiso para explorarlos en la literatura. Me impresionó mucho en las personas locas ver cómo su odio se focalizaba en las personas más cercanas, más queridas, porque ahí también estaba el miedo y el horror.

¿Qué otros son tus temas favoritos?

Bueno, creo que la enfermedad siempre me ha interesado. La enfermedad y el amor son temas por los que todos hemos pasado. En la enfermedad está presente la relación médico-paciente, que me ha interesado mucho, su condimento de sadismo que no está siempre del lado del médico.

 

Mónica Maristain retratada por Lisbeth Salas

Mónica Maristain (Concepción del Uruguay, Argentina). Es editora, periodista y poeta. Ha colaborado con medios nacionales e internacionales como el Clarín, Página 12 y La Nación. Fue editora en Latinoamérica de la revista Playboy. Dirige el suplemento cultural Puntos y Comas en sinembargo.com. En 2012 publicó El hijo de Míster Playa (Almadía).

Maimónides escribió una Guía de perplejos que, acaso, sea uno de los libros fundamentales de la cultura española. Perplejo se queda, siempre, un escritor cuando es entrevistado. Ya sea por la ineficiencia del entrevistador o, por el contrario, por el conocimiento que despliega de la obra del entrevistado. Y más Perplejo, si cabe, cuando lee esa entrevista y se descubre como alguien más ajeno a sí mismo de lo que esperaba.