Sí, todo el mundo ha hablado de ello y ha dado ya su opinión al respecto, y en penúltiMa, como no podría ser de otro modo, tenemos también nuestra visión sobre el asunto. Y la compartimos en este texto del director de todo esto.

 

Hay que ver la que se ha montado en estas dos semanas desde que saltó la libre, un poco a modo de comentario de portería, como suele decirse, sobre el malestar de los editores de Pre-Textos ante el hecho de que perdían la opción de continuar como los editores en castellano de la recién laureada con el Premio Nobel, Louise Glück. La sucesión de opiniones han jalonado estas dos semanas hasta que, finalmente, se van concretando los hechos a través de artículos hechos con un poco de seriedad y contrastando información, como el de Xavi Ayén en La Vanguardia, y la entrevista a través del correo electrónico realizada por Ferrán Bono para El País que, de una vez por todas, ha permitido conocer la versión contraria de los hechos, la de Andrew Wylie.

Es muy complicado no simpatizar con la situación de Manuel Borrás, Manuel Ramírez y Silvia Pratdesaba, los tres factótums de la editorial Pre-Textos, y entender la sensación de impotencia y decepción ante la situación a la que se enfrentan. Tres lustros de apoyo a una autora que, finalmente, obtiene un reconocimiento masivo a través del galardón literario más prestigioso del mundo y no poder disfrutar de esa alegría, del satisfacción por su capacidad de descubrir y apostar por la buena literatura. Ahora bien, una cosa es empatizar ante esa frustración y otra muy diferente es compartirla.

Negar la importancia y calidad de la labor de Pre-Textos no es ya algo desafortunado, sería afirmar algo directamente falso. Ahí está una trayectoria y un catálogo que hablan por sí mismos, sin más, así como negar su influjo en el mundo literario de habla hispana sería, sin duda, un disparate. Pre-Textos es una editorial importante, fundamental incluso, para entender la cultura en castellano, así como nuestra formación lectora. Mi biblioteca está llena de libros de Pre-Textos, mi bagaje lector posee incluso más libros de ellos de cuyos ejemplares no poseo ya, o nunca tuve de ellos copia alguna porque los leí en bibliotecas o prestados, y siento por ellos un respeto y un afecto, incluso en lo personal, innegable. Y, precisamente por eso, me ha apenado profundamente todo este rifirrafe, que en realidad no le hace ningún bien a nadie, ni a ellos ni a Louis Glück, y menos que a nadie al mundo de la cultura.

Ahora bien, más allá de dilucidar quién tiene o no razón en este asunto, algo que a medida que van pasando los días parece cada vez menos abierto a discusión o duda, esto es, que Pre-Textos no la tiene, con todo el dolor del mundo hay que decirlo así, no la tiene, me parece mucho más enriquecedor desplazar el debate al verdadero centro del asunto, lo que convierte al acontecimiento en sí de los derechos al castellano de Glück en anécdota, mero síntoma, un episodio más de un proceso más complejo, y acuciante, que intentaré perfilar.

En medio de la vorágine que estamos viviendo, en todos los planos en general, lo que termina por incluir a la cultura, se está produciendo una tensión cada vez mayor entre el amateurismo y la industria. Durante acaso demasiado tiempo la industria del libro se ha regido por unos protocolos que carecían por completo de toda profesionalidad. La informalidad, en general, de las transacciones y acuerdos entre autores, traductores, editores y demás actores de la industria del libro en castellano lleva desde hace tiempo en el punto de mira de cualquier análisis medianamente serio de la situación del hábitat editorial. Basta con que charlar con alguno de los trabajadores de los sellos de los grandes grupos, y sobre todo de los que trabajan dentro de la dinámica de grupos con una extensión multicultural más acusada, me refiero por supuesto a Penguin Random House, ya que Planeta es una multinacional «castiza», lo que acaso pudiera explicar la tendencia dentro de ese grupo a resolver ciertos asuntos con un evidente aire chapucero, como ha podido verse en el reciente caso del premio Espasaespoesía, para comprender a qué me refiero –y perdónenme los que entiendan que relaciono españolidad con chapuza, pero precisamente lo que ha sucedido es un ejemplo de que demasiado a menudo siguen más relacionados de lo que debería, y que acaso sea un problema endémico del sector nacional que debe ser atendido–. Los blurbs, esas frases promocionales que acompañan en contracubiertas o fajas a los libros, en los Estados Unidos se pagan, sí, se paga a quien las hace, por poder usar su nombre, y por tanto su prestigio para la promoción de un libro, y si no se pagan es porque el autor de la frase la cede por amistad o interés. Algo parecido sucede con el caso de las citas que, a modo de epígrafe, suelen abrir los libros. Los lectores atentos se habrán fijado en que son cada vez menos y suelen recurrir a autores más alejados en el tiempo. El motivo es sencillo: de ese modo no hay que pedir permiso por usarlas o abonar la cantidad correspondiente de derechos de reproducción. Esto, que puede parecer algo enfermizo a muchos, y a mí mismo me lo parece, sobre todo en lo tocante a las citas de los epígrafes y no tanto en lo que se refiere al burdo refuerzo promocional, no es algo casual, sino el fruto de una industria que va regulando, y, sobre todo, capitalizando y amortizando las producciones culturales. Es bien cierto que este control económico y legislativo proviene de una industria muy cimentada como tal, y por lo tanto perfectamente establecida en sus procesos y, también, en su rendición de cuentas. Para poder intervenir como actores relevante en este proceso, los autores delegan en una figura, la del agente, que centra su actividad en este tipo de minucias, porque es de ellas de donde obtiene las ganancias que justifican su labor. Si un agente tuviera que vivir tan solo de su cuota en los anticipos de los libros de los autores no dispondrían de un negocio real que pudiera ser considerado como tal, y, más importante, no podrían hacer valer su existencia ante los autores, porque para negociar una cantidad determinada cada dos o tres años uno no necesita agente. Los agentes viven de la calderilla de las citas, de las traducciones, de todos los ingresos que se generan de modo marginal más allá de las grandes operaciones de adelantos, de celar por el caudal de ingresos continuo y no de los episódicos que puedan generar las producciones culturales de sus representados. Además, como sabe cualquiera que conozca un poco el estado económico de la industria, si bien es gigante en lo tocante a los aspectos macroeconómicos, mueve en realidad muy poco dinero en los casos particulares. La microeconomía de la edición, que es donde entran los autores a título individual, establece unos márgenes muy pequeños para todos los que intervienen en ella, ya sea el autor, el impresor o el editor, y es precisamente el hecho de que se acumulen muchas acciones pequeñas, mucho micronegocio, lo que permite que existan esas grandes cifras del sector que justifican su importancia social y mediática. Una vez más, para que quede claro: un libro no mueve molino, son necesarios muchos pequeños libros empujando para que exista la industria, para mantenerla a la espera de que uno de esos títulos, casi siempre de modo aleatorio, se revele como un caballo ganador capaz de generar los beneficios que justifiquen la existencia de inversores como tales en dicha industria.

La aparición de la figura del agente literario en el ámbito hispano, que en el caso de la edición en castellano se encarna en el influjo de Carmen Balcells, que no fue la primera agente que hubo en España pero sí la que supo marcar el funcionamiento de la profesión, logró generar un tímido empuje que ha dejado su huella tan solo en lo que se refiere a las grandes transacciones comerciales. Además ha sido, y sigue siendo, uno de los fenómenos más controvertidos de la industria, aunque, a tenor de casos como el que nos ocupa, parezcan necesarios. Aunque, hablando en plata, la industria del libro en castellano se muestre profesional solo cuando parece existir la posibilidad de generar un lucro notable, de no existir la figura del agente, es más que probable que nos enfrentásemos a una industria más amateur aún si cabe. Basta, pongo el caso, con atender a mercados concretos, como puedan ser los de algunos países latinoamericanos. Allí, la mera idea de que el autor cobre algo por su libro resulta risible, sobre todo si la editorial no pertenece a ningún grupo multinacional. En esos casos se hace más patente si cabe el cariz de aficionados de muchos de los editores, autores, traductores, etc. Es importante subrayar que al hablar de profesionalismo o de amateurismo no hago una lectura cualitativa. Al contrario, todo este texto versa sobre la polémica que lo ha desencadenado, que no guarda relación alguna con la calidad de la poesía de Louise Glück, como nada tiene que ver con la calidad de los libros que se publican. Hay libros producidos con exquisita profesionalidad en todos y cada uno de los eslabones de su producción que son bazofia a efectos culturales, aunque se beneficien de los privilegios fiscales y del prestigio cultural que se le otorga al libro, aunque eso sea otro tema, y libros completamente amateurs que hacen avanzar a la cultura y son determinantes para entender la literatura o, si lo prefieren, la literatura culta. No, no nos equivoquemos al mezclar asuntos. No hablamos aquí de cultura, en realidad, sino de industria y mercado. Realidades distintas con áreas comunes.

Esta tensión se hace menos patente aún en el caso de la poesía. Con las novelas, productos con un nicho de mercado mucho mayor, no cabe la menor duda en todo el asunto. Pero con la poesía pareciera más complicado asumir que una editorial, al poner a la venta sus libros, está aceptando las leyes del mercado, todas ellas, las que le interesa y le vienen bien, por supuesto, pero también las que no. No hace mucho tiempo me contaba un amigo poeta que solo con la nueva editorial, nueva por tener menos de una década de vida y por estar dirigida por una joven poeta, en la que había sacado su poemario, había visto y firmado por primera vez en su vida como poeta un contrato. Todos sus poemarios anteriores, y no hablamos de uno o dos, habían sido apalabrados en todos sus términos. De palabra se acordó la edición, de palabra se acordó su apariencia, de palabra se hizo todo y lo único que recibió por su libro fueron buenas palabras. Todos sabemos que en la poesía hay un valor que va más allá del meramente crematístico, y que cuando se toma la decisión de dedicarse a la poesía uno ya sabe que no es precisamente porque espera obtener rendimientos económicos de la venta de esos libros –quizás sí por cuestiones relacionadas con el capital y cultural que se obtiene con la publicación de esos libros, pero no por la venta en sí de los ejemplares–, pero, conviene no olvidarlo, esos libros se venden. Los editores participan, pues, de la lógica del mercado y de la industria, y no pueden elegir cumplir con unas partes de ella y obviar las otras.

Esto quiere decir que, si todas las partes están de acuerdo en obviar el componente mercantil de la edición y venta de libros, no habrá jamás problema alguno al respecto. Pero ese componente, existe, o desaparece porque a una de las partes le venga mejor que así sea. Lo sucedido no ha hecho más que realzar el hecho de que, si una editorial se mueve dentro del amateurismo en una industria tendente a la profesionalización, con actores acostumbrados a unas prácticas regladas que deben cumplirse en tanto que se han firmado unos contratos que obligan a ello, puede encontrarse con problemas desagradables. A veces esos problemas se hacen públicos. Quizás no estamos viendo más que la punta de un iceberg mucho más profundo y preocupante. De hecho se lo confirmo desde ya: todo esto no es más que una pequeña parte de la basura que hay bajo la alfombra, y no hablo exclusivamente de una editorial, hablo de toda la industria.

Contraponer lo sucedido entre Glück-Wylie y Pre-Textos frente a la cordialidad que parece existir entre autora y agente con los responsables de su edición en catalán, Ediciones del Buc sirve para hacer esto más evidente. Si el agente, que vive de esas minucias, como se ha dicho, no ha cobrado, en tiempo y forma, y puede constatar otros incumplimientos por parte de la editorial, está en su derecho de actuar como lo ha hecho. Luego podemos entrar a discutir las formas, que como es algo sabido, no es uno de los puntos fuertes en general de Wylie, pero no por ello va a llevar menos razón. No hay mayor falacia, ni ejemplo más evidente de la imposición de la moral burguesa que el adagio “le pierden las formas”. Cuando se recurre a él es porque es ya el último clavo al que agarrarse cuando no se tiene razón. Pueden revisar cualquier ejemplo y verán que es así. Es el modo en que desde el poder y el pensamiento hegemónico se cuestiona al que, por haber perdido la paciencia, no quiere ya andarse con los modales y remilgos impuestos desde el poder para obtener aquello a lo que tiene derecho legítimo.

Toca pues repasar las hipotéticas consecuencias de todo esto. ¿Va a ser Glück mejor o peor poeta por todo esto? Obviamente, no. ¿Tendrá más problemas en el futuro Wylie a la hora de negociar y colocar los libros de sus representados? Tampoco. En menos de un año tenemos, seguro, la Poesía completa de Glück editada por alguna editorial inteligente que se dejará de tonterías y una hipotética mala fama que solo le preocupa a los cuatro que están dentro de la industria y, bien por admiración hacia la autora, bien por contar en su catálogo con la primera poeta nobelizada en veinticinco años –conviene recordar que desde los premios a Heaney y Szymborska la Academia sueca no premiaba a un poeta puro y duro salvo el vate local, Tranströmmer–, publicará el libro. Y, desde luego, las editoriales, las más profesionales y las menos, se cuidarán muy mucho de incumplir los contratos que tengan suscritos con el Chacal. ¿Hace esto que Pre-Textos sea una editorial mejor o peor? Tampoco. Su catálogo habla por sí mismo, un catálogo extenso, con libros prescindibles, como todos los catálogos, pero también repleto, hasta los topes, de verdaderas joyas. Una producción tan extensa, por cierto, que los obliga ya de vez en cuando a destruir libros por falta de espacio en sus depósitos, destrucción que, a tenor de las declaraciones de los editores, duele menos, por lo visto, que cuando está provocada por incumplimientos contractuales, y que va a seguir formando parte de la Historia con mayúsculas de la edición en castellano. Se ha perdido la ocasión, eso sí, o quizás no, ojalá esté equivocado, de dar una lección magistral de liberalidad regalando los ejemplares de la poeta que quedan en el depósito. Porque, si entendemos que la labor de editar poesía no se hace con afán de lucrarse, y el agente pretende que esos libros no se vendan, nada impide que se regalen. Así no gana dinero nadie, pero sí gana la cultura y los lectores. Personalmente, yo habría donado esos libros a las bibliotecas, todos y cada uno de ellos. Ni una biblioteca sin Glück, ese habría sido el eslogan de mi campaña.

Acaso lo que sí, ojalá, debería provocar todo este malentendido –el malentendido lo ha sido por parte de tantos, incluido el president de la Generalitat valenciana, que se metió, como buen político, a opinar sin tener mucha idea del asunto– es replantearse hasta qué punto pueden seguir coexistiendo comportamientos amateurs con una industria cada vez más profesionalizada. Y también en llevar a reflexionar sobre el chovinismo en la lectura de estas situaciones, ya que hace apenas unos años todo el mundo juzgó y condenó de modo tajante a Malpaso por hacer lo mismo que ha hecho Pre-Textos: incumplir contratos. ¿Se debe a que estaba detrás un ser tan siniestro como el mexicano que sigue debiendo dinero a sus trabajadores y  que, con la complicidad de medios como El Mundo, sigue haciendo mofa y escarnio de ellos públicamente? ¿En qué medida la defensa cerrada y acrítica que se ha hecho de Pre-Textos responde a que «el enemigo» encarnaba al Gringo opresor y capitalista? Son todos asuntos de complicada dilucidación y, sobre todo, que exigen un análisis un poco menos vehemente y más meditado de lo que se ha hecho. A mí de toda esta situación me ha sorprendido lo irreflexivo del brote de indignación en la profesión, el modo en que se ha seguido de modo acrítico una opinión parcial, interesada, y arbitraria, que obviaba unos motivos y hacía hincapié allá donde le interesaba. Y, más aún, que muchos de los que han salido a defender a capa y espada a Pre-Textos son los primeros que, cuando son ellos los autores del libro, no se muestran tan desprendidos y altruistas. ¿Son conscientes de que han salido a defender que las malas prácticas se extiendan en el gremio? ¿Lo han pensado siquiera?

Ah, y como siempre sucede en estos casos donde todo el mundo entra a hablar y opinar del mercado de la literatura, la literatura, hace ya mucho rato, fue a refugiarse a algún otro lado muy alejado de todo este ruido.

 

Antonio Jiménez Morato (Madrid, 1976) es escritor, crítico y traductor. Su libro más reciente es la recopilación de ensayos sobre literatura latinoamericana contemporánea La piedra que se escribe (Festina, Ciudad de México, 2016). Además ha publicado la novela Lima y limón, que cuenta con ediciones en cuatro países y una digital de alcance global, y Mezclados y agitados. Entre otras cosas es el director de penúltiMa.