«Algo así como un pistoletazo en medio de un concierto», así es como Stendhal describía la presencia de la política en la novela. Y, sin embargo, ¿no es la novela ya de por sí un acto político? Puede ser o no explícitamente ideológico, que siempre lo será de modo implícito, pero desde luego la novela es, en sí, el paradigma de un acto político. La novela es, siempre, política, por el mero hecho de ser publicada. Publicar es un acto político. En fin, cosas como estas nos ha suscitado este capítulo de la novela por entregas de Javier Sáez de Ibarra. No se lo pierdan.

 

– ¡Ah!

 

Era yo el que me despertó. “¿Qué le ocurre?” exclamó la mujer. Mi grito en el interior del sueño me había sacado de él. Como si ella entendiera mi desconcierto, se apresuró a defenderse:

 

– A mí no me mire así, que yo no lo he molestado.

 

El caso es que parecía que ella también hubiese estado durmiendo, o incluso que hubiese participado en mi pesadilla, en el supuesto de que lo fuera, pues no conseguía recordar nada. No, nada.

 

– ¿Se encuentra bien?… ¿Un mal sueño?– me hacía sentir como un niño obligado a rendir cuentas ante un adulto. Me toqué la cara y me sacudí los cabellos instintivamente para asegurarme de que todo seguía en orden. Aquello me dio la impresión de que la molestaba un poco.

 

– No cuente nada si no quiere –dijo. Tras unos momentos comprendí que debía contestarle.

– Perdone si la he asustado.

– Algo anda mal por ahí dentro –se atrevió a opinar–. Tiene usted un sueño agitado; Dios mío, no paraba de moverse… –y se puso a hacerme comentarios impertinentes sobre mi forma de dormir; como si pretendiera que me sintiese responsable de no sé qué desde la posición de ventaja de quien conoce algo que uno mismo ignora, cuanto más algo íntimo y, a la vez, inaprensible. Su falso escándalo le servía para divertirse a mi costa.

– Somos inocentes cuando soñamos ¿no? –se me ocurrió.

– ¡Pues no faltaría más que eso! –chilló de pronto.

 

Iba a añadir algo ella, quizás yo, a replicarle; pero ninguno de los dos habló. Me quedé pensando en el sentido de lo que acababa de decirme o, más bien, en qué clase de persona analizaba así las cosas. No llegué a ninguna conclusión. Demasiado trabajo para una cabeza recién despertada. Ella tomó el lapso de un trago que echó de una botellita de agua que apareció entre sus manos. Aquello significaba quizá que se había levantado del asiento, luego yo habría dormido… Miré el reloj. Había pasado ¡hora y cuarto! No podía creerlo. Afuera la luz corroboraba el transcurso de ese tiempo; dentro, la luminosidad atenuada y las luces de servicio del vagón dejaban todo como estaba, salvo por el hecho (casi) insensible de que sí, el tiempo había continuado en los dos lados y para todos nosotros.

Todo lo cual me molestaba de alguna manera. Yo me sentía ante el esfuerzo incluso físico de recuperar a quien yo era, en unas condiciones distintas; en tanto sólo aquella mujer parecía la misma. ¿No se advertía, por tanto, una fortaleza en ella que la haría invulnerable?

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen SalvajeEl CuadernoQuimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su último libro publicado.