En el verano de 2020, en una rotonda fronteriza de Hendaya, un hombre ve cómo Miriam, la mujer con la que ha compartido seis años de vida, toma un autobús y desaparece. Lo que comienza como una despedida inesperada en el umbral de la llamada nueva normalidad abre una grieta íntima desde la que el narrador se ve obligado a enfrentarse a una muy particular crisis de los cuarenta. Esta novela pivota en torno a las rupturas que nos transforman y los relatos que construimos para entendernos. Santi Fernández Patón, colaborador asiguo de penúltiMa, despliega una narración de largo aliento en la que se entrelazan memoria familiar, aprendizaje sentimental y viaje. Última escala se erige en el relato íntimo de quienes heredaron la meritocracia como mito y la inestabilidad como realidad. Explora cuestiones como la precariedad, el desarraigo, la herencia emocional y las segundas oportunidades, todo ello con el telón de fondo de la pandemia del Covid haciendo pedazos las certezas de un mundo tal vez caducado. Gracias a la generosidad de su editorial, Carpe Noctem, podemos compartirla con nuestros inquietos lectores unos días antes de que llegue a todas las librerías.
Hasta hace poco siempre había creído que las palabras eran lo primero en llegar, una avanzadilla que a machetazos desbrozaba el terreno por el que luego nos alcanzaría la experiencia de la angustia y el extravío, o del júbilo y la satisfacción. Sin lugar a dudas mi error se debía a cierta propensión fabuladora, ese tipo de inclinación tan común que te lleva a relatarte episodios de tu propia vida en tercera persona, como si le ocurrieran a otro, y que en alguna medida yo había heredado de mamá.
Descubrí que estaba equivocado una mañana nubosa del verano de 2020, en el lado francés de la rotonda fronteriza de Hendaya, cuando el autobús al que se acababa de subir Miriam, la mujer con la que había compartido los seis últimos años de mi vida, se perdió por debajo de un pequeño paso inferior. Si realmente las palabras fueran lo primero en llegar yo no habría desaprovechado semejante oportunidad para componer, en tercera persona, un par de buenas metáforas.
En primer lugar a esa rotonda fronteriza se entraba por el lado español del País Vasco, como habíamos hecho unos días atrás, pero salías de ella por el francés. Lo mismo estaba sucediendo con nosotros. Habíamos comenzado el verano por el lado de la pareja y salíamos por el de la ruptura. Miriam me acababa de desvelar cómo ese autobús, que igual que cada verano la iba a llevar a la vendimia del champán, en esta ocasión solo era el primer medio de transporte de los muchos que tenía previsto coger. Cada uno de esos transportes la iría alejando de mí, porque no pensaba volver, porque había tomado una decisión, porque me estaba dejando, en definitiva. Si todo salía bien, incluso atravesaría media Europa pandémica hasta llegar a los campamentos de refugiados de Lesbos.
No añadió mucho más, ya que el autobús tenía los motores en marcha, y ella no era de hacerse esperar. Metió la mochila en el maletero, se puso la mascarilla y un rato después la vi perderse por aquel paso inferior. Otra metáfora desaprovechada, otro imperdonable retraso en esos machetazos con los que las palabras deberían haber despejado el terreno. Miriam me había dejado con un breve discurso y luego se había tapado la boca con la mascarilla, como para poner punto y final, pero a la voz en tercera persona no se le ocurrió nada que decir.
Ahora que lo pienso, también se me escapó una metáfora más. Habíamos pasado cien días metidos en casa, ese confinamiento domiciliario provocado por la crisis de la covid, y la primera idea de Miriam para disfrutar la recobrada libertad de movimiento era alejarse de mí.
Estaba claro que Miriam había dispuesto de esos cien días para preparar sus palabras, para que a ella sí le asistieran, y no como a mí, que tardé un buen rato en recibir las primeras. En realidad, las palabras llevaban traicionándome desde mucho tiempo antes, pero por alguna razón me negaba a aceptarlo. Si las palabras hubieran sido mi fuerte, de hecho, seguramente en el pasado nunca habría llegado hasta el punto del océano atlántico, entre las Bahamas y Miami, donde Miriam y yo nos conocimos. Visto así, puede que en aquel solitario apeadero de Hendaya estuviéramos dando por terminado ese terrible malentendido, el de que las palabras llegan cuando más las necesitamos.
De ese malentendido también cabría culpar, además de a mi propensión fabuladora, a cierta visión romántica que hasta bien superada la juventud, eso creía yo, no me abandonó.
Silvia ―mi hermana melliza― y yo crecimos sin conocer a nuestro padre. La versión de mamá era que… bueno, en realidad no había versión. No teníamos padre, a eso se limitaba todo, y al fin y al cabo no puedes echar de menos lo que nunca has conocido, aunque sí darte a la fabulación para inventarlo. Habíamos nacido en Málaga, la ciudad de mamá, donde ella tenía plaza fija en un instituto como profesora de Ciencias Naturales. Pese a ello, la enseñanza no debía de ser su vocación. Se había sacado las oposiciones sobre todo para que sus padres se asegurasen de que sí, su única hija ya tenía por delante un futuro de estabilidad. Sin embargo, no mucho después de que ellos murieran, lo que sucedió de forma repentina y dramática, mamá cogió la nada despreciable herencia y nos trasladamos a Madrid. Allí había cursado ella sus estudios de Farmacia antes de aprobar las oposiciones, y allí, de hecho, abrió una farmacia en el barrio en el que íbamos a crecer, pero tampoco así satisfacía su vocación.
A su vocación le daba salida muchas tardes de nuestra infancia, cuando ya no teníamos una edad tan absorbente y ella se arreglaba los turnos de la farmacia para encerrarse en su estudio durante horas. Lo único que nos decía era que tenía que escribir, algo que nunca entendimos del todo hasta más adelante. Para nosotros, escribir era una actividad pacífica, y no demasiado complicada, que nos habían enseñado en el cole, nada que ver con esa furibunda batalla que ella parecía librar con el teclado. De su estudio se escapaban de manera continua gritos desaforados, alaridos de hincha si las cosas, imaginábamos, iban bien, y violentos exabruptos cuando, por alguna razón, se torcían. Luego salía del estudio, siempre envuelta en una estela de humo, y sin desprenderse del cigarrillo entraba en el salón, o más bien se quedaba apoyada en el quicio de la puerta. Su mirada, fija, no era precisamente intimidatoria, sino más bien de resignación. Nosotros interrumpíamos el dibujo que en ese momento estuviéramos coloreando, nos quedábamos en suspenso con una pieza en la mano del último rompecabezas, si estábamos de suerte incluso parábamos el vídeo de alguna película, y entonces fingíamos que entendíamos su descarga:
―Hijos míos, no hay nada peor que tener la idea pero no las palabras ―y unos segundos más tarde solo quedaba de ella la misma estela de humo.
Se ve que a mamá también le traicionaban las palabras. No en vano, como pronto descubrimos, en realidad muchas de esas tardes mamá no escribía, no exactamente. Salía del estudio a la hora de la cena y, con gesto descorazonador, se fumaba un último cigarrillo antes de meterse en la cocina para prepararla.
―Aún no he escrito nada ―contestaba a nuestra pregunta―. Solo he tanteado.
Creo que hasta que Silvia y yo no crecimos lo que en realidad oíamos era «tonteado», que a la postre no difería mucho.
Llegaba un día, no obstante, en que la cena se retrasaba, lo que solo podía significar que mamá había dejado de tontear. Salía azorada del estudio, aterrizaba en el salón como transportada de algún lugar remoto y, ahora sí, entre el humo del cigarrillo distinguíamos su mirada de extravío y desconcierto, como si no entendiera bien qué había sucedido para que a esas horas sus hijos aún no estuvieran cenados.
―Ya has dejado de tontear, ¿verdad, mamá?
―Sí, y para celebrarlo vamos a pedir pizza ―lo que después de todo no estaba tan mal.
Durante los siguientes meses su rutina se volvía regular. Cada tarde intentaba sacar un par de horas, muchas más los fines de semana, y desde luego cenábamos siempre a tiempo, aunque a veces su laconismo revelara que mamá estaba «atascada». No era grave, eso lo sabíamos, cualquier noche recuperaría su locuacidad, un indicio claro de que ya se había desatascado. Lo grave venía al cabo de unas semanas, o tal vez meses, en los que ya no se encerraba en su estudio, ni siquiera los fines de semana. Mamá había caído en «punto muerto».
Sin embargo, no desesperaba. Fuera lo que fuera, ese punto muerto entraba en lo previsible, en lo inevitable, incluso. Era parte del «proceso». Y en efecto, una tarde nos hacía merendar a toda prisa y otra vez se encerraba en el estudio. Meses después traía por fin un mazo de hojas y del mismo modo que en un inicio no había escrito, sino tonteado, ahora lo que tocaba era «corregir». A partir de entonces, a veces con la risa contenida, otras atemorizados y siempre sobresaltados, Silvia y yo escuchábamos los nuevos alaridos, esos gritos de ánimos forofos o impíos denuestos. En esta ocasión, aunque admitieran múltiples variantes, se reducían a dos: «¡Esto es una puta mierda!» o «¡Esto es la hostia de bueno!». Sin término medio.
Cuando por fin acababa con todo eso de corregir, mamá nos contaba que en el fondo escribir era como la agricultura, y que ahora tocaba «barbecho», pero para nosotros los berberechos estaban en el mar, no en la tierra. Creo que nunca se molestó en aclararnos la metáfora. Supongo que la cosecha consistía, ya rebasada la época del barbecho, en la lectura final, las últimas correcciones y, entonces sí, una euforia mal disimulada, una calma chicha que se prolongaba durante algunos meses.
La tormenta comenzaba en la primera oleada de cartas tipo con la que las editoriales de Madrid y Barcelona rechazaban el manuscrito, la novela de mamá, aunque a veces ni las abría: «En literatura las noticias buenas llegan por teléfono; las malas por carta». En algunas de esas cartas ni siquiera habían adaptado el «Estimado/a», pero mamá todavía se lo tomaba con algo de displicencia («A ningún escritor serio le gustaría formar parte de ese catálogo»). Luego, cuando ya se habían agotado las respuestas de Madrid y Barcelona, mamá se plantaba. Para ella ahí acababa el país, como si no fuera malagueña:
―No hay nada más deprimente que un escritor de provincias. Y además qué pasa en este país, ¿tienes que tener veinte años y chupa de cuero para que te publiquen?
Hoy, de manera suave, diría que a lo largo de los siguientes meses mamá atravesaba un período de apatía. No obstante, Silvia y yo sabíamos que no tardaría demasiado en empezar a tontear y la noria se pondría de nuevo en marcha.
Hasta mi primera adolescencia no descubrí que en las viviendas de mis amigos no había estanterías destartaladas, llenas de libros en desorden que a veces escalaban hasta el techo e impedían apreciar el color de las paredes. Los padres de esos amigos no tenían cuenta en alguna librería donde les llamaban por su nombre al entrar. Si compraban El Paíslos sábados no era para sumergirse en el Babelia, que mi madre siempre amontonaba con cierta reverencia en el revistero del salón, aunque eso solo le hacía daño. Leía cada reseña para constatar que teníamos un mundo editorial «pacato», una manera como otra cualquiera de lamentar que no la dejaran ingresar en él.
Años después yo me licencié en Periodismo, y para entonces mamá debía de tener claro que una carrera como aquella no me iba a abrir muchas puertas, así que se comportó como lo habían hecho con ella sus padres. Por si acaso, me dijo, lo mejor era que me preparase unas oposiciones. A Silvia jamás le sugirió nada parecido. Antes de cumplir los dieciocho años mi hermana había aparecido entrevistada en la edición madrileña de, precisamente, El País, porque nadie de su promoción consiguió mejor nota en la Selectividad. El recorte con esa entrevista estuvo pegado en nuestro frigorífico durante muchos meses. Algún tiempo después, antes de que yo acabara Periodismo, se tituló como fisioterapeuta con unas calificaciones que bien le podrían haber valido otra entrevista, y casi de inmediato se trasladó a Gijón para abrir una clínica con su pareja, otro estudiante modélico. Mamá confiaba en el carácter pragmático de Silvia, a ella no le hacían faltan unas oposiciones.
Al acabar mi licenciatura mamá me disuadió de mi loable empeño en buscar un empleo de verano, aunque fuera, como otros compañeros de carrera, haciendo camas en Irlanda o Reino Unido para de paso mejorar el idioma. Me puso a estudiar las oposiciones y me hizo matricularme en el CAP, el curso de capacitación obligatorio para ejercer la docencia que luego el Ministerio de Educación convirtió en un máster de pago.
Cada mañana compartía mesa en la biblioteca de nuestro barrio con una mujer de más de cuarenta años que, después de criar a dos hijas, estaba decidida a retomar su carrera laboral por la vía de la administración pública. A la edad aproximada en la que, en los albores de la Ley General de Educación, nuestra madre había preparado esas oposiciones, yo, más que seguir sus pasos, pisaba sobre sus huellas. Es posible que a mis veintitrés años yo me viera reflejado en mi madre, del mismo modo que para ella sería un espejo de su propia juventud.
De repente, en casa solo estábamos ella y yo, unidos más que nunca gracias a ese juego especular. Bueno, eso creía yo, aunque ahora sé que no era exactamente así. Cenábamos en la terraza de casa y después mamá me tomaba el temario. En realidad solo era una excusa para que ella misma rememorara los ardides nemotécnicos con los que había superado algunos escollos, otros que aún hoy le parecían insalvables, las preguntas que mejor supo responder, la nota con la que llegó a «la encerrona» e incluso el ambiente de cambio que ya se empezaba a notar:
―A los de Filosofía les tocó Santo Tomás, cuando unos años antes sin lugar a dudas habría caído San Agustín.
Aquellas noches de verano, mientras en la terraza ella desgranaba sus recuerdos entre cigarrillo y cigarrillo, parecía que por fin no estaba en disputa permanente consigo misma. Se diría que ya no esperaba de la vida el cobro de una deuda que nadie excepto ella sabía bien en qué consistía. ¿De dónde, de hecho, le venía ese perenne sentimiento de insatisfacción? Solo unos meses antes había detenido, por fin, la rueda de fracasos literarios. Eso sí, lo había hecho con uno de esos gestos solemnes a los que era tan proclive. Ni Silvia ni yo olvidaríamos nunca la hoguera que prendió en esa terraza y a la que fue arrojando, uno a uno, todos sus manuscritos. Luego metió las cenizas frías en una bolsa de basura y, con la misma teatralidad, las llevó al contenedor. No era de extrañar que ahora quisiera evitarme cualquier tendencia al romanticismo y me empujara a esas prácticas oposiciones.
Por mucho que aquel verano creyera estar más cerca de mi madre que nunca, aún no podía vislumbrar que su verdadera novela no se encontraba en esos manuscritos que nunca llegué a leer. La novela la tenía delante de mí, una farmacéutica sin vocación que se había esfumado de su ciudad con dos hijos de padre desconocido para nunca volver y para, con patética obcecación, confirmar su falta de talento como escritora. No imaginaba cuánto nos parecíamos, empezando por ese romanticismo que a ella quizás le había llevado a intentar demostrar quién sabía qué a través de la escritura. Mientras, aunque no me hiciera falta un recorte en el frigorífico, a mí me conducía a unas oposiciones con el anhelo inconfesable de su reconocimiento. No obstante, andados los meses, incluso con las prácticas del CAP finalizadas, llegó el momento y ni siquiera lo rocé, ni siquiera pude mostrarle a mamá unas calificaciones en las que ella viera el reflejo de aquellas suyas a mi edad. Ni siquiera, como mi compañera cuarentona de la biblioteca, pasaría años cubriendo bajas por pueblos y pedanías hasta obtener plaza definitiva.
Aquel batacazo tuvo como consecuencia que, por una vez, le llevara la contraria a mi madre. Ni me tomaría las vacaciones a las que había renunciado al terminar la carrera ni me buscaría un trabajo. Tampoco esperaría a que alguna otra Comunidad convocara las mismas oposiciones. Me dije que había llegado el momento de curtirme fuera de las faldas de mamá, como había hecho Silvia, aunque ciertamente me lo podía haber trabajado un poco más.
Elegí Málaga, a tiro de autocar de Madrid, nada muy memorable. ¿Pero acaso no era esa nuestra ciudad de nacimiento, esa a la que mamá nunca regresaba? Seguro que Málaga escondía la verdadera novela, el secreto sobre la identidad de nuestro padre y el origen del resentimiento primigenio de mamá. Seguro que en Málaga descubría por qué oscura razón nos arrancó de su suelo, qué tipo de supuesta ignominia la había llevado a convertirse en madre soltera de dos mellizos. Y si no, daba igual, para eso tenía mi romanticismo y mi inclinación fabuladora.
Ni siquiera me costó instalarme en la ciudad. Llamé a un compañero de la universidad que hacía traducciones para una editorial académica. Se había trasladado a Málaga cuando a su pareja, otro estudiante, pero de Medicina, le asignaron el MIR en la ciudad. Me aseguraron que el clima del litoral era benigno y los alquileres de viviendas resultaban más que asequibles en un centro histórico que por entonces aún estaba en ruinas. Con eso me bastaba. Tiempo después, con el MIR finalizado, mis amigos cambiaron de destino. Para entonces yo me había montado en un alegre carrusel de trabajos precarios que, año tras año, se iba alargando.

Santi Fernández Patón (1975) es autor, entre otras obras, de Grietas (Premio Lengua de Trapo): «Memorable» (Babelia); Todo queda en casa (Premio Auguste Dupin): «Extraordinario relato de una familia y un país» (Isaac Rosa); A partir de mañana: «Como si te engullera un remolino […]. Escritura impecable» (Alfons Cervera) y del ensayo Municipalismo y asalto institucional: una visión descreída. Es columnista en la edición andaluza de elDiario.es



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