«¿Los artistas son terroristas frustrados o los terroristas, artistas frustrados? ¿O son ambos los santos y héroes de nuestro tiempo? ¿O simplemente sus iconos?
La generación del sesenta y ocho no consiguió hacer historia, solamente historietas. Estas hacen gracia o derraman sangre, pero carecen de ejemplaridad y constituyen, en cualquier caso, un género menor» Mario Perniola, uno de los pensadores italianos más sugerentes e indispensables para toda mente bien amueblada, fue uno de los principales críticos de los clichés y el giro de valores que protagonizó buena parte de la vanguardia de las luchas sociales de los años sesenta y setenta, lo que en el caso de Italia equivale a decir uno de los momentos más convulsos e vibrantes de su historia. La editorial Bauplan, que poco a poco se confirma como uno de los referentes para todo lector interesado en el pensamiento audaz y el rigor editorial, recupera de nuevo con Del terrorismo como una de las Bellas Artes la obra de Perniola, que reivindicaron ya con Berlusconi o el 68 realizado, tiene la generosidad de permitirnos compartir este adelanto. El verdadero asunto del libro es el terrorismo del lenguaje. No va de bombas, sino de la violencia de la transparencia absoluta: cuando un autor (Rousseau, Dostoievski, Strindberg) pretende expresar su interioridad de forma directa, sin mediaciones, sin retórica, sin que el lenguaje la enturbie, cae en la trampa. La huida de la retórica conduce a una nueva retórica —la del Terror—. Un mecanismo que, aplicado al discurso político, produce el régimen del Terror en la Revolución francesa y sus remakes contemporáneos. La lógica es la misma: pureza total, autenticidad radical, eliminación de todo lo que «contamina». El terror lingüístico es el primer paso. En este libro, Perniola piensa la década del setenta desde dentro, desde la experiencia vivida, sin disimular que esa experiencia fue caótica, cómica, a veces ignominiosa. Y lo hace concentrando todas las peculiaridades de su estilo inigualable. Por supuesto, no se presenta como héroe intelectual, sino como Lumpenintelligentsia, un «intelectual de segunda» que miraba la revolución desde los márgenes. Compartimos aquí el inicio del libro para incitar a nuestros inquietos lectores a buscar el resto del volumen en su librería de confianza.
Historieta del amigo condenado a muerte
En Roma, su primer amigo decía que lo habían expulsado del Partido Comunista, después, de la Cuarta Internacional trotskista y, finalmente, de la facción de Juan Posadas. Esta última no solo lo habría expulsado, sino que también lo habría condenado a muerte con una sentencia a ejecutarse el día de la revolución. En aquella época no estaba muy claro (y tampoco lo está ahora) por qué motivo se había unido a la facción de Juan Posadas (nacido Homero Cristalli) y no a la de Nahuel Moreno (nacido Hugo Bressano). De hecho, usted creía que el verdadero seguidor de Trotsky era Moreno, un auténtico intelectual, y no Posadas, cuya simpatía por el peronismo dejaba entrever una actitud populista, siempre dispuesta a justificar cualquier disparate en nombre de las tendencias imperantes en los medios de comunicación. En fin, esta condena a muerte ¡estaba más que justificada! No obstante, surgía la pregunta de cómo ejecutaría el verdugo la sentencia justo el día de la revolución y no al día siguiente. Desde Buenos Aires, sede de estas facciones, hasta Roma hay una noche entera de vuelo. A menos que ya hubiera alguien in situ esperando para cargárselo.
Lo cierto es que la forma de caminar de su amigo causaba bastante asombro: su silueta pasaba a ras de los edificios, buscando alcanzar lo más rápidamente posible el giro que lo volvería invisible a un hipotético francotirador preparado para dispararle. No parecía caminar ni correr realmente, sino fluir y desvanecerse hacia la esquina más cercana. Por lo tanto, nunca seguía un camino recto durante mucho tiempo, sino que zigzagueaba de una manzana a otra, tratando de desaparecer lo antes posible de la vista de quien lo observaba. Hay quien sostiene que en Roma la autoconservación pasa por mecanismos de autoanulación que incluyen el cuerpo. De modo que, si en Venecia basta con ir disfrazado (según el conocido precepto de Paolo Sarpi), en Roma la supervivencia depende de una pertinaz búsqueda de la invisibilidad, loque explica por qué sus habitantes no pueden tener un andar majestuoso. Según otros, en cambio, la forma de andar de los romanos no se debe al temor que le tienen al día de la revolución, sino al adoquinado y al mal estacionamiento. Además, la idea de que la revolución ocurriría de día y no de noche sería desmentida poco después por los portugueses, cuyos capitanes, como todos saben, sufren de insomnio.
No estaba claro si su manera de andar dependía de la condena de muerte o si esta era un pretexto inventado para evitar cualquier tipo de compromiso. En una época en la que Sartre y Simone de Beauvoir aún estaban muy activos e influyentes en la vida cultural, por muy muerto y enterrado que estuviera el existencialismo, no estaba bien visto mostrar miedo. El terror y lo sublime no se pusieron de moda hasta muchos años después. En realidad, existían profundas afinidades entre el carácter de su amigo y la forma de ser de los romanos cultos del siglo xvii, que, como se puede comprobar en la Biblioteca Casanatense, estaban muy bien informados sobre las teorías y los acontecimientos parisinos del quietismo y el jansenismo, aunque se cuidaban mucho de respaldarlos. Así que su amigo sabía un montón de cosas sobre los situacionistas, los anárquicos y los comunistas consejistas, e incluso en qué café en París, cerca de la Bastilla, solían reunirse los editores de la publicación Information Correspondance Ouvrières (I.C.O.), que informaba sobre las huelgas salvajes y las luchas proletarias espontáneas sin proponer ninguna teoría, pero no estaba dispuesto a emprender ninguna acción editorial legal y dotada de identidad. En su lugar, promovía la prensa clandestina, que consistía básicamente en reproducir con el mimeógrafo material revolucionario real o presunto. Por lo que habría sido injusto considerarlo miedoso. Cuando más tarde usted descubrió que ayudaba a los desertores americanos de la guerra de Vietnam, hasta le pareció muy valiente: en esa época usted suponía que los servicios secretos estadounidenses eran bastante más peligrosos, y sobre todo más cercanos, que los posadistas. Justo para dar una idea de cuáles eran sus pensamientos en aquel entonces, reproduzco en el recuadro la contraportada que salía en cada número del boletín I.C.O., con el que ustedes dos se identificaban, pese a que no eran trabajadores. Formaban parte de la Lumpenintelligentsia: eran, en otras palabras, unos intelectuales de segunda.
Lo que somos, lo que queremos
El objetivo de nuestra agrupación es reunir a trabajadores que ya no confían en las organizaciones tradicionales de la clase obrera, los partidos y los sindicatos.
Nuestras experiencias nos han demostrado que en la actualidad los sindicatos son elementos de estabilización y conservación del régimen de explotación.
Tienen el papel de intermediarios en el mercado laboral, utilizan las luchas con fines políticos, son los auxiliares de toda clase dominante en un Estado moderno.
Creemos que corresponde a los trabajadores defender sus intereses y luchar por su emancipación.
Como todo trabajador, buscamos informarnos mutuamente sobre lo que ocurre en nuestros lugares de trabajo, denunciar las maniobras sindicales, debatir nuestras reivindicaciones y brindarnos apoyo mutuo.
En las luchas, intervenimos como trabajadores y no como organización, para que los movimientos sean unitarios, y por ello anunciamos la constitución de comités que asocien11de forma activa al mayor número posible de trabajadores y defendemos reivindicaciones no jerárquicas y no sectoriales, capaces de obtener el respaldo unánime de los interesados. Estamos a favor de todo lo que pueda ampliar la lucha y en contra de todo lo que tienda a aislarla. A través de vínculos internacionales, intentamos conocer también la situación de los trabajadores alrededor del mundo y debatir con ellos.
Todo esto nos lleva, a través de los problemas actuales, a cuestionar toda la sociedad de explotación y todas las organizaciones, y a debatir problemas generales como el capitalismo de Estado, la jerarquía, la gestión burocrática, la abolición del Estado y del asalariado, la guerra, el racismo, el socialismo, etc. Cada cual expone libremente su punto de vista y permanece libre en la acción que lleva a cabo en su empresa. Consideramos esenciales los movimientos espontáneos de resistencia a todo el dispositivo moderno de dominación mientras otros consideran esencial la acción de los sindicatos y las organizaciones.
El movimiento obrero es la lucha de clases tal y como se manifiesta con la forma práctica que le dan los trabajadores. Solamente ellos pueden enseñarnos por qué y cómo luchar. Nosotros no podemos sustituirlos en modo alguno. Solo ellos pueden hacer algo. Lo único que podemos hacer es transmitirles información, del mismo modo que ellos pueden dárnosla a nosotros, contribuir a los debates con el fin de aclarar nuestras experiencias comunes y, en la medida de nuestras posibilidades, proporcionarles ayuda material para dar a conocer sus luchas y su situación.
Estamos convencidos de que estas luchas son una etapa en el camino hacia la gestión de las empresas y de la sociedad por parte de los propios trabajadores.
Era, en resumen, un programa muy kantiano, ligado a la idea ilustrada de que el hombre debe salir del estado de minoría en el que lo mantiene la falta de valor y utilizar su propio intelecto sin dejarse guiar por otros. Todavía no había llegado el director inglés Ken Loach para enseñarnos con sus películas lo ingenuos, e incluso un poco estúpidos, que son los trabajadores, algo que en esa época usted tampoco sospechaba, por mucho que su perspectiva del mundo emulase más a Hegel que a Kant. Ahora bien, según Hegel, la mayoría de los individuos no sabe lo que quiere, así que ¡hace falta que alguien se lo diga! De hecho, las exigencias de la época no coinciden en absoluto con los deseos empíricos de los individuos. Entiendo que hoy en día, al estar rodeados de idólatras de las encuestas de opinión pública, esta profunda discrepancia entre las exigencias de la época y las fluctuantes opciones de las masas pueda sonar un poco extraña, pero pese a que nadie tiene ya la valentía de decirlo, hay buenos motivos para creer que Hegel tenía razón. Después de todo, incluso para Rousseau la voluntad de la mayoría (y, en última instancia, la voluntad de todos) puede no coincidir con la voluntad general. En este caso, la democracia degenera en oclocracia, en el gobierno de los peores: los intereses particulares de los individuos, interpretados y promovidos por algún demagogo o magnate, prevalecen sobre el interés general de la comunidad. La democracia debería conducir al gobierno de los mejores o, como se dice en griego antiguo, a la aristocracia, pero muchas veces esto no ocurre, por lo que a menudo son las minorías serias (y, en última instancia, un único individuo competente y honesto) quienes conocen la decisión correcta que hay que tomar.
Tal vez la forma de andar de su amigo no se debía al miedo, sino a una pasión más compleja, que quienes han vivido mucho tiempo en Roma conocen muy bien: el entrismo. Más que de una táctica política, se trata de una dimensión antropológica. De hecho, esa extraña manera de avanzar en zigzag a ras de los edificios y desaparecer lo antes posible en los portales facilita una más profunda penetración en el tejido urbano que el caminar normal, de la misma manera que afiliarse a partidos, grupos o facciones proporciona una experiencia de sociabilidad política mucho más amplia y articulada que la simple profesión de una ideología. Lo que le llamaba a usted la atención de los asuntos de su amigo no eran tanto las expulsiones como las afiliaciones que se sucedían rápidamente. Es cierto que el entrismo político se justifica con la intención de llevar al partido o, en general, a la organización hacia posiciones más radicales mediante una acción de propaganda, que empieza desde el interior y que, por lo tanto, se supone que debería ser escuchada con mayor atención y confianza. No obstante, usted nunca notó en su amigo una intención de este tipo, de modo que se podría suponer que era más un infiltrado y un espía que un astuto estratega del movimiento obrero y comunista. Aun así, es difícil imaginarlo al servicio de una central o de cualquier otra cosa, por lo que es más probable que fuera un curioso que quería aumentar y actualizar constantemente su capital personal de conocimiento y de información. Sin embargo, no obtenía ningún beneficio económico de ello y vivía de manera austera, limitando su actividad empresarial a derribar algún que otro tabique de más en su humilde morada. Aunque estas demoliciones estaban expresamente prohibidas por el contrato de alquiler, usted las consideraba justificables desde el punto de vista del ius gentium, ya que este permite a un condenado a muerte alguna pequeña excepción a la normativa de construcción. Además, al vivir en el último piso, no ponía en peligro la estabilidad del edificio. En los partidos de los que había sido expulsado, ocupaba la planta baja, y ya se sabe que quienes requieren de un mayor control son precisamente los militantes de base porque, como los topos, minan la solidez de las organizaciones. No es que fuera un traidor. Es más fácil imaginar que fuera acusado de ser un «pequeño burgués», sin duda un pecado mayor que el de ser un «gran burgués», no solo porque de los «grandes burgueses» se pueden obtener generosas donaciones para la organización, sino también porque el mismo término «grande» da una idea del porvenir que a esta le espera.

Mario Perniola (1941-2018) es, junto a Umberto Eco y Gianni Vattimo, máximo exponente de la renovación de la filosofía italiana, a la que reconduce hacia la vanguardia radical y el experiencialismo situacionista. Agudo, irreverente, descarnado a veces, extremadamente elegante, Perniola desarrolla una prosa única. Hace girar su reflexión sobre tres ejes —arte, política, comunicación— que le permiten componer esbozos sorprendentemente precisos de la modernidad tardía.
En su obra traducida al castellano cabe destacar Contra la comunicación (Amorrortu, 2006), Del sentir (Pre-Textos, 2008), El sex appeal de lo inorgánico (Trama, 2014), Los situacionistas (Antonio Machado, 2015) y Berlusconi o el 68 realizado (bauplan, 2024).
La imagen que sirve para ilustrar la entrada es una de las imágenes de la serie 18.Oktober 1977 de Gerhard Richter.



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