No se desespere, ¿para qué? Mejor lea. Lea, por ejemplo, la novela de Javier Sáez de Ibarra, lo que le permitirá convertirse en un espectador de la peripecia en movimiento que se desplaza por el mapa de la literatura.  Acaso pueda ser algo más, no un simple espectador, sino un testigo. Usted, que es una persona que no se desespera, sabe que ser testigo es algo más serio que ser espectador. Siendo testigo uno forma parte del evento, siendo espectador lo ve uno, ahí, delante, ocurriendo, pero no pasa uno a formar parte de ello. En la vida somos espectadores de muchas cosas, pero no somos testigos de tantas. La diferencia entre ser testigo o espectador de la vida de un hijo es notable, por ejemplo. Así que no desespere, ¿para qué? Mejor lea. Lea, por ejemplo, la novela de Javier Sáez de Ibarra.

 

Rebobinar. Rebobinar. Que mi libreta fuera un tablero donde se puede borrar y volver a escribir. Que mi poder se extendiese sobre mi cuerpo, sobre mis palabras, sobre mi tiempo, sobre la marcha imparable del tren, sobre el viaje mismo. Sobre los otros. Sólo de esta manera podría controlar el presente y el futuro, es decir, sólo así podría manejar mi vida conforme a mi voluntad. Lo escandaloso era que ninguno de esos poderes se me había dado. Por más que, en la narcisista infancia, nos lo hacen creer, y nos lo vuelven a hacer creer mientras crecemos, engolosinándonos, y aun en los golpes que nos dan. Incluso, diría yo, que con sinsabores y desgracias y todo, nuestro ideal, o lo que es lo mismo, a lo que debemos aspirar (y ya salió aquí el verbo maldito de la obligación) es a esa forma de triunfo que se llama imposición y obtención de los deseos.

Pues entonces resultaba que no y que no. No tenía nada. Sólo una libreta, porque la mujer se había ido definitivamente y mi imagen había quedado hecha trizas. Pero la libreta, qué era, ¿qué había dicho ella de la libreta? No se había burlado aunque era risible, porque la libreta, entonces lo veía con claridad, la libreta siempre llegaba tarde. Lo escrito no podía acompañar a lo vivido, eso por un lado; y por otro, que en medio de la vida, de la escena con ella, por ejemplo, en ese momento, cuando más falta me hacía, no podía yo consultarla y decir, se me ocurre: usted dijo esto y esto otro. Y tal cosa ¿qué relación tiene con lo que dice sentir ahora? O ¿no le parecía entonces que… y ahora se contradice?, ¿y no me debe una porque yo tuve razón…? No encuentro ejemplos para explicarme.

Sí. Ella había dicho: todo tiene un sentido. Cuando quería justificarme que el pájaro decapitado significaba que debía olvidarse de su atadura con su hijo y volar hacia otras relaciones. Se trataba de eso, ¿no es así? Por lo tanto, mi torpeza también tenía un significado, aunque no me diera ninguna ventaja en aquellos momentos que estaba pasando. Mi incapacidad para hacer preguntas acertadas, para mantener la conversación que ella requería, ¿qué valor positivo podía dársele? No que sólo sirviese para desbaratar todos mis intentos, una y otra vez.

Me di perfecta cuenta de que la tomaba por una sibila o algo peor. En medio de mis reflexiones comprendí que yo estaba siendo víctima de su poder magnético, me di cuenta de su poder magnético; confesé que, fuera una loca extravagante o una maniática, me había entregado a ella como a una visionaria, capaz de conocer mi vida presente y dirigirme hacia el porvenir más deseable. Comprendía que ella misma parecía atrapada en algún dilema: estaba a punto de llegar a su destino y, solo ahora –¿no demasiado tarde ya?–, precisamente en este momento había recibido una especie de iluminación que le hacía entender cómo debía comportarse ante su hijo, qué debía hacer de entonces en adelante. ¡Por eso se había molestado con mi pregunta? ¡Qué lejos quedaba de lo que ella estaría viviendo, sufriendo, anhelando! Yo le habría parecido un egoísta indigno…

No podía parar el tren, no podía ponerme a escribir, no podía recapacitar sobre nada de lo que estaba ocurriendo, no podía anticiparme al futuro impredecible que se nos aproximaba a una velocidad de vértigo como una pared sobre la vía para un choque. Nada podía, mientras caminaba despropósitamente por el pasillo como un perro gruñón, estúpido y ya no tan fiero tras la doma, revolviéndose con furia de can enano desde el hueco de la boca hasta la punta la cola.

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen SalvajeEl CuadernoQuimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su último libro publicado.

Por entregas es una sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.