Novelas que transcurran enteras en un tren, me preguntan, y me surge de repente el clásico: Asesinato en el Oriente Express de Agatha Christie, pero luego me acuerdo que todo, completamente todo, no sucede en el tren. y entonces me tengo que quedar ya con esta. Trenviajeros, de Javier Sáez de Ibarra, es la única novela que transcurre entera en un tren. Si alguien conoce alguna otra que lo comente. De momento aquí tienen otro capítulo de la novela por entregas que compartimos a razón de dos capítulos semanales en penúltiMa.

 

Por su rostro, interpreté que no le había gustado mi reacción. Sin embargo, no podía descifrar cuál: ¿mi abrupto ataque de sinceridad?, ¿que la tomara del brazo? El primero de mis actos me sorprendió a mí mismo (nunca elijo la fórmula directa), y ya planeaba algún tipo de excusa… El segundo, posible en las relaciones entre hombre y mujer, quizá la había ofendido (pensé que quizá por eso se soltó enseguida y se volvió a recriminármelo). Mi situación era algo apurada porque no quería de nuevo un enfrentamiento, lo único que parecía seguro en mi relación con ella.

Nos sentamos; le ofrecí que ocupase mi lugar junto a la ventanilla, a pesar de que la luz había menguado de tal modo que apenas se veía más que una mezcolanza de morados y negros en la tierra y el cielo de nuestro paisaje. Ella lo rechazó con una explicación asombrosa: “No quiero que me vean la cara mientras hablo con usted”, eso dijo. Yo me sonreí. “¿Por qué?, dije. “No quiero”, terminó.

Transcurrieron segundos, minutos, mientras ocupábamos nuestros lugares, nos acomodábamos, meditábamos sobre qué hacer a continuación… Ella se había puesto lánguida, me pareció.

 

– ¿No íbamos a hablar? –le pregunté.

– Sí.

 

Hizo. Hicimos un largo silencio después de aquel intercambio. No recuerdo qué pensaba yo; quizá mi cabeza trataba de reunir piezas dispersas de nuestras conversaciones, o de mis sentimientos de aquellos dos días a modo de pistas que me sugirieran qué actitud mantener ante ella. Imaginé a un jugador que desea empezar una partida y cuenta y recuenta sus naipes, y resulta que unas veces le salen treinta y nueve, otras veces treinta y ocho y otras cuarenta; de modo que no deja de contar y, cansado, hasta piensa en comenzar sin más, y ya se verá cuál es el número correcto.

 

– Creo que es cómodo este tren –empecé.

 

Ella hizo uno de sus sonidos propios –no llegaba a ser una risa, tampoco una palabra ni un suspiro–; pero el efecto que me producía era el convencimiento de que prefería no decir nada para no molestarme cuando yo le resultaba torpe, o zafio

 

– Usted se burla de mí otra vez –le respondí–. ¡Bueno! Dijo que quizá se había equivocado conmigo: supongo que la he decepcionado. Puede decírmelo claramente si quiere. No necesita emplear ese ruidito tan grosero.

 

Me sonrió un poco. Pensé que quizá le gustaba la sinceridad. A fin de cuentas ella… quiero decir, en la cena del día anterior…

 

– Hagamos una prueba –dijo.

– Como quiera.

– Formule usted una pregunta. Dígame lo que quiere saber.

– ¿Por eso quería ponerse de espaldas al pasillo?

– Señor Sélon –dijo enfadándose–. No sé si usted calcula el tiempo. Dentro de cinco minutos llamarán para la cena, y no podremos hablar más. Mañana llegamos a nuestro destino y todo habrá terminado. Conque si usted habla sin ton ni son, en lugar de permitir que nos encontremos, lo único que consigue es que nos perdamos en sus laberintos… Por eso le propongo esta prueba. De ella saldremos los dos sabiendo a qué atenernos.

 

Me irritaban esas demostraciones de poderío o lucidez que sacaba de vez en cuando. Y yo, verdaderamente, no era capaz de seguirla. No podía evitar pensar en cada cosa: por ejemplo, que ya daba por hecho que al llegar, todo acabaría. Entonces,  ¿a qué seguir con aquello? ¿No sería mejor dejarlo, o conformarse con una conversación agradable y cortés sin tanto retorcimiento?…

 

– ¿Quiere intentarlo, o no? –me sacó de mi embrollo–. Pregunte.

 

Medité unos instantes sobre qué iba a decir. No sé por qué dije lo que dije. Pero así sucedió:

 

– ¿Qué piensa de mí?

 

Ella se tapó la cara con las manos como sobresaltada. Pensé que le iba a dar otro ataque. Sucedió otra pausa durante la cual mi vida entera se quedó suspendida. No hice nada en absoluto. Ser testigo, vi que sacaba un pañuelo y se lo llevaba a los ojos. Estaba llorando. No hice nada más que dejar que siguiera. Qué estaba pasando. Dónde estaba mi error, por qué no podía poner yo mis propias reglas. Qué me estaba haciendo. Si yo no había hecho nada.

 

– No se preocupe –dijo–. En fin. Las cosas son como son.

– Perdone, no la entiendo.

– Usted no me ha preguntado por mi hijo, ni por qué estoy separada de él, ni por qué voy a reunirme ahora, ni qué me ha enfermado al ver el pájaro, ni qué nueva vida me espera…

– Son preguntas que… podría hacerle si…

– Son preguntas que usted ha descartado. De modo que lo que desea, ante todo, es oírme hablar de usted. Quiere saber si me parece atractivo, inteligente, deseable. Quiere hacer depender esta noche y mañana de la impresión que usted me haya causado… –yo no entendía nada–. Todo gira en torno a usted mismo. ¿Verdad? Ha calculado que esta noche, si usted me gusta, puede tener alguna oportunidad, incluso.

 

Me quedé callado. No había pensado eso. ¿No había pensado eso? ¿Por qué pregunté eso y no otra cosa? ¿Y qué tenía de malo? ¿Qué ventajas tendría si yo en vez…?

 

– Dígame a dónde quiere llegar –le espeté.

– Contesto a su pregunta. Aunque a veces parece un sádico; es usted un pobre hombre y una buena persona. Necesitaría una libreta dentro de su corazón, y no fuera –y sus manos trazaron un dibujo imposible de alusiones…– …Y, sin embargo, su atractivo es su infierno.

 

Y entonces sonó la dulce llamada musical invitándonos a la cena en el vagón-restaurante.

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen SalvajeEl CuadernoQuimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su último libro publicado.

Por entregas es una sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.<