La recapitulación, la reflexión,  es una de las características que la literatura posee casi en exclusiva, y en concreto en la narrativa es uno de los fenómenos más inquietantes que podemos vivir. En la vida no recapitulamos, no hay tiempo, y cuando lo hacemos es desde experiencias propias, pero cuando leemos narrativas recapitulamos sobre hechos presenciados, nos convertimos en personajes de esa historia porque pasamos a comparar nuestra recolección de los hechos con los que parece hacer el narrador, y el autor, de ellos. Sin duda la recapitulación es una de esas realidades que ofrecen un interés mucho mayor de lo que estamos acostumbrados a pensar. Para muestra un botón: un nuevo capítulo de la novela por entregas de Javier Sáez de Ibarra.

 

En cuanto me pareció ver a uno del grupo que entraba en el coche-restaurante, di una razón inexcusable a mi querido Tomás y lo dejé con el discurso en la boca; casi me engancho una manga con la precipitación. No quería verla sin tener pensado algo. Él, que creería que me apuraba para alcanzar el servicio, ni los había visto llegar porque les daba la espalda (tuve la habilidad de escoger mi sitio). Supuse que introduciría alguna justificación útil si le preguntaban por mí…

No dejé de sentirme mal, en efecto, en un lavabo. Sentado en la taza mirando la parte superior de un espejo rectangular en el que no alcanzaba a verme. Algo de papel, el depósito del jabón, el recipiente para arrojar los desperdicios, un asa en la pared con la que sujetarse, una luz blanca arriba, abajo, a mis pies, un suelo de goma. Todo mi reino aquel cubículo. Recordé, con la memoria instantánea, episodios de soledad adolescente, aun juvenil: otros lugares, tan reducidos, tan inhóspitos como aquel para contenerme. Recordé algún momento aciago en la mesa de mi despacho, cuando lo tuve. Formaban un collar de tiempos solitarios de recapacitación, de los que siempre había salido lleno de energía, de coraje, de sufrimiento: y siempre, siempre confuso.

Extraje la libreta de mi bolsillo. Mi padre me habló de la libreta; no de espacios reducidos ni de reflexión directa en lugares privados. Mi madre nunca me enseñó a hablar de los sentimientos más íntimos. Para qué estaba ahora molestándolos. ¿No era yo suficientemente hombre? Debía salir de inmediato de ahí, levantarme de la taza o bajarme los pantalones y hacer algo; no quedarme inmóvil. No quedarme inmóvil. Eran los viajes, inapelables, los que una y otra vez (esto ya me había ocurrido y ocurrido y ocurrido), los que de nuevo me desorganizaban interiormente. A causa de viajes como aquel, viajes que yo deseaba evitar pero a los que terminaban enviándome, me enfrentaba a situaciones indeseables. Entraba en el lavabo, me sentaba donde podía, y me entregaba a escribir frases tan coherentes como mi caos me exigiera. No podía recordarlo: no podía recordar ejemplos. (La libreta donde se hablaba de otros viajes no era aquella.) Guardaba la constancia en mi memoria, nada más. Me puse de pie, me puse de pie para lavarme (hacer tiempo), me enjuagué las manos despacio con el jabón líquido, me mojé la cara, el cabello, las muñecas; me peiné mirando hacia otro lado. Me sequé con detenimiento. El tiempo había concluido. Pensé: “He entrado a asearme. Hace calor aquí dentro. Si tuviera algo de crema hidratante, la utilizaría”. Quizás llegué a pronunciar alguna de esas frases. Luego, después de un rato, permanecí de pie, ante mí mismo, decidido. Sí. Decidido. Decidido a aceptar lo que viniese. Con energía.

Sucedió que me dije: “Me vendría bien reflexionar un poco”. Lo hice: “He conocido a una mujer, he ganado buena cantidad de dinero, he llorado esta mañana, he comido en compañía de otros viajeros, he discutido de política con un hombre al que no conozco. Por otra parte, estoy fatigado –no hay viaje sin fatiga–. Es justo, es lógico que me tome un respiro. No suceden tantas cosas en tan poco tiempo en la vida rutinaria que llevo”. Lo que había dicho, o pensado, me pareció de una sensatez impecable; pude sentarme, nuevamente, en la taza del lavabo. Alegre, incluso. Pensé: si alguien quisiera abrir la puerta; la encontraría cerrada por una importante razón.

Estaba sentado, por lo tanto. Con las manos sobre las rodillas. Vi que la libreta la había dejado sobre el secador, en un acto involuntario antes de lavarme. Así que me levanté. La cogí. Volví a sentarme. Pasó un rato. Ciertamente, no la abría.

Me había quedado tranquilo y razonable en el mismo lugar.

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen SalvajeEl CuadernoQuimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su último libro publicado.

Por entregas es una sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.