Les vamos a contar un secreto. Ustedes no pueden hacer esto, porque la interfaz en la que ustedes ven la novela de Javier Sáez de Ibarra, como cualquier otro de los textos de la revista, es impoluta y hermosa (al menos pretendemos que lo sea), pero nosotros, que vemos la revista desde la interfaz de edición, vemos las palabras que el diccionario de la web no reconoce, y que nos marca, y que son, en buena medida, donde está un autor. O sea, todas las demás que son importantes y esas cosas, son de todos los autores, son de lo común, pero es en las palabras propias, las que no usan otros, sobre todo cuando son inventadas o no registradas por el diccionario, donde residimos, son nuestras marcas, son el «No» que le decimos a la doxa, a lo previsible, a lo manido. Trenviajeros tiene unas cuantas, comenzando por su título. Es uno de los motivos por los que estamos tan orgullosos de albergarla. Aquí les dejamos con otro capítulo.

 

No apareció. Yo había descartado desde el principio que se hubiese apeado del tren en alguna parada nocturna: suponiendo que, de ser así, se  habría despedido de mí o de alguno de los pasajeros del vagón, digo, sobre todo tras su declaración misteriosa en las presentaciones de la cena… Al revisarlo, este razonamiento me pareció estúpido, incluso soberbio… Su cama desecha por la mañana quizá estaba revelándome que antes de las nueve y cuarto podía haber llegado donde aquella persona a la que amaba, pero que no era como ella misma contó… alguien que la esperaba… Había negado desde el principio la posibilidad de que se hubiera marchado… Me dije, lo había descartado únicamente porque no deseaba que lo hiciera sin haber tenido yo antes una oportunidad.

¿Dónde podía buscar entonces? El tren era inmenso, contaba con muchos vagones de dos pisos casi todos formados por muchos compartimientos y dependencias separados por puertas, compartimientos y dependencias defendidos por puertas que podían confundirse por sus semejantes paredes lisas, grises o pintadas de burdeos con diminutos dibujos, hojas de las puertas no siempre con un cartel identificador en ellas, a lo largo de los pasillos segmentados en otros pasillos que no era fácil recorrer pormenorizadamente, algo que desde luego no había hecho yo. Pues ni era policía ni un empleado al que hubieran encomendado ese trabajo, ¡no! Necesitaba, solicitaba mi situación su pizca de fortuna, de feliz azar, naturalmente.

Me rendí en el descansillo de una de las entradas del coche dieciséis; me apoyé en la puerta; volví a mirar el paisaje a través del grueso vidrio que lo volvía insonoro, inodoro, intangible, reducido a un cuadro del realismo, la alfombra pardo-amarillenta de decenas y decenas de kilómetros de tierra yerma, pocos árboles, ríos ausentes; alcé los ojos hasta el azul casi blanco cielo del mediodía, invariable, anodino, plano. Lo juzgué todo tan lógico; miré luego hacia el pasillo, entonces desierto, de aquel vagón; y me puse a llorar.

Primero algo así como una llegada masiva de lágrimas a mis ojos que se reunieron en la parte inferior hasta que los cargaron; que luego fueron precipitándose por puro efecto de la gravedad, desbordando su cuenca hasta el salto al vacío, más allá de mí, verdaderamente. Hurté mi rostro frente a cualquier testigo que pudiera presentarse, de cara al exterior (a la ventanilla). Sentí cierto gusto. No podía recordar desde hacía cuánto no lloraba. Las lágrimas de aquel momento revelaban una respuesta diseñada a la perfección por la naturaleza para cuando a un ser humano lo alcanzan las emociones; me reintegraban, de esa manera, a un reino del que yo me sentía excluido desde un tiempo lejano. Qué curiosa, la misteriosa agua llegando a mis ojos ajena a mi voluntad. Me daba la ocasión de pensar por qué lloraba, exactamente por qué motivos. Y es cierto que fueron llegando, sí, dispares, antiguos casi todos, o más próximos, motivos que juzgaba susceptibles de provocar las lágrimas y otros de los que no lo hubiera imaginado. Aparecían, se dejaban ver, desaparecían, aunque no por completo, cedían su puesto, y ocupaban un segundo plano; o regresaban al centro. Así sucedió durante un rato, como un baile o un puzzle moviente ante mis ojos, ante mi memoria o mi imaginación, no sé, ante mi mente. Agua que no podía contener y se derramaba; que, por esa manera de suceder las cosas, sentía que me pertenecía, al mismo tiempo que, de forma misteriosa, yo donaba a otro lugar, a otra esfera, a otro significado; no sabría explicármelo mejor. Lo repito: agua íntima, dada sin querer a otro, y que al ser precipitada dejaba constancia de su huella en mí y en lo que no era yo. Lloraba por razones heterogéneas; también a causa de ella, por aquella mujer, por lo que aquella mujer vulgar o excéntrica, o delicada, o artista, o sufriente, o decidida; por lo que aquella mujer había dejado pasando junto a mí. Naturalmente; por la soledad. Y entonces, las lágrimas arreciaron, con un gemido del pecho, una palabra de aire que no pronunciaba nunca, y no uno: dos, tres, cuatro veces, cada vez más fuertes, más incontrolables. Vuelto un niño desatado en medio de su desolación, un imbécil vertiendo lágrimas, haciendo el papel de inmaduro en aquel sitio como pocos inhóspito, antisentimental, práctico. ¿Y no había otro lugar en todo el tren destinado a esto? ¿No tenían? Esta misma idea me atormentó, en medio de mis recuerdos y experiencias; que no hubiese dispuesto un espacio para que llorásemos los pasajeros idiotas que de pronto necesitábamos hacerlo o nos daba la gana de ponernos en evidencia. Ya no me satisfacía llorar, había pasado a caer por una pendiente, a deslizarme deprisa por una pendiente de emociones que arrastraban muchas cosas por ella, que se llevaban materiales dispersos al coladero. Conque era todo yo, pensé, lo que caía también, sin que nada importante se quedara a salvo. (No deseaba tampoco que nada quedara a salvo; precisamente se trataba de eso, que todo estaba condenado de igual manera, que nadie podía librarse de aquella caída, y que si no caía, yo lo tiraría conmigo.)

Me tranquilicé un poco; encontré en pequeños detalles una causa de alivio, la suciedad del cristal, el nombre de la empresa que los fabricaba grabado en un lateral, juzgar el paso de unos arbustos en el desolado paisaje. Las lágrimas volvieron antes que las palabras o las ideas. Su caudal obedecía a leyes internas, fisiológicas, conectadas con la almendra de mi cerebro, que relampagueaba con su juego efectista de imágenes, memorias, ideas (ninguna trágica). Me sentí desgraciado: ese era el sentimiento dominante, el que terminó ocupándome, envolviéndome como una bolsa. Un sentimiento de desgracia inevitable e histórico, creado por mí y, a la vez, incausado; lógico y también inmerecido… Se suspendían mis posibilidades de análisis cuando esa emoción había recalado en mí, me ataba y me inmovilizaba, me definía… un desgraciado, un hombre en la desgracia, un pringado… Tenía que quedarme quieto en ello, dejarme estar, el llanto actuaba ¿no?, procedía con sus exquisitas leyes, pacientes y sabias, reveladoras, que me impartía su lección, sí, que supo desnudarme sin esfuerzo, domarme las aristas, que me había dañado y, a  continuación, me lenificaba.

Pasó alguien junto a mí, me saludó; yo respondí con una voz extraña. Volví a quedarme solo. Era motivo de júbilo que alguien hubiera cruzado por el mismo sitio en el que yo me había puesto a llorar. Resultó un motivo de consuelo. Me enjugué las lágrimas que quedaban, me sequé la cara, dejé salir los últimos suspiros. Escuché un rato el zumbido del tren, sentí su traqueteo; pensé que aquel medio de transporte nos llevaba por lejanas tierras a países donde todos teníamos un cometido. Recapacité en que también ella tendría el suyo, como Samuel, los otros hombres que jugaron conmigo, el chico joven… Cada uno íbamos por una razón; esa observación tan elemental ordenaba cuanto sucedía allí: nuestra coincidencia en aquel lugar moviente, nuestra perseverancia, el hecho mismo de que el tren siguiera rodando… mi cuerpo y yo, me dije, débiles, de carne, siendo sostenidos por un orden preciso. (A veces me sucede que las atenciones más nimias, o la evidencia de una inteligencia que ha dispuesto las instrucciones más simples me descansa íntimamente y ese bienestar me devuelve una confianza que estoy siempre a punto de perder.)

Quizá, después de todo, ella no se había marchado; por lo tanto, continuaba en el tren. La mera casualidad había hecho que yo no la viera; a la hora de la comida podría encontrármela, entonces sí, yo sabría aprovechar el tiempo.

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen SalvajeEl CuadernoQuimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su último libro publicado.

Por entregas es una sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.