La marquesa salió de paseo. A las cinco o a las seis. Acaso fuera a las cuatro. En fin, todos esos son matices de husos horarios, que por cambiar cambian incluso con las estaciones. Lo importante es que la marquesa salió de paseo. Si no sale no hay historia. Puede ser que hubiera literatura, ojo, pero no sé si podríamos hablar de narración. Para que haya narración la gente sale, se mueve, hace cosas. Los personajes tiene que salir de su zona de confort. Luego cuando regresan a la zona lo cuentan, mira Odiseo. Y a lo mejor al contarlo se dan cuenta de que se han apoltronado y eso los motiva a salir de nuevo. En fin, aquí les dejo con el nuevo capítulo de Trenviajeros, que es a lo que ustedes venían.

 

– Voy al lavabo –anuncié levantándome.

– Siguiendo el pasillo lo tiene –contestó mientras se removía en el asiento como para dejarme pasar, lo que era innecesario.

 

Abandoné mi maleta en el portaequipajes que había allí mismo. Parecía inocente, acababa de decirle adónde iba aunque no sabía por qué, me había dado unas instrucciones que no le había pedido. Entonces me acordé de su ridícula revista, la señora marquesa con su yegua enjoyada, y me dio risa.

Un hombre que se encontraba sentado junto al pasillo levantó sus ojos del periódico para mirarme, sin hacer un gesto. Tenía el aspecto de un policía o de alguien que trata de pasar por uno de tantos. Me puse serio, seguí mi camino. A su lado se hallaba otro hombre muy diferente y en la fila de atrás vi tres sitios ocupados. Eché cuentas, éramos al menos siete, quizá ocho en nuestro coche, todos varones, silenciosos, responsables cada uno de lo suyo. Bien.

Llegué a mi destino. Alguien ocupaba el servicio; me di la vuelta para distraerme mirando por la ventanilla de la puerta donde acababa el vagón. Campos y campos, todavía sin plantas en ellos, diferentes modulaciones del marrón, del amarillo, diferentes alturas de una misma línea ondulada que nos acompañaba todo el trayecto, alguna casa o caserío cada tanto, cercas de piedra o vallas para guardar los animales o preservar la linde de las posesiones; de pronto el tren descendía por un vado y el paisaje desaparecía tras el talud. En tales momentos uno llega a sentir que le escamotean algo de la visión, obligándolo a mantenerse tenso y paciente. Son sensaciones ridículas que nunca he superado. Otra vez, idéntico paisaje repuesto, después de unos segundos, después de unos minutos. Y, no obstante, la neta impresión de haber sido víctima de un hurto. Ya lo he dicho.

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen SalvajeEl CuadernoQuimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su último libro publicado.