Continua el recorrido de lecturas que Carlos Yushimito comparte en su sección de textos breves donde recopilamos reflexiones e iluminaciones escritas en el teléfono móvil y compartidas en sus redes sociales, por las que ha recibido una creciente atención entre los lectores inquietos que agradecen una criterio insobornable y sustentado.  El título común que las reúne es Praxinoscopio, para deleite de los lectores más exigentes, que encontrarán en la lectura desprejuiciada e inapeable de Yushimito más de un motivo para reflexionar, en este caso se acerca a Utilidad de la belleza de Kathleen Raine.

 

Estoy leyendo este libro que recopila tres ensayos de la poeta británica Kathleen Raine, publicado —como ya es costumbre, con exquisito gusto— por la editorial Vaso Roto en 2015. Ya en los años sesenta, Raine se había distanciado radicalmente de la poesía documentalista («materialista» la llama) o puramente emocional, para reivindicarla como un vehículo de trascendencia mística, de resistencia y reparación de aquel desencantamiento del mundo del cual hablaba Max Weber. Admiradora de Platón, de Milton, de Blake, de Coleridge y de los románticos ingleses, Raine explora la poesía como un puente de percepciones sublimes y transcendentes ancladas en el poder colectivo de lo simbólico, esa síntesis que cristaliza lo eterno en lo transitorio, según, me parece, la definición del propio Coleridge. Naturalmente influida por la corriente idealista (neo)platónica y, por consiguiente, también por la teoría del inconsciente colectivo de Jung y sus arquetipos, sus ensayos me han parecido de lo más vigentes en el marco de las propuestas estéticas del presente. Otro día, con más tiempo, transcribiré algunos fragmentos, pero por ahora les dejo este: «Entre las concepciones erróneas de mi generación estaba la idea de que para hablarle al hombre común había que hablar el lenguaje común y emplear la imaginería de lo ordinario. (…) Creo que la doctrina es falsa porque confunde diferencia de clase con imaginación. Los bailarines indios, cuyo público lo forma en gran medida la población analfabeta de los pueblos, personifican dioses, reyes y héroes. Observando a esos bailarines casi se advierte el daimon que se apodera de la individualidad humana como si el dios estuviera presente de verdad. Un amigo bengalí que cantó de memoria, una noche, canciones escritas por Tagore, me cuenta que por todo Bangladesh la gente común conoce y canta estas canciones; los temas suelen ser religiosos, siempre con cierto refinamiento y profundidad de sentimiento. (…) El mundo de la imaginación está fuera del tiempo y trasciende la clase social. Ya que cuanto más sublime es la obra de poesía o de arte, más sentimos que expresa algo ya y por siempre sabido, algo profundamente familiar e íntimamente nuestro. (…) Lo escrito en aras de la comprensión fácil es precisamente esa parte de la poesía que se vuelve incomprensible al cabo de cierto tiempo. Es menos probable que quienes tienen la mirada puesta en un mundo intemporal incurran en arcaísmos de estilo, porque el mundo de la imaginación está completamente fuera de la historia. (…) Si hoy resulta difícil usar el simbolismo canónico cristiano, ¿no será que precisamente por haber entrado a participar en la historia, en lo temporal, los símbolos canónicos han perdido su utilidad? En sí mismos son inagotables en contenido, y no en menor medida que aquellos que se nos otorgan en el sueño o en la visión, se pueden acercar como cubos hasta un pozo inagotable. Nunca subirán vacíos salvo entre quienes no los hacen descender hasta el nivel del agua». («Sobre el símbolo», 1964).

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Y al fin terminé de leer el libro de Kathleen Raine como quien se despide de una amiga querida en el andén de una estación de tren. Cerrar el libro me ha exigido un gesto dramático. Que yo piense en un tren, en el pañuelito agitándose, además, debería considerarse un elogio y no, como erróneamente podría alguien podría suponer, en una valoración que lo desplace al anacronismo. Todo lo contrario. Como dice ella, lo que hace el intento de cristalizar lo eterno en lo transitorio es siempre poético; lo es en esencia cada acto, cada acción nuestra, incluida la lectura, que despierta un conocimiento o revelación latente, la anamnesis platónica. No se trata solo de tres ensayos que describen su poética sino de sus convicciones —de ahí su fuerza— ya maduras, casi a la manera de la recapitulación de una vida —de muchas vidas, diría ella— de un modo de leer la existencia como una acción total, unitaria e integrada. En su práctica, es esencial el redescubrimiento de Platón, cuyo pensamiento continuado o recuperado —porque lo aprendido no es más que un recuerdo— puede resumirse en la definición que comparte acerca de la belleza. Ante la belleza que es el fin de toda poesía, de toda realización artística, dice Raine, no hay nunca extrañeza sino familiaridad, la sorpresa que nace de la intimidad que despierta. «La poesía y las demás artes existen para ponernos ante la vista imágenes con la capacidad de despertar la rememoración, anamnesis de esa tierra virgen, nuestro país de origen puesto que es el terreno de la propia psique». Más adelante estas ideas, ampliadas en ambición, se van a parecer incluso mucho más a las de Carl Jung o Joseph Campbell: «El arte más excelso se parece siempre a nuestros propios pensamientos expresados de forma consciente». En otras palabras, el arte en la genealogía del sueño y del mito, temas afines a los tres. Lo contrario —el arte materialista, la poesía conversacional, el exceso de subjetivismo poético— es el ámbito de lo obsolescente y, por eso mismo, de la amnesia. Les recordará a Borges por momentos, seguramente por su filiación platónica. En su defensa de la métrica —que es una manifestación de las formas numinosas, asociadas al orden de la música y del número— frente al verso libre, me parece estar viendo también al arquetípico Borges ciego, quien desarrolló una defensa semejante de la belleza formal ante los estudiantes de Columbia en el año 1971.

 

Carlos Yushimito (Lima, 1977) es autor de los libros Las islas, Lecciones para un niño que llega tarde, Los bosques tienen sus propias puertas y El peso inevitable de las palomas. Sus relatos se han traducido a diversos idiomas. Ha pasado estos últimos años trabajando como profesor y leyendo mucho. Marginalia, su último libro editado en España, es el inevitable pie de página de su vocación de lector.