Continua el recorrido de lecturas que Carlos Yushimito comparte en su sección de textos breves donde recopilamos reflexiones e iluminaciones escritas en el teléfono móvil y compartidas en sus redes sociales, por las que ha recibido una creciente atención entre los lectores inquietos que agradecen una criterio insobornable y sustentado.  El título común que las reúne es Praxinoscopio, para deleite de los lectores más exigentes, que encontrarán en la lectura desprejuiciada e inapeable de Yushimito más de un motivo para reflexionar, en este caso se acerca a Filosofía y poesía de María Zambrano.

 

Hay dos fuerzas enfrentadas en nuestra cultura de acuerdo con María Zambrano: la filosofía y la poesía. Podría decirse que ambas son disposiciones o sensibilidades semejantes a lo que, en cierto momento de la historia, representaron el mythos y el logos. El primer campo de batalla en donde esas dos disposiciones se hallarán arquetípicamente será un hombre: Platón. El que estaba llamado a ser poeta se hizo finalmente filósofo. Esta lucha recorre su obra tan nítidamente que incluso en el tejido mismo de su forma de expresión se acaba percibiendo. Así, quien decidiera expulsar al poeta de su República ideal —¿exorcizando al poeta de sí mismo?— terminó también apelando al mito, a la poesía, para explicar simbólicamente lo que la razón se mostraba incapaz de satisfacer en sus diálogos. La independencia de la filosofía respecto de la poesía, explicará Zambrano, todavía es por entonces germinal. Esta separación será, a la larga, producto de un gradual y fatigoso proceso, tal como lo estudiaron Vernant y Havelock. Y el anhelo de formular una «filosofía pura» quizá solo será posible con la sistematización de la ciencia, cuando la ciencia sea capaz de anunciar la muerte de la poesía, tal como anunció, tal vez simultáneamente, la muerte de dios. ¿Qué hace, mientras tanto, que la poesía se margine respecto de la filosofía como orientación hacia un tipo distinto de trascendencia? Para empezar, su relación con la admiración. Todo nace en el ser humano con el asombro y el pasmo; salvo que ahí donde la filosofía ve un motivo para avanzar, la poesía se cobija. Ocurre así que, cuando la filosofía busca, la poesía encuentra. Zambrano dirá entonces que la filosofía violenta aquel pasmo inicial con su deseo de liberarse; el mito de la caverna escenifica su triunfo cuando la luz desgarra el dominio de la oscuridad. El filósofo, que desea tanto librarse de las apariencias, de las sombras y que todo lo cuestiona, rasga los velos y el éxtasis nocturno. El poeta, en cambio, se solaza en las apariencias, en las sombras proyectadas sobre la pared que gobierna mientras, absorto, profundiza en su contemplación. La palabra como vehículo que aprendió a dominar —la palabra como medio de la apariencia— por el puro gozo del hallazgo, lo distancia ahora de las cosas así como de la realidad, la cual se hace a sus ojos fútil e insuficiente, trágicamente empobrecida. «La filosofía» —oh, en cambio— «es un éxtasis fracasado por un desgarramiento». Entonces podemos ver ambas disposiciones desplegadas como dos maneras muy diferentes de establecer una relación con el mundo. Si la poesía convierte el «pasmo original» en indagación, podría afirmarse que la poesía hace de dicho asombro, un mito. ¡Cuán peligroso el poeta para la república, en efecto! Obedece a una voz interior —como el peligroso Sócrates, juzgado y asesinado por una tribu ejemplar de ciudadanos libres que deseaban salvar también la república ateniense—, recibe agradecido la posesión voluntaria y aleatoria del daimon, y, a su manera, se entrega al autoritarismo de los dioses y de los mitos que se acostumbraron a poblar la cálida pared uterina sobre la cual también se proyectan sus imágenes, su imaginación y su fantasía. De más está decir que la filosofía ve con sospecha aquella falta de moral, que impide la auto liberación del individuo. La razón naciente, apolínea, del otro lado de la caverna, otorga al recién liberado esperanza social y política —cuán maravillosamente cuenta esta historia Vernant, en su Los orígenes del pensamiento griego—; pero ¿no eran ya el mito y la poesía formas de esperanza? ¿No se encontró en ambos durante siglos una certeza que sosegaba y permitía vivir humildemente? La filosofía llega, en cambio, desde su perspectiva a violentar esa paz, ese orden, arrojando al hombre hacia el desconcierto y la desesperanza. Siglos más tarde, Hamlet padecerá, como otro campo de batalla, el mismo desconcierto. El mito había contado la misma historia en la figuración de la expulsión edénica: la sencilla historia del horror del nacimiento de la conciencia, el miedo visceral ante la responsabilidad y la autonomía, la experiencia perturbadora del dolor necesario. La filosofía es el mapa en el destierro. La poesía, un gesto de humildad. Dice María Zambrano que el poema «tiembla» ante sus hallazgos al producirse el encuentro inesperado con la belleza. De este modo, se entrega a la paciencia caritativa que se torna derecho: «Todo tiene derecho a ser hasta lo que no ha podido ser». De allí que el poeta sea capaz de «sacar de la humillación del no ser a lo que en él gime». El artista libera en la materia el potencial de la idea, según recuerdo, afirmaba, a su vez, Plotino. La filosofía, como los hombres de Odiseo, se tapará los oídos para no dejarse seducir por las sirenas —aedos naturales, según señaló bellamente Vidal-Naquet—, en la tarea de desembarazarse de su éxtasis para seguir avanzando en su búsqueda; como Odiseo entregado a la seducción del canto, el poeta sueña, por el contrario, con la catástrofe y su promesa y con la irracionalidad de las voces que lo llevarán hacia ella, adherido a dicho empeño vertiginoso y a su irresistible deseo de encallar. Y entonces es capaz de detenerse largamente, reflejo él mismo de la apariencia frágil que vibra y se desvanece sobre el vaivén de las aguas.

 

Carlos Yushimito (Lima, 1977) es autor de los libros Las islas, Lecciones para un niño que llega tarde, Los bosques tienen sus propias puertas y El peso inevitable de las palomas. Sus relatos se han traducido a diversos idiomas. Ha pasado estos últimos años trabajando como profesor y leyendo mucho. Marginalia, su último libro editado en España, es el inevitable pie de página de su vocación de lector.