Una nueva entrega de la serie de lecturas que Carlos Yushimito comparte mediante una selección de textos breves donde recopila reflexiones e iluminaciones escritas en el teléfono móvil y compartidas en sus redes sociales, por las que ha recibido una creciente atención entre los lectores inquietos que agradecen una criterio insobornable y sustentado. El título común que las reúne es Praxinoscopio, para deleite de los lectores más exigentes, que encontrarán en la lectura desprejuiciada e inapeable de Yushimito más de un motivo para reflexionar, en este caso se acerca a Maneras trágicas de matar a una mujer de Nicole Loraux.
Les voy a recomendar ahora un libro breve, pero verdaderamente hermoso: Maneras trágicas de matar a una mujer de Nicole Loraux (Machado Libros, 2020. Trad. Ramón Buenaventura). Se trata de un estudio de la imaginación discursiva en torno a la representación de la mujer en la tragedia clásica griega —principalmente Esquilo, Sófocles y Eurípides—. La hipótesis de Loraux, según se ve, es que la función catártica (la «purificación» trágica) de la tragedia, orientada a la lectura cívica de los ciudadanos griegos, permitía transgresiones que no se daban aparentemente, de otro modo, en la vida pública. Esto incluía, desde luego, los roles definidos para la mujer en la polis: su posición estrictamente orientada a cumplir cultural y políticamente como madre y como esposa. ¿Cómo abordar, entonces, la representación de aquellas mujeres que en la tragedia no son ni buenas madres ni buenas esposas (Clitemnestra, Medea, Fedra, Antígona, etc.)? Loraux propone que debe ser en las palabras en donde examinemos la libertad griega, no en sus instituciones; y que, así visto, la tragedia griega no solo muestra «la frontera infranqueable que separa(ba) lo femenino de lo masculino» sino también sus esfuerzos por confundir y hacer ambivalente dicho límite. Para empezar, Loraux examina la tragedia a través del significado que va adquiriendo la muerte de la mujer y la representación que habitualmente «se elige» para ellas. La muerte para la cultura trágica siempre fue un acto «viril». No puede esperarse otra cosa de una comunidad guerrera. La fama de la muerte obtenida en batalla, en consecuencia, solo puede extenderse a la muerte dignificada por la sangre y la espada. El único héroe griego que se suicida en la historia legendaria, Áyax, por citar un ejemplo —el suicidio es poco común entre los varones trágicos pues se trata de una muerte indigna—, lo hace ensartándose en la espada que previamente ha acondicionado en el suelo como si fuera un enemigo. Así, «técnicamente», no se mata a sí mismo. La mujer, en cambio, amparada por el pudor velado de la representación discursiva y no visual —puesto que corresponde siempre al mensajero o al corifeo «descorrer» las palabras que informan al espectador—, muere casi siempre del modo que corresponde a su «feminidad», es decir, a través del ahorcamiento. Por ejemplo, es el velo que usa Antígona —hasta entonces heroína varonil, dado que es rebelde ante la autoridad de Creonte—, es su adorno femenino el que se transforma en soga una vez que se lo acomoda en el cuello. El cuello es así la delicada zona erógena que convoca el thanatos y es, con frecuencia en las tragedias, la parte del cuerpo que la mujer elige voluntariamente para entregarse a la muerte. No obstante, hay también en la tragedia mujeres asesinas, mujeres indóciles, hay también mujeres que se suicidan con la espada o con el puñal y, por consiguiente, mujeres que le roban su muerte «cívica» al varón. Otra observación brillante de Loraux es la orientada a identificar, a través de un extraordinario recorrido etimológico, la muerte de la mujer como ofrenda sacrificial. Es el caso de Ifigenia, la hija de Agamenón, sacrificada a Artemisa para obtener los vientos que llevarán a Troya. Si alguna vez existió el sacrificio humano en Grecia, este ya había sido sustituido como un tabú por animales domésticos en el periodo clásico; de forma que los espectadores eran conscientes de su función metafórica. La analogía, en los momentos climáticos, asociará entonces a la mujer con animales domésticos, legítimos para el sacrificio ritual, puesto que la virgen sacrificada era también la esposa que moría para sí misma al entregarse al varón, tutor en adelante de su libertad hasta entonces monopolizada por el padre. Que el matrimonio se relacionara también con la muerte, con esa especie de muerte ritual para la mujer, debía tener reminiscencia, por supuesto, del mito de Perséfone raptada por Hades para gobernar en el inframundo (aquel destino al que, de alguna manera, también quiere condenar Creonte a Antígona). En el matrimonio mismo, la joven sacrificada era también domesticada: otra forma de muerte de su identidad (apenas liberada, en momentos de excepción, por el «entusiasmo» dionisiaco; esto, por lástima, Loraux no lo estudia en Las bacantesde Eurípides). La tragedia, en fin, era una herramienta de transgresión y quizá de «desviación complaciente»: a través de ella, la sociedad le permitía al ciudadano domar su imaginación, pensar su condición moral y sus normas culturales y quizá, desde el examen de la radicalidad individual de todos los seres humanos, explorar nuevas formas de convivencia.

Carlos Yushimito (Lima, 1977) es autor de los libros Las islas, Lecciones para un niño que llega tarde, Los bosques tienen sus propias puertas y El peso inevitable de las palomas. Sus relatos se han traducido a diversos idiomas. Ha pasado estos últimos años trabajando como profesor y leyendo mucho. Marginalia, su último libro editado en España, es el inevitable pie de página de su vocación de lector.



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