«Póngase en mi lugar». Querido lector. Piense en es frase. ¿Cuántas veces la habrá dicho?, ¿cuántas la habrá escuchado? Ha llegado un momento en que, como todas las fórmulas lingüísticas más o menos reiteradas, se ha vaciado de contenido. Y, sin embargo, en esa frase, en el «póngase en mi lugar», («ponte» cuando ya hay confianza, y por eso ya todo da asco y al mismo tiempo no lo da ya nunca), está encerrada toda la narrativa. Piense usted, querido lector, en el comienzo de Moby Dick, ¿ahí realmente le está diciendo el narrador al lector cómo puede llamarlo o en realidad le está diciendo «llámame así porque todo esto da lo mismo, si esto va a llegar a buen puerto será solo cuando todo esto que te cuento lo comiences a experimentar como si fueran tus propios recuerdos, cuando te pongas en mi lugar». Y de ahí termina por salir todo. Les dejo con la novela que venían a leer, que de un tiempo a esta parte siempre me voy por los cerros de Úbeda: un nuevo capítulo de Trenviajeros de Javier Sáez de Ibarra, disfrútenlo.

 

La mujer no me había abierto la maleta ni la había movido, tal como imaginé; simplemente se había quedado con mi asiento. Ahí, de improviso recordé la escena inicial.

 

– Usted me prometió que más tarde me dejaría la ventanilla, ¿no se acuerda? –se adelantó.

 

Era posible; aunque no estaba seguro de haberlo dicho así, quizá sólo lo había pensado. Me molestó que no hubiera esperado a que llegase yo para pedírmelo y hacer el cambio. Otra vez mi vacilación le hacía reaccionar; pero sin conseguir que corrigiera su actitud:

 

– No lo recuerda… Claro, como se ha dormido… –aquello sí que tenía gracia. Ocupé su lugar sin decir una palabra. Su asiento lo se sentí caliente, una sensación que me desagrada especialmente porque, junto a la incomodidad física, se me ocurren ideas turbias, diríamos.

Ella se puso a mirar por la ventanilla, una vez que dio el asunto por zanjado.

 

– ¿Tanto prefiere ese sitio? –le pregunté.

 

Se volvió de inmediato. Yo me sorprendí de mí mismo por haberle dirigido esa pregunta, quizá demasiado amable; advertí que no me sentía mal en absoluto, sino al contrario: me divertía jugar un poco. Brillaron sus ojos

 

– ¿A usted no le sugiere nada lo que ve?

 

Miré afuera antes de responder:

 

– ¿Eso?… ¿qué tiene de interesante? Un paisaje muy monótono. Si hubiera animales o algún río en vez de tanto arroyo seco, o una presa…

– Pronto va a atardecer –me contestó.

– Bueno –repuse–, eso sí.

 

Nos quedamos callados.

 

– La luz declina, y a la luz cambian las cosas.

 

Me sonaba que esa frase final era el título de un libro. Quizá fuera casualidad.

 

– ¿Es usted escritora? –Se echó a reír–… ¿Pinta? –Arreció su risa–. Dígame qué le hace tanta gracia.

 

Se puso a mirar otra vez por la ventanilla. Sin duda estaba provocándome haciéndose la intrigante. Aquello no encajaba con la revista y la mula de la fotografía. Le insté a que me contestara.

 

– Las dos cosas –dijo–. Pero eso no tiene ninguna importancia.

– ¿Cómo que no?

– ¿No escribe usted también?

– ¿Yo?

– No me engañe. Si he visto que tomaba apuntes en una libreta, y luego los leía. Es algo personal, o no lo anotaría en su portátil o en su agenda. No son cosas del trabajo.

 

Me desconcertaba su observación, junto al hecho de que me hubiera estado vigilando sin que yo lo advirtiese. Además, me había llevado a tener que responder de mí, cuando se trataba de lo contrario.

 

– Así que escribe y pinta. ¡Qué sorpresa! ¡Una artista!

– Escribo y pinto; pero no lo conservo. Prefiero regalarlo o lo rompo la mayoría de las veces.

– ¿Por qué? ¿No le gusta?

– Lo utilizo para imaginar posibilidades, ¿me comprende? Escribiendo o con las imágenes, fijo ciertos hechos que me interesan y que quizá podrían darse en mi vida. Cuando he conseguido registrarlos ahí, ya no los necesito… –y añadió, tras una pausa–: al revés, me deprimen.

 

Era incapaz de adivinar si su trabajo tendría algún valor o serían los desahogos mediocres de una mujer corriente. Esa alternativa me ponía nervioso. No sabía qué opinión formarme.

Me tocaba a mí hablar:

 

– Me encantaría ver algo –le dije. Estaba siendo sincero.

 

Ella me clavó los ojos; retrocedí dándome cuenta de que, ya fuera una verdadera creadora o una pobre aficionada, su poder de penetración no podía subestimarlo en lo más mínimo. Se tomó su tiempo antes de contestar. Lo hizo sin que su gesto mostrase la menor intención de hacerme daño:

 

– No le creo.

 

Me sostuvo la mirada. Lo que no había hecho hasta entonces. Cuando lo hubo decidido, volvió a su contemplación silenciosa y se quedó en ella.

Lo peor para mí no era haber sido vencido por su tajante negativa, sino tantas cuestiones abiertas en el camino de la conversación ya irrecuperables.

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen SalvajeEl CuadernoQuimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su último libro publicado.